El Primado Petrino

1. San León Magno y el Ministerio Petrino

Un inicio interesante para el estudio del Ministerio Petrino es el pontificado de san León Magno (León I, 440-461)[1], pues constituye un punto de inflexión en la historia del Primado Romano. En el Sacramentario Leoniano[2] se puede leer que el «magisterio» de los Apóstoles Pedro y Pablo gobierna la Iglesia. León I se refería a la Iglesia Romana como magistra; no tenía ninguna duda acerca de su autoridad sobre el concilio; es más, confirmó la doctrina definida por el Concilio de Calcedonia (451), una práctica pionera en el ejercicio del Primado Romano, que será mantenida después de él y considerada como necesaria para la autoridad de un concilio ecuménico[3]. Su Epístola dogmática[4] fue aclamada con transportes de entusiasmo por los Padres reunidos en Calcedonia, casi todos orientales, con la famosa exclamación: «¡Pedro dijo esto a través de León!»[5], un hecho fundamental que con frecuencia es olvidado[6]. En el ejercicio de su autoridad, por un lado confirmó las conclusiones doctrinales del concilio; por otro, no aprobó los cánones. En efecto, una vez que los legados pontificios hubieron partido de regreso a Roma, en la decimoquinta sesión, en que se debían promulgar los cánones ya concordados previamente, se incluyó el canon 28, que declaraba equiparable en dignidad la sede de Constantinopla a la Sede Romana, cosa que en ningún momento se había discutido en presencia de los representantes del Papa, los cuales, al conocer la noticia, protestaron solemnemente. Es significativo que, después de este desagradable incidente, los Padres Conciliares, antes de separarse, dirigieran una carta de sumisión y respeto al Romano Pontífice[7].

San León Magno desarrolló el concepto de soberanía petrina basado en Mt 16,18 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» – como perteneciente a la Sede Romana, poniendo en realce que el Papa no es solamente el heredero de san Pedro en el sentido jurídico romano de la expresión, con el poder emblemático de las llaves, sino también en cuanto Vicario de san Pedro que tiene la misión especialísima de guiar y gobernar la Iglesia, así como el derecho de intervenir y decidir las cuestiones eclesiásticas de otras iglesias[8]. Es verdad que no faltan hechos históricos que indican un rechazo del Primado de Jurisdicción Universal del Obispo de Roma por parte de Oriente[9], sin por ello dejar de reconocer su autoridad en materia doctrinal[10]. Sin embargo, el polvo de la Historia, levantado por los caballos de los bárbaros primero o del Islam más tarde, acabó sepultando las diferentes sedes primaciales y patriarcales; la única que prevaleció fue Roma, pues su supremacía estaba fundada sobre una Roca divina[11].

Le cupo precisamente a san León Magno, a petición del medroso emperador, la gloria de enfrentarse prácticamente solo a Atila, que en la primavera del año 452 se aprestaba a marchar sobre Roma para castigar el imperio depravado. El Papa, majestuoso e imponente, pontificalmente revestido, le salió al encuentro cerca de Mantua, donde principalmente su acción de presencia hizo cambiar de opinión al bárbaro rey de los hunos. El látigo de Dios, interpelado después por sus súbditos, confesó que mientras hablaba con el Romano Pontífice veía encima de él un personaje vestido con trajes sacerdotales que blandía una espada amenazándolo si no obedecía a Léon I[12].

San_Leon_vs_Atila

2. Fundamento bíblico del Primado de Pedro

Pero ¿en qué se funda el Primado Petrino? Detengámonos brevemente sobre una de las fuentes bíblicas más importantes en este sentido. Si analizamos la historia del texto de Mt 16,18, encontraremos que nunca un texto sagrado ha sido discutido de modo tan vehemente y apasionado como éste, ya que las consecuencias de su interpretación en un sentido o en otro se reflejan inmediatamente en la vida de la Iglesia. Durante siglos nadie puso en duda su autenticidad. Habría de llegar el racionalismo de finales del siglo XIX, unido al historicismo protestante del siglo XX, para intentar descalificarlo. Unos dicen que fue un texto manipulado por cristianos allá por el año 130 para dar la primacía a San Pedro y a sus sucesores. Ahora bien, esto cae por su propio peso, pues ni en el Diatessaron (armonía de los cuatro evangelios), de Taciano (mediados del siglo II), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV, así como en los 4.000 códices anteriores al siglo IX, aparece ningún rastro de alguna posible adulteración en este sentido. Por otra parte, sería extraño que una semejante manipulación no apareciese también en los evangelios de san Marcos o de san Lucas, que ni siquiera mencionan el hecho narrado en Mt 16,18. De hecho, Eusebio de Cesarea (260?-340?) explica en su famosa Historia eclesiástica que san Pedro, estando en Roma, por humildad no quiso mencionar a san Marcos, que lo auxiliaba, un hecho que fácilmente le habría dado prestigio y credibilidad. En cuanto al evangelio de san Juan, se ocupa menos de san Pedro porque las circunstancias históricas en que fue escrito – la lucha contra los gnósticos – no lo permitieron, no obstante lo recuerda en Jn 1,42 y en Jn 21,2ss (entrega del primado: «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]»).

Veamos rápidamente algunos datos significativos sobre el fundamento bíblico del Primado Petrino[13]. San Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento, donde es mencionado 114 veces en los cuatro Evangelios y 57 veces en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre aparece siempre en primer lugar en la lista de los Apóstoles; habla en nombre de todos (Lc 12,41; Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 18,28), o responde por ellos (Jn 6,68; Mt 16,16; Mc 8,29), o actúa por todos (Mt 14,28; Mc 8,32; Mt 16,22; Lc 22,8; Jn 18,10). Otras veces los evangelistas se refieren a los Apóstoles diciendo «Pedro y los suyos» (Mc 1,36; Lc 8,45; 9,32; Mc 16,7; He 2,14.37). Jesús lo elige después de hacer un gran milagro (Lc 5,1-11); se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc 5,3); se hospeda en su casa (Mc 1,29); sana a su suegra (Mt 8,15); lo asocia en el pago del tributo (Mt 17,24-27); lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), a la transfiguración (Mc 9,2) y a la agonía en Getsemaní (Mc 14,33); es el primero a quien lava los pies en la última cena (Jn 13,6); es el primero al que se le aparece resucitado (Lc 24,34); es el único de los Doce que nombra para que se le comunique el mensaje de la Pasqua (Mc 16,7). San Juan espera a san Pedro para que éste entre primero en el sepulcro vacío de Jesús (Jn 20,2-8).

Después de la Ascensión de Jesús y Pentecostés, vemos a san Pedro ejercitando el Ministerio Petrino. Así, completa el Colegio de los Apóstoles con la elección de san Matías (He 1,15ss); el día de Pentecostés habla en nombre de los Apóstoles (He 2,14ss); defiende ante las autoridades judías el derecho de los Apóstoles de predicar a Cristo (He 4,8ss); condena a Ananías y Safira (He 5,1-11); es inspirado a abrir las puertas de la Iglesia también a los paganos con la conversión del centurión Cornelio (He 10,47); preside el Concilio de Jerusalén (He 15,11ss); la Iglesia entera eleva súplicas por su liberación durante su encarcelamiento por parte de Erodes (He 12,5).

San Pedro Apóstol
San Pedro Apostol

Por otra parte, San Pablo señala de una manera preeminente la importancia de san Pedro como cabeza de la Iglesia. Después de su estancia en Arabia se dirige a Jerusalén para verlo (Ga 1,18); reconoce en él una de las columnas de la Iglesia (Ga 2,9); lo coloca el primero entre los testigos de las apariciones de Cristo resucitado (Cor 15,5); en su enfrentamiento con él en Antioquía, donde le denuncia públicamente su actitud frente a los paganos, confirma su primado al reconocer su autoridad (Ga 2,11ss).

En la interpretación de Mt 16,18-19, se pone normalmente de relieve la triple metáfora usada por Nuestro Señor. Por un lado, san Pedro es fundamento de la Iglesia, pues es comparado con los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a todo el edificio. Por otro, la potestad de jurisdicción de san Pedro también está figurada en la metáfora de las llaves, que en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. Por último, aparece la imagen de atar y desatar: es análogo a poner o quitar un lazo, crear o abolir una ley que obliga en conciencia.

Se trata de indicios que, tomados uno a uno aisladamente podrán suscitar escepticismo en algún espíritu racionalista, pero que considerados en su conjunto constituyen un poderoso aparato argumentativo, pues tal conjunto muestra la convergencia de los signos en la dirección de la afirmación del primado indiscutible de san Pedro, dado por Nuestro Señor Jesucristo y reconocido por todos.

3. El testimonio de la Tradición: la Liturgia y los Padres

Una de las preguntas que vienen a la mente al tratar del Primado Romano es por qué la Iglesia celebra en días diferentes la fiesta de san Pedro Apóstol (junto con la del Apóstol san Pablo[14], el 29 de junio) y la fiesta de la Cátedra de Pedro (22 de febrero). La razón es obvia y proviene de la propia Tradición, que quiso realzar esta última celebración. La más antigua memoria que se tiene de su conmemoración se encuentra en un calendario del año 354. En el Martyrologium Hieronymianum, el más antiguo catálogo de mártires cristianos de la Iglesia Latina, compuesto entre los años 431 y 450, se recoge la festividad de la Cátedra de Pedro en dos fechas diversas: el 18 de enero, su cátedra en Roma, y el 22 de febrero, su cátedra en Antioquía, actualmente unificada en una sola fiesta en esta última fecha[15]. También se conocen referencias a ella en dos homilías del siglo V[16]. En el Misal Romano se explica el significado de la fiesta diciendo que con el símbolo de la cátedra se pone de relieve la misión de maestro y de pastor conferida por Nuestro Señor Jesucristo a san Pedro, que, en su persona y en la de sus sucesores, son principio y fundamento visibles de la unidad de la Iglesia. El Martirologio Romano especifica que la sede que se venera el 22 de febrero es llamada a presidir la comunión universal de la caridad, esto es, la Iglesia universal[17].

De hecho, la Tradición atestigua la gran importancia que tiene el papel de la Cátedra de Pedro en la Iglesia. Los primeros siglos son especialmente importantes en este sentido, pues habitualmente los detractores del Primado Papal inventan sus enredos partiendo de la calumnia de que el Primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice es una invención humana posterior a los tiempos apostólicos, y por supuesto, ajena a la voluntad genuina de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la Iglesia[18]. Tal vez no sepan que, con motivo de la carta que san Clemente Romano (88-97), tercer sucesor de san Pedro (quien lo ordenó obispo), envió a los fieles de Corinto a respecto de la rebelión ocurrida en aquella comunidad hacia el año 96, se pone de manifiesto implícita pero clarísimamente el primado romano. En efecto, no pide disculpas por inmiscuirse en los asuntos internos de otra iglesia – como sería lo normal si se tratase de un simple primus inter pares, jefe de otra iglesia hermana –, sino que las pide precisamente por no haber tenido oportunidad de tomar cartas en el asunto con más rapidez; advierte del peligro de caer en pecado grave a quien no obedezca sus amonestaciones; está convencido de que su actitud está inspirada por el Espíritu Santo[19]. Por otro lado, la carta fue recibida en Corinto sin resistencias y considerada como un gran honor; tanto que en el año 170 todavía existen testimonios de que aún se leía en la liturgia dominical[20]. Todo ello adquiere una especial relevancia si se tiene en cuenta que el Apóstol san Juan, aún vivo en aquella época, se encontraba en Éfeso, bien más cerca de Corinto que la lejana Roma (al menos culturalmente), y sin embargo, no consta que ni san Clemente Romano, ni los fieles de aquella Iglesia, ni el propio san Juan hayan dudado de la autoridad del Obispo de Roma para dirimir la cuestión[21].

O quizás los difamadores del Primado del Romano Pontífice no hayan oído hablar de la carta que, en el siglo II, san Ignacio de Antioquía († 110?) envía a la Iglesia de Roma en la cual también resulta evidente y más explícita que en el caso anterior la primacía de la Sede Romana sobre las demás. En efecto, tal misiva es sustancialmente diferente de las enviadas en las mismas circunstancias (su traslado forzado desde Siria a Roma para ser martirizado), a otras Iglesias como Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna. Para aquélla usa un tono sumiso; para las demás, un tono autoritativo. Reconoce a la Iglesia de Roma el poder de mandar sobre otras Iglesias instruyéndolas como a discípulos del Señor; encarga su Iglesia en Siria a la solicitud pastoral de la Sede Romana y no a la de otra Iglesia cualquiera, tal vez más cercana[22].

San Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía

Concedamos aún el beneficio de la duda a los recalcitrantes, que tal vez no estén bien informados. San Ireneo de Lyon (130/140-después del 198), discípulo de san Policarpo, a su vez discípulo del Apóstol san Juan, y por tanto, en contacto aún directo con la edad apostólica, en su tratado Adversus haereses, habla clara y explícitamente del primado romano sobre todas las otras Iglesias y hace referencia a la primera carta de san Clemente Romano a los fieles de Corinto y a todo el caso comentado más arriba[23].

Pero los argumentos no vienen solamente de los católicos. Tertuliano (160?-220), al final de su vida, tristemente pervertido a la herejía montanista[24], apartado de la Iglesia Católica, se enfrenta a un obispo que argumentaba que, en virtud de lo dicho por Nuestro Señor Jesucristo en Mt 16,18-19 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» –, las Iglesias en comunión con Pedro tenían potestad para perdonar pecados también graves[25]. Así, en su furor anti-romano, el malhadado escritor eclesiástico nos proporciona un testimonio nada sospechoso de la primacía de la Sede de Pedro. Son sólo algunos ejemplos.

4. Primado de jurisdicción, infalibilidad, impecabilidad

Sin embargo, en relación con el Primado de Pedro hay que distinguir tres dimensiones bien diferenciadas, a fin de evitar equívocos. Una cosa es el Primado de Jurisdicción Universal[26]. Se trata de una jurisdicción que se aplica plena y supremamente a toda la Iglesia universal. Es plena porque comprende toda la potestad otorgada por el mismo Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre san Pedro, porque Nuestro Señor Jesucristo se dirigió a él y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado, porque no da cuentas más que a Dios, es decir, es una potestad suprema porque no existe en la Iglesia ninguna potestad superior a ella[27]. Contiene en sí la triple potestad legislativa, judicial y ejecutiva. Se dice que es una potestad ordinaria en el sentido de que es constitutiva del propio ejercicio del Ministerio Petrino. Es inmediata porque se ejerce por derecho propio sin necesidad de intermediarios. Es una potestad episcopal porque el objetivo de su ejercicio es eminentemente pastoral[28]. Como consecuencia, el Papa es, por un lado, libre de entrar en contacto de modo inmediato con sus Pastores y con los fieles sin constricción por parte del poder civil[29]; y por otro, es el juez supremo de los fieles, al cual todos tienen derecho a recurrir y nadie tiene la potestad de impugnarlo, ni siquiera un concilio ecuménico[30].

