El Primado Petrino

1. San León Magno y el Ministerio Petrino

Un inicio interesante para el estudio del Ministerio Petrino es el pontificado de san León Magno (León I, 440-461)[1], pues constituye un punto de inflexión en la historia del Primado Romano. En el Sacramentario Leoniano[2] se puede leer que el «magisterio» de los Apóstoles Pedro y Pablo gobierna la Iglesia. León I se refería a la Iglesia Romana como magistra; no tenía ninguna duda acerca de su autoridad sobre el concilio; es más, confirmó la doctrina definida por el Concilio de Calcedonia (451), una práctica pionera en el ejercicio del Primado Romano, que será mantenida después de él y considerada como necesaria para la autoridad de un concilio ecuménico[3]. Su Epístola dogmática[4] fue aclamada con transportes de entusiasmo por los Padres reunidos en Calcedonia, casi todos orientales, con la famosa exclamación: «¡Pedro dijo esto a través de León!»[5], un hecho fundamental que con frecuencia es olvidado[6]. En el ejercicio de su autoridad, por un lado confirmó las conclusiones doctrinales del concilio; por otro, no aprobó los cánones. En efecto, una vez que los legados pontificios hubieron partido de regreso a Roma, en la decimoquinta sesión, en que se debían promulgar los cánones ya concordados previamente, se incluyó el canon 28, que declaraba equiparable en dignidad la sede de Constantinopla a la Sede Romana, cosa que en ningún momento se había discutido en presencia de los representantes del Papa, los cuales, al conocer la noticia, protestaron solemnemente. Es significativo que, después de este desagradable incidente, los Padres Conciliares, antes de separarse, dirigieran una carta de sumisión y respeto al Romano Pontífice[7].

San León Magno desarrolló el concepto de soberanía petrina basado en Mt 16,18 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» – como perteneciente a la Sede Romana, poniendo en realce que el Papa no es solamente el heredero de san Pedro en el sentido jurídico romano de la expresión, con el poder emblemático de las llaves, sino también en cuanto Vicario de san Pedro que tiene la misión especialísima de guiar y gobernar la Iglesia, así como el derecho de intervenir y decidir las cuestiones eclesiásticas de otras iglesias[8]. Es verdad que no faltan hechos históricos que indican un rechazo del Primado de Jurisdicción Universal del Obispo de Roma por parte de Oriente[9], sin por ello dejar de reconocer su autoridad en materia doctrinal[10]. Sin embargo, el polvo de la Historia, levantado por los caballos de los bárbaros primero o del Islam más tarde, acabó sepultando las diferentes sedes primaciales y patriarcales; la única que prevaleció fue Roma, pues su supremacía estaba fundada sobre una Roca divina[11].

Le cupo precisamente a san León Magno, a petición del medroso emperador, la gloria de enfrentarse prácticamente solo a Atila, que en la primavera del año 452 se aprestaba a marchar sobre Roma para castigar el imperio depravado. El Papa, majestuoso e imponente, pontificalmente revestido, le salió al encuentro cerca de Mantua, donde principalmente su acción de presencia hizo cambiar de opinión al bárbaro rey de los hunos. El látigo de Dios, interpelado después por sus súbditos, confesó que mientras hablaba con el Romano Pontífice veía encima de él un personaje vestido con trajes sacerdotales que blandía una espada amenazándolo si no obedecía a Léon I[12].

San_Leon_vs_Atila

2. Fundamento bíblico del Primado de Pedro

Pero ¿en qué se funda el Primado Petrino? Detengámonos brevemente sobre una de las fuentes bíblicas más importantes en este sentido. Si analizamos la historia del texto de Mt 16,18, encontraremos que nunca un texto sagrado ha sido discutido de modo tan vehemente y apasionado como éste, ya que las consecuencias de su interpretación en un sentido o en otro se reflejan inmediatamente en la vida de la Iglesia. Durante siglos nadie puso en duda su autenticidad. Habría de llegar el racionalismo de finales del siglo XIX, unido al historicismo protestante del siglo XX, para intentar descalificarlo. Unos dicen que fue un texto manipulado por cristianos allá por el año 130 para dar la primacía a San Pedro y a sus sucesores. Ahora bien, esto cae por su propio peso, pues ni en el Diatessaron (armonía de los cuatro evangelios), de Taciano (mediados del siglo II), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV, así como en los 4.000 códices anteriores al siglo IX, aparece ningún rastro de alguna posible adulteración en este sentido. Por otra parte, sería extraño que una semejante manipulación no apareciese también en los evangelios de san Marcos o de san Lucas, que ni siquiera mencionan el hecho narrado en Mt 16,18. De hecho, Eusebio de Cesarea (260?-340?) explica en su famosa Historia eclesiástica que san Pedro, estando en Roma, por humildad no quiso mencionar a san Marcos, que lo auxiliaba, un hecho que fácilmente le habría dado prestigio y credibilidad. En cuanto al evangelio de san Juan, se ocupa menos de san Pedro porque las circunstancias históricas en que fue escrito – la lucha contra los gnósticos – no lo permitieron, no obstante lo recuerda en Jn 1,42 y en Jn 21,2ss (entrega del primado: «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]»).

Veamos rápidamente algunos datos significativos sobre el fundamento bíblico del Primado Petrino[13]. San Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento, donde es mencionado 114 veces en los cuatro Evangelios y 57 veces en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre aparece siempre en primer lugar en la lista de los Apóstoles; habla en nombre de todos (Lc 12,41; Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 18,28), o responde por ellos (Jn 6,68; Mt 16,16; Mc 8,29), o actúa por todos (Mt 14,28; Mc 8,32; Mt 16,22; Lc 22,8; Jn 18,10). Otras veces los evangelistas se refieren a los Apóstoles diciendo «Pedro y los suyos» (Mc 1,36; Lc 8,45; 9,32; Mc 16,7; He 2,14.37). Jesús lo elige después de hacer un gran milagro (Lc 5,1-11); se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc 5,3); se hospeda en su casa (Mc 1,29); sana a su suegra (Mt 8,15); lo asocia en el pago del tributo (Mt 17,24-27); lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), a la transfiguración (Mc 9,2) y a la agonía en Getsemaní (Mc 14,33); es el primero a quien lava los pies en la última cena (Jn 13,6); es el primero al que se le aparece resucitado (Lc 24,34); es el único de los Doce que nombra para que se le comunique el mensaje de la Pasqua (Mc 16,7). San Juan espera a san Pedro para que éste entre primero en el sepulcro vacío de Jesús (Jn 20,2-8).

Después de la Ascensión de Jesús y Pentecostés, vemos a san Pedro ejercitando el Ministerio Petrino. Así, completa el Colegio de los Apóstoles con la elección de san Matías (He 1,15ss); el día de Pentecostés habla en nombre de los Apóstoles (He 2,14ss); defiende ante las autoridades judías el derecho de los Apóstoles de predicar a Cristo (He 4,8ss); condena a Ananías y Safira (He 5,1-11); es inspirado a abrir las puertas de la Iglesia también a los paganos con la conversión del centurión Cornelio (He 10,47); preside el Concilio de Jerusalén (He 15,11ss); la Iglesia entera eleva súplicas por su liberación durante su encarcelamiento por parte de Erodes (He 12,5).

San Pedro Apóstol
San Pedro Apostol

Por otra parte, San Pablo señala de una manera preeminente la importancia de san Pedro como cabeza de la Iglesia. Después de su estancia en Arabia se dirige a Jerusalén para verlo (Ga 1,18); reconoce en él una de las columnas de la Iglesia (Ga 2,9); lo coloca el primero entre los testigos de las apariciones de Cristo resucitado (Cor 15,5); en su enfrentamiento con él en Antioquía, donde le denuncia públicamente su actitud frente a los paganos, confirma su primado al reconocer su autoridad (Ga 2,11ss).

En la interpretación de Mt 16,18-19, se pone normalmente de relieve la triple metáfora usada por Nuestro Señor. Por un lado, san Pedro es fundamento de la Iglesia, pues es comparado con los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a todo el edificio. Por otro, la potestad de jurisdicción de san Pedro también está figurada en la metáfora de las llaves, que en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. Por último, aparece la imagen de atar y desatar: es análogo a poner o quitar un lazo, crear o abolir una ley que obliga en conciencia.

Se trata de indicios que, tomados uno a uno aisladamente podrán suscitar escepticismo en algún espíritu racionalista, pero que considerados en su conjunto constituyen un poderoso aparato argumentativo, pues tal conjunto muestra la convergencia de los signos en la dirección de la afirmación del primado indiscutible de san Pedro, dado por Nuestro Señor Jesucristo y reconocido por todos.

3. El testimonio de la Tradición: la Liturgia y los Padres

Una de las preguntas que vienen a la mente al tratar del Primado Romano es por qué la Iglesia celebra en días diferentes la fiesta de san Pedro Apóstol (junto con la del Apóstol san Pablo[14], el 29 de junio) y la fiesta de la Cátedra de Pedro (22 de febrero). La razón es obvia y proviene de la propia Tradición, que quiso realzar esta última celebración. La más antigua memoria que se tiene de su conmemoración se encuentra en un calendario del año 354. En el Martyrologium Hieronymianum, el más antiguo catálogo de mártires cristianos de la Iglesia Latina, compuesto entre los años 431 y 450, se recoge la festividad de la Cátedra de Pedro en dos fechas diversas: el 18 de enero, su cátedra en Roma, y el 22 de febrero, su cátedra en Antioquía, actualmente unificada en una sola fiesta en esta última fecha[15]. También se conocen referencias a ella en dos homilías del siglo V[16]. En el Misal Romano se explica el significado de la fiesta diciendo que con el símbolo de la cátedra se pone de relieve la misión de maestro y de pastor conferida por Nuestro Señor Jesucristo a san Pedro, que, en su persona y en la de sus sucesores, son principio y fundamento visibles de la unidad de la Iglesia. El Martirologio Romano especifica que la sede que se venera el 22 de febrero es llamada a presidir la comunión universal de la caridad, esto es, la Iglesia universal[17].

De hecho, la Tradición atestigua la gran importancia que tiene el papel de la Cátedra de Pedro en la Iglesia. Los primeros siglos son especialmente importantes en este sentido, pues habitualmente los detractores del Primado Papal inventan sus enredos partiendo de la calumnia de que el Primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice es una invención humana posterior a los tiempos apostólicos, y por supuesto, ajena a la voluntad genuina de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la Iglesia[18]. Tal vez no sepan que, con motivo de la carta que san Clemente Romano (88-97), tercer sucesor de san Pedro (quien lo ordenó obispo), envió a los fieles de Corinto a respecto de la rebelión ocurrida en aquella comunidad hacia el año 96, se pone de manifiesto implícita pero clarísimamente el primado romano. En efecto, no pide disculpas por inmiscuirse en los asuntos internos de otra iglesia – como sería lo normal si se tratase de un simple primus inter pares, jefe de otra iglesia hermana –, sino que las pide precisamente por no haber tenido oportunidad de tomar cartas en el asunto con más rapidez; advierte del peligro de caer en pecado grave a quien no obedezca sus amonestaciones; está convencido de que su actitud está inspirada por el Espíritu Santo[19]. Por otro lado, la carta fue recibida en Corinto sin resistencias y considerada como un gran honor; tanto que en el año 170 todavía existen testimonios de que aún se leía en la liturgia dominical[20]. Todo ello adquiere una especial relevancia si se tiene en cuenta que el Apóstol san Juan, aún vivo en aquella época, se encontraba en Éfeso, bien más cerca de Corinto que la lejana Roma (al menos culturalmente), y sin embargo, no consta que ni san Clemente Romano, ni los fieles de aquella Iglesia, ni el propio san Juan hayan dudado de la autoridad del Obispo de Roma para dirimir la cuestión[21].

O quizás los difamadores del Primado del Romano Pontífice no hayan oído hablar de la carta que, en el siglo II, san Ignacio de Antioquía († 110?) envía a la Iglesia de Roma en la cual también resulta evidente y más explícita que en el caso anterior la primacía de la Sede Romana sobre las demás. En efecto, tal misiva es sustancialmente diferente de las enviadas en las mismas circunstancias (su traslado forzado desde Siria a Roma para ser martirizado), a otras Iglesias como Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna. Para aquélla usa un tono sumiso; para las demás, un tono autoritativo. Reconoce a la Iglesia de Roma el poder de mandar sobre otras Iglesias instruyéndolas como a discípulos del Señor; encarga su Iglesia en Siria a la solicitud pastoral de la Sede Romana y no a la de otra Iglesia cualquiera, tal vez más cercana[22].

San Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía

Concedamos aún el beneficio de la duda a los recalcitrantes, que tal vez no estén bien informados. San Ireneo de Lyon (130/140-después del 198), discípulo de san Policarpo, a su vez discípulo del Apóstol san Juan, y por tanto, en contacto aún directo con la edad apostólica, en su tratado Adversus haereses, habla clara y explícitamente del primado romano sobre todas las otras Iglesias y hace referencia a la primera carta de san Clemente Romano a los fieles de Corinto y a todo el caso comentado más arriba[23].