Otra cosa es la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Aquí se trata de un carisma inherente al propio Ministerio Petrino que confiere al Papa una asistencia especial del Espíritu Santo cuando hablando ex cathedra, es decir, como supremo pastor de la Iglesia universal, define una doctrina de fe y moral de modo infalible[31]. «[…] el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica»[32]. Junto al magisterio extraordinario, el Papa ejerce también el ordinario: encíclicas, cartas, audiencias, etc.

Sin embargo, no hay que confundir infalibilidad o primado de jurisdicción con impecabilidad. Uno de los argumentos racionalistas contra el Primado de Pedro es que el pescador de Galilea era débil. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16). Como declara el papa Benedicto XVI en su libro-entrevista Luz del mundo, el Romano Pontífice tiene una función que no se ha dado a sí mismo[33], así como Nuestro Señor no escogió a san Pedro por sus cualidades naturales; fue la gracia de Dios quien lo convirtió en roca firme y sólida. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32); «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]» (Jn 21,15-18). El hecho de que un Papa en concreto sea impecable se debe a un don de santificación personal, que no es constitutivo del Ministerio Petrino. De modo análogo, las infidelidades en la vida de un Papa son gravísimas, pero no hacen desaparecer su autoridad, ya que Dios puede servirse de instrumentos infieles y el Espíritu Santo impedirá con su asistencia que las deficiencias personales pongan en peligro la integridad de la Iglesia, ya que nunca puede dejar de cumplirse la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

El Papa San León Magno
El Papa San León Magno

5. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Pero ¿cuál es la razón de fondo de las murmuraciones contra el Primado Papal? Para encontrar la respuesta, es interesante contemplar en una visión de conjunto la grandiosa obra de la Salvación. Quiso Dios en su magnanimidad que la creación fuese un reflejo de su grandeza, que salió de sus manos como de una cornucopia generosa. En el Libro de la Creación Dios se muestra al hombre para que lo conozca y lo ame. En el Génesis leemos que la única criatura que Dios hizo a su imagen y semejanza fue el hombre, queriendo resaltar de esa manera el papel primordial que le cabe dentro de la propia creación. Pero Dios mostró al hombre un camino para alcanzar su plenitud: la humildad. Lucifer fue enaltecido por su soberbia; su castigo fue el infierno eterno. Dios propuso al hombre no comer de un árbol del Paraíso, pero nuestros primeros padres, picados por el orgullo de la serpiente, cayeron en la tentación, pensando que la desobediencia les haría iguales a Dios. San Ireneo explica que Dios maldijo a la serpiente, pero no al hombre, porque, de lo contrario, no habría Encarnación[34]. Lo increpó y lo mandó al destierro de este valle de lágrimas. Con ello, el hombre perdió el don de la integridad y de la inocencia. La consecuencia, por tanto, del pecado original es el desorden de las pasiones[35].

Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse hombre y cumplir humildemente la voluntad del Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf Flp 2,8) – acontecimiento único entre todas las religiones; el infinito se hace finito y viene a rescatarnos – para que comprendiéramos el misterio del hombre[36]. Y quiso el Verbo Encarnado nacer de una Virgen – si por la desobediencia de Eva se perdió el hombre, por la obediencia de María se salvó el hombre[37] –, que también es piedra de escándalo para algunos grupos cristianos. Pero más sorprendente aún resulta el hecho de que Nuestro Señor Jesucristo haya querido poner a un hombre, siervo de los siervos de Dios, que ejerza el papel de cabeza infalible en materia de fe y moral sobre toda la humanidad.

El consensus fidelium de la Iglesia ha aceptado sin ninguna restricción este santo escándalo, pues la indefectibilidad de la fe de los creyentes, nacida en el Bautismo, encuentra con la persona de Pedro y con el Primado de Pedro una feliz unión. El Primado y la infalibilidad son las garantías que Nuestro Señor Jesucristo ha querido establecer para mantener la indefectibilidad de su Iglesia, por lo que siempre se puede ver en el Papa la expresión de la unidad y la verdad de la Iglesia. Benedicto XVI recuerda que la Iglesia necesita de un Primado porque necesita de unidad. Las dificultades de la cristiandad no católica acaban reduciéndose al hecho de que no posee ningún órgano de unidad. En el caso de las Iglesias Ortodoxas, en concreto, el Santo Padre cita en su reciente libro a un teólogo ruso ortodoxo que admite que la autocefalía es el problema más acuciante que ellos tienen[38].

6. Una cadena mística que une el cielo y la tierra

Imaginemos una sociedad en que todo el mundo tenga un reloj. Millones de relojes; millones de personas que pueden decir qué hora es. Pero tamaña cantidad de relojes no serviría de nada si no hubiese un “reloj” puesto por Dios llamado sol, por el cual todos pudiesen saber la hora verdadera. Así también, la infalibilidad pontificia es el “reloj” de la humanidad, pues los hombres somos tan frágiles que fácilmente caemos en el error[39]. El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira no consideraba una humillación la sujeción a la autoridad del Romano Pontífice, sino todo lo contrario, un motivo de alegría, una elevación de todo el género humano. La razón de su alegría era la infalibilidad de la Iglesia Católica; tener quien lo guiase. La alegría de ser guiado es la de quien tiene en quién depositar su fidelidad[40]. El Papa es aquél unido al cual los hombres se salvan; aquél rompiendo con el cual los hombres se condenan. No hay en la Tierra nadie que esté más alto que un Papa[41]. Ser católico es defender con entusiasmo el hecho de que Dios haya establecido sobre la Tierra una clase docente impedida de equivocarse en condiciones oficiales. El verdadero orden dentro de las almas sólo es posible si hay una autoridad infalible sobre ellas. Y esa autoridad tiene que ser universal como universal es el campo de acción de las almas. Es la mayor sublimación que se puede imaginar del concepto de autoridad; es un honor inconmensurable para el género humano debilitado por el pecado original que un hombre reciba institucionalmente el carisma de la infalibilidad[42].

Así, Infalibilidad Pontificia y Primado de Jurisdicción del Romano Pontífice van necesariamente unidos de modo inseparable. Y a ellos se debe dirigir el amor de todo católico, pues el amor al Papado incluye en sí mismo el amor a Nuestra Señora y el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Son los tres eslabones de una cadena mística. El valor de una cadena se mide por la resistencia de su eslabón más débil, que en este caso es el Papado, por ser el más terreno, el más humano. Por tanto, el modo más radical de amar la cadena entera es besar el eslabón más flaco. Los adversarios de la Iglesia podrán vociferar las debilidades del Papado, incluso con hechos históricos. No importa. «¡Donde las infidelidades de los Papas podrían poner en peligro la fidelidad de los fieles, yo quiero depositar mi fidelidad total!» [43].

Pe. Eduardo Caballero, EP

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[1] Se desconoce su fecha de nacimiento.

[2] Cf A. Di Berardino, «Sacramentario», en A. Di Berardino, ed., Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Genova-Milano 2008 [= NDPAC], 4640-4641.

[3] Cf B. Sesboüé – C. Theobald, Historia de los dogmas. IV. La Palabra de la Salvación, Salamanca 1997, 59.

[4] Cf R. Trevijano, Patrología, Madrid 2004, 314.

[5] Cf Concilium Chalcedonense, Actio II(III), n. 23, en E. Schwartz, ed., Acta Conciliorum oecumenicorum iussu atque mandato Societatis scientiarum Argentoratensis. Tomus alter, Concilium universale Chalcedonense, vol. I, Pars Prima, Epistularum collectiones. Actio prima, Pars Altera, Actio secunda. Epistularum collectio B. Actiones III-VII, Pars Tertia, Actiones VIII-XVII, Berolini-Lipsiae (Belín-Leipzig) 1933-1935, 277.

[6] Sin embargo, está cuidadosamente documentado en la excelente obra C.J. Hefele – H. Leclercq, Histoire des conciles d’après les documents originaux, II, Paris 1908, 649-880.

[7] Cf B. Llorca – al., Historia de la Iglesia Católica. I. Edad Antigua, Madrid 1950, 579.

[8] Cf B. Ferme, «Papato», en G. Calabrese – P. Goyret – O.F. Piazza, ed., Dizionario di Ecclesiologia, Roma 2010, 998).

[9] Cf por ejemplo, J. Orlandis, El cristianismo y la Iglesia, en Historia Universal. III. Del mundo antiguo al medieval, Pamplona 1981, 207-217.

[10] Cf en este sentido W. de Vries, Orient et Occident, Paris 1974.

[11] La sede de Constantinopla no desapareció, pero quedó sometida a la autoridad del emperador de Oriente.

[12] Cf, por ejemplo, G. Bosco, Storia ecclesiastica, Torino 1845, 152-154. Es significativo que este hecho sea referido por los obispos orientales en una carta al papa san Símaco (498-514) en el año 512 (cf A. Thiel, ed., Epistolae Romanorum Pontificum genuinae et quae ad eos scriptae sunt a S. Hilaro usque ad Pelagium II, Brunsbergae 1868, ep. 12, n. 8, 714).

[13] Cf J. Heriban, «Pietro», Dizionario terminologico-concettuale di scienze bibliche e ausiliarie, Roma 2005, 706-708.

[14] La tradición atestigua la veneración conjunta de los dos Apóstoles en Roma desde que existe memoria (cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[15] Cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[16] Cf J. Dresken-Weiland, «Cattedra», NDPAC, 965-969; V. Saxer – S. Heid, «Martirologio», NDPAC, 3098-3101.

[17] Cf Conferenza Episcopale Italiana, Martirologio Romano, Roma 2004, 217.

[18] Cf H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992 [= DH] 3050-3075).

[19] Cf J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 55.

[20] Cf J. Orlandis, El Pontificado Romano en la Historia, Madrid 1996, 36; P.F. Beatrice, «Clemente Romano (Lettere di)», NDPAC, 1073-1077.

[21] San Ireneo refiere que san Juan permaneció en la Iglesia de Éfeso hasta el reinado del emperador Trajano (98-117) (cf Adversus haereses, III, 3, 4).

[22] Cf Ignacio de Antioquía, Epístola a los Romanos, III,1; IV,3; IX,1, en D. Ruiz bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950 (BAC 65), 476.477.480.

[23] Cf Adversus haereses, III, 3, 2-3.

[24] Cf B. Aland, «Montano-Montanismo», NDPAC, 3358-3361).

[25] Cf Tertuliano, De pudicitia, c. 21, en J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 592-593.

[26] Cf DH 3064.

[27] «Prima Sedes a nemine iudicatur», la Primera Sede por nadie puede ser juzgada (cf Código de Derecho Canónico, c. 1404).

[28] Cf DH 3059.

[29] Cf DH 3062; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21/XI/1964 [= LG], n. 22.

[30] Cf DH 3063.

[31] Cf DH 3073-3075.

[32] LG 25.

[33] «der Papst hat einen Auftrag, den er sich nicht selbst gegeben hat» (Benedikt XVI, Licht der Welt. Der Papst, die Kirche und die Zeichen der Zeit, Freiburg-Basel-Wien 2010 [= Licht der Welt], 166). Traducción nuestra.

[34] Cf Adversus haereses, III, 23, 1-6.

[35] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375-379.

[36] Cf LG 22.

[37] Cf Ireneo de Lyon, Adversus haereses, V, 1-2, 22ss.

[38] «das Kirche Einheit brauht, dass sie so etwas wie Primat braucht. Für mich war interessant, dass der in America lebende ortodoxe Theologe John Meyendorff gesagt hat, ihre Autokephalien sein ihr größtes Problem; sie bräuchten so etwas wie einen Ersten, einen Primas […]. Die Probleme der nichtkatholischen Christenheit beruhen sowohl von Theologischen als von Pragmatischen her weitgehend auch darauf, dass sie kein Organ der Einheit haben» (Licht der Welt, 167). Traducción nuestra.

[39] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 29/IX/1991. Traducción nuestra.

[40] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 4/IV/1972. Traducción nuestra.

[41] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/XI/1984. Traducción nuestra.

[42] Cf P. Corrêa de Oliveira, Conversa, 17/V/1980. Traducción nuestra.

[43] «Onde infidelidades de Papas poderiam tentar a fidelidade dos fiéis eu quero pôr a minha fidelidade inteira» (cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/VII/1995). Traducción nuestra.

Formação doutrinal dos Sacerdotes

“Mestre, que devo fazer para possuir a vida eterna?” (cf. Lc 10, 25). Essa pergunta, que passou para a história como parte de uma conspiração contra Nosso Senhor Jesus Cristo, não era de todo original. Desde os primórdios, a humanidade conhecedora ou não da Revelação, se interroga sobre como fazer para possuir uma perene vida feliz. Todavia, nem sempre essa incessante busca tem se deparado com a resposta acertada. Mas, aquele doutor da lei que inquiriu Nosso Senhor Jesus Cristo parece tê-la encontrado, ainda que só teoricamente: “Amarás o Senhor teu Deus de todo o teu coração, de toda a tua alma, de todas as tuas forças e de todo o teu pensamento; e a teu próximo como a ti mesmo. Falou-lhe Jesus: Respondeste bem; faze isto e viverás” (cf. Lc 10, 27).

“E quem é o meu próximo?” (cf. Lc 10, 29). Apesar de suas más intenções, o soberbo doutor, sem querê-lo, dava a Nosso Senhor a possibilidade de criar uma das mais belas expressões de sua sabedoria divina: a conhecida parábola do bom samaritano, ao termo da qual Jesus mesmo deu-lhe a possibilidade de descobrir a resposta acertada à sua pergunta insidiosa: “Qual destes três parece ter sido o próximo daquele que caiu nas mãos dos ladrões? Respondeu o doutor: Aquele que usou de misericórdia para com ele. Então Jesus lhe disse: Vai, e faze tu o mesmo” (cf. Lc 10, 37). E o colóquio narrado pelo Evangelho, ofereceu categoricamente o caminho para a eternidade feliz: as obras de misericórdia para com o próximo.