Pero los argumentos no vienen solamente de los católicos. Tertuliano (160?-220), al final de su vida, tristemente pervertido a la herejía montanista[24], apartado de la Iglesia Católica, se enfrenta a un obispo que argumentaba que, en virtud de lo dicho por Nuestro Señor Jesucristo en Mt 16,18-19 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» –, las Iglesias en comunión con Pedro tenían potestad para perdonar pecados también graves[25]. Así, en su furor anti-romano, el malhadado escritor eclesiástico nos proporciona un testimonio nada sospechoso de la primacía de la Sede de Pedro. Son sólo algunos ejemplos.

4. Primado de jurisdicción, infalibilidad, impecabilidad

Sin embargo, en relación con el Primado de Pedro hay que distinguir tres dimensiones bien diferenciadas, a fin de evitar equívocos. Una cosa es el Primado de Jurisdicción Universal[26]. Se trata de una jurisdicción que se aplica plena y supremamente a toda la Iglesia universal. Es plena porque comprende toda la potestad otorgada por el mismo Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre san Pedro, porque Nuestro Señor Jesucristo se dirigió a él y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado, porque no da cuentas más que a Dios, es decir, es una potestad suprema porque no existe en la Iglesia ninguna potestad superior a ella[27]. Contiene en sí la triple potestad legislativa, judicial y ejecutiva. Se dice que es una potestad ordinaria en el sentido de que es constitutiva del propio ejercicio del Ministerio Petrino. Es inmediata porque se ejerce por derecho propio sin necesidad de intermediarios. Es una potestad episcopal porque el objetivo de su ejercicio es eminentemente pastoral[28]. Como consecuencia, el Papa es, por un lado, libre de entrar en contacto de modo inmediato con sus Pastores y con los fieles sin constricción por parte del poder civil[29]; y por otro, es el juez supremo de los fieles, al cual todos tienen derecho a recurrir y nadie tiene la potestad de impugnarlo, ni siquiera un concilio ecuménico[30].

Otra cosa es la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Aquí se trata de un carisma inherente al propio Ministerio Petrino que confiere al Papa una asistencia especial del Espíritu Santo cuando hablando ex cathedra, es decir, como supremo pastor de la Iglesia universal, define una doctrina de fe y moral de modo infalible[31]. «[…] el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica»[32]. Junto al magisterio extraordinario, el Papa ejerce también el ordinario: encíclicas, cartas, audiencias, etc.

Sin embargo, no hay que confundir infalibilidad o primado de jurisdicción con impecabilidad. Uno de los argumentos racionalistas contra el Primado de Pedro es que el pescador de Galilea era débil. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16). Como declara el papa Benedicto XVI en su libro-entrevista Luz del mundo, el Romano Pontífice tiene una función que no se ha dado a sí mismo[33], así como Nuestro Señor no escogió a san Pedro por sus cualidades naturales; fue la gracia de Dios quien lo convirtió en roca firme y sólida. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32); «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]» (Jn 21,15-18). El hecho de que un Papa en concreto sea impecable se debe a un don de santificación personal, que no es constitutivo del Ministerio Petrino. De modo análogo, las infidelidades en la vida de un Papa son gravísimas, pero no hacen desaparecer su autoridad, ya que Dios puede servirse de instrumentos infieles y el Espíritu Santo impedirá con su asistencia que las deficiencias personales pongan en peligro la integridad de la Iglesia, ya que nunca puede dejar de cumplirse la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

El Papa San León Magno
El Papa San León Magno

5. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Pero ¿cuál es la razón de fondo de las murmuraciones contra el Primado Papal? Para encontrar la respuesta, es interesante contemplar en una visión de conjunto la grandiosa obra de la Salvación. Quiso Dios en su magnanimidad que la creación fuese un reflejo de su grandeza, que salió de sus manos como de una cornucopia generosa. En el Libro de la Creación Dios se muestra al hombre para que lo conozca y lo ame. En el Génesis leemos que la única criatura que Dios hizo a su imagen y semejanza fue el hombre, queriendo resaltar de esa manera el papel primordial que le cabe dentro de la propia creación. Pero Dios mostró al hombre un camino para alcanzar su plenitud: la humildad. Lucifer fue enaltecido por su soberbia; su castigo fue el infierno eterno. Dios propuso al hombre no comer de un árbol del Paraíso, pero nuestros primeros padres, picados por el orgullo de la serpiente, cayeron en la tentación, pensando que la desobediencia les haría iguales a Dios. San Ireneo explica que Dios maldijo a la serpiente, pero no al hombre, porque, de lo contrario, no habría Encarnación[34]. Lo increpó y lo mandó al destierro de este valle de lágrimas. Con ello, el hombre perdió el don de la integridad y de la inocencia. La consecuencia, por tanto, del pecado original es el desorden de las pasiones[35].

Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse hombre y cumplir humildemente la voluntad del Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf Flp 2,8) – acontecimiento único entre todas las religiones; el infinito se hace finito y viene a rescatarnos – para que comprendiéramos el misterio del hombre[36]. Y quiso el Verbo Encarnado nacer de una Virgen – si por la desobediencia de Eva se perdió el hombre, por la obediencia de María se salvó el hombre[37] –, que también es piedra de escándalo para algunos grupos cristianos. Pero más sorprendente aún resulta el hecho de que Nuestro Señor Jesucristo haya querido poner a un hombre, siervo de los siervos de Dios, que ejerza el papel de cabeza infalible en materia de fe y moral sobre toda la humanidad.

El consensus fidelium de la Iglesia ha aceptado sin ninguna restricción este santo escándalo, pues la indefectibilidad de la fe de los creyentes, nacida en el Bautismo, encuentra con la persona de Pedro y con el Primado de Pedro una feliz unión. El Primado y la infalibilidad son las garantías que Nuestro Señor Jesucristo ha querido establecer para mantener la indefectibilidad de su Iglesia, por lo que siempre se puede ver en el Papa la expresión de la unidad y la verdad de la Iglesia. Benedicto XVI recuerda que la Iglesia necesita de un Primado porque necesita de unidad. Las dificultades de la cristiandad no católica acaban reduciéndose al hecho de que no posee ningún órgano de unidad. En el caso de las Iglesias Ortodoxas, en concreto, el Santo Padre cita en su reciente libro a un teólogo ruso ortodoxo que admite que la autocefalía es el problema más acuciante que ellos tienen[38].

6. Una cadena mística que une el cielo y la tierra

Imaginemos una sociedad en que todo el mundo tenga un reloj. Millones de relojes; millones de personas que pueden decir qué hora es. Pero tamaña cantidad de relojes no serviría de nada si no hubiese un “reloj” puesto por Dios llamado sol, por el cual todos pudiesen saber la hora verdadera. Así también, la infalibilidad pontificia es el “reloj” de la humanidad, pues los hombres somos tan frágiles que fácilmente caemos en el error[39]. El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira no consideraba una humillación la sujeción a la autoridad del Romano Pontífice, sino todo lo contrario, un motivo de alegría, una elevación de todo el género humano. La razón de su alegría era la infalibilidad de la Iglesia Católica; tener quien lo guiase. La alegría de ser guiado es la de quien tiene en quién depositar su fidelidad[40]. El Papa es aquél unido al cual los hombres se salvan; aquél rompiendo con el cual los hombres se condenan. No hay en la Tierra nadie que esté más alto que un Papa[41]. Ser católico es defender con entusiasmo el hecho de que Dios haya establecido sobre la Tierra una clase docente impedida de equivocarse en condiciones oficiales. El verdadero orden dentro de las almas sólo es posible si hay una autoridad infalible sobre ellas. Y esa autoridad tiene que ser universal como universal es el campo de acción de las almas. Es la mayor sublimación que se puede imaginar del concepto de autoridad; es un honor inconmensurable para el género humano debilitado por el pecado original que un hombre reciba institucionalmente el carisma de la infalibilidad[42].

Así, Infalibilidad Pontificia y Primado de Jurisdicción del Romano Pontífice van necesariamente unidos de modo inseparable. Y a ellos se debe dirigir el amor de todo católico, pues el amor al Papado incluye en sí mismo el amor a Nuestra Señora y el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Son los tres eslabones de una cadena mística. El valor de una cadena se mide por la resistencia de su eslabón más débil, que en este caso es el Papado, por ser el más terreno, el más humano. Por tanto, el modo más radical de amar la cadena entera es besar el eslabón más flaco. Los adversarios de la Iglesia podrán vociferar las debilidades del Papado, incluso con hechos históricos. No importa. «¡Donde las infidelidades de los Papas podrían poner en peligro la fidelidad de los fieles, yo quiero depositar mi fidelidad total!» [43].

Pe. Eduardo Caballero, EP

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[1] Se desconoce su fecha de nacimiento.

[2] Cf A. Di Berardino, «Sacramentario», en A. Di Berardino, ed., Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Genova-Milano 2008 [= NDPAC], 4640-4641.

[3] Cf B. Sesboüé – C. Theobald, Historia de los dogmas. IV. La Palabra de la Salvación, Salamanca 1997, 59.

[4] Cf R. Trevijano, Patrología, Madrid 2004, 314.

[5] Cf Concilium Chalcedonense, Actio II(III), n. 23, en E. Schwartz, ed., Acta Conciliorum oecumenicorum iussu atque mandato Societatis scientiarum Argentoratensis. Tomus alter, Concilium universale Chalcedonense, vol. I, Pars Prima, Epistularum collectiones. Actio prima, Pars Altera, Actio secunda. Epistularum collectio B. Actiones III-VII, Pars Tertia, Actiones VIII-XVII, Berolini-Lipsiae (Belín-Leipzig) 1933-1935, 277.

[6] Sin embargo, está cuidadosamente documentado en la excelente obra C.J. Hefele – H. Leclercq, Histoire des conciles d’après les documents originaux, II, Paris 1908, 649-880.

[7] Cf B. Llorca – al., Historia de la Iglesia Católica. I. Edad Antigua, Madrid 1950, 579.

[8] Cf B. Ferme, «Papato», en G. Calabrese – P. Goyret – O.F. Piazza, ed., Dizionario di Ecclesiologia, Roma 2010, 998).

[9] Cf por ejemplo, J. Orlandis, El cristianismo y la Iglesia, en Historia Universal. III. Del mundo antiguo al medieval, Pamplona 1981, 207-217.

[10] Cf en este sentido W. de Vries, Orient et Occident, Paris 1974.

[11] La sede de Constantinopla no desapareció, pero quedó sometida a la autoridad del emperador de Oriente.

[12] Cf, por ejemplo, G. Bosco, Storia ecclesiastica, Torino 1845, 152-154. Es significativo que este hecho sea referido por los obispos orientales en una carta al papa san Símaco (498-514) en el año 512 (cf A. Thiel, ed., Epistolae Romanorum Pontificum genuinae et quae ad eos scriptae sunt a S. Hilaro usque ad Pelagium II, Brunsbergae 1868, ep. 12, n. 8, 714).

[13] Cf J. Heriban, «Pietro», Dizionario terminologico-concettuale di scienze bibliche e ausiliarie, Roma 2005, 706-708.

[14] La tradición atestigua la veneración conjunta de los dos Apóstoles en Roma desde que existe memoria (cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[15] Cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[16] Cf J. Dresken-Weiland, «Cattedra», NDPAC, 965-969; V. Saxer – S. Heid, «Martirologio», NDPAC, 3098-3101.

[17] Cf Conferenza Episcopale Italiana, Martirologio Romano, Roma 2004, 217.

[18] Cf H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992 [= DH] 3050-3075).

[19] Cf J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 55.

[20] Cf J. Orlandis, El Pontificado Romano en la Historia, Madrid 1996, 36; P.F. Beatrice, «Clemente Romano (Lettere di)», NDPAC, 1073-1077.

[21] San Ireneo refiere que san Juan permaneció en la Iglesia de Éfeso hasta el reinado del emperador Trajano (98-117) (cf Adversus haereses, III, 3, 4).

[22] Cf Ignacio de Antioquía, Epístola a los Romanos, III,1; IV,3; IX,1, en D. Ruiz bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950 (BAC 65), 476.477.480.

[23] Cf Adversus haereses, III, 3, 2-3.

[24] Cf B. Aland, «Montano-Montanismo», NDPAC, 3358-3361).

[25] Cf Tertuliano, De pudicitia, c. 21, en J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 592-593.

[26] Cf DH 3064.

[27] «Prima Sedes a nemine iudicatur», la Primera Sede por nadie puede ser juzgada (cf Código de Derecho Canónico, c. 1404).

[28] Cf DH 3059.

[29] Cf DH 3062; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21/XI/1964 [= LG], n. 22.

[30] Cf DH 3063.

[31] Cf DH 3073-3075.

[32] LG 25.

[33] «der Papst hat einen Auftrag, den er sich nicht selbst gegeben hat» (Benedikt XVI, Licht der Welt. Der Papst, die Kirche und die Zeichen der Zeit, Freiburg-Basel-Wien 2010 [= Licht der Welt], 166). Traducción nuestra.