O Bom Samaritano, por Francesco Fontebasso. Museu Diocesano de Trento - Italia
O Bom Samaritano, por Francesco Fontebasso. Museu Diocesano de Trento – Italia

Poucos são os que conhecem com profundidade o verdadeiro significado cristão do termo misericórdia, em toda a sua explicável abrangência. Ao ouvir falar dessa virtude, há quem faça cogitações sobre a necessidade de empreender obras sociais que assistam enfermos, famulentos, cativos, e, enfim, todo tipo de pessoas que passam por situações adversas na sua vida material. De fato, ajudar quem esteja em circunstâncias como essas é algo admirável, mas não encerra as possibilidades de fazer o bem, sobretudo o bem misericordioso. Assim, para guiar os bons corações, cheios de sadio altruísmo, a Igreja define as obras de misericórdia inspiradas no verdadeiro espírito cristão. Ela, de fato, considera que a misericórdia inclina os homens a ter uma equilibrada compaixão em relação à miséria do outro e os inspira a auxiliá-lo. Entretanto, demonstra ser equivocado pensar que só existem misérias no campo material. E, ponderando a supremacia da alma em relação ao corpo, defendida pela filosofia antiga e ostentada pelo cristianismo, é de se considerar com que importância se deve distinguir e realizar as obras de misericórdia espirituais.

Entre as obras de misericórdia que desempenham os Arautos do Evangelho, têm primazia a instrução ou formação daqueles que se dedicarão ao ministério sagrado. É bem verdade que cada instituição procura desenvolver suas atividades de acordo com seu carisma próprio. Para os Arautos do Evangelho, operar a formação de seus futuros sacerdotes com beleza significa educá-los, antes de tudo, seguindo o verdadeiro tesouro que a Igreja oferece em seus documentos sobre a formação sacerdotal. Neste artigo, procuraremos abordar a linha mestra que orienta os Arautos do Evangelho na formação de seus seminaristas, na perspectiva de que estes educarão na fé outros fiéis para a Igreja de Deus.

Ao preocupar-se com a formação doutrinária a ser ministrada no seminário dos Arautos do Evangelho, seu fundador, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, logo percebeu a grave necessidade de conscientizar os envolvidos nesta educação intelectual e os próprios seminaristas, sobre o que a Igreja quer transmitir acerca dessa formação. Ou seja, com que estado de espírito os professores deveriam ministrar suas aulas e os alunos receber os conhecimentos delas oriundos. Dentre os muitos aspectos que se poderia tratar a respeito da maneira como os Arautos desempenham essa obra de misericórdia – a instrução –, fixemos a atenção neste ponto: o juízo que se deve fazer a respeito do tema estudos, assunto que se reveste de grande relevância, como teremos a oportunidade de verificar.

Missa de abertura do ano letivo, Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima - Arautos do Evangelho, São Paulo - Brasil
Missa de abertura do ano letivo, Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima – Arautos do Evangelho, São Paulo – Brasil

O primeiro pressuposto para compreender o modo como determinada ação deve ser conduzida é a compreensão de sua finalidade. O princípio se aplica de maneira especial aos estudos seminarísticos. A concepção acerca do modo como esses devem ser dirigidos deve se basear, antes de tudo, em seu objetivo final. Então, para que servem os estudos no seminário? Por que os futuros padres devem se dedicar intensamente à sua própria instrução?

Por simples que pareça essa pergunta, a resposta a ela é um tanto complexa. Primeiramente porque a instrução doutrinária, mesmo voltada especificamente para o desenvolvimento intelectual dos seminaristas, se encaixa num objetivo mais geral da formação oferecida nos seminários, atrelando-se também a outras dimensões dessa mesma formação.[1] Isso significa que, para descobrir a finalidade da formação doutrinária, é necessário, em primeiro lugar, descobrir a finalidade da formação sacerdotal como um todo. Qual é então esse objetivo geral, para o qual devem estar voltadas a formação pastoral, espiritual, disciplinar, e também doutrinal? Um documento lançado pela Conferência Nacional dos Bispos do Brasil responde a essa questão de modo claro e preciso: o objetivo geral da formação dos candidatos à vida presbiteral é levá-los a ser santos.[2]

Assim, através de um entrelaçamento das atividades que a casa de formação oferece, todos os aspectos da formação sacerdotal devem estar harmonicamente coordenados entre si pelos superiores dos seminários para atingirem esse fim primordial, a santidade dos futuros sacerdotes.[3] Todas elas precisariam se dirigir em conjunto para um plano educativo comum, e nenhuma delas, nem mesmo a formação doutrinária, pode ser considerada de maneira autônoma ou independente.[4]

De acordo com a ciência canônica, a proposta de fazer com que os diversos traços da formação sacerdotal se voltem em conjunto para uma finalidade comum é um dos aspectos da normativa da Igreja que sofreu uma evolução: os preceitos relativos à formação dos candidatos ao ministério sagrado encontravam-se, no Código de 1917, sob a rubrica do Magistério Eclesiástico, e davam ao assunto uma nota meramente acadêmica.[5] No Código atual, o tema se encontra num capítulo voltado para a formação dos clérigos, sublinhando, desta forma, os múltiplos aspectos da formação: psicológica, afetiva, acadêmica, espiritual, e outros.[6]

Desse modo, os estudos, harmonicamente conjugados com os outros elementos da formação sacerdotal, devem ser, antes de tudo, um fator de contribuição para a santificação dos alunos que se preparam para a vida ministerial. Nesse sentido, conforme afirmara Mons. João Clá numa homilia para professores e seminaristas, a inteligência terá um papel fundamental: “(…) se eu ampliar muito a minha inteligência, terei mais facilidade em praticar a virtude e em ser santo”.[7] E é procurando atingir essa finalidade – a santidade – que os Arautos desenvolvem a formação intelectual de seus candidatos ao ministério sagrado. Como procuram fazê-lo?

A atenção para com a formação intelectual dos sacerdotes sempre esteve presente na Igreja, mas suas explicitações acerca de certas peculiaridades parecem ter atingido um ápice nos últimos séculos de sua atuação nesse campo. Numa Carta Encíclica devotada ao tema do Sacerdócio Católico[8], escrita pelo Papa Pio XI, o Pontífice, demonstrando especial preocupação no que tange à intelectualidade dos seminaristas, salientava a importância da escolha dos professores.[9] Seu discurso voltava-se curiosamente para a capacidade que os encarregados da formação deveriam ter em ensinar mais pelo exemplo do que com a palavra, e em infundir, juntamente com a formação doutrinária, um espírito sólido, varonil e apostólico, que fizesse nascer a piedade e outras virtudes.[10] Ademais, o documento alertava que os estudos deveriam ser uma armadura contra tentações ou perigos mais graves.[11]

O Papa Pio XII, na exortação apostólica Menti Nostrae também estreita os laços entre desenvolvimento intelectual e espiritual na formação sacerdotal.[12] Recordava que para santificar-se, ou santificar aos outros, é necessário estar preparado por uma sólida doutrina.[13] Segundo o documento, os mestres da vida espiritual consideram o estudo das ciências sagradas, quando ministrado adequadamente, um alimento para o espírito de fé[14]; e, ao recomendar uma forte preparação intelectual, advertia a necessidade de ter certo equilíbrio e cuidado, pois uma formação doutrinal mal oferecida poderia representar para o clero um perigo de danos incalculáveis.[15]

Como se pode perceber por meio da leitura desses documentos, a Igreja não faz, de fato, uma dissociação entre os estudos e outros aspectos da formação sacerdotal; ao contrário, é notável o cuidado em associar a instrução com a vida espiritual dos seminaristas. E é assim que os Arautos do Evangelho promovem a santidade através do estudo: harmonizando-o com a vida de piedade. A respeito dessa sadia harmonia entre vida de estudo e vida de oração, asseverava o fundador dos Arautos: “Estudo sem oração é um suicídio! Porque nós aprendemos, é verdade, não tem dúvida, porque estudamos; mas é preciso aprender não só com a cabeça, é preciso aprender com o coração. Porque o homem é um todo, ele é corpo e alma, e ele precisa dar vida, dar substância a esta participação que ele tem na vida do próprio Deus, com o Batismo. E isto se faz muito mais pela oração do que pelo estudo”.[16]

Essa orientação é muito atual, pois se encontra expressa no Código de 1983.[17] Na verdade, os documentos acima mencionados estão entre as principais fontes de um dos cânones do atual código, voltado para a formação intelectual dos sacerdotes, que destaca justamente a necessidade de uma conformidade entre a formação doutrinária e a vida espiritual dos seminaristas.[18] De fato, entre a formação doutrinal[19], a vida de fé e a vida espiritual dos alunos, deve haver uma estreita afinidade.[20] Elas não podem estar desconexas entre si.[21] E Mons. João dá as diretrizes para se conjugar esses aspectos da formação sacerdotal: “(…) nada melhor do que um estudo feito, em comunidade, dentro de um ritmo de vida religiosa, com uma substância enorme de orações pelo meio, pervadido de orações e regado por orações. Porque aí sim nós temos as duas asas: uma que se desenvolve para conhecer e outra que se desenvolve para amar, e aí se voa. Porque voar com uma asa só, a gente começa a rodopiar e vai lá para baixo”.[22]

Submetendo-se a todas essas considerações, a formação doutrinária nos Arautos não é apreciada como um componente a mais da formação dos seminaristas, mas um eficaz recurso que faça com que eles adiram à Palavra de Deus, cresçam em sua vida espiritual e, assim, disponham-se para o exercício do ministério pastoral.[23] E isso diz respeito de maneira especial aos estudos teológicos, pois os que se dedicam a eles devem ser, de acordo com a Pastores dabo Vobis, verdadeiros crentes, homens de fé, que falam sobre sua própria fé.[24] Não é sem razão que este curso preenche a maior parte da vida dos Arautos que se preparam para o ministério sagrado.

Desse modo, uma das notas dominantes da formação nos Arautos do Evangelho é o cuidado de não proporcionar aos candidatos ao sacerdócio uma consciência equivocada a respeito dos estudos que precedem a ordenação sacerdotal. A Exortação Apostólica Pós-sinodal Pastores dabo vobis incita a que os formadores não apresentem os estudos preparatórios para o sacerdócio com caráter meramente científico.[25] A respeito desse ponto, alertava o fundador dos Arautos: “E aí nós vemos que cuidado devemos ter quando nós começamos a estudar, porque o estudo não deve partir do raciocínio da inteligência. O estudo deve partir da Fé apoiada e sustentada pela virtude, e depois vem todo o resto”.[26]

Isso significa que se deve aplicar todo o esforço necessário para que os seminaristas não estudem com a impostação de meros cientistas da fé[27], mas sim tomados de entusiasmo para com a doutrina que assimilam: “O estudo deve ser feito com o intuito de crescer no amor, de crescer na fé”.[28]

Mons. João S. Clá Dias, Fundador dos Arautos do Evangelho
Mons. João S. Clá Dias, Fundador dos Arautos do Evangelho

Só com o espírito contemplativo é possível ser teólogo e santo, como um São Tomás de Aquino, um São Boaventura e tantos outros. Depois da dissociação entre as potências intelectual e volitiva, causada pelo pecado original, o homem é capaz de saber muitas coisas sobre Deus, sem, todavia, entregar-lhe o coração. Isso justifica a pergunta: “Por que os teólogos não são todos eles os que mais louvam a Deus? Pois há teólogos que não conseguem louvar a Deus. Por quê? Porque conhecer a Deus não é só conhecer teologia, conhecer a Deus não é só estudar; o estudo ajuda, sem nenhuma dúvida, mas desde que a pessoa se identifique com os desejos de Deus a seu respeito. E identificar-se exige conhecimento de contemplação”.[29]

Com efeito, da admiração e da meditação provém a transformação interior, dela o louvor perfeito e a glorificação, como fez de forma insuperável Nossa Senhora em seu Magnificat. Com os olhos postos n’Ela, a alma contemplativa por excelência, em cujo coração se conservavam e se aprofundavam os mais sublimes mistérios da salvação, os Arautos desejam formar uma geração de teólogos exímios, cheios de fogo do Espírito Santo, capazes de contagiar entusiasticamente os fieis, com a verdadeira doutrina da Santa Igreja, a Mãe indizivelmente amada, que nos une a Maria e, por Maria, a Jesus.

Pe. Carlos Adriano Santos dos Reis, EP (Extraído de “Retrospectiva 2013-2014”)

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[1] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Adhortationes Apostolicae: Pastores dabo vobis (25 Martii 1992), in AAS LXXXIV (1992), pp. 748-750, n. 51.

[2] Cf. V. dos Santos Goulart, Pe., Diretrizes para a formação, p. 45.

[3] Cf. D. Cito, in Comentario exegético, p. 246.

[4] Cf. Idem, ibidem.

[5] Cf. J. Hortal Sánchez, SJ. Comentários e notas, p. 130.

[6] Cf. Idem, ibidem.

[7] Clá Dias, João S. Homilia da 6ª feira da I semana da Quaresma. Caieiras, 6 mar. 2009.

[8] Cf. Pius PP. XI,  Litterae Encyclicae: Ad Catholici Sacerdotii (20 Decembris 1936) in AAS XXVIII, (1936), p 26, n. 50.

[9] Cf. Idem, ibidem.

[10] Cf. Idem, ibidem.

[11] Cf. Idem, ibidem.

[12] Cf. Pius PP. XII, Apostolica Adhortatio: Menti Nostrae (23 Septembris 1950), in AAS XXXXII (1950), p. 667, n. 33.

[13] Cf. Idem, pp. 678-679, n. 65.

[14] Cf. Idem, pp. 687-688, n. 86.

[15] Cf. Idem, p. 689, n. 89.

[16] Clá Dias, João S. Homilia da segunda-feira da Oitava de Páscoa. Caieiras, 5 abr. 2010.

[17] CIC-1983, c. 244. Alumnorum in seminario formatio spiritualis et institutio doctrinalis harmonice componantur, atque ad id ordinentur, ut iidem iuxta uniuscuiusque indolem una cum debita maturitate humana spiritum Evangelii et arctam cum Christo necessitudinem acquirant.