[34] Cf Adversus haereses, III, 23, 1-6.

[35] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375-379.

[36] Cf LG 22.

[37] Cf Ireneo de Lyon, Adversus haereses, V, 1-2, 22ss.

[38] «das Kirche Einheit brauht, dass sie so etwas wie Primat braucht. Für mich war interessant, dass der in America lebende ortodoxe Theologe John Meyendorff gesagt hat, ihre Autokephalien sein ihr größtes Problem; sie bräuchten so etwas wie einen Ersten, einen Primas […]. Die Probleme der nichtkatholischen Christenheit beruhen sowohl von Theologischen als von Pragmatischen her weitgehend auch darauf, dass sie kein Organ der Einheit haben» (Licht der Welt, 167). Traducción nuestra.

[39] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 29/IX/1991. Traducción nuestra.

[40] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 4/IV/1972. Traducción nuestra.

[41] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/XI/1984. Traducción nuestra.

[42] Cf P. Corrêa de Oliveira, Conversa, 17/V/1980. Traducción nuestra.

[43] «Onde infidelidades de Papas poderiam tentar a fidelidade dos fiéis eu quero pôr a minha fidelidade inteira» (cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/VII/1995). Traducción nuestra.

Un hombre providencial (III)

El Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento escogido por Dios para propinar al conciliarismo una estocada mortal con ocasión del concilio de Constanza. Como el gigante Goliat con la certera piedra incrustada en la frente, el iniquo movimiento conciliarista se tambaleó durante más de cuatro siglos hasta caer desplomado y ser definitivamente decapitado en 1870 por Pío IX en el concilio Vaticano I.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. Golpe mortal en el concilio de Constanza

Como hemos tenido oportunidad de ver en los dos artículos anteriores[1], el Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento clave del que la Divina Providencia se sirvió durante el conclio de Constanza (1414-1418) para asestar un golpe mortal al movimiento conciliarista, que pretendía que fuese atribuida oficialmente al concilio universal la plenitud de la potestad en la Santa Iglesia, por encima del Papa. Lo que ocurrió en aquella magna asamblea el 4 de julio de 1415 durante la XIV Sesión solemne marcó la historia de la Iglesia de modo decisivo y bien podemos decir que, en realidad, el conciliarismo murió allí, esto es, perdió toda su fuerza vital.

Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que, mientras el bien es eminentemente difusivo, el mal es, en cambio, esencialmente dinámico. Los hijos de las tinieblas se mueven, se articulan, se confabulan sin descanso para promover los fines que persiguen, nunca contentos con las victorias alcanzadas, siempre deseando conquistar más y más terreno al bien. Esas conquistas se dan siempre — ¡terrible realidad! — por la decadencia de los hijos de la luz, pues la gracia de Dios es invencible y el mal sólo tiene fuerza por permiso de Dios, para castigo de los buenos.

Por este motivo, un movimiento como el conciliarismo, que había alcanzado tan grandes proporciones y tanta influencia en toda la Cristiandad al tiempo del desgraciado Cisma de Occidente (1378-1417), no dejó de continuar a influir en la vida de la Iglesia y de las naciones cristianas. Era, no obstante, como Goliat con la piedra certera clavada en la frente que se tambalea y aún puede alcanzar con su espada a algún ingenuo que se le acerque curioso o, incluso, aplastar a algún desprevenido al caer desplomado. Fue lo que ocurrió con el conciliarismo en los cuatro siglos y medio que se siguieron a la actuación del Cardenal Giovanni Dominici.

Acompañemos, en sus pasos esenciales, la agonía de este infame movimiento que llegó a poner en serio peligro los fundamentos de la Sede de Pedro. Para ello, detengámonos en primer lugar brevemente sobre los antecedentes que prepararon el terreno para que esta verdadera herejía pudiese medrar entre los católicos.

2. El desprestigio del Papado

A lo largo de los siglos XIV y XV se verifica una manifiesta disminución de la autoridad y del prestigio del Papado, a partir del fin del pontificado de Bonifacio VIII. Ya durante el periodo de residencia del Pontificado en Aviñón (1309-1377) había contribuído a ello el particularismo francés presente en la curia papal, que exasperó muchas veces y de modo siempre creciente a todos los que no eran naturales de la Hija Primogénita de la Iglesia.

Durante el Gran Cisma de Occidente el fenómeno, sin duda, se acentuó hasta límites inimaginables pocos años antes. Los pontífices rivales se veían obligados a “mendigar” la obediencia de los príncipes temporales, con el consecuente descrédito ante ellos, o por lo menos, a solicitar su protección, dando ocasión a injerencias del poder temporal en los asuntos eclesiásticos y a abusos de todo tipo. Abusos que encontraban, por desgracia, un ejemplo en actitudes desedificantes de algunos pontífices que no raras veces fulminaban excomuniones a diestro y siniestro por motivos fútiles, o se apegaban de modo escandaloso a la dignidad pontificia, mostrando un nefasto egoísmo. Por otro lado, si bien ya mucho antes del Gran Cisma de Occidente existía, por parte de los reyes, la práctica del vidimus, o el placet, o el exequatur, esto es, una autorización del príncipe temporal para cada documento pontificio a fin de que pudiese ser promulgado en sus respectivos reinos, no cabe duda de que las circunstancias del cisma facilitaron los abusos regios en esta materia[2].

3. La posibilidad de un Papa hereje

En el plano estrictamente religioso, la doctrina de teólogos y canonistas sobre el «papa hereje» ya contemplaba desde antiguo la posibilidad, aceptada por el Papa Inocencio III (1198-1216), de que el Papa podía ser depuesto en caso de herejía. En tal caso, la sentencia competía al concilio universal, representando a toda la Iglesia. Ahora bien, durante el periodo del Gran Cisma de Occidente, no faltaban entre los canonistas y teólogos quienes calificaban de herejía ciertos crímenes, como la simonía, el perjurio o la contumacia, de los cuales, por desgracia, no se encontraban libres muchos de los pontífices de este turbulento periodo histórico. Fácilmente se ve que se estaba, así, a un paso de convertir en dogma la superioridad del concilio sobre el Papa, que es propiamente el error denominado «conciliarismo»[3]. Hay que tener en cuenta, además, que en la época del Gran Cisma de Occidente, por no estar aún formulada la doctrina de la infalibilidad papal, circulaba libremente la opinión errónea de que, en materia de fe, el concilio tiene una autoridad superior a la del Papa.

Se puede decir que el conciliarismo radical muestra por primera vez toda su furia con ocasión de la lucha político-religiosa que Felipe IV el Bello, Rey de Francia llevó a cabo contra el Papa Bonifacio VIII con el objetivo de someter el poder del Sumo Pontífice al suyo propio[4]. El monarca francés llegó al extremo de su afrenta a la Iglesia con el atentado sacrílego en el que el Papa Bonifacio VIII fue abofeteado en su palacio de Anagni por Guillermo de Nogaret en 1303. No se trataba de una actitud aislada. El teólogo tomista dominico Juan de París escribió en 1302 un tratado en que afirmaba, contra la tradición católica, que el concilio puede deponer al Papa en caso de herejía, de locura, de incapacidad personal, de simonía o de abuso de potestad. En esta misma línea, durante el concilio de Vienne (1311), Guillermo Duranti defendía que el Romano Pontífice está obligado a aceptar las decisiones del concilio. Doctrinas todas en las cuales precisamente se apoyaba Nogaret para su infame sacrilegio[5].

Atentado de Anagni
Atentado de Anagni

Pero no cabe duda de que fue el Gran Cisma lo que motivó que esta corriente igualitaria se desarrollase notablemente en amplitud y profundidad. El conciliarismo tuvo partidarios considerados moderados en este periodo como Enrique de Langenstein (1340-1397), Pedro de Ailly (1350-1420), Juan Gersón (1363-1429) y Francisco Zabarella (1360-1417). Pero también había tenido impulsores radicales en su origen como Marsilio de Padua (1275/1280-1342/1343) y Guillermo de Ockham (1285-1349), así como lo fueron después los herejes declarados John Wycliffe (c. 1330-1384) y Jan Hus (c. 1372-1415). Todos ellos, radicales y moderados, constituyeron verdaderas semillas para la cosecha que llevaron a cabo más tarde tanto Martín Lutero (1485-1545) y Juan Calvino (1509-1564) como los defensores de las teorías galicanas[6].

4. Conciliarismo y galicanismo

No es raro encontrar en los tratados de eclesiología o de derecho canónico[7] el conciliarismo definido — según el lenguaje científico que les es propio — como un «error eclesiológico», fruto de un igualitarismo eclesiástico, que postula que la plenitud de la potestad en la Iglesia corresponde a los Obispos reunidos en concilio universal y no al Romano Pontífice. Según estos estudios, el conciliarismo se englobaría dentro de un fenómeno mucho más amplio que afecta no solamente a la esfera espiritual, sino también a la temporal y que se denomina, en general, galicanismo, por haberse gestado y madurado especialmente en Francia, la antigua Gallia del Imperio Romano. Por su doble esfera de actuación, el galicanismo tiene una doble vertiente: el galicanismo político, que pretende limitar la autoridad de la Iglesia frente al Estado, y el galicanismo eclesiástico, que pretende limitar la autoridad del Romano Pontífice frente a los concilios universales y el colegio de los Obispos, que sería propiamente el conciliarismo. Se trata de un mismo igualitarismo aplicado a ambas esferas.

No hay que confundir, no obstante, esta fría descripción con una afirmación de que la esfera religiosa es sólo una parcela aislada de una realidad mucho más extensa. Los católicos sabemos que el centro de la Historia es la Iglesia, pues lo que ocurre en su seno determina los rumbos del mundo entero, pues Dios es «Señor de la historia»[8]. Por eso, el gérmen igualitario del conciliarismo no es simplemente eclesiástico, sino universal. Porque es de naturaleza religiosa, es universal y no al contrario.

En efecto, en los artículos del decreto Haec sancta del concilio de Constanza[9], que constituyen la base doctrinal del conciliarismo[10], se puede leer un arrogante ataque al Papado: «Legítimamente congregado en el Espíritu Santo, constituyendo concilio general y representando a la Iglesia católica militante, este [concilio] tiene su potestad inmediatamente de Cristo; y todos, cualquiera que sea su estado o dignidad, incluso papal, están obligados a obedecerlo en las materias relacionadas con la fe, la erradicación de la dicha herejía y la reforma general de la Iglesia de Dios en la cabeza y en los miembros. […] Quien no obedezca a los decretos de este santo sínodo o de cualquier otro concilio general y persista en su contumacia […], aunque sea de dignidad papal, sea debidamente castigado»[11]. Veinte años después del concilio de Constanza, en 1438, y como consecuencia directa de éste, fue promulgada en Bourges por Carlos VII el Bienservido, rey de Francia, como ley de estado, la Pragmática Sanción, que contenía las deliberaciones de la asamblea del clero francés, convocada por el Rey. Las decisiones estaban inspiradas en el decreto Haec sancta del concilio de Constanza y constituyen la base de las denominadas Libertades galicanas contra la autoridad del Papa.

Son, por tanto, los principios conciliaristas en la esfera espiritual los que dan lugar a las medidas galicanas en la sociedad temporal, y no al revés.

5. De «error eclesiológico» a herejía declarada

Como decíamos, el mal es dinámico. Por la misma razón que el conciliarismo no fue el fruto de un mero error o malentendido, los más radicales entre sus promotores no se conformaron con la derrota en Constanza y quisieron dar un paso mucho más atrevido. En 1439, poco después, por tanto, de la promulgación de la Pragmática Sanción, la materia del infame decreto Haec sancta del concilio de Constanza fue también invocada para atacar el poder papal, contra la tradición multisecular de la Iglesia, en el concilio de Basilea, durante la parte ya cismática del mismo, en su sesión XXXIII, cuando ya era inminente la inicua declaración de deposición del Papa Eugenio IV y la elección del antipapa Félix V. Esta vez, sin embargo, los hijos de las tiniebas pretendían proponer esa doctrina igualitaria y blasfema como verdad de fe: «Es una verdad de la fe católica que el santo concilio general tiene poder sobre el papa y cualquier otro. El romano pontífice, por su propia autoridad, no puede disolver, trasladar o aplazar el concilio general, cuando ha sido legalmente convocado, sin su consentimiento, lo que forma parte de la misma verdad. Quienquiera que se obstine en negar estas verdades ha de ser considerado hereje»[12].

Si hasta entonces aún cabía atribuirle la “aséptica” denominación de «error eclesiológico», ahora era evidente que el movimiento conciliarista se había lanzado decididamente por el precipicio de la herejía.

6. Los cuatro artículos galicanos

El proceso de conquista llevado a cabo por el galicanismo en la esfera temporal tuvo un aparente retroceso cuando, en 1516, con ocasión del Concordato entre el Papa León X y Francisco I, rey de Francia, aprobado por el Concilio Lateranense V, fue abrogada, esto es, abolida, la Pragmática Sanción. Aparente porque, en realidad, este concordato consiguió reducir sólo parcialmente las libertades galicanas y solamente hasta la Revolución Francesa. Aparente, además, porque ya un siglo antes de la Revolución, en 1682, Luis XIV, el Rey Sol, había promulgado, y por tanto, sancionado con su autoridad, la Declaración del clero galicano, que constituyó el acto solemne y definitivo del galicanismo, su victoria más destacada.

Las doctrinas galicanas, en efecto, habían ido fermentando en el último siglo por obra de juristas franceses famosos como Pierre Pithou, calvinista y abogado del Parlamento, Edmond Richer, Alcalde de la Sorbona, o Pierre Dupuy, Consejero de Estado. El primero de ellos, por ejemplo, es el autor de un famoso tratado, Las libertades de la Iglesia galicana, que se fundamenta en dos principios esenciales: que el Romano Pontífice no puede mandar o prescribir nada en los asuntos temporales relativos al Reino de Francia, y que el mismo debe ser reconocido como soberano solamente en los asuntos espirituales, con poderes, no obstante, limitados en Francia según los cánones y disposiciones de los concilios que hayan sido aceptados en el Reino.

La Declaración del clero galicano, redactada por el obispo de Meaux, Jacques-Bénigne Bossuet, que por voluntad del Rey debía ser defendida por todos los maestros, constaba de cuatro puntos, conocidos como los cuatro artículos galicanos. El primero negaba que el Papa tuviese cualquier forma de poder temporal, reconociéndole solamente un poder espiritual. El segundo proclamaba como válidos los decretos del concilio de Constanza que limitaban el poder de la Sede Apostólica, estableciendo la supremacía del concilio sobre el Papa, esto es, en particular el inicuo decreto Haec sancta. El tercero establecía la inviolabilidad de las libertades de la Iglesia galicana. El cuarto afirmaba que las decisiones del Papa en materia de fe sólo son irreformables con el consentimiento de la Iglesia universal[13].

7. Napoleón los incluye en el Concordato de 1801

Por sus errores doctrinales, tales artículos fueron inmediatamente declarados nulos por el Papa Inocencio XI en el mismo año de 1682 y posteriormente, de modo más explícito, por Alejandro VIII en 1690, afirmando que los cuatro artículos galicanos «son, fueron desde su propio comienzo y serán perpetuamente por el propio derecho nulos, írritos, inválidos, vanos y vacíos total y absolutamente de fuerza y efecto, y que nadie está obligado a su observancia, de todos o de cualquiera de ellos, aun cuando estuvieren garantizados por juramento»[14]. Fueron, además, condenados como temerarios, escandalosos e injuriosos para la Sede Apostólica por el Papa Pío VI en 1794[15] después de que el Sínodo jansenista de Pistoya los adoptara en 1786[16].

Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII
Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII

Si ya estaba claro para todo católico de buen espíritu que la Declaración del clero galicano no era más que la pútrida excrecencia del inícuo decreto Haec sancta de Constanza, el recurso a ellos después de las últimas condenas papales bien podía ser considerado propio de un hereje. Fue precisamente lo que, tras la Revolución Francesa, hizo Napoleón I Bonaparte al restablecer la Iglesia en Francia con el Concordato de 1801, estipulado con el Papa Pío VII, pues no dejó de manifestar su bellaquería al incluir abusivamente en el texto del mismo los cuatro artículos galicanos[17].

8. La decapitación final del conciliarismo

La historia de este pérfido movimiento concluyó definitivamente el 18 de julio de 1870. En aquel día de esplendor para la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, el Sucesor de Pedro declaró formalmente heréticas sus doctrinas cuando definió solemnemente el dogma del Primado de Jurisdicción Universal del Romano Pontífice y el dogma de la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Ambos se encuentran en la constitución dogmática Pastor Aeternus, promulgada por Pío IX durante el Concilio Vaticano I:

«Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema. […] Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra — esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal —, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema»[18].

Bien podemos imaginar que el Beato Cardenal Giovanni Dominici haya asistido desde el cielo con inmenso gozo a tan hermoso triunfo de la Santa Iglesia.

Pe. Eduardo Caballero, EP

El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I
El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I

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[1] Véanse los dos primeros artículos de la serie en los siguientes links: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i y http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[2] Cf Llorca, 231-232.

[3] Cf Llorca, 232-233.

[4] Cf Chiappetta, 282.

[5] Cf Llorca, 233.

[6] Cf Chiappetta, 282.

[7] Cf Chiappetta, 599.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584.

[9] Véase el segundo artículo de la serie, en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[10] Cf Llorca, 253.

[11] O’Donnell, 243; Llorca, 253.

[12] O’Donnell, 100.

[13] Cf Chiappetta, 599-600.

[14] Denzinger – Hünermann, n. 2285.

[15] Cf Denzinger – Hünermann, n. 2700.

[16] Cf Denzinger – Hünermann, 625.

[17] Cf Chiappetta, 599-600.

[18] Denzinger – Hünermann, nn. 3064.3073-3075.

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BIBLIOGRAFÍA

 

Chiappetta, L., Prontuario di diritto canonico e concordatario, Roma 1994.

Denzinger, H. – Hünermann, P., Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992.

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

O’Donnell, C. – Pié-Ninot, S., Diccionario de Eclesiología, Madrid 2001.

Pié-Ninot, S., Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca 2007.

Un hombre providencial (II)

Ante una cristiandad hastiada por las nefastas consecuencias del Gran Cisma de Occidente, que se prolongaba ya por más de trenta y cinco años, el concilio de Constanza (1414-1418) dio inicio en un peligroso clima favorable a las teorías que ponían al concilio universal por encima del Papa, atribuyéndole la plenitud de la potestad en la Iglesia. En el momento en que los revolucionarios pregustaban su victoria, Dios vino en ayuda del Papa legítimo, enviándole un hombre providencial que logró revertir las tramas conciliaristas contra sí mismas.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. El edicto de Augusto y la convocación del concilio de Constanza

El cortejo del emperador Segismundo de Luxemburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Hungría y de Bohemia, con una escolta de mil caballeros, llegaba majestuoso por el lago iluminado. Era la noche del 24 de diciembre de 1414. En la catedral de la ciudad de Constanza, cubierta por la nieve desde hacía meses, lo espera el Sumo Pontífice para la solemne Misa de Nochebuena. Siguiendo la tradición, el emperador, que a la sazón contaba 47 años de edad, revestido de dalmática diaconal de brocado rojo y con la corona en la cabeza, cantó el evangelio de la solemnidad: «Por aquellos días salió un edicto de César Augusto…» (Luc 2,1). Terminado el Santo Sacrificio, el Papa le entrega una espada bendecida al monarca, que jura utilizarla en servicio de la Santa Iglesia.

El texto del Evangelio evocaba en todos el reciente decreto pontificio convocando el concilio en Constanza, a instancias del Emperador. Esa asociación de ideas, en el auge de las gracias propias de la Navidad, hacía presagiar que las bendiciones del cielo estaban, de hecho, siendo derramadas sobre los hombres a fin de poner fin al Gran Cisma de Occidente de una vez por todas, después de trenta y cinco años de pesadilla. El pontífice de que hablamos era, en realidad, Baltasar Cossa, el antipapa Juan XXIII, sucesor del antipapa Alejandro V en la sede cismática de Pisa[1]. Segismundo, que gozaba de un gran prestigio en toda la Cristiandad, fiel al verdadero Papa, Gregorio XII (Roma), había recibido secretamente instrucciones de éste para instar, como cosa suya, al antipapa de Pisa a convocar el concilio de Constanza. Y es que Gregorio XII, en buena parte por causa de la veleidad de su carácter, había caído en el más completo descrédito ante los príncipes y los cristianos en general[2]. Por tal motivo, no gozaba de la autoridad para convocar un concilio que congregase a los participantes de las tres obediencias, a fin de poseer la necesaria representatividad que era condición sine qua non para que sus resoluciones fuesen aceptadas por todos, o al menos, por la mayoría. Por increíble que pueda parecer, en aquellos momentos, el antipapa de Pisa era el que contaba con más súbditos entre las naciones de la Cristiandad y con mayor credibilidad para convocar un concilio universal.

2. Un pergamino secreto

Giovanni Dominici había sido premiado por la Divina Providencia con la cruz de la calumnia, precisamente por parte de miembros del Colegio de los cardenales, que lo acusaban de interesero e influenciador de la voluntad de Gregorio XII para propia ventaja. Muchos de ellos eran los mismos que después abandonarían vergonzosamente al Papa para reunirse en el mencionado conciliábulo cismático de Pisa. Pero eso sólo sirvió para confirmarlo en el desprecio de las falaces vanidades del mundo y para acrisolar más aún su temple y su confianza en la Santísima Virgen. A pesar de las críticas, o tal vez por causa de ellas, se había convertido en confesor y consejero del Romano Pontífice.

De hecho, muchas y continuas fueron las confidencias entre ambos acerca de una eventual renuncia al pontificado. A esas alturas del cisma, prácticamente nadie dudaba de que la abdicación voluntaria del Papa legítimo era, con bastante probabilidad, una condición indispensable para su solución. La cuestión era: ¿en qué momento y de qué manera? Con el paso del tiempo, las numerosas constataciones de Gregorio XII en relación con la fidelidad y el tino diplomático de Giovanni Dominici le fueron convenciendo de que debía prestar una especial atención a sus consejos y opiniones. Así, habiéndolo creado cardenal y nombrado Arzobispo de Ragusa, Gregorio XII decidió enviarlo como Legado suyo al concilio de Constanza. Antes de partir, sin embargo, el Cardenal Dominici le pidió que firmase y sellase con el Anillo del Pescador un pergamino que él personalmente había preparado y cuya existencia nadie, aparte de ellos dos, debía conocer. Llevaría a Constanza secretamente el misterioso pergamino para usarlo en el momento oportuno.

3. En Constanza

Para el 4 de enero de 1415, Giovanni Dominici ya estaba en Constanza. Su preocupación era doble. Por un lado, no adoptar ninguna actitud que pudiese ser interpretada en el sentido de que Gregorio XII estaba legitimando a alguno de los dos antipapas o al propio concilio reunido en Constanza, que no había sido convocado por el Romano Pontífice, y por tanto no podía ser considerado «universal». Por otro lado, afirmar claramente la superioridad absoluta del verdadero Papa sobre cualquier concilio en cualquier circunstancia. El ambiente en la magna asamblea, sin embargo, estaba fuertemente viciado por los conciliaristas, que tramaban sin cesar cómo conducir el concilio hacia una confirmación oficial de sus tesis a favor de la superioridad del concilio sobre el Papa.

Los meses que se siguieron hasta la extinción del cisma, son dignos de una cronología con cierto detalle.

25 de enero. A fin de salir al paso del descrédito del Romano Pontífice, el Cardenal Dominici declara oficialmente que Gregorio XII está dispuesto a abdicar, siempre y cuando lo hagan también los antipapas Benedicto XIII (Aviñón) y Juan XXIII. La fórmula de abdicación llegaría oportunamente de Roma con la condición de que la sesión en que fuese leída no estuviese presidida por el antipapa Juan XXIII.

Palácio del Papa en Avignon
Palácio del Papa en Avignon

4. Boicot en las votaciones

7 de febrero. Por instigación de los conciliaristas radicales, se instaura en el concilio un inaudito sistema de votación totalmente contrario a la tradición de la Iglesia. En vez de votar por cabezas, se votaría por naciones. El sistema era igualitario, pues daba el mismo valor a los votos de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Además, favorecía a los conciliaristas, pues reducía a la nación italiana (la más numerosa y contraria en su mayoría al conciliarismo), a un solo voto frente a tres de las naciones francesa, inglesa y alemana que, aunque menos numerosas, contaban con mayoría conciliarista.

2 de marzo. Tiene lugar la II Sesión solemne, presidida por el antipapa Juan XXIII, quien hace leer su fórmula de abdicación, la cual, entretanto, sólo se haría efectiva en el momento en que hiciesen lo mismo Gregorio XII y Benedicto XIII. Era puro teatro, pero el gesto tuvo el efecto deseado. El Emperador se levantó inmediatamente del trono y, de rodillas, besó el pie del pontífice. Asimismo, un patriarca, en nombre de todo el concilio, le dio las gracias pomposamente.

La situación se presentaba difícil para Giovanni Dominici. Mandar traer, en estas circunstancias, la fórmula de abdicación de Gregorio XII equivalía a legitimar tanto al concilio como al antipapa. Posponer la llegada del documento sin un motivo justificado significaba darles la razón a los detractores de Gregorio XII. ¿Cómo hacer? La Divina Providencia vino en su ayuda.