[18] Cf. D. Cito, in Comentario exegético, p. 245.

[19] Cf. G. Ghirlanda, O Direito na Igreja, p. 149.

[20] Cf. Idem, ibidem.

[21] Cf. Idem, ibidem.

[22] Homilia da quinta-feira da 9ª semana do Tempo Comum. Mairiporã, 5 jun. 2008.

[23] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Adhortationes Apostolicae: Pastores dabo vobis (25 Martii 1992), in AAS LXXXIV (1992), pp. 748-750, n. 51.

[24] Cf. Idem, pp. 751-753, n. 53.

[25] Cf. Idem, ibidem.

[26] Clá Dias, João S. Homilia do sábado da Oitava da Páscoa. Mairiporã, 14 abr. 2007.

[27] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Op. Cit., pp. 748-750, n. 51.

[28] Clá Dias, João S. Homilia. Mairiporã, 14 abr. 2007.

[29] Clá Dias, João S. Homilia na Festa de Nossa Senhora de Guadalupe. Caieiras, 12 dez. 2009.

Deus está em todo lugar

Quando contemplamos, num belo anoitecer de verão, a abóbada celeste, percebemos miríades de estrelas que, aos poucos, vão se acendendo aqui, lá e acolá.

Na verdade, além das que vemos, existem milhões e milhões de outras, que, só com a ajuda de boas lunetas, conseguiríamos ver. E ainda resta um número quase incontável, que nem sequer a ciência, com todos os seus recursos, logrou ainda observar.

Pois bem, mesmo sendo o Universo tão imenso a ponto de nos parecer sem limites, há um Ser superior a isso tudo, que tudo criou, tudo governa e tudo vê: Deus infinito. Ele está presente em tudo, não há lugar onde Ele não possa estar, como diz o Salmista: “Tu me envolves por todo lado e sobre mim colocas a tua mão. Onde eu poderia ocultar-me do teu Espírito? Para onde poderia fugir da tua presença? Se subir até os céus, Tu lá estás; se descer ao mundo dos mortos, ali Te encontras” (Sl 138, 5; 7-8). Também lemos nos Atos dos Apóstolos que em Deus “vivemos, nos movemos e existimos” (At 17,28).

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O modo de Deus estar presente na criação

Ensina-nos o grande São Tomás de Aquino que existem três modos de Deus estar presente na obra da Criação. Primeiro, por potência, ou poder, pois tudo está submetido a seu domínio; se fosse possível a Deus cochilar um instante, tudo voltaria ao nada. Segundo, por presença, visão ou conhecimento, pois tudo está patente e como que descoberto a seus olhos; nada Lhe escapa, nem sequer os mais ocultos pensamentos. Terceiro, por essência ou substância, pois Ele está em tudo, como causa de seu ser.

Falando em termos mais específicos, existem outras presenças de Deus, como a inabitação na alma do justo, realizada através da graça. Também a presença pessoal ou hipostática, única e exclusivamente de Cristo, pela qual sua humanidade adorável subsiste na própria pessoa do Verbo Divino. Por isso Ele é pessoalmente Deus, a Segunda Pessoa da Santíssima Trindade encarnada. Temos, ademais, a presença sacramental ou eucarística, na qual Jesus Cristo está realmente presente sob as espécies do pão e do vinho.

Há, por fim, a presença de visão ou manifestação, que é a do Céu. Deus está presente em toda parte, porém, não Se deixa ver em todo lugar, mas somente no Céu. Só na Visão Beatífica Ele Se manifesta face a face aos bem-aventurados.

 

Lembremo-nos dia e noite do olhar de Deus

Portanto, Deus está presente em toda parte e constantemente nos vê. Oh! Quantos crimes seriam evitados, quantos problemas seriam resolvidos, quantas lágrimas seriam enxugadas, quantas aflições se- riam suavizadas, se a humanidade tivesse consciência do olhar de Deus sempre pousando sobre nós! “Deus está no Templo santo e no Céu tem o seu trono, volta os olhos para o mundo, seu olhar penetra os homens” (Sl 10,4).

Estamos aflitos, necessitando de uma palavra de conforto e ânimo para superar algum obstáculo? Precisamos de um coração com o qual possamos nos abrir? Ou de um amigo a quem falar? Por que não recorrer ao melhor dos amigos, ao mais suave, compreensivo e cheio de compaixão, que é o próprio Deus? Ele nos conhece até o fundo e sabe tudo de que precisamos; seu Divino Coração arde em desejos de ajudar e consolar as almas abatidas e de aliviar as costas carregadas de fardos: “Vinde a Mim todos vós que estais cansados e oprimidos, que Eu hei de aliviar- vos” (Mt 11,28).

Queremos servir a Deus com mais amor e perfeição? Lembre- mo-nos de seu olhar dia e noite. Certa vez, Santo Inácio de Loiola, vendo um de seus irmãos trabalhar de modo relaxado, perguntou-lhe:

— Irmão, para quem trabalhas?

— Para Deus — respondeu-lhe ele.

— Se me dissesses que trabalhas para um homem, eu compreende- ria tua moleza, mas isso é imperdoável quando se trabalha para Deus.

São Francisco de Sales vivia tão compenetrado da presença de Deus, que, estando sozinho ou em sociedade, conservava um porte digno, modesto e grave. Costumava dizer que não sentia constrangimento algum na frente de reis ou príncipes, pois estava habituado a encontrar-se na presença de um Rei muito maior, que lhe inspirava respeito.

 

A oração torna a vida mais leve, suave e amena

A oração frequente é um meio eficaz para nos recordar a presença de Deus. É tão fácil — durante nossos afazeres, no trabalho, na escola ou em casa, andando pela rua, dirigindo no trânsito ou já deitados para o descanso — fazer uma prece, uma jaculatória que seja, a Deus, ao Sagrado Coração de Jesus e oferecer-Lhe os problemas, pedir-Lhe ajuda e proteção!

Caro leitor, eu o convido a fazer isso diariamente, com amor e confiança, e você verá que, aos poucos, sua vida irá se tornando mais leve, suave e amena.

Diz Jesus no Evangelho: “Pedi e ser-vos-á dado; procurai e encontrareis; batei e hão de abrir-vos” (Lc 11,9). Por que desprezamos essa promessa proferida por lábios divinos e que nos dá a garantia absoluta de sermos ouvidos? Poder-se-ia dizer que Nosso Senhor como que Se inclina do Céu sobre a terra à espreita de que Lhe façamos pedidos, desde os mais simples até os mais ousados, para ter Ele a alegria de atender-nos e encher-nos de dons e graças.

Rainha dos Anjos

“Tu o dizes! Eu sou Rei!” (Jo 18, 37).

Tudo que toca na pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo tem uma grandeza deslumbrante, pelo simples fato de que Ele é Deus. Mas, de todas as cenas narradas nos Evangelhos, talvez seja esta, a do diálogo com Pilatos, a que mais deixa transparecer essa qualidade tão pouco apreciada em nossos dias: a grandeza.

Jesus está numa situação de terrível humilhação. Preso, tratado como um criminoso, de mãos atadas, submetido a todo tipo de vexações e apresentado na qualidade de réu ao representante de Roma, o maior poder político e militar da época. Pilatos tinha a segurança de quem estava na posição de dominador, com a capacidade de exercer todo tipo de arbítrio sobre os que lhe estavam subordinados. Até já se tinha tornado célebre entre os judeus por sua crueldade.

Podemos imaginar o assombro de Pilatos, ao ouvir a resposta de Jesus: “O meu Reino não é deste mundo; se meu Reino fosse deste mundo, os meus servos lutariam para que Eu não fosse entregue aos judeus; mas o meu Reino não é daqui” (Jo 18, 36). Ele percebia que em Jesus havia um mistério que fugia totalmente à sua compreensão humana e que Nosso Senhor dizia a verdade. Ele era de um Reino que não era deste mundo, e era Rei.

Jesus diante de Pilatos. Museu de Arte Sacra, Evora, Portugal.
Jesus diante de Pilatos. Museu de Arte Sacra, Evora, Portugal.

Noutras ocasiões os judeus quiseram aclamá-Lo Rei, mas Ele havia recusado, esquivara-Se. Agora, diante de Pilatos, do representante de Roma, declara-Se Rei. Sua atitude pode até causar certa perplexidade. Jesus vinha para uma missão exclusivamente espiritual: libertar a humanidade do pecado, através do sacrifício redentor da Cruz. Por que agora Ele se empenha em declarar sua condição real? Não bastaria afirmar apenas que era o Messias, o Filho de Deus?

Essa declaração marcou o espírito de Pilatos a fundo. Pode-se imaginar a atitude, o olhar e a entonação de voz de Jesus, grave, pausada e serena, ao responder ao tribuno romano. “Tu o dizes, Eu sou Rei!”

E, de fato, Jesus é Rei no sentido pleno do termo. Ele é o Rei dos reis. D’Ele, enquanto Verbo de Deus encarnado, toda autoridade deriva, como se constata no segundo diálogo com Pilatos: “Nenhum poder terias sobre Mim se não te fosse dado do Alto” (Jo 19, 11).

Mas, além de sua condição divina, existem outros atributos pelos quais Jesus possa ser considerado Rei? Ele o era, em primeiro lugar, por direito de sucessão, por ser da casa de David, segundo as palavras do Arcanjo Gabriel a Nossa Senhora: “darás à luz um Filho […] será chamado Filho do Altíssimo e o Senhor lhe dará o trono de seu pai David; reinará sobre a casa de Jacó, e seu reino não terá fim. […] Será chamado Filho de Deus” (Lc 1, 31-33).

Ele também era rei por direito de conquista. Com efeito, pela falta de Adão, a humanidade vivia sob a escravidão do pecado, sob o domínio de satanás e estava-lhe vedado o acesso ao Céu. Pelo sacrifício da Cruz, Nosso Senhor resgatou o gênero humano da dívida do pecado, deu aos homens a possibilidade de se tornarem filhos de Deus, através do Batismo, e poderem fazer parte do Reino de Deus, do qual Jesus é Rei. Por isso, Ele declara a Pilatos: “O meu Reino não é deste mundo.” (Jo 18, 36) Sua realeza, espiritual, e mais efetiva do que a temporal, era sobre o Reino de Deus, de caráter sobrenatural. Compreende-se então que as profecias sobre o Messias falassem de um reino eterno que não seria destruído (Cf Dn 7, 14; Mq 4, 7).

Também os Magos chegaram a Jerusalém à procura do Rei dos judeus que acabara de nascer (Cf Mt 2, 2). Os sacerdotes e os escribas consultados por Herodes logo veem que se trata do Messias e citam a conhecida profecia de Miqueias sobre o lugar do nascimento do Salvador: “E tu Belém […] de ti sairá para mim Aquele que governará Israel” (Mq 5, 1).

Não resta dúvida que Jesus é verdadeiramente, e no sentido pleno da palavra, Rei! Desta sublime verdade, a realeza de Cristo, decorre outra não menos bela: Maria é Rainha! Sob a perspectiva sobrenatural a situação de Nossa Senhora, a partir da Anunciação, mudara completamente. A humilde Virgem de Nazaré foi posta no coração da obra redentora, numa relação de proximidade com Deus, única na história, sendo elevada assim, acima dos Anjos, pois se tornara Mãe de Deus. É este o principal fundamento de sua realeza. A Graça que recebeu pela maternidade divina elevou-A tão acima de todas as outras criaturas, inclusive dos Anjos, que Ela é Rainha natural de todo o Universo.[1]

Já os Padres da Igreja A consideravam soberana. Santo Efrém, um dos principais teólogos do século IV, não deixa margem à dúvida quando A invoca nos termos: “…Virgem augusta e protetora, Rainha e Senhora, protege-me à tua sombra, guarda-me, para que satanás, que semeia ruínas, não me ataque, nem triunfe de mim o iníquo adversário”.[2]

Santo André Cretense, nascido no século VII, considerado um dos grandes escritores bizantinos, assim declara a respeito da realeza de Maria: “Rainha de todo o gênero humano, porque, fiel à significação do seu nome, se encontra acima de tudo quanto não é Deus”.[3]

Não foi menos categórico o Magistério da Igreja. Com o poder das sagradas chaves de Pedro, Pio XII declara a esse respeito: “[…] Maria é Rainha, por ter dado a vida a um Filho, que no próprio instante da sua concepção, mesmo como homem, era rei e senhor de todas as coisas, pela união hipostática da natureza humana com o Verbo. Por isso muito bem escreveu São João Damasceno: ‘Tornou-se verdadeiramente Senhora de toda a criação, no momento em que se tornou Mãe do Criador’. E assim o Arcanjo Gabriel pode ser chamado o primeiro arauto da dignidade real de Maria”.[4]

Mas além de ser Rainha por sua predestinação, Ela o é também por direito de conquista, tal como seu Divino Filho. Morrendo na Cruz, Jesus Cristo derrotou o poder de satanás, venceu o inimigo infernal que subjugava a humanidade, a qual fora prostrada na pessoa de Adão. Entretanto, pela vontade de seu Filho, a participação de Maria Santíssima nessa vitória foi tão íntima, inseparável da divina vítima imolada, que também, e a justo título, devemos considerá-La como Rainha por direito de conquista. E essa vitória d’Ela sobre a serpente já estava prenunciada pelo próprio Deus: “Porei inimizade entre ti e a mulher, entre a tua descendência e a dela. Ela te esmagará a cabeça” (Gn 3, 15).

Não é concebível que Nossa Senhora ignorasse o que aconteceria com seu Filho. Ela conhecia todos os sofrimentos pelos quais, com sua aceitação, Ele iria passar. “Quando estava ao pé da Cruz, o Padre Eterno pediu-Lhe consentimento para que Nosso Senhor Jesus Cristo fosse morto. Ela que poderia ter dito não — o Padre Eterno estava querendo pôr nas mãos d’Ela o destino de seu Filho — disse sim. Disse sim para salvar as almas dos homens. Se Ele não morresse, não haveria Céu para nós.