5. El Emperador salva el concilio

20 de marzo. Al atardecer, un desconocido vestido de palafrenero, ballesta en mano, a lomos de un caballo viejo y acompañado por un escudero, cruza la puerta de Kreuzlingen, mientras a lo lejos se oyen las voces que llegan del palenque, donde el Emperador y los dignatarios de la corte asisten entretenidos a un torneo hábilmente organizado para esa circunstancia. Una barca esperaba al misterioso desconocido para llevarlo al Schaffhausen, fuera de los dominios de Segismundo. Nadie podía imaginar que se trataba del pontífice Juan XXIII que huía de la ciudad.

En efecto, Baltasar Cossa tenía también el tiempo en su contra. Corría desde hacía meses en la ciudad de Constanza un libelo difamatorio a su respecto. Tal vez por tener la conciencia pesada, le preocupaba enormemente que tales murmuraciones encontrasen eco favorable entre sus partidarios y el concilio pudiese llegar a exigirle su abdicación incondicional, sin esperar a la de los otros pontífices. Pensó entonces, descabelladamente, que si desaparecía, alegando estar siendo cohartado en su voluntad, la conmoción tendría como resultado la disolución del concilio.

Pero las cosas siguieron otro curso. Hubo, de hecho, tumultos populares con desórdenes en las calles de la ciudad tan pronto como se supo la escandalosa noticia. Tanto, que se vio al Emperador Segismundo en persona, a caballo y espada en mano, imponiendo orden entre la muchedumbre. Mandó cerrar las puertas de la ciudad, pues no pocos padres conciliares se dieron a la fuga, y juró defender con su vida la prosecución del concilio para la extinción del cisma. Realmente, salvó el concilio.

6. El decreto Haec sancta

26 de marzo, III Sesión solemne. Con tanta confusión, los partidarios de la superioridad del concilio sobre el Papa aprovecharon la indignación contra el pontífice fugitivo para hacer aprobar una serie de medidas en la línea conciliarista. Tuvo lugar, así, la III Sesión solemne, caracterizada por ser totalmente irregular en su realización. Por ejemplo, los cardenales, que eran en su mayoría contrarios al conciliarismo, fueron avisados solamente una hora antes de comenzar la sesión.

29 de marzo, Viernes Santo. No contentos con lo conseguido, los conciliaristas quisieron aprovechar la coyuntura para introducir medidas aún más radicales en la IV Sesión solemne, que se celebraría al día siguiente. Aquella misma noche tiene lugar una confabulación en el convento de los franciscanos, bajo las apariencias de una congregación de las naciones francesa, inglesa y alemana, de mayoría conciliarista. La nación italiana y el Sacro Colegio fueron cuidadosamente evitados. En el contubernio, se redactaron cuatro artículos abiertamente contrarios al Papa. Enterado por sus informantes, el Cardenal Dominici avisa inmediatamente a los demás purpurados y denuncia el complot al Emperador. Segismundo, temiendo una ruptura con los cardenales que comprometiese la continuación del concilio, se dirige en persona esa misma noche al convento de los franciscanos y persuade a los intrigantes a mitigar los términos.

30 de marzo, IV Sesión solemne. Debido a las presiones del Emperador, los artículos que acabaron siendo aprobados estaban demasiado lejos de las pretensiones de los conciliaristas radicales.

Simultáneamente, por aquellos mismos días llegó la noticia de que Balatasar Cossa había huido nuevamente, alejándose más aún de Constanza. Con ello, hubo nuevos tumultos y nuevos abandonos de la ciudad por parte de diversos padres conciliares. Sobre todo, creció el furor de los conciliaristas, que veían en ello un motivo más para radicalizar sus posiciones. Por ello, se propusieron aprovechar el ambiente de confusión e indignación reinante para dar su paso más atrevido, provocando la celebración precipitada de una nueva sesión solemne.

6 de abril, V Sesión solemne. En ella fue promulgado un decreto denominado Haec sancta que contenía cinco artículos con las formulaciones más radicales del conciliarismo en un ataque directo contra el Papado.

El decreto no sólo era inválido, a causa de la doctrina errónea que sustentaba; era también ilegítimo, debido a las numerosas irregularidades que se cometieron en su promulgación, como acabamos de ver. Es importante dejar este punto bien sentado, pues en el futuro, muchos otros revolucionarios intentarán echar mano de él para justificar sus posiciones, como si se tratase de una doctrina avalada por el Magisterio de la Iglesia.

Campanile de Pisa
Campanile de Pisa

7. El Cardenal Pedro de Ailly

Sorprendentemente, había componentes del Colegio Cardenalicio que no consideraban que la situación fuese tan grave. Decían que los artículos del decreto Haec sancta no tenían ni pretendían tener carácter dogmático, pues no se usaban en él los términos tradicionalmente consagrados para las definiciones dogmáticas. Admitían que los conciliaristas actuaban de modo autoritario, contrariamente a la praxis sinodal y sin haber recibido ninguna investidura para ello, pero había que reconocer que no intentaban definir una doctrina, sino simplemente imponer una norma. Además — añadían — ni siquiera entre los más radicales de los conciliaristas se había planteado la posibilidad de condenar como herejes a los defensores a ultranza de la supremacía papal. Era preferible no romper con los extremistas, a fin de llegar a un consenso, y con ello, a la deseada paz dentro de la Iglesia. Tal mentalidad era tristemente preponderante entre los hombres más influyentes en el Sacro Colegio.

Entre ellos, se encontraba el Cardenal Pedro de Ailly, Obispo de Cambray y antiguo Canciller de la Universidad de París, eminente teólogo y filósofo, que gozaba del mayor de los prestigios entre los padres conciliares y que por ello presidió varias sesiones solemnes. Era una pieza clave con la que había que contar. La maniobra diplomática era compleja y exigió de Giovanni Dominici largas horas dedicadas a dilatadas conversaciones con el purpurado francés a fin de ganarse su confianza y dejarlo inseguro en su postura centrista. Para esta especie, lo más importante es la moderación y el comedimiento. Nada de exaltaciones, nada de defensas acaloradas del Papado; la verdad — dicen estos — no necesita de apologías, pues brilla por sí misma. Sin embargo, no es eso lo que los Evangelios nos narran acerca de las disputas de Nuestro Señor con los fariseos…

8. Derrota del conciliarismo y extinción del cisma

Desde el 17 de abril (VI Sesión solemne) el interés se centró fundamentalmente en las tratativas en relación con el caso del fugitivo Juan XXIII, hasta su deposición definitiva el 29 de mayo (XII Sesión solemne). Por otra parte, la manifiesta terquedad del antipapa Benedicto XIII, Pedro de Luna, le hizo ir perdiendo su prestigio, por lo que acabó no siendo un obstáculo para la solución del cisma. Con todo, fue también objeto de un proceso canónico por parte del concilio que terminó también con su solemne deposición. Todo ello mantenía los ánimos ocupados, permitiendo al Cardenal Dominici ganar tiempo.

15 de junio. Llega a Constanza Carlo Malatesta, advertido por Gregorio XII para ponerse a las órdenes del Cardenal Dominici. Como ministro plenipotenciario del Romano Pontífice, trae consigo la esperada declaración de abdicación, quedando fijada su lectura oficial para la siguiente sesión solemne. Los conciliaristas ven en ello, con motivo, el preanuncio de su victoria.

4 de julio de 1415, XIV Sesión solemne. Giovanni Dominici había obtenido del Cardenal de Cambray que le permitiese, como presidente de la asamblea, una intervención inesperada fuera del orden del día durante aquella sesión solemne. Antes de que Carlo Malatesta — minuciosamente instruido por el Cardenal Dominici — diese lectura a la fórmula de abdicación, se levanta nuestro cardenal llevando en su mano un pergamino enrollado. Era aquel misterioso pergamino que él mismo presentó a Gregorio XII para que lo firmase y sellase, antes de partir para Constanza.

Se trataba, ni más ni menos, que de un decreto de convocación del Concilio de Constanza. El Cardenal de Cambray comprendió inmediatamente el alcance de la jugada del Cardenal Dominici, y también lo entendieron los más radicales de los conciliaristas, que al punto comenzaron a organizar un tumulto en el recinto sagrado, exigiendo la anulación de la sesión, alegando que esa intervención no estaba en el orden del día. Terminada la alocución de Giovanni Dominici, Carlo Malatesta se levanta sin perder un segundo y procede a la lectura de la fórmula de renuncia de Gregorio XII. De este modo, insistir en anular la sesión implicaría considerar también nula la renuncia del Papa de Roma, lo que atraería sobre los conciliaristas la indignación general.

Era la derrota del conciliarismo. La maniobra del Cardenal Dominici fue al mismo tiempo precisa y letal, como una silenciosa ballesta que acierta en el corazón del enemigo. El Papa legítimo había renunciado, sí, pero ante un concilio que él mismo acababa de tornar legítimo instantes antes con un decreto. Decreto que, además, invalidaba implícitamente los más de ocho meses precedentes de sesiones, congregaciones, asambleas, reuniones y contubernios tan cuidadosamente urdidos por los conciliaristas en Constanza. El cisma estaba sustancialmente superado. Y su extinción no era, por tanto, obra del concilio, sino del Papa legítimo. Estaba salvada por la vía de los hechos la doctrina de la superioridad del Papa sobre el concilio, no sólo de Gregorio XII sobre el concilio de Constanza, sino de cualquier Papa legítimo sobre cualquier concilio universal.

Concilio Vaticano I
Concilio Vaticano I

¿Lo entendieron todos así? Ciertamente sí los conciliaristas radicales y el Cardenal Pedro de Ailly, así como muchos otros. Tanto que Odón Colonna — elegido nuevo Papa por el cónclave que se celebró poco tiempo después (1417) en la misma ciudad, y que adoptó el nombre de Martín V — no confirmó ninguno de los decretos del concilio de Constanza. Según la tradición de la Iglesia, ello equivale a considerarlos ilegítimos.

La abdicación de Gregorio XII causó tanta alegría que, a pesar de las protestas de los conciliaristas radicales, la asamblea prorrumpió en un largo aplauso. Giovanni Dominici dio un testimonio más de que el Romano Pontífice era el Papa verdadero, y por tanto, de la victoria sobre el pérfido conciliarismo. Si Gregorio XII había dejado de ser Papa, entonces él también había dejado de ser cardenal. Delante de toda la asamblea admirada, se despoja de sus insignias cardenalicias y va a sentarse entre los obispos. El gesto conmovió a los purpurados, que espontáneamente le rogaron que aceptara entrar de nuevo en el Sacro Colegio, en la nueva situación de sede vacante.

Los siglos futuros asistirán, como veremos en nuestro próximo artículo, a los últimos coletazos del conciliarismo agonizante, hasta que el Beato Pío IX le corte la cabeza definitivamente.

 

Pe. Eduardo Caballero, EP

 

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[1] Sobre el conciliábulo cismático de Pisa, que en 1409 dio origen a un tercer “papa”, complicando más aún el ya enrevesado cisma, véase el artículo de la serie en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i.

[2] Sobre los motivos del descrédito en que cayó Gregorio XII, véase el artículo de la serie en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Acta Sanctorum. Iunii, II, Antwerpen 1867, 388-412.

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Gago del Val, J.L., «Beato Juan Dominici» [acceso: 28.03.2013], http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/06/06-10_Beato_juan_dominici.htm

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

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Pastor, L. von, Historia de los Papas, I, Buenos Aires 1948, 238-340.

 

Un hombre providencial (I)

Un verdadero religioso, fiel a su fundador, libre de las contaminaciones neo-paganas que campeaban en pleno humanismo renacentista, supo discernir, en medio de la confusión generada dentro de la Iglesia por el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), por una especial asistencia del Espíritu Santo, que lo que en realidad estaba en juego no era la extinción del cisma, sino el primado universal del Papa en la Iglesia.

1. Densos nubarrones sobre la Cristiandad

Era frío y desapacible en Roma el mes de noviembre de aquel año de 1406. Mera imagen de una tormenta mucho más terrible que se abatía sobre la Santa Iglesia. Desde hacía más de 28 años se prolongaba la más dolorosa escisión que jamás conociera la Esposa de Cristo, pues tocaba a su Vicario en la tierra.

El cisma con los orientales en el año 1054 no había sorprendido a nadie, pues fue el temido desenlace de un progresivo alejamiento cuya gravedad se venía acentuando desde más de dos siglos antes. Aquí no. Nunca en la historia de la Iglesia se había dado un escándalo como ahora. Los propios cardenales se habían retractado de la elección de Urbano VI y habían procedido a una nueva, ilegítima, dando inicio al Gran Cisma de Occidente (1378-1417). El palacio papal de Aviñón, donde durante casi un siglo habían habitado las bendiciones de la Sede de Pedro, albergaba ahora la rancia corte que el astuto Pedro de Luna (Benedicto XIII), segundo antipapa ya de la sede cismática, había creado en torno suyo. Incapaz, como la zarza de la Escritura, de proporcionar a otros la refrescante sombra de la sabiduría, arrastraba tras de sí al abismo de la más siniestra obstinación a todos los que a él se confiaban: «La zarza respondió a los árboles: Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si no es así, brote fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano» (Jue 9,15).

Lo que al inicio parecía un malentendido relativamente fácil de resolver con buena voluntad por ambas partes, se fue complicando dentro de un enmarañado de humanos intereses en el cual lo único que iba quedando cada vez más claro es que las bendiciones del cielo no estaban presentes. Hoy sabemos que el verdadero Papa fue, durante todo el cisma, el de Roma, pero en aquel momento había una confusión generalizada a este respecto. La tempestad arreciaba y hacía temblar hasta los cimientos de la Santa Sede.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

2. A solas con el Papa junto a una chimenea

En una sala del Palacio Apostólico del Vaticano, junto a una gran chimenea donde crepitaban al fuego gruesos maderos, el anciano Angelo Corraio, recién elegido Papa Gregorio XII, se sincera con su hombre de confianza ante las incertezas que se ciernen sobre su pontificado.

— Padre Dominici, le he mandado llamar porque estoy convencido de que la Divina Providencia pide de Vuestra Paternidad una misión especial en el actual momento histórico.

El origen humilde de Giovanni Dominici (1357-1419) no le había impedido llegar a ser una de las figuras decisivas de la Iglesia en su época. De joven no lo quisieron admitir en la Orden de Predicadores, pues era ignorante y tartamudo. Pero la fe que impregnaba el ambiente familiar, vivida cotidianamente en torno al convento dominico de Santa Maria Novella y su iglesia, en su Florencia natal, le había enseñado a ser tenaz y a esperar sin desaliento la hora de la Providencia. Volvió a pedir el ingreso y, por fin, fue admitido, tal vez por mera compasión.

Inmediatamente se pusieron de manifiesto sus innegables cualidades como auténtico religioso. Abnegación, seriedad, celo apostólico, devoción eran características de aquel joven que, sin embargo, era torpe y desarreglado en sus modos. En 1374, cuando contaba 18 años de edad, había recibido el hábito de Santo Domingo en el mismo convento de Santa Maria Novella, donde más tarde llegó a ser Prior. La profesión de los votos le dio cierta autonomía para intensificar su vida de asceta: pan y agua frecuentes, un saco sobre el duro y frío suelo por cama, vigilias sin número. Un detalle distintivo: su hábito, aunque pobre, estaba siempre impecable.

A lo largo de los estudios se había revelado un intelectual fino e inteligente. Fue alumno de la Universidad de París, llegando a ser un importante teólogo. Escribió comentarios a la Sagrada Escritura y dos importantes tratados educativos. Sus superiores lo habían propuesto para graduarse, pero él, por motivos de conciencia, renunció a esa prestigiosa categoría en una época en que la vanidad intelectual — por decir poco — campeaba, desvergonzada, incluso dentro de la Iglesia. Su alma volaba más alto, con alas de artista. Los libros corales de su convento, de hecho, conservan hasta hoy maravillosas miniaturas pintadas por él.

Iglesia de Santa Maria Novella
Iglesia de Santa Maria Novella

3. Un milagro cambia radicalmente su vida

Entretanto, había una pena que ensombrecía su vida religiosa: la de ser un ridículo tartamudo en la Orden de Predicadores… La aflicción que esta situación le producía no hizo sino acentuarse con la ordenación sacerdotal. Su hablar continuaba siendo lerdo y risible. Una noche, llorando desconsolado, exigió a Santa Catalina de Siena — fallecida poco antes como terciaria dominica y de quien era ferviente devoto — su intercesión, por amor de Dios. El milagro se realizó. Su lengua se hizo ligera y precisa, cambiando radicalmente su vida.

En poco tiempo se convirtió en un famoso predicador de penitencia que recorría las principales ciudades de Italia. Cuentan que, en cierta ocasión, al rechazar San Vicente Ferrer la invitación de predicar en Florencia, alegó: «¿A quién queréis oír, teniendo al Padre Giovanni Dominici?». Sus sermones eran un látigo implacable contra la disolución de costumbres que famosos exponentes del humanismo renacentista iban difundiendo por todas partes. Entre otras cosas, no concordaba con el estudio de los autores clásicos — entonces en boga — sino para refutarlos. Su radicalidad enfurecía a los espíritus conciliadores, que lo acusaban de sustentar una postura «tan parcial como miope», pues juzgaba erróneamente «que toda la agitación del Renacimiento procedía del mal espíritu» simplemente porque toda aquella efervescencia sensual «constituía un peligro para la fe y las buenas costumbres». En el fervor de su celo, no distinguía «entre el verdadero y el falso renacimiento, haciendo a todo el Humanismo responsable de los excesos» de los radicales (Cf. Pastor, I, 171-172). Pero Giovanni Dominici era irreductible. Bien sabía él que los Santos Padres habían sido los primeros en echar mano de los filósofos clásicos para el bien de la Iglesia. Pero ahora el ambiente estaba viciado y la salvación de las almas estaba por encima de las conveniencias educativas. Su fidelidad a la verdad le valió la persecución, con amenaza de exilio en Venecia.

Este celo por la ortodoxia como predicador no era, sin embargo, más que la sobreabundancia de su ardiente deseo de revitalizar la observancia de la Regla de Santo Domingo dentro de la Orden de Predicadores. La peste negra de 1348 y los difíciles años sucesivos habían literalmente diezmado la población en los claustros y mitigado la disciplina de los supervivientes hasta un franco relajamiento. En el convento de Santa Maria Novella, en sólo cuatro meses, la epidemia había acabado con la vida de setenta frailes. Hacían falta vocaciones jóvenes y Giovanni Dominici supo ganárselas en gran cantidad, fundando para su adecuada e indispensable formación un Noviciado en el convento de Cortona. Se convirtió, de hecho, en un reformador de la Orden en las regiones del norte de Italia, con la ayuda y bajo la orientación del experimentado Beato Raimundo de Capua, considerado segundo fundador de los dominicos y Maestro General hasta su muerte en 1399.

Beato Raimundo Capua
Nuestra Señora entre Beato Raimundo de Capua y San Pedro de Verona. Iglesia Santa Maria del Castello

4. La desgracia del cisma

Pero volvamos junto a la chimenea en el Vaticano:

— Padre Dominici, he observado sus agudas dotes diplomáticas durante el cónclave. Como sabe, he jurado, al igual que los demás cardenales, que en caso de ser elegido me empeñaría en poner fin al cisma y que no pasarían tres meses antes de que haya iniciado las tratativas con el antipapa de Aviñón para un encuentro personal entre ambos. Ello es imposible sin un diplomático hábil y que conozca el terreno. Personalmente, estoy dispuesto a renunciar al Papado para acabar con el cisma, si ello se hace necesario por el bien de la Iglesia. Pero necesito su ayuda, y por eso deseo que se quede junto a mí.

— Santo Padre, bien sabéis que estoy aquí para serviros. El cisma se ha convertido, de hecho, en una pesadilla interminable para toda la Cristiandad. Permitidme, sin embargo, ya que soy objeto de vuestra confianza, una apreciación. Sin duda, es importante su disposición a una eventual renuncia por el bien de la Iglesia, en caso necesario, pero mucho más importante aún es que dicha renuncia sea oportuna, esto es, en el momento justo, ni antes, ni después.

Para el auténtico espíritu medieval, el buen orden de las cosas se apoyaba simultáneamente, desde Carlomagno, sobre dos pilares: un Papa que gobernase la esfera espiritual y un Emperador que, en plena armonía con él y siempre al servicio de la Iglesia, presidiese la esfera temporal. El año de 1378 había sido calamitoso en este sentido para la fe de los católicos: murió Carlos de Luxemburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y comenzó el cisma, con lo que había un “papa” de más y un emperador de menos. Al emperador sucedió su hijo Wenceslao IV, cuyo débil e ineficaz reinado estuvo caracterizado por el desorden religioso, la guerra civil y, en general, por una casi total anarquía, de modo que los príncipes alemanes acabaron por destronarlo en 1400 y elegir en su lugar al conde palatino Roberto. El cisma, por su parte, no sólo no se resolvió pronto, sino que se fue enredando cada vez más, dando al traste con las más diversas iniciativas de solución por parte de ambas obediencias y frustrando, así, cruelmente una y otra vez las esperanzas de los católicos. Lejos estaban los fieles de imaginar que la dilacerante situación se acabaría prolongando por casi cuarenta años.

No es difícil imaginar la preocupación que reinaba por ese motivo. Dos ejemplos elocuentes pueden servir de muestra. A instancias de Carlos VI el Bienamado, Rey de Francia, la Universidad de París invitó en 1394 a todos sus miembros a que presentaran dictámenes escritos acerca de la manera más adecuada de resolver el cisma. La efervescencia era tal que el número de los mismos casi llegó a diez mil. Por otro lado, en la distante Alemania de entonces, una poesía que circulaba ya al inicio de la desgraciada ruptura muestra bien la profunda aflicción que esta situación causaba en toda la sociedad:

En Roma un Papa tenemos

Y otro Papa en Aviñón;

¡Cada cual quiere ser solo,

Y traen al mundo en error.

Así no hubiera ninguno;

Valiera más que haber dos!

Dos Papas no puede haber,

Pues sólo uno quiere Dios;

[…]

Para atar y desatar

Cristo a Pedro el poder dio;

Ora atan aquí y allí;

¡Vos nos desatad, Señor!

[….]

Orgullo, odio avaricia

Jamás se vieron como hoy.

[…]

Da a la Cristiandad cabezas,

Da un Papa y Emperador,

Que en toda la faz de la tierra

Castiguen la sinrazón.

Benedicto XIII
Benedicto XIII

5. ¿El concilio por encima del Papa?

Los doctores de las universidades de la época, sobre todo la de París, habiendo estudiado detenidamente la compleja cuestión, habían llegado a la conclusión de que las posibles salidas para el cisma se reducían a tres.

Una era la via cessionis, que consistía en que cada uno de los pontífices cediera voluntariamente sus derechos al pontificado, pero se había mostrado totalmente estéril, pues cada uno exigía que el otro renunciase primero y todas las tratativas para hacerlo simultáneamente habían fracasado.

Otra era la via iustitiae o via conventionis, propugnada exclusivamente por Pedro de Luna, antipapa Benedicto XIII, experto en las sutilezas del derecho canónico, y sus partidarios, que consistía en averiguar por la vía jurídica en un coloquio entre ambos pontífices, acompañados por sus respectivos cardenales, cuál era el papa legítimo. Ni que decir tiene que los únicos que pensaban seriamente en semejante solución eran los secuaces del antipapa de Aviñón, por lo que tal opción no conducía a ningún lado.

La tercera era la via concilii, que atribuía al concilio universal la facultad de deponer, por las buenas o por las malas, a cada uno de los pontífices, incluso al legítimo. Existía también la denominada via facti que era, en el fondo, la aplicación por la fuerza de la via concilii. Como fácilmente se ve, esta solución implicaba un altísimo riesgo: que la solución del cisma pasase por el sometimiento de la autoridad del Papa a la del concilio. Tal era, de hecho, la tesis que sustentaban los denominados «conciliaristas».

Precisamente para evitar este riesgo, los partidarios del Papa legítimo, Gregorio XII, habían siempre insistido en que la única solución válida era la de la via cessionis, de modo que quedase garantizada la supremacía del Romano Pontífice. Sin embargo, el tiempo pasaba, el desconcierto aumentaba y nadie era capaz de llegar a una solución por esta vía, lo que daba pie a que las tesis conciliaristas continuasen ganando cada vez más terreno en una opinión pública hastiada de tanta y tan prolongada confusión.

Gregorio XII
Gregorio XII

6. Tres “papas” en vez de dos

Al desgaste de la compleja situación se sumaba la indecisión del Papa legítimo para el encuentro con el antipapa Benedicto XIII, lo cual aumentaba cada vez más la impaciencia de los cardenales de una y otra obediencia ante las interminables tratativas sin fruto alguno. Cuando ya, por fin, se había fijado la fecha y el lugar para el encuentro, Gregorio XII cambió de opinión en el último momento, dejándose llevar por la presión de algunos parientes y consejeros. Casi concomitantemente, decide crear cuatro nuevos cardenales — uno de ellos era el P. Giovanni Dominici, que sería nombrado también Arzobispo de Ragusa —, pues desconfiaba de algunos componentes del Sacro Colegio, que daban muestras ostensivas de su inconformidad con sus decisiones. Tal medida, sin embargo, contrariaba el acuerdo existente de mantener el mismo número de purpurados en ambos colegios cardenalicios, adoptado tradicionalmente a fin de facilitar la solución del cisma. Por si esto no bastase, dos de los neo-cardenales eran sobrinos del Papa.