“Nessa hora em que Ela disse sim, Ele ficou entregue aos horrores da morte. Ela viu seu Filho dizer ao Padre Eterno: ‘Meu Pai, meu Pai, por que me abandonastes?’ O que tinha um pouco o sentido: ‘Minha Mãe, minha Mãe, por que consentistes?’ Mas Ela quis. E quando Ele expirou, o gênero humano estava redimido”.[5]

Maria demonstrou assim seu amor por nós aceitando entregar seu Filho Unigênito à ignominiosa morte na Cruz. “No altar do Gólgota, podemos observar três amores participando do mesmo sacrifício. Para a salvação do mundo, o Padre Eterno entregou seu Unigênito Filho; o Verbo Encarnado, sua própria vida, e a Virgem, seu Filho adorado. Não temos senão um único Redentor, o Cordeiro imolado sobre a Cruz; é justo. Mas, a Mãe admirável que O educou para o Calvário e que, chegado o momento, formada e preparada por Ele, O ofereceu por nosso resgate, num mesmo ideal de amor, esta Mãe não tem direito ao título de Corredentora?”[6]

Ora, sob esse aspecto, sua realeza se estende também aos Anjos. Em primeiro lugar porque sendo Corredentora tornou-Se Mãe da Divina Graça, obtida por Cristo na Cruz, em previsão da qual os Anjos venceram a prova e entraram na visão beatífica. E em segundo lugar, porque foi Ela quem, à frente dos Anjos, triunfou definitivamente sobre os demônios, conquistando assim a supremacia sobre eles.

Mais uma vez a sagrada voz do Magistério, nos lábios de Pio XII, confirma esta verdade: “Se Maria, na obra da salvação espiritual, foi associada por vontade de Deus a Jesus Cristo, princípio de salvação, e o foi quase como Eva foi associada a Adão, princípio de morte, podendo-se afirmar que a nossa Redenção se realizou segundo uma certa ‘recapitulação’, pela qual o gênero humano, sujeito à morte por causa duma virgem, salva-se também por meio duma Virgem; se, além disso, pode-se dizer igualmente que esta gloriosíssima Senhora foi escolhida para Mãe de Cristo ‘para lhe ser associada na Redenção do gênero humano’, e se realmente ‘foi ela que – isenta de qualquer culpa pessoal ou hereditária, e sempre estreitamente unida a seu Filho – O ofereceu no Gólgota ao eterno Pai, sacrificando juntamente, qual nova Eva, os direitos e o amor de mãe em benefício de toda a posteridade de Adão, manchada pela sua desventurada queda’ poder-se-á legitimamente concluir que, assim como Cristo, o novo Adão, deve-se chamar Rei não só porque é Filho de Deus mas também porque é nosso redentor, assim, segundo certa analogia, pode-se afirmar também que a Bem-Aventurada Virgem Maria é Rainha, não só porque é Mãe de Deus mas ainda porque, como nova Eva, foi associada ao novo Adão”.[7]

Coroação de Maria Santíssima. Mosaico da fachada da Catedral de Siena, Itália.
Coroação de Maria Santíssima. Mosaico da fachada da Catedral de Siena, Itália.

O Homem-Deus, por ser seu filho, sujeitava-Se à autoridade desta humilíssima Rainha. Aquele que é o Soberano e Senhor da coorte celestial, a quem os Anjos louvam e servem, submete-Se durante trinta anos a sua Mãe Santíssima. Por espírito de respeito pela hierarquia celeste, também os Anjos se submeteram ao senhorio dessa admirável Senhora, sôfregos de atenderem seus mínimos desejos e levarem ante o trono do Altíssimo suas onipotentes preces, pois queriam obedecer-Lhe à imitação do Filho de Deus. E uma vez assumpta ao Céu, não pode Ela ter perdido os privilégios concedidos pela Santíssima Trindade, já nesta vida. Pelo contrário, seus poderes reais foram ampliados. É por essa razão que os fieis devem acudir a Ela, enquanto a misericordiosa Rainha dos Anjos, pedindo seu auxílio e proteção. A oração do venerável Pe. Luís Eduardo, composta sob inspiração da mesma Virgem, é, fora de dúvida, um excelente meio de suplicar a intervenção da Rainha dos Anjos, e de seus angélicos súditos:

“Augusta Rainha dos Céus e soberana dos Anjos, Vós que desde o primeiro instante de vossa existência recebestes de Deus o poder e a missão de esmagar a cabeça de satanás, humildemente vo-Lo pedimos: enviai as legiões celestes dos Anjos a perseguirem os demônios, por vosso poder e sob as vossas ordens, combatendo-os em toda parte, repreendendo-lhes as insolências e lançando-os nas profundezas do abismo. Quem como Deus? Santos Anjos e Arcanjos, defendei-nos e guardai-nos. Ó boa Mãe e tão terna, sede sempre o nosso amor e nossa esperança. Ó Mãe Divina, mandai-nos os vossos Santos Anjos que nos defendam e repilam para bem longe de nós o maldito demônio, nosso cruel inimigo. Amém”.[8]

Assim, encerra-se este livro, fazendo ao leitor um convite: seja cada vez mais devoto dos Santos Anjos e de sua Rainha. E peça a Ela que envie a celeste milícia em auxílio de seus filhos, a fim de expulsar da face da Terra todos os demônios que estão espalhados pelo mundo, procurando fazer mal às almas.

 

Extraído de “A Criação e os Anjos” (Coleção Conheça sua Fé, do Seminário dos Arautos do Evangelho)

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[1] Cf Ángel Herrera Oria. La Palabra de Cristo. Madrid: BAC, 1954. v. 10, p. 417-418

[2] Santo Efrém, apud Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 10.

[3] Santo André Cretense, apud Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 17.

[4] Pio XII. Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 33.

[5] Plinio Corrêa de Oliveira. São Paulo, 21 out. 1989. Conferência. (Arquivo ITTA-IFAT).

[6] Henry Pinard de La Boullaye. Marie, Chef-d’Oeuvre de Dieu. Paris: Spes, 1948, p. 115-116.

[7] Pio XII. Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 36.

[8] Plinio Corrêa de Oliveira. São Paulo, 22 jul. 1967. Conferência. (Arquivo ITTA-IFAT).

Jesus Cristo, Homem e Deus verdadeiro

001Introdução

 

Muitas vezes por não termos um adequado conhecimento da doutrina católica, reduzimos a nossa piedade e o nosso enlevo pela vida sobrenatural, quando o não, pela própria Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, pois não damos o verdadeiro valor ao mistério de sua Encarnação. E se não tomamos cuidado nos deixamos levar por doutrinas enganosas que procuram tirar a visão grandiosa que todo católico deve ter da Pessoa do nosso Redentor. É esse o motivo deste artigo, ajudar a tomarmos conhecimento da Grandeza de Nosso Senhor Jesus Cristo e por meio disso aumentarmos a nossa piedade, como também podermos defender a nossa fé.

Mais cedo ou mais tarde a todo católico se põem algumas perguntas. A natureza humana de Nosso Senhor Jesus Cristo, é adorável? Isto é, por exemplo, posso eu voltar-me a Ele e sobrenaturalmente oscular os seus pés e adorá-los, como os pés de Deus? Qual a relação que devo ter eu com Ele? Qual o ato de reverência que devo demonstrar-lhe e prestar-lhe? Qual a relação, portanto, que tem o Santíssimo Sacramento do Altar e eu?

Alguns fiéis por não conhecerem adequadamente a doutrina sobre a Graça de União que Cristo possui, têm uma fé incompleta e não fazem, por isso, progressos de amor e adoração em relação à Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo.

Essas perguntas hoje em dia podem ser vistas com repulsa para muitos, ou o que é pior, vistas com indagações de uma fé primária que não evoluiu nos “conhecimentos” teológicos, e que por sua vez tais perguntas não são dignas de crédito. Porém ao responde-las mostraremos que não só são elas cabíveis, como também solucionando-as cai por terra a doutrina naturalista, igualitária e reducionista, que hoje em dia muitos teólogos sustentam, considerando Jesus apenas como um revolucionário social que veio a este mundo só para salvar os oprimidos e marginalizados.[1]

 

  1. O exemplo de uma heresia: O Adocionismo

A primeira sentença que devemos rejeitar é que a Nosso Senhor deve-se atribuir uma dupla filiação; a primeira como Deus, Filho Natural, e a segunda como homem, filho adotivo. Tal heresia foi apregoada em fins do século VIII por Elipando de Toledo (+ 802) e por Felix de Urgel (+ 816). Essa heresia se intitula adocionismo, e foi combatida sobretudo pelo teólogo franco Alcuino.

Ela foi condenada com a própria censura de uma antiga heresia já existente, o nestorianismo. O papa Adriano I (772-795) condena o adocionismo numa de suas cartas doutrinais, acusando-a de uma renovação dos erros nestorianos, o que foi confirmado no Concílio plenário de Frankfurt (794) em presença do Imperador Carlos Magno, tendo como texto do Concílio esta sentença: “o filho nascido da Virgem era verdadeiro Deus e não podia ser considerado, portanto, como filho adotivo.” (D 615)

“Esta seita se levantou baixo o império de Carlos Magno, pelo ano 778. Com este motivo, Elipando, arcebispo de Toledo, consultou a Félix, bispo de Urgel, acerca da filiação de Jesus Cristo, e este bispo o contestou, que enquanto Deus, era verdadeira e propriamente Filho de Deus, gerado naturalmente pelo Pai; mas que Jesus Cristo enquanto homem ou filho de Maria, não era senão adotivo de Deus, decisão a que subscreveu Elipando. O papa Adriano, advertido deste erro, o condenou em uma carta dogmática dirigida aos bispos de Espanha.

[…] Félix se retratou, e depois voltou aos seus erros; Elipando, por sua vez, tendo enviado a Carlos Magno uma profissão de Fé que não era ortodoxa, fez esse príncipe reunir um Concílio em Frankfurt, em 794, no qual se condenou a doutrina de Félix e Elipando, o mesmo que no Concílio de Forli no ano de 795, e pouco tempo depois no Concílio celebrado em Roma sob o pontificado de Leão III.” (MORENO CEBADA, 1892, p.103, 104)

 

  1. O culto a Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo

Outra conclusão que a teologia chegou é que: o culto que se deve ao Homem-Deus, é o de látria absoluto que corresponde unicamente a Deus:

“A humanidade de Cristo veio a ser, pela união hipostática uma parte, em certo modo da pessoa do Logos e, por Ele, é adorada em e com o Logos. Ela é em si mesma objeto de adoração.” (OTT, 1997, p.253)

Uma prova do que acima ficou dito é que Nosso Senhor consentiu que as pessoas lhe prestassem tal culto, como O vemos na Sagrada Escritura aceitar as prosternações de joelho, que tinham um caráter de culto de adoração. (cf. Mt 28,9 e 17) Em São João 5, 23, Jesus reclama para si o culto que é devido ao Pai ao dizer “para que todos honrem ao Filho como honram ao Pai.” São Paulo também dá o mesmo testemunho ao afirmar em Filipenses 2, 10 “para que ao nome de Jesus se dobrem todos os joelhos” e na carta ao Hebreus 1, 6 testifica “Adorando-o todos os Anjos de Deus.”

E São Tomás o explica de forma caracteristicamente clara e brilhante:

“A adoração da carne de Cristo não significa senão a adoração do Verbo encarnado, assim como a reverência que se tributa às vestes reais não significa senão o respeito e submissão devidos ao rei que se veste das mesmas.” (S. Th. III, q.25, a. 2)

Alguns teólogos, dentre eles o Pe. Royo Marín, ao tratarem dessa adorabilidade do Homem-Deus denominam essa união intrínseca, que provem da união hipostática, de Graça de União. Essa graça existe pelo fato de que a união sobrenatural com Deus decorre da graça santificante. E os seres serão mais santos na medida que se unam mais com Deus, estabelecendo uma regra de três: maior graça, maior santidade, e vice e versa. Essa graça constitui a própria santidade substancial da humanidade de Cristo.

“Em virtude da união hipostática foi comunicada à humanidade de Jesus Cristo a santidade mesma do Verbo e é, por conseguinte, infinitamente santa, mesmo que prescindido da graça habitual ou santificante. […] A graça de união se estende a toda a humanidade de Cristo, ou seja, à alma e ao corpo.” (1961, p.70,72)

Dizendo de outra maneira, ao unir-se hipostaticamente com o Verbo de Deus, a humanidade Santíssima de Cristo (corpo e alma) ficou incorporada à mesma santidade do Verbo, não por uma informação do Verbo a humanidade de Cristo, mas sim em virtude do caráter substancial dessa união, isto recebe o nome de Graça de União. É por essa razão que a Igreja definiu que a própria carne de Cristo é Vivificante (D 123).

Porém um fato decorre disso. É que essa graça é única, e só existe na pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, como nos diz o piedoso doutor Sauvé:

002“As coisas preciosas em si mesmas o são mais quando são raras. A graça de união é não tão somente rara, senão única […] esta graça é singular e incomunicável. […] A graça de união se estende a toda humanidade de Jesus. […] Do ato mais ordinário, por exemplo, do ato pelo qual cortava e ajustava em Nazaré um pedaço de madeira, devo crer que agradava soberanamente a Deus e que era infinitamente meritório. […] Cada contato de seu corpo era infinitamente santo. […] Cada um de seus movimentos era infinitamente santo. […] Cada gota de seu sangue é infinitamente santa. […] Cada um de seus sofrimentos ou de suas alegrias era infinitamente santo e capaz de santificar as alegrias ou os sofrimentos do mundo inteiro.” ( apud ROYO MARÍN, 1961, p.72-73)

Partindo dessas considerações teológicas, a piedade cristã foi com o passar do tempo, prestando cada vez mais o culto de latría à Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, sendo uns, desde a Idade Média, mais salientados do que outros, como por exemplo a devoção às cinco chagas, ao preciosissímo sangue, à santa face, à cabeça dolorida do Redentor e sobretudo ao seu Sagrado Coração.

Porém a Igreja, para evitar abusos e extremos que poderiam ridicularizar a Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo – como por exemplo o culto as sobrancelhas de Nosso Senhor – não permite o culto público de cada uma das distintas partes da humanidade de Cristo, senão que unicamente as que se relacionam diretamente com a sua Pessoa e com os mistérios da encarnação. (cf. De Guibert, Documenta ecclesiastica christianae perfectionis apud ROYO MARÍN,1967)

O fundamento dogmático de tal adoração – sobretudo ao Sagrado Coração – teve sua origem numa mística alemã da Idade Média, e se baseia no dogma da união hipostática. O papa Pio VI assim declarou: que o Coração de Jesus era adorado, não separadamente ou desligado da divindade senão como o Coração da Pessoa do Verbo, com a qual se acha inseparavelmente unido. (Dz 1563)

Tal devoção encontrou seu maior realce após as revelações feitas pelo próprio Sagrado Coração a Santa Margarida Maria Alacoque, e foi ainda mais propagada após as encíclicas Miserentissimus Redemptor (1928) e Caritate Christi compulsi (1932), de Pio XI, e Haurietis aquas (1956), de Pio XII.