Fue la gota que colmó el vaso. Siete cardenales abandonan a Gregorio XII y, junto con otros tantos también decepcionados de Benedicto XIII, deciden poner fin al cisma por la vía de los hechos. Se reúnen en Pisa y convocan un supuesto concilio. La posición de estos descontentos era inadmisible incluso desde el punto de vista estrictamente teórico, pues al menos uno de los dos pontífices debía ser necesariamente el verdadero Papa, y por tanto los cardenales se estaban levantando contra el legítimo Sucesor de Pedro. El conciliábulo de Pisa declaró depuestos por la fuerza en 1409 — por supuesto, de modo inválido — a Gregorio XII y a Benedicto XIII. A continuación, con la pretensión de haber resuelto el cisma, los cardenales disidentes convocaron un cónclave para la elección del nuevo Papa. El resultado fue que, si antes había dos “papas”, ahora había tres.

7. El conciliarismo acaricia su propio triunfo

Todo ello no contribuía sino a dar la razón a quienes, cada vez en mayor número, se iban haciendo favorables la “solución” conciliarista. ¿Cómo resolver tan delicado problema? Eran momentos de gran aflicción para quienes, como Giovanni Dominici, se daban cuenta de que lo que estaba en juego no era simplemente la paz y la unidad en la Iglesia — como tampoco la condena de las herejías, y mucho menos aún la reforma del clero —, sino la integridad de la autoridad del Papado en aquel desgraciado momento histórico y en los siglos futuros.

En efecto, si se establecía el principio de que, en caso necesario, el concilio universal tenía autoridad para deponer por la fuerza al Papa legítimo, de nada habría servido resolver el cisma, pues no sólo estaría instaurada una tesis revolucionaria contraria a toda la tradición católica; estaría también sembrada la cizaña que daría origen a innumerables otros cismas en el futuro y que, en definitiva, conduciría a la negación del Primado del Romano Pontífice en toda la Iglesia, esto es, a la destrucción de la misma Iglesia. Era, por tanto, necesario impedir a toda costa que el pérfido conciliarismo apareciese ante la opinión pública como la responsable de la solución del cisma. ¿Pero cómo lograrlo?

El concilio de Constanza (1414-1418), que analizaremos en nuestro próximo artículo, será el campo de batalla sobre el que se librará este combate que marcó la Iglesia y el Papado para los siglos futuros y en el cual nuestro cardenal tuvo un papel decisivo.

 

Pe. Eduardo Caballero, EP

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Acta Sanctorum. Iunii, II, Antwerpen 1867, 388-412.

Bertucci, S.M., «Ioannes Dominici», Bibliotheca Sanctorum, IV, Roma 1995, 748-756.

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Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

Pastor, L. von, Historia de los Papas, I, Buenos Aires 1948, 107-340.

Formação doutrinal dos Sacerdotes

“Mestre, que devo fazer para possuir a vida eterna?” (cf. Lc 10, 25). Essa pergunta, que passou para a história como parte de uma conspiração contra Nosso Senhor Jesus Cristo, não era de todo original. Desde os primórdios, a humanidade conhecedora ou não da Revelação, se interroga sobre como fazer para possuir uma perene vida feliz. Todavia, nem sempre essa incessante busca tem se deparado com a resposta acertada. Mas, aquele doutor da lei que inquiriu Nosso Senhor Jesus Cristo parece tê-la encontrado, ainda que só teoricamente: “Amarás o Senhor teu Deus de todo o teu coração, de toda a tua alma, de todas as tuas forças e de todo o teu pensamento; e a teu próximo como a ti mesmo. Falou-lhe Jesus: Respondeste bem; faze isto e viverás” (cf. Lc 10, 27).

“E quem é o meu próximo?” (cf. Lc 10, 29). Apesar de suas más intenções, o soberbo doutor, sem querê-lo, dava a Nosso Senhor a possibilidade de criar uma das mais belas expressões de sua sabedoria divina: a conhecida parábola do bom samaritano, ao termo da qual Jesus mesmo deu-lhe a possibilidade de descobrir a resposta acertada à sua pergunta insidiosa: “Qual destes três parece ter sido o próximo daquele que caiu nas mãos dos ladrões? Respondeu o doutor: Aquele que usou de misericórdia para com ele. Então Jesus lhe disse: Vai, e faze tu o mesmo” (cf. Lc 10, 37). E o colóquio narrado pelo Evangelho, ofereceu categoricamente o caminho para a eternidade feliz: as obras de misericórdia para com o próximo.

O Bom Samaritano, por Francesco Fontebasso. Museu Diocesano de Trento - Italia
O Bom Samaritano, por Francesco Fontebasso. Museu Diocesano de Trento – Italia

Poucos são os que conhecem com profundidade o verdadeiro significado cristão do termo misericórdia, em toda a sua explicável abrangência. Ao ouvir falar dessa virtude, há quem faça cogitações sobre a necessidade de empreender obras sociais que assistam enfermos, famulentos, cativos, e, enfim, todo tipo de pessoas que passam por situações adversas na sua vida material. De fato, ajudar quem esteja em circunstâncias como essas é algo admirável, mas não encerra as possibilidades de fazer o bem, sobretudo o bem misericordioso. Assim, para guiar os bons corações, cheios de sadio altruísmo, a Igreja define as obras de misericórdia inspiradas no verdadeiro espírito cristão. Ela, de fato, considera que a misericórdia inclina os homens a ter uma equilibrada compaixão em relação à miséria do outro e os inspira a auxiliá-lo. Entretanto, demonstra ser equivocado pensar que só existem misérias no campo material. E, ponderando a supremacia da alma em relação ao corpo, defendida pela filosofia antiga e ostentada pelo cristianismo, é de se considerar com que importância se deve distinguir e realizar as obras de misericórdia espirituais.

Entre as obras de misericórdia que desempenham os Arautos do Evangelho, têm primazia a instrução ou formação daqueles que se dedicarão ao ministério sagrado. É bem verdade que cada instituição procura desenvolver suas atividades de acordo com seu carisma próprio. Para os Arautos do Evangelho, operar a formação de seus futuros sacerdotes com beleza significa educá-los, antes de tudo, seguindo o verdadeiro tesouro que a Igreja oferece em seus documentos sobre a formação sacerdotal. Neste artigo, procuraremos abordar a linha mestra que orienta os Arautos do Evangelho na formação de seus seminaristas, na perspectiva de que estes educarão na fé outros fiéis para a Igreja de Deus.

Ao preocupar-se com a formação doutrinária a ser ministrada no seminário dos Arautos do Evangelho, seu fundador, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, logo percebeu a grave necessidade de conscientizar os envolvidos nesta educação intelectual e os próprios seminaristas, sobre o que a Igreja quer transmitir acerca dessa formação. Ou seja, com que estado de espírito os professores deveriam ministrar suas aulas e os alunos receber os conhecimentos delas oriundos. Dentre os muitos aspectos que se poderia tratar a respeito da maneira como os Arautos desempenham essa obra de misericórdia – a instrução –, fixemos a atenção neste ponto: o juízo que se deve fazer a respeito do tema estudos, assunto que se reveste de grande relevância, como teremos a oportunidade de verificar.

Missa de abertura do ano letivo, Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima - Arautos do Evangelho, São Paulo - Brasil
Missa de abertura do ano letivo, Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima – Arautos do Evangelho, São Paulo – Brasil

O primeiro pressuposto para compreender o modo como determinada ação deve ser conduzida é a compreensão de sua finalidade. O princípio se aplica de maneira especial aos estudos seminarísticos. A concepção acerca do modo como esses devem ser dirigidos deve se basear, antes de tudo, em seu objetivo final. Então, para que servem os estudos no seminário? Por que os futuros padres devem se dedicar intensamente à sua própria instrução?

Por simples que pareça essa pergunta, a resposta a ela é um tanto complexa. Primeiramente porque a instrução doutrinária, mesmo voltada especificamente para o desenvolvimento intelectual dos seminaristas, se encaixa num objetivo mais geral da formação oferecida nos seminários, atrelando-se também a outras dimensões dessa mesma formação.[1] Isso significa que, para descobrir a finalidade da formação doutrinária, é necessário, em primeiro lugar, descobrir a finalidade da formação sacerdotal como um todo. Qual é então esse objetivo geral, para o qual devem estar voltadas a formação pastoral, espiritual, disciplinar, e também doutrinal? Um documento lançado pela Conferência Nacional dos Bispos do Brasil responde a essa questão de modo claro e preciso: o objetivo geral da formação dos candidatos à vida presbiteral é levá-los a ser santos.[2]

Assim, através de um entrelaçamento das atividades que a casa de formação oferece, todos os aspectos da formação sacerdotal devem estar harmonicamente coordenados entre si pelos superiores dos seminários para atingirem esse fim primordial, a santidade dos futuros sacerdotes.[3] Todas elas precisariam se dirigir em conjunto para um plano educativo comum, e nenhuma delas, nem mesmo a formação doutrinária, pode ser considerada de maneira autônoma ou independente.[4]

De acordo com a ciência canônica, a proposta de fazer com que os diversos traços da formação sacerdotal se voltem em conjunto para uma finalidade comum é um dos aspectos da normativa da Igreja que sofreu uma evolução: os preceitos relativos à formação dos candidatos ao ministério sagrado encontravam-se, no Código de 1917, sob a rubrica do Magistério Eclesiástico, e davam ao assunto uma nota meramente acadêmica.[5] No Código atual, o tema se encontra num capítulo voltado para a formação dos clérigos, sublinhando, desta forma, os múltiplos aspectos da formação: psicológica, afetiva, acadêmica, espiritual, e outros.[6]

Desse modo, os estudos, harmonicamente conjugados com os outros elementos da formação sacerdotal, devem ser, antes de tudo, um fator de contribuição para a santificação dos alunos que se preparam para a vida ministerial. Nesse sentido, conforme afirmara Mons. João Clá numa homilia para professores e seminaristas, a inteligência terá um papel fundamental: “(…) se eu ampliar muito a minha inteligência, terei mais facilidade em praticar a virtude e em ser santo”.[7] E é procurando atingir essa finalidade – a santidade – que os Arautos desenvolvem a formação intelectual de seus candidatos ao ministério sagrado. Como procuram fazê-lo?

A atenção para com a formação intelectual dos sacerdotes sempre esteve presente na Igreja, mas suas explicitações acerca de certas peculiaridades parecem ter atingido um ápice nos últimos séculos de sua atuação nesse campo. Numa Carta Encíclica devotada ao tema do Sacerdócio Católico[8], escrita pelo Papa Pio XI, o Pontífice, demonstrando especial preocupação no que tange à intelectualidade dos seminaristas, salientava a importância da escolha dos professores.[9] Seu discurso voltava-se curiosamente para a capacidade que os encarregados da formação deveriam ter em ensinar mais pelo exemplo do que com a palavra, e em infundir, juntamente com a formação doutrinária, um espírito sólido, varonil e apostólico, que fizesse nascer a piedade e outras virtudes.[10] Ademais, o documento alertava que os estudos deveriam ser uma armadura contra tentações ou perigos mais graves.[11]

O Papa Pio XII, na exortação apostólica Menti Nostrae também estreita os laços entre desenvolvimento intelectual e espiritual na formação sacerdotal.[12] Recordava que para santificar-se, ou santificar aos outros, é necessário estar preparado por uma sólida doutrina.[13] Segundo o documento, os mestres da vida espiritual consideram o estudo das ciências sagradas, quando ministrado adequadamente, um alimento para o espírito de fé[14]; e, ao recomendar uma forte preparação intelectual, advertia a necessidade de ter certo equilíbrio e cuidado, pois uma formação doutrinal mal oferecida poderia representar para o clero um perigo de danos incalculáveis.[15]

Como se pode perceber por meio da leitura desses documentos, a Igreja não faz, de fato, uma dissociação entre os estudos e outros aspectos da formação sacerdotal; ao contrário, é notável o cuidado em associar a instrução com a vida espiritual dos seminaristas. E é assim que os Arautos do Evangelho promovem a santidade através do estudo: harmonizando-o com a vida de piedade. A respeito dessa sadia harmonia entre vida de estudo e vida de oração, asseverava o fundador dos Arautos: “Estudo sem oração é um suicídio! Porque nós aprendemos, é verdade, não tem dúvida, porque estudamos; mas é preciso aprender não só com a cabeça, é preciso aprender com o coração. Porque o homem é um todo, ele é corpo e alma, e ele precisa dar vida, dar substância a esta participação que ele tem na vida do próprio Deus, com o Batismo. E isto se faz muito mais pela oração do que pelo estudo”.[16]

Essa orientação é muito atual, pois se encontra expressa no Código de 1983.[17] Na verdade, os documentos acima mencionados estão entre as principais fontes de um dos cânones do atual código, voltado para a formação intelectual dos sacerdotes, que destaca justamente a necessidade de uma conformidade entre a formação doutrinária e a vida espiritual dos seminaristas.[18] De fato, entre a formação doutrinal[19], a vida de fé e a vida espiritual dos alunos, deve haver uma estreita afinidade.[20] Elas não podem estar desconexas entre si.[21] E Mons. João dá as diretrizes para se conjugar esses aspectos da formação sacerdotal: “(…) nada melhor do que um estudo feito, em comunidade, dentro de um ritmo de vida religiosa, com uma substância enorme de orações pelo meio, pervadido de orações e regado por orações. Porque aí sim nós temos as duas asas: uma que se desenvolve para conhecer e outra que se desenvolve para amar, e aí se voa. Porque voar com uma asa só, a gente começa a rodopiar e vai lá para baixo”.[22]

Submetendo-se a todas essas considerações, a formação doutrinária nos Arautos não é apreciada como um componente a mais da formação dos seminaristas, mas um eficaz recurso que faça com que eles adiram à Palavra de Deus, cresçam em sua vida espiritual e, assim, disponham-se para o exercício do ministério pastoral.[23] E isso diz respeito de maneira especial aos estudos teológicos, pois os que se dedicam a eles devem ser, de acordo com a Pastores dabo Vobis, verdadeiros crentes, homens de fé, que falam sobre sua própria fé.[24] Não é sem razão que este curso preenche a maior parte da vida dos Arautos que se preparam para o ministério sagrado.

Desse modo, uma das notas dominantes da formação nos Arautos do Evangelho é o cuidado de não proporcionar aos candidatos ao sacerdócio uma consciência equivocada a respeito dos estudos que precedem a ordenação sacerdotal. A Exortação Apostólica Pós-sinodal Pastores dabo vobis incita a que os formadores não apresentem os estudos preparatórios para o sacerdócio com caráter meramente científico.[25] A respeito desse ponto, alertava o fundador dos Arautos: “E aí nós vemos que cuidado devemos ter quando nós começamos a estudar, porque o estudo não deve partir do raciocínio da inteligência. O estudo deve partir da Fé apoiada e sustentada pela virtude, e depois vem todo o resto”.[26]

Isso significa que se deve aplicar todo o esforço necessário para que os seminaristas não estudem com a impostação de meros cientistas da fé[27], mas sim tomados de entusiasmo para com a doutrina que assimilam: “O estudo deve ser feito com o intuito de crescer no amor, de crescer na fé”.[28]

Mons. João S. Clá Dias, Fundador dos Arautos do Evangelho
Mons. João S. Clá Dias, Fundador dos Arautos do Evangelho

Só com o espírito contemplativo é possível ser teólogo e santo, como um São Tomás de Aquino, um São Boaventura e tantos outros. Depois da dissociação entre as potências intelectual e volitiva, causada pelo pecado original, o homem é capaz de saber muitas coisas sobre Deus, sem, todavia, entregar-lhe o coração. Isso justifica a pergunta: “Por que os teólogos não são todos eles os que mais louvam a Deus? Pois há teólogos que não conseguem louvar a Deus. Por quê? Porque conhecer a Deus não é só conhecer teologia, conhecer a Deus não é só estudar; o estudo ajuda, sem nenhuma dúvida, mas desde que a pessoa se identifique com os desejos de Deus a seu respeito. E identificar-se exige conhecimento de contemplação”.[29]

Com efeito, da admiração e da meditação provém a transformação interior, dela o louvor perfeito e a glorificação, como fez de forma insuperável Nossa Senhora em seu Magnificat. Com os olhos postos n’Ela, a alma contemplativa por excelência, em cujo coração se conservavam e se aprofundavam os mais sublimes mistérios da salvação, os Arautos desejam formar uma geração de teólogos exímios, cheios de fogo do Espírito Santo, capazes de contagiar entusiasticamente os fieis, com a verdadeira doutrina da Santa Igreja, a Mãe indizivelmente amada, que nos une a Maria e, por Maria, a Jesus.

Pe. Carlos Adriano Santos dos Reis, EP (Extraído de “Retrospectiva 2013-2014”)

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[1] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Adhortationes Apostolicae: Pastores dabo vobis (25 Martii 1992), in AAS LXXXIV (1992), pp. 748-750, n. 51.

[2] Cf. V. dos Santos Goulart, Pe., Diretrizes para a formação, p. 45.

[3] Cf. D. Cito, in Comentario exegético, p. 246.

[4] Cf. Idem, ibidem.

[5] Cf. J. Hortal Sánchez, SJ. Comentários e notas, p. 130.

[6] Cf. Idem, ibidem.

[7] Clá Dias, João S. Homilia da 6ª feira da I semana da Quaresma. Caieiras, 6 mar. 2009.

[8] Cf. Pius PP. XI,  Litterae Encyclicae: Ad Catholici Sacerdotii (20 Decembris 1936) in AAS XXVIII, (1936), p 26, n. 50.

[9] Cf. Idem, ibidem.

[10] Cf. Idem, ibidem.

[11] Cf. Idem, ibidem.

[12] Cf. Pius PP. XII, Apostolica Adhortatio: Menti Nostrae (23 Septembris 1950), in AAS XXXXII (1950), p. 667, n. 33.

[13] Cf. Idem, pp. 678-679, n. 65.

[14] Cf. Idem, pp. 687-688, n. 86.

[15] Cf. Idem, p. 689, n. 89.

[16] Clá Dias, João S. Homilia da segunda-feira da Oitava de Páscoa. Caieiras, 5 abr. 2010.

[17] CIC-1983, c. 244. Alumnorum in seminario formatio spiritualis et institutio doctrinalis harmonice componantur, atque ad id ordinentur, ut iidem iuxta uniuscuiusque indolem una cum debita maturitate humana spiritum Evangelii et arctam cum Christo necessitudinem acquirant.

[18] Cf. D. Cito, in Comentario exegético, p. 245.

[19] Cf. G. Ghirlanda, O Direito na Igreja, p. 149.

[20] Cf. Idem, ibidem.

[21] Cf. Idem, ibidem.

[22] Homilia da quinta-feira da 9ª semana do Tempo Comum. Mairiporã, 5 jun. 2008.

[23] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Adhortationes Apostolicae: Pastores dabo vobis (25 Martii 1992), in AAS LXXXIV (1992), pp. 748-750, n. 51.

[24] Cf. Idem, pp. 751-753, n. 53.

[25] Cf. Idem, ibidem.

[26] Clá Dias, João S. Homilia do sábado da Oitava da Páscoa. Mairiporã, 14 abr. 2007.

[27] Cf. Ioannes Paulus PP. II, Op. Cit., pp. 748-750, n. 51.

[28] Clá Dias, João S. Homilia. Mairiporã, 14 abr. 2007.

[29] Clá Dias, João S. Homilia na Festa de Nossa Senhora de Guadalupe. Caieiras, 12 dez. 2009.

Deus está em todo lugar

Quando contemplamos, num belo anoitecer de verão, a abóbada celeste, percebemos miríades de estrelas que, aos poucos, vão se acendendo aqui, lá e acolá.

Na verdade, além das que vemos, existem milhões e milhões de outras, que, só com a ajuda de boas lunetas, conseguiríamos ver. E ainda resta um número quase incontável, que nem sequer a ciência, com todos os seus recursos, logrou ainda observar.

Pois bem, mesmo sendo o Universo tão imenso a ponto de nos parecer sem limites, há um Ser superior a isso tudo, que tudo criou, tudo governa e tudo vê: Deus infinito. Ele está presente em tudo, não há lugar onde Ele não possa estar, como diz o Salmista: “Tu me envolves por todo lado e sobre mim colocas a tua mão. Onde eu poderia ocultar-me do teu Espírito? Para onde poderia fugir da tua presença? Se subir até os céus, Tu lá estás; se descer ao mundo dos mortos, ali Te encontras” (Sl 138, 5; 7-8). Também lemos nos Atos dos Apóstolos que em Deus “vivemos, nos movemos e existimos” (At 17,28).

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O modo de Deus estar presente na criação

Ensina-nos o grande São Tomás de Aquino que existem três modos de Deus estar presente na obra da Criação. Primeiro, por potência, ou poder, pois tudo está submetido a seu domínio; se fosse possível a Deus cochilar um instante, tudo voltaria ao nada. Segundo, por presença, visão ou conhecimento, pois tudo está patente e como que descoberto a seus olhos; nada Lhe escapa, nem sequer os mais ocultos pensamentos. Terceiro, por essência ou substância, pois Ele está em tudo, como causa de seu ser.

Falando em termos mais específicos, existem outras presenças de Deus, como a inabitação na alma do justo, realizada através da graça. Também a presença pessoal ou hipostática, única e exclusivamente de Cristo, pela qual sua humanidade adorável subsiste na própria pessoa do Verbo Divino. Por isso Ele é pessoalmente Deus, a Segunda Pessoa da Santíssima Trindade encarnada. Temos, ademais, a presença sacramental ou eucarística, na qual Jesus Cristo está realmente presente sob as espécies do pão e do vinho.

Há, por fim, a presença de visão ou manifestação, que é a do Céu. Deus está presente em toda parte, porém, não Se deixa ver em todo lugar, mas somente no Céu. Só na Visão Beatífica Ele Se manifesta face a face aos bem-aventurados.

 

Lembremo-nos dia e noite do olhar de Deus

Portanto, Deus está presente em toda parte e constantemente nos vê. Oh! Quantos crimes seriam evitados, quantos problemas seriam resolvidos, quantas lágrimas seriam enxugadas, quantas aflições se- riam suavizadas, se a humanidade tivesse consciência do olhar de Deus sempre pousando sobre nós! “Deus está no Templo santo e no Céu tem o seu trono, volta os olhos para o mundo, seu olhar penetra os homens” (Sl 10,4).

Estamos aflitos, necessitando de uma palavra de conforto e ânimo para superar algum obstáculo? Precisamos de um coração com o qual possamos nos abrir? Ou de um amigo a quem falar? Por que não recorrer ao melhor dos amigos, ao mais suave, compreensivo e cheio de compaixão, que é o próprio Deus? Ele nos conhece até o fundo e sabe tudo de que precisamos; seu Divino Coração arde em desejos de ajudar e consolar as almas abatidas e de aliviar as costas carregadas de fardos: “Vinde a Mim todos vós que estais cansados e oprimidos, que Eu hei de aliviar- vos” (Mt 11,28).

Queremos servir a Deus com mais amor e perfeição? Lembre- mo-nos de seu olhar dia e noite. Certa vez, Santo Inácio de Loiola, vendo um de seus irmãos trabalhar de modo relaxado, perguntou-lhe:

— Irmão, para quem trabalhas?

— Para Deus — respondeu-lhe ele.

— Se me dissesses que trabalhas para um homem, eu compreende- ria tua moleza, mas isso é imperdoável quando se trabalha para Deus.

São Francisco de Sales vivia tão compenetrado da presença de Deus, que, estando sozinho ou em sociedade, conservava um porte digno, modesto e grave. Costumava dizer que não sentia constrangimento algum na frente de reis ou príncipes, pois estava habituado a encontrar-se na presença de um Rei muito maior, que lhe inspirava respeito.

 

A oração torna a vida mais leve, suave e amena

A oração frequente é um meio eficaz para nos recordar a presença de Deus. É tão fácil — durante nossos afazeres, no trabalho, na escola ou em casa, andando pela rua, dirigindo no trânsito ou já deitados para o descanso — fazer uma prece, uma jaculatória que seja, a Deus, ao Sagrado Coração de Jesus e oferecer-Lhe os problemas, pedir-Lhe ajuda e proteção!

Caro leitor, eu o convido a fazer isso diariamente, com amor e confiança, e você verá que, aos poucos, sua vida irá se tornando mais leve, suave e amena.

Diz Jesus no Evangelho: “Pedi e ser-vos-á dado; procurai e encontrareis; batei e hão de abrir-vos” (Lc 11,9). Por que desprezamos essa promessa proferida por lábios divinos e que nos dá a garantia absoluta de sermos ouvidos? Poder-se-ia dizer que Nosso Senhor como que Se inclina do Céu sobre a terra à espreita de que Lhe façamos pedidos, desde os mais simples até os mais ousados, para ter Ele a alegria de atender-nos e encher-nos de dons e graças.

Rainha dos Anjos

“Tu o dizes! Eu sou Rei!” (Jo 18, 37).

Tudo que toca na pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo tem uma grandeza deslumbrante, pelo simples fato de que Ele é Deus. Mas, de todas as cenas narradas nos Evangelhos, talvez seja esta, a do diálogo com Pilatos, a que mais deixa transparecer essa qualidade tão pouco apreciada em nossos dias: a grandeza.

Jesus está numa situação de terrível humilhação. Preso, tratado como um criminoso, de mãos atadas, submetido a todo tipo de vexações e apresentado na qualidade de réu ao representante de Roma, o maior poder político e militar da época. Pilatos tinha a segurança de quem estava na posição de dominador, com a capacidade de exercer todo tipo de arbítrio sobre os que lhe estavam subordinados. Até já se tinha tornado célebre entre os judeus por sua crueldade.

Podemos imaginar o assombro de Pilatos, ao ouvir a resposta de Jesus: “O meu Reino não é deste mundo; se meu Reino fosse deste mundo, os meus servos lutariam para que Eu não fosse entregue aos judeus; mas o meu Reino não é daqui” (Jo 18, 36). Ele percebia que em Jesus havia um mistério que fugia totalmente à sua compreensão humana e que Nosso Senhor dizia a verdade. Ele era de um Reino