 

Conclusão

Acabamos por ver brevemente qual o culto e a devoção que devemos ter à Pessoa adorável de Nosso Senhor Jesus Cristo, esperando que este artigo mais do que um mero acréscimo intelectual, produza isto sim um maior desejo de entrega a esse Coração que tanto amou o mundo, como Ele mesmo disse a Santa Margarida Maria Alacoque, e que robusteça a nossa fé ao culto de adoração que se deve ao Homem-Deus.

 

Pe. Millon Barros, EP

Bibliografia

 

AQUINO, Tomás de. Suma Teológica. Tradução de Alexandre CORREIA. São Paulo: Faculdade de Filosofia “Sedes Sapientiae”, 1954.

BÍBLIA Sagrada. Tradução de Antonio Pereira de FIGUEIREDO. Lisboa: Great Britain, 1931.

MARÍN, Antonio Royo. Jesucristo y la Vida Cristiana. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1961.

MORENO CEBADA, Emilio D. Historia de las herejías. Barcelona: Imprenta de Ramón Inglanda, 1892.

OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática. 7.ed. Barcelona: Herder, 1997.

 

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[1] v. gr. BOFF, Leonardo. Igreja: carisma e poder, 3ª ed., Petrópolis: Vozes, 1982.

FEBRIS, Reginaldo. A opção pelos pobres na Bíblia, São Paulo: Ed. Paulinas, 1991.

MATEOS, Juan. A utopia de Jesus, São Paulo: Paulus,1994.

NEUTZLING, Inácio. O reino de Deus e os pobres, São Paulo: Ed. Loyola, 1986.

PIXLEY, Jorge & BOFF, C. Opção pelos pobres, Petrópolis: Vozes, 1986.

VIGIL, José Maria (Org.). Opção pelos pobres hoje, São Paulo: Ed. Paulinas, 1992.

FERREIRA, Francisco A. As bem – aventuranças de Jesus. São Paulo: Santuário, 1999.

A realeza de Cristo

Cristo Rei. Igreja de Santo André - Bayona, França
Cristo Rei. Igreja de Santo André – Bayona, França

“Perguntou-lhe então Pilatos: És, portanto, rei? Respondeu Jesus: Sim, eu sou rei.” (Jo 18, 37).

Rei, palavra tão pequena em sua ortografia, mas tão cheia de significados. De fato, quantas qualidades se poderiam atribuir às coisas eminentes e, no entanto, escolhemos a palavra rei. Ao astro por excelência, que irradia seus raios sobre a Terra, isto é, o Sol, damos o título de Astro-rei. Ao animal que reúne em si as mais importantes prerrogativas do reino animal, o leão, o qualificamos como rei dos animais.

Ora, se isto é assim no reino mineral e animal, a Cristo, o Primogênito de toda a criação, e o mais perfeito dentre os homens, não lhe caberia o título de rei?

No Credo, Símbolo dos Apóstolos, quando recitamos: “está sentado à direita de Deus Pai Todo-Poderoso, donde há de vir a julgar os vivos e os mortos”, proclamamos a realeza de Jesus Cristo. Com efeito, aquele que se assenta à direita do rei, participa do governo e juízo que este exerce.[1]

Se analisamos a Cristo, enquanto Deus, não teremos dificuldade em reconhecê-Lo como rei, uma vez que, sendo Deus, é o Criador e o Conservador de tudo quanto existe. Porém, enquanto homem, pode-se dizer que Ele é rei?

Para ser rei, antes de mais nada, é preciso que o soberano participe da mesma natureza que os súditos, ou seja, se é rei dos homens tem que ser homem. Sendo assim, Jesus, enquanto Deus, é rei pois, juntamente com o Pai e o Espírito Santo, possui supremo e absoluto sobre toda a criação[2]; e enquanto homem, Cristo tem sua realeza fundada na união hipostática, pela qual sua humanidade participa plenamente da divindade, uma vez que há uma só pessoa em Cristo, a segunda Pessoa da Santíssima Trindade. A união hipostática, portanto, faz de Nosso Senhor rei por natureza.[3]

Não obstante, Jesus é também rei por direito de conquista pois, tem direito a ela pelo fato de ter redimido a humanidade com sua Paixão e Morte na Cruz[4], como afirmou São Pedro: “Porque vós sabeis que não é por bens perecíveis, como a prata e o ouro, que tendes sido resgatados da vossa vã maneira de viver, recebida por tradição de vossos pais, mas pelo precioso sangue de Cristo, o Cordeiro imaculado e sem defeito algum.” (1 Pe 1, 18-19)

Nosso Senhor Jesus Cristo é ainda rei por tríplice motivo: por ser cabeça da Igreja, pela plenitude de sua graça, e por direito de herança.

Cristo é cabeça da Igreja à semelhança da relação que a cabeça tem com o corpo humano, ou seja, conforme a ordem, perfeição e poder. De acordo com a ordem, a cabeça é a primeira parte do homem, considerando do mais ao menos elevado. Do mesmo modo Jesus possui o primeiro lugar na proximidade com Deus, por sua união hipostática. Em segundo lugar, a cabeça indica perfeição, pois nela se reúnem todos os sentidos internos e externos; e além disso, Cristo possui a plena perfeição em todos os âmbitos. E, finalmente, assim como a cabeça possui o poder sobre todo o corpo, governando os outros membros, também Cristo tem poder sobre os demais membros da Igreja, sendo criador e fonte da graça.[5]

002Ademais, como cabeça da Igreja, cabe a Cristo o juízo, e o poder judicial é, por sua vez, uma consequência da potestade régia. Sua realeza provém igualmente da plenitude da graça[6] que possui, como afirma São João: “De sua plenitude todos nós recebemos” (Jo 1, 16). E também Cristo é rei por direito de herança, uma vez que os herdeiros gozam de todos os direitos e prerrogativas de seus pais, e Jesus herdou do Padre Eterno sua realeza, conforme a Escritura: “Foi-lhe dado o senhorio, a glória e o império, e todos os povos, nações e línguas hão de servir-lhe. Seu poder é um poder eterno, que nunca lhe será tirado e sua realeza é tal, que jamais será destruída!” (Dn 7, 13-14). Jesus “é o unigênito Filho de Deus e por Este foi constituído como herdeiro universal, recebendo o poder sobre toda a criação, no mesmo dia em que foi engendrado.”[7]

Não obstante, apesar de Cristo Rei possuir o tríplice poder – legislativo, judiciário, e executivo –, por sua potestade régia, seu reino, entretanto, não é temporal e terreno, como Ele mesmo afirmou: “Meu reino não é deste mundo” (Jo 18, 36). Ora, se Cristo é deveras rei se seu reino não é deste mundo?

O reino de Nosso Senhor é eterno, sem fim (Lc 1, 33), e universal, pois reina sobre toda a criação, e foi-lhe dado “todo poder no céu e na terra” (Mt 28, 18). É um reino de verdade e vida, segundo suas palavras: “Eu sou o caminho, a verdade e a vida” (Jo 14, 6). Reino de santidade e graça. De santidade porque enquanto Deus é a santidade infinita, e enquanto homem é infinitamente santo pela união com a Pessoa do Verbo de Deus. Reino de graça porque possui a plenitude da graça e da verdade (Cf. Jo 1, 14), e “de sua plenitude todos nós recebemos graça sobre graça” (Jo 1, 16).

Finalmente, seu reino é de justiça, amor e paz. De justiça, pois veio estabelecê-la na terra, e julgará a todos “segundo suas obras” (Rm 2, 6). De amor, pois a caridade ultrapassa os umbrais da eternidade, e seu reino é eterno. De paz, porque a paz é “obra da justiça” (Is 32, 17), e Ele mesmo é chamado “Príncipe da paz” (Is 9, 6). Enfim, Nosso Senhor Jesus Cristo, podemos exclamar com São Paulo, não é só o Sacerdote, mas também o Rei que nos convinha.

 

Pe. João Carlos Fidelis de Moura, EP

 

[1] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO. S. Th. III, q. 58, a. 1, co.

[2] Cf. S. Th. III, q. 58, a. 2, co.

[3] Cf. S. Th. III, q. 58, a. 3, co.

[4] Cf. S. Th. III, q. 59, a. 3, co.

[5] Cf. S. Th. III, q. 8, a. 1, co.

[6] Cf. S. Th. III, q. 7, a. 10, co.

[7] CLÁ DIAS, João Scognamiglio. O inédito sobre os Evangelhos. Vaticano: Editrice Vaticana, 2012, p. 487. vol. VI.

A virtude da Fortaleza em Nosso Senhor Jesus Cristo

001É comum nos depararmos com uma visão reducionista de Nosso Senhor Jesus Cristo. Muitos ao tentarem encontrar uma desculpa para justificar suas doutrinas miserabilistas, ou conformadoras com os defeitos e pecados do “próximo”, tentam transmitir uma visão apoucada e muitas vezes deturpada do Nosso Redentor.

É por causa disso que muitos defendem a “necessidade de perdoar” como sendo a única obrigatória; nunca recriminar, sempre ser condescendente com os defeitos do próximo. Porém não foi esse o ensinamento que o Divino Mestre deixou àqueles que com Ele conviveram, e, para perpétua memória, escreveram os Santos Evangelhos.

Por isso, pareceu-nos oportuno ressaltar através dessas linhas um aspecto do resplendor divino que brilhou na pessoa do Homem-Deus, e que hoje está posto de lado: a virtude da fortaleza. E a fim de silenciarmos o “romantismo religioso” que invade os meios católicos em nossos dias, trazemos a lume as palavras do grande líder católico brasileiro, o Professor Plinio Corrêa de Oliveira, que afirma:

“Fazemos a apologia de doutrinas de luta e de força, luta pelo bem é certo, e força a serviço da verdade. Mas o romantismo religioso do século passado desfigurou de tal maneira em muitos ambientes a verdadeira noção de Catolicismo, que este aparece aos olhos de um grande número de pessoas, ainda em nossos dias, como uma doutrina muito mais própria ‘do meigo Rabi da Galileia’ de que nos falava Renan – do taumaturgo um tanto rotariano por seu espírito e por suas obras, com que o positivismo pinta blasfemamente Nosso Senhor, parecendo ao mesmo tempo enaltecê-Lo – do que do Homem Deus que nos apresentam os Santos Evangelhos.” (1983, p. 283)

Para introduzir melhor o leitor no tema, colocamos uma breve descrição teórica da virtude da fortaleza, segundo o grande teólogo, Pe. Antônio Royo Marín, O.P.: “[a virtude da fortaleza é] uma virtude cardeal infundida com a Graça Santificante que inflama o apetite irascível e a vontade para que não desistam de conseguir o bem árduo ou difícil nem sequer pelo máximo perigo da vida corporal.” (1968, p. 588)

Em outras palavras, a virtude da fortaleza nos dá a força e a coragem necessárias para cumprirmos nosso dever, mesmo que isso seja muito difícil ou até mesmo que ponha em risco a vida material do homem, desde que o motivo seja sobrenatural. É o caso dos mártires, que preferiram morrer a renegar sua Fé.

Seria necessária uma explicação muito longa e detalhada para conhecermos todos os seus efeitos e virtudes derivadas. Mas para o efeito que nos propomos neste artigo, faremos menção apenas de duas virtudes, que são mais salientadas nos Evangelhos. Elas são a Paciência e Magnanimidade.

“A Magnanimidade é uma virtude que inclina a empreender obras grandes, esplêndidas e dignas de honra em todo gênero de virtudes.” (ROYO MARÍN, 1968. p. 590) Como sabemos, não foi outra coisa a vida do Verbo Encarnado nessa terra, realizar grandes obras.

Já a virtude da Paciência tem como objetivo inclinar a suportar sem tristeza de espírito nem abatimento de coração os padecimentos físicos e morais, e o principal motivo da paciência cristã é a conformidade com a vontade Divina, que sabe muito mais do que o homem. (cf. ROYO MARÍN, 1968, p. 592)

Agora, cabe-nos saber se o Bom Pastor possuiu e praticou essa virtude? Vejamos como o Pe. Anton Koch, S.I., nos descreve a cena da expulsão dos vendilhões do Templo:

“Duas vezes vemos relampejar de ira os olhos do Rei que havia de vir com mansidão (Mt 21, 5); duas vezes o doce Jesus descarrega o raio de uma cólera divina; mas duas vezes para purificar a casa de seu Pai […] Jesus acaba de inaugurar sua atividade pública com o milagre feito em Caná, no circulo familiar de umas bodas. Estando próxima a Páscoa, sobe a Jerusalém. E entra no Templo. E vê toda aquela profanação do lugar sagrado; O que veio para dar glória ao Pai se sente consumido pelo zelo de sua casa, e colhe umas cordas, as primeiras que encontra, forma com elas um açoite, e o faz relampejar no meio de toda aquela gente; expulsa do Templo os vendedores juntamente com seus animais, derrama o dinheiro dos cambistas, derruba as mesas e com voz de trovão, com voz de santa indignação clama ‘retirai isso daqui, e não façais da casa do meu Pai um covil de ladrões’.” (1954, p. 561-562)

Semelhante atitude de ira foi necessária na Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, como nos aponta Karl Adam: “Semelhante querer, tão extraordinariamente concentrado e disciplinado, semelhante força de alma devia irromper também no exterior por alguma palavra dura, por alguma ação ousada, quando forças inimigas ou malévolas se lhe opusessem. Em Jesus não havia somente uma força contida, uma vontade determinada, mas um ardor entusiasta e uma santa paixão. Basta notar a emoção que trazem algumas de suas palavras e de suas ações: ‘Retira-te Satanás’ – é assim que repele com horror a aparição tentadora. […] ‘Retirai-vos de mim, obreiros da iniqüidade, não vos conheço!’, dirá no dia do Juízo aos que não tiverem socorrido cá na terra os irmãos em necessidade.” (1997, p. 17)

O mesmo autor lembra o grande número de parábolas nas quais se ressalta a ira do Divino Redentor: “É o raio que fulgura, é o trovão que explode, como na parábola do joio: ‘O Filho do homem enviará os seus anjos, e eles tirarão do seu reino todos os escândalos e todos os que praticam a iniqüidade, e os lançarão na fornalha ardente, onde haverá choro e ranger de dentes’.” (1997, p. 18)

Porém, mais do que uma simples ira, o Mestre experimentou também o sentimento da cólera: “Os evangelistas nos falam da ‘cólera’ de Cristo: […] sobretudo quando os fariseus, na ‘cegueira do seu coração’, reagem contra qualquer ensinamento e se fecham num silêncio obstinado e desdenhoso. A contrariedade interior que experimentará, o seu senso de lealdade e de verdade feridos, o seu sentimento moral magoado explodirão nesses momentos em palavras fortes, mesmo duras. Falará de hipócritas, de serpentes, de raça de víboras. Não terá receio de qualificar como ‘raposa’ o próprio Herodes.

“Quando se tratava de dar testemunho da verdade, Jesus não sabia tergiversar nem fraquejar por medo. Tinha um caráter de lutador. Não se esquece de quem é nem se deixa arrastar. A sua cólera é sempre a expressão da mais alta liberdade, a expressão de um homem que tem consciência de ‘não ter vindo ao mundo senão para dar testemunho da verdade’.” (1997, p. 20-21)

Porém a sua cólera é a mais alta expressão da Temperança Divina, pois sendo a ira um instrumento da fortaleza, deve ser temperada e controlada pela razão. (cf. ROYO MARÍN, p. 589)

Tendo assim feito um rápido apanhado sobre a virtude da fortaleza na Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, percebemos que o Homem Deus é realmente o Bom Pastor, mas também sabe corrigir as suas ovelhas, e aquelas que não quiserem escutar a sua voz serão tratadas como cabritos no dia do Juízo Final. (cf. Mt 25, 41).

É isso que, em outras palavras, afirmou Plinio Corrêa de Oliveira: “[…] Nosso Senhor não foi um doutrinador sentimental mas o Mestre infalível que, se de um lado soube pregar o amor com palavras e exemplos de uma insuperável e adorável doçura, soube, também pela palavra e pelo exemplo, pregar com insuperável e não menos adorável severidade o dever da vigilância, da argúcia, da luta aberta e rija contra os inimigos da Santa Igreja, que a brandura não puder desarmar.” (1983, p. 287)

Pe. Millon Barros de Almeida, E.P.

 

Bibliografia

ADAM, Karl. Jesus Cristo. 2 ed. São Paulo: Quadrante, 1997.

AQUINO, Tomás de. Suma Teológica – Nº 20 – 2ª da 2ª Parte: Questões 123 – 170 – Da Coragem – Da Temperança. Tradução de Alexandre CORREIA. São Paulo: Faculdade de Filosofia “Sedes Sapientiae”, 1958.

CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Em defesa da ação católica. 2 ed. São Paulo: Artpress, 1983.

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KOCH, Anton, Pe. S.J.; SANCHO, Antonio, Dr. Can. Mag. Docete – Formación Básica del Predicador y del Conferenciante – Tomo II: El Hombre – Dios. Barcelona; Buenos Aires; Santiago de Chile; São Paulo; Bogotá: Herder, 1953.

KOCH, Anton, Pe. S.J.; SANCHO, Antonio, Dr. Can. Mag. Docete – Formación Básica del Predicador y del Conferenciante – Tomo V: El Hombre y Dios. Barcelona; Buenos Aires; Santiago de Chile; São Paulo; Bogotá: Herder, 1954.

MARÍN, Antonio Royo. El Gran Desconocido: El Espíritu Santo y sus dones. 2 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2004.

MARÍN, Antonio Royo. Teologia de la perfección cristiana. 5 ed. Madrid: La Editorial Catolica, 1968.

O capítulo VI do Evangelho de São João: a Eucaristia

Almejamos apontar neste artigo como o Evangelista São João mostra, em seu sexto capítulo, a verdadeira interpretação sobre a Presença Real de Cristo na Eucaristia. Esta é efetiva, Cristo assim o quis, e o relato do quarto Evangelista não deixa margens à outras interpretações. As palavras do Mestre não podem ser metáforas e ainda a reação dos que estavam presentes na cena confirma o sentido verdadeiro, como veremos.

001
São João Evangelista, por Giovanni Bonsi – Museu Amedeo Lia, La Spezia, Itália

São João foi, segundo consta na Tradição, o último a escrever seu Evangelho. De fato, foi somente por volta do ano 90 que ele relatou os feitos da vida do Senhor. Dentre os diversos motivos que o levaram a escrevê-los há um que se destaca: já naquela época começaram ímpias fomentações de heresias sobre a Pessoa de Jesus. Deste modo, em seu sexto capítulo, trata ele especificamente da Santíssima Eucaristia, precavendo a Igreja contra os futuros desvios dos hereges. É de se notar que São João é o único dos Evangelistas a não relatar a instituição da Santíssima Eucaristia. Vemos, entretanto, em sua narração um profundo zelo em explicar a doutrina acerca da transubstanciação. Com efeito, nos elucida GRAIL e ROGUET: “É um fato: João não narrou a instituição da Eucaristia […]. Mais afastado das necessidades da catequese, o IVº evangelho está mais preocupado com a síntese doutrinal”.[1]

É de fé que a Eucaristia foi verdadeiramente instituída por Nosso Senhor. No capítulo VI de São João vemos o Salvador nos prometendo seu próprio Corpo e Sangue como alimento e bebida espiritual. No Sacramento da Eucaristia há um autêntico sacrifício, que anuncia a morte de Cristo e renova, incruentamente, a imolação do Calvário, cujo valor expiatório apaga os crimes dos homens; trata-se de um Sacramento que contém realmente o Corpo, Sangue, Alma e Divindade de Jesus Cristo.

É curioso o fato de que muitas pessoas que entendem as passagens das Escrituras no sentido literal, “ao pé da letra”, não vêem nas palavras de Nosso Senhor o sentido literal e óbvio por Ele proferido. Ao contrário, relegam-nas à um estilo figurativo, simbólico ou até alegórico.

Contudo basta analisar um pouco mais a fundo este capítulo para percebermos claramente as intenções do Mestre, sua referência clara e direta a seu próprio Corpo e Sangue. Vejamos, no próprio texto, o sentido evidente das palavras:

“Eu sou o pão da vida. Vossos pais, no deserto, comeram o maná e morreram. Este é o pão que desceu do céu, para que aquele que dele comer não morra. Eu sou o pão vivo, que desceu do céu. Quem comer deste pão, viverá eternamente; e o pão que eu darei é a minha carne para a salvação do mundo. Disputavam, pois, entre si os judeus, dizendo: Como pode este dar-nos a comer a sua carne? Jesus disse-lhes: Em verdade, em verdade vos digo: Se não comerdes a carne do Filho do Homem e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós. O que come a minha carne e bebe o meu sangue, tem a vida eterna; e eu o ressuscitarei no último dia. Porque a minha carne é verdadeiramente comida e o meu sangue é verdadeiramente bebida. O que come a minha carne e bebe o meu sangue, permanece em Mim e Eu nele.(Jo 6, 48-56).

 

002
Última Ceia – Igreja dos Santos Mártires, Málaga, Espanha

É impressionante verificar como, por assim dizer, Ele reitera várias vezes a afirmação de que é realmente a carne e o sangue d’Ele. Não é possível enxergar uma mera metáfora nestas asseverações.

Metáfora, de fato, não pode ser, pois Nosso Senhor não procura atenuar suas declarações, mesmo sabendo que está “escandalizando” os outros. No versículo 52 os judeus confirmam que entenderam literalmente os sentidos das palavras: “Disputavam, pois, entre si os judeus, dizendo: Como pode este dar-nos a comer a sua carne?” Contudo, o divino Mestre não os corrige pelo que entenderam, mas ainda afirma algo mais ousado: “Em verdade, em verdade vos digo: Se não comerdes a carne do Filho do Homem e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós” (53).

As metáforas que encontramos nas Escrituras sobre carne e sangue não se prestam a comprar com esta passagem, não há outra interpretação a ser dada, senão a que ensinou Jesus Cristo.

Outro ponto a se considerar é o “escândalo” causado nos circunstantes. Mesmo diante da apostasia destes, Nosso Senhor não se retrai, é mais ousado, e ainda prova a fé dos que permanecem, mostrando que é realmente um ponto crucial quando se trata da Eucaristia: “Desde então muitos dos seus discípulos voltaram atrás, e já não andavam com Ele. Por isso Jesus disse aos doze: Quereis vós também retirar-vos?” (6, 67-68). Ele não procura se desculpar nem atenuar suas afirmações. É patente que se não fossem afirmações literais Ele teria persuadido os discípulos a ficarem, entretanto isto não se deu, o Divino Mestre vira muitos dos que o seguiam nesta ocasião O abandonarem e nem assim Ele se retratou. Aos que permanecem é exigido uma fé profunda, como nos explica HUGON:

“A última parte do capítulo acaba por confirmar a interpretação literal. A multidão murmura, numerosos discípulos se retiram, pois eles acharam muito dura esta linguagem. O Mestre, cuja bondade, entretanto, é inesgotável, não tenta segurá-los, explicando-lhes que suas parábolas têm somente um sentido metafórico e não possuem nada que os possa espantar; ao contrário, Ele insiste e conclui que a fé é necessária a qualquer um que queira compreendê-lo.”[2]

Desta maneira vimos, sucintamente, como realmente, em seu sexto capítulo, São João quis mostrar como a Eucaristia é realmente o Corpo e o Sangue do Divino Salvador, e que não é possível dar outra interpretação às palavras de Cristo. Isto é um mistério de nossa fé. Por mais que não o compreendamos inteiramente devemos depositar plena confiança nas palavras do Divino Mestre.

Pe. Michel Six, EP

003
Adoração ao Santíssimo Sacramento, capela privada dos Arautos do Evangelho

Bibliografia

Bíblia Sagrada. 43ª ed. São Paulo : Edições Paulinas, 1987.

HUGON, Édouard. La Sainte Eucharistie. 4ªed. Paris : Pierre Téqui, 1922.

VV. AA., Initiation Théologique. Vol. IV. Paris: Éditions du Cerf, 1956.

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[1] Il est un fait: Jean n’a pas rapporté l’intitution de l’eucharistie […]. Plus éloigné des nécessités de la catéchèse, le Ivème évangile est plus préocupé de synthèse doctrinale. (Cf. GRAIL, A.; ROGUET; A.-M., O.P., In Initiation Théologique. Vol. IV. Paris : Éditions du Cerf, 1956. P. 506-507).

[2] La dernière partie du chapitre achève de confirmer l’interpretation littérale. La foule murmure, de nombreux disciples se retirent, parce qu’ils ont trouvé trop dur ce langage. La Maître, dont la bonté cependant est inépuisable, n’essaie pas de les retenir en leur expliquant que ses paroles n’ont qu’une portée métaphorique et n’offrent rien qui doive les étonner ; au contraire, il insiste et il conclut que la foi est nécessaire à quiconque veut le comprendre. (Cf. HUGON, 1922, p. 54-55).

Jesus está realmente presente na Eucaristia? De que maneira?

Consagração da Eucaristia

 

Almejamos apontar neste trabalho como o Evangelista São João mostra, em seu sexto capítulo, a verdadeira interpretação sobre a Presença Real de Cristo na Eucaristia. Esta é efetiva, Cristo assim o quis, e o relato do quarto Evangelista não deixa margens a outras interpretações. As palavras do Mestre não podem ser metáforas e ainda a reação dos que estavam presentes na cena confirma o sentido verdadeiro, como veremos.

São João foi, segundo consta na Tradição, o último a escrever seu Evangelho. De fato somente por volta do ano 90 é que ele relatou os feitos da vida do Senhor. Dentre os diversos motivos que o levaram a escrevê-los foi que, já naquela época, começavam fomentações heréticas. Deste modo, em seu sexto capítulo, trata ele especificamente sobre a Santíssima Eucaristia, já prevendo futuros desvios por parte dos hereges.

É de fé que a Eucaristia foi verdadeiramente instituída por Nosso Senhor. No capítulo VI de São João vemos o Salvador nos prometendo seu próprio Corpo e Sangue, como alimento e bebida espiritual. E no Sacramento da Eucaristia há um autêntico sacrifício, que anuncia a morte de Cristo e renova, de forma incruenta, a imolação do Calvário, cujo valor expiatório apaga os crimes dos homens; trata-se de um Sacramento que contém realmente o Corpo, Sangue, Alma e Divindade de Jesus Cristo.

Comenta-nos Hugon que: “a instituição da Eucaristia por Nosso Senhor não tinha sido posta em dúvida antes do século XIX. Os protestantes, originariamente, esforçavam-se por tirar das palavras de Cristo seu sentido literal, e de explicar que a Eucaristia é somente a figura do Corpo e do Sangue; eles não contestaram nem a autenticidade da narração evangélica, nem a instituição divina da Eucaristia como símbolo”.[1]

É de se levar em consideração que os mesmos protestantes que tomam tantas passagens das Escrituras no sentido literal, ao “pé da letra”, não vêem nas próprias palavras de Nosso Senhor, neste sexto capítulo, o sentido literal óbvio por Ele proferido. Ao contrário, relégam-nas a um estilo figurativo, simbólico ou até alegórico.

Entretanto basta analisar um pouco mais a fundo este capítulo que veremos claramente as intenções do Mestre, e sua referência clara e direta a seu próprio Corpo e Sangue.

Primeiramente vejamos, no próprio texto, o sentido literal e óbvio das palavras:

 

“Eu sou o pão da vida. Vossos pais, no deserto, comeram o maná e morreram. Este é o pão que desceu do céu, para que não morra todo aquele que dele comer. Eu sou o pão vivo que desceu do céu. Quem comer deste pão viverá eternamente. E o pão, que eu hei de dar, é a minha carne para a salvação do mundo. A essas palavras, os judeus começaram a discutir, dizendo: Como pode este homem dar-nos de comer a sua carne? Então Jesus lhes disse: Em verdade, em verdade vos digo: se não comerdes a carne do Filho do Homem, e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós mesmos. Quem come a minha carne e bebe o meu sangue tem a vida eterna; e eu o ressuscitarei no último dia. Pois a minha carne é verdadeiramente uma comida e o meu sangue, verdadeiramente uma bebida. Quem come a minha carne e bebe o meu sangue permanece em mim e eu nele. Assim como o Pai que me enviou vive, e eu vivo pelo Pai, assim também aquele que comer a minha carne viverá por mim” (Jo 6, 48-57).

 

É impressionante verificar como Jesus repete várias vezes a afirmação de que é realmente a carne e o sangue d’Ele. Assim, não é possível sustentar que seja mera metáfora o que encontramos nesses ditos.

Metáfora, de fato, não pode ser, pois Nosso Senhor não procura atenuar suas declarações, mesmo sabendo que está “escandalizando” os outros. No versículo 52 os judeus confirmam que entenderam literalmente os sentidos das palavras: “A essas palavras, os judeus começaram a discutir, dizendo: Como pode este homem dar-nos de comer a sua carne?” Contudo, o divino Mestre não os corrige pelo que entenderam, mas ainda afirma algo mais ousado: “Em verdade, em verdade vos digo: se não comerdes a carne do Filho do Homem, e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós mesmos” (Jo 6, 53).

Outro ponto a se considerar é o “escândalo” causado nos circunstantes. Mesmo diante da apostasia destes, Nosso Senhor não se retrai, é mais ousado, e ainda prova a fé dos que permanecem, mostrando que este é realmente um ponto crucial, quando se trata sobre a Eucaristia: “Desde então, muitos dos seus discípulos se retiraram e já não andavam com ele. Então Jesus perguntou aos Doze: Quereis vós também retirar-vos?” (Jo 6, 66-67). Ele não procura se desculpar, não atenua suas afirmações. É patente que se não fossem afirmações literais, Ele teria persuadido os discípulos a ficarem, entretanto isto não aconteceu.

Não é possível dar outra interpretação às palavras de Cristo.

Pe. Michel Six, EP

[1] L’institution de l’Eucharistie par Notre-Seigneur n’avait pas été mise en doute avant le XIX ème siècle. Les protestants de l’origine s’efforçaient d’enlever aux paroles du Christ leur sens littéral et d’expliquer que l’Eucharistie n’est que la figure du corps et du sang; ils ne contestaient ni l’authenticité du récit évangélique ni l’institution divine de l’Eucharistie comme symbole (Cf. HUGON, La Sainte Eucharistie. Paris : Pierre Téqui, 1916).

 

Santissimo

O Adocionismo

Seria ingênuo pensar que os movimentos históricos se dão por mera espontaneidade. Na verdade um conhecimento histórico mais aprofundado dos fatos pode nos demonstrar que a força motriz do homem, e por decorrência, da história, está nas paixões humanas. Estas se bem direcionadas e regradas podem fazer dos homens verdadeiros heróis, no sentido mais fiel e verdadeiro da palavra. Contudo, se as paixões forem mal conduzidas podem desencadear verdadeiras revoluções.

Por revolução entendemos um movimento de coisas opostas ao seu correto fim, uma subversão de valores e de conceitos, que pode produzir verdadeiras catástrofes na sociedade. Esse movimento tem como motor e eixo de suas operações duas paixões:

“Duas noções concebidas como valores metafísicos exprimem bem o espírito da Revolução: igualdade absoluta, liberdade completa. E duas são as paixões que mais a servem: o orgulho e a sensualidade. […]

“A pessoa orgulhosa, sujeita à autoridade de outra, odeia primeiramente o jugo que em concreto pesa sobre ela. […]

“A par do orgulho gerador de todo igualitarismo, a sensualidade, no mais largo sentido do termo, é causadora do liberalismo. É nestas tristes profundezas que se encontra a junção entre esses dois princípios metafísicos da revolução, a igualdade e a liberdade, contraditórios em tantos pontos de vista.”[1]

Apliquemos essas palavras ao fato histórico objeto do presente artigo para que o leitor possa concluir qual foi o fator que levou ao surgimento da heresia adocionista.

 

1. A história: Elipanto de Toledo e Felix Urgel

Elipanto era da raça goda, foi arcebispo metropolitano de Toledo, que estava sob o domínio maometano. E foi desta Sé que infelizmente fez propagar o seu veneno. A história o descreve como um homem de grande gênio, ardoroso e eloqüente. Contudo não soube usar de tais aptidões para a propagação da Igreja, e pelo contrário, devido a sua arrogância e orgulho, usou-os para propagar a heterodoxia.

Felix de Urgel, bispo desta mesma cidade, é o segundo defensor dessa heresia. Companheiro de Elipanto, apesar de ser espanhol era súdito de Carlos Magno, uma vez que a cidade de Urgel acabava de ser dominada pelos Francos.

 

2. A heresia

A heresia adociaonista, é no fundo um reaparecimento do nestorianismo (que afirmava a dupla personalidade de Nosso Senhor), como o próprio Papa da época, Adriano I, denominava. Essa afirmação se dá porque, ao admitir uma dupla filiação em Cristo (uma por naturalidade e outra por adoção), admite também uma dupla personalidade:

“Admite, pois em Cristo duas filiações, e aqui esta o erro, pois a filiação vai com a pessoa, e havendo duas filiações, logicamente se segue que haverá também duas pessoas, o que é puro nestorianismo. […] o adotar a alguém por filho supõe duas pessoas distinta: a que adota e a que é adotada; filho natural e filho adotivo com relação a um mesmo pai são coisas que se excluem em um mesmo sujeito.”[2]

A afirmação adocionista é, portanto um absurdo teológico, pois como a humanidade de Nosso Senhor Jesus Cristo está unida intimamente com a própria Pessoa do Verbo, não pode haver uma dupla filiação, como nos ensina Ott:

“A humanidade de Cristo veio a ser, pela união hipostática uma parte, em certo modo da pessoa do Logos e, por Ele, é adorada em e com o Logos. Ela é em si mesma objeto de adoração.”[3]

A heresia adocionista aparece pela primeira vez nos escritos de Elipanto, quando refutava um erro de certo Miguécio que divulgava o sabelianismo. Elipanto com sua carta refuta tais erros porém vem inoculada em sua doutrina uma grave heresia: há em Jesus Cristo uma dupla filiação: uma natural, da qual procede a sua natureza Divina, e outra adotiva, da qual procede a sua natureza humana:

“Em tais documentos aponta com claridade o adocionismo. Depois de fazer uma perfeita exposição da doutrina católica sobre a Trindade, ao querer distinguir em Cristo, Filho de Deus e Filho do Homem, as operações e ações de suas duas naturezas, afirma […] que Jesus Cristo, enquanto Deus e Verbo Eterno, é filho próprio e natural de Deus, mas em quanto homem, é apenas filho adotivo e por graça, não por natureza.”[4]

Como foi dito mais a cima, Félix de Urgel, era súdito de Carlos Magno. O Imperador ao ouvir os rumores de heresia que se andava espalhando, por meio dos escritos e pregações de Félix, mandou convocar uma assembléia, em Ratisbona (792), na qual teve que comparecer o mesmo bispo. Dando-se por vencido, o prelado de Urgel abjurou sobre os Evangelhos tudo o que havia afirmado antes.

Ainda não contente com o resultado, o Imperador mandou Félix ao Papa Adriano I, e na Basílica de São Pedro o Bispo de Urgel fez uma solene profissão de fé, assim nos relata Garcia-Villoslada:

“Carlos Magno reuniu a assembléia de prelados, entre eles Paulino de Aquilea, em Ratisbona (792), e ordenou que Félix comparecesse ante eles para expor as razões de sua doutrina. Assim o fez o bispo de Urgel, e, vencido na disputa pelos argumentos contrários, abjurou publicamente sobre os Evangelhos. Querendo o rei franco fazer ao papa o obséquio deste vencido, Félix teve que apresentar-se em Roma, e primeiro na Basílica de Latrão, e depois na de São Pedro, reiterou sua abjuração, protestando que jamais daria ao Salvador o título de filho adotivo.”[5]

Porém na primeira oportunidade que teve, Félix fugiu para Espanha, a fim de ficar nas proximidades do seu cúmplice, isto é Elipanto.

Alguns historiadores afirmam que nesta ocasião os Bispos de Espanha escreveram uma carta ao Papa, apoiando inteiramente a heresia adocionista. Entretanto a doutrina mais segura é de que tal escrito foi redigido pelo próprio heresiarca Elipanto, devido a rudez e intemperança de sua linguagem, e a ciência que pôs em tal epistola não é fruto senão da inteligência de Félix.

 

3. Beato e Etério

Os primeiros a se oporem a heresia adocionista foram dois cristãos das Astúrias os quais se chamavam Beato (ou Biego) e Etério. O primeiro tem um elogio vindo do próprio Alcuino: “doctus vir, tam vita quam nomine sanctus”. Ambos redigiram uma apologia da verdadeira doutrina, de maneira calorosa e polêmica.

Esta apologética pode ser indigesta nos dias em que vivemos, pois um público entibiado não compreenderá a fé tão ardorosa e polêmica da Espanha dos antigos tempos. Sem baixeza de linguagem, os dois defensores da ortodoxia fulminam os bispos heréticos. E desses dois homens valorosos se disse:

“Sua teologia é sã, forte e ardorosa, apoiada constantemente nos textos da Sagrada Escritura, […] No fundo, Beato e Etério são muito fiéis à tradição isidoriana; mas conhece-se logo que sua apologia não nasceu entre as pompas de Sevilha ou de Toledo, senão em terra áspera, agreste e bravia, entre eriçados riscos e mares tempestuosos, para ser escutada por homens não tranqüilos nem dados às letras, senão acostumados a continua devastação e peleja.”[6]

E tal apologia foi encerrada com um anátema do prelado Teudula: “Si quis carnem Christi adoptivam dixerit Patri, anathema sit. Amen”.

 

4. Carlos Magno, Alcuino e o Sínodo de Frankfurt

Alarmado pelo grande perigo de cair o Império do Ocidente em heresia, e tendo bem na sua memória os estragos causados pelos cismas e heresias no Império do Oriente, Carlos Magno exerce a sua função de defensor a Igreja. Convoca um Sínodo em Frankfurt e pede ao Papa seu assentimento, o qual dá consentimento e envia seus legados. Estes portavam consigo uma carta dogmática do próprio Adriano I que definia ser o Filho da Virgem, um só Filho verdadeiro de Deus.

“Se portanto, é verdadeiro Deus aquele que nasceu da Virgem, como pode ser adotivo ou servo? Com efeito, não ousais absolutamente designar Deus como servo ou adotivo; e mesmo se o profeta o chamou servo, não foi todavia por causa da condição de servidão, mas por causa da obediência e da humildade, pela qual Ele se fez ‘obediente’ ao Pai ‘até à morte’.”[7]

Entretanto os adocionistas não dobraram-se às decisões do Pontífice e do Sínodo, e recralcitaram nos seus erros, não só defendendo-os como também divulgando-os.

Alcuino ao saber da teimosia dos dois hereges adocionistas, tenta convencê-los escrevendo-lhes cartas amáveis e persuasivas, entretanto os seus esforços são nulos, pois o orgulho havia dominado inteiramente a alma deles.

 

5. Leão III e o ponto final

O ponto final desta heresia foi dado pelo Papa Leão III, em um concílio realizado em Roma (789), o qual lançou um solene anátema contra Félix de Urgel.[8] Do Bispo Elipanto a história não faz mais menção, mas é mais provável que, devido ao seu caráter arrogante e orgulhoso, tenha persistido no seu erro. Contudo, de Félix ainda sabemos alguns pormenores.

Carlos Magno convidou o heresiarca adocionista para uma disputa, dando-lhe um salvo conduto, como segurança da sua liberdade, pelo que Félix aceitou. As exposições do herege duraram sete dias, e estas eram refutadas logo depois pelo bispo Alcuino, usando citações dos Santos Padres.

Por fim o herege sede à verdade. Fazendo uma abjuração ex toto corde e logo depois uma profissão de fé absque ulla simulatione. Entretanto o Imperador não deixou que ele retornasse a Urgel. Entregando por fim a sua alma a Deus em Lion no ano 818, e como alguns dizem morreu em odor de santidade, devido as suas penitências:

“Com tudo, não lhe permitiu Carlos Magno regressar a sua diocese e em Lion o alcançou a morte no ano 818. Morreu, segundo parece, santamente, e como santo o tem venerado a Igreja de Urgel.”[9]

 

Conclusão

Após termos visto o surgimento da heresia adocionista, e a reação da Igreja, podemos verificar que a maioria dos movimentos ruins da sociedade humana, têm sua origem em duas paixões desregradas: o orgulho e a sensualidade.

Surge, porém, uma pergunta: qual é o fator que leva os bons a reagirem? Sem dúvida alguma existe uma força que move um movimento contrário à revolução das paixões:

“Existe também uma dinâmica contra-revolucionária, mas de natureza inteiramente diversa. As paixões, enquanto tais – tomada aqui a palavra em seu sentido técnico – são moralmente indiferentes; é o seu desregramento que as torna más. Porém, enquanto reguladas, elas são boas e obedecem fielmente à vontade e à razão. E é no vigor de alma que vem ao homem pelo fato de Deus governar nele a razão, a razão dominar a vontade, e esta dominar a sensibilidade, que é preciso procurar a serena, nobre e eficientíssima força propulsora da Contra-Revoluão.”[10]

E foi essa virtude que levou a Igreja e o Grande Carlos a uma reação tão enérgica e categórica, entretanto com suavidade e bondade, como a história nos indicou contando todos os apelos e favorecimentos feitos aos hereges para que se retratassem e voltassem ao seio da Esposa Mística de Cristo.

Pe. Millon Barros de Almeida


[1] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002, p. 65, 66, 72

[2] GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2, p. 190.

[3] OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática . 7 ed. Barcelona: Herder, 1997, p. 253.

[4] GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2, p. 190.

[5] Idem., p. 192.

[6] Idem., p. 190.

[7] DENZINGER, Heinrich. Compêndio dos Símbolos definições e declarações de Fé e Moral . São Paulo: Loyola; Paulinas, 2007, n. 614.

[8] Cf. GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2., p. 193.

[9] Idem.

[10] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002, p. 130-131.

 

Bibliografia

CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002.

DENZINGER, Heinrich. Compêndio dos Símbolos definições e declarações de Fé e Moral. São Paulo: Loyola; Paulinas, 2007.

GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica. II. Edad Media: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2.

OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática. 7 ed. Barcelona: Herder, 1997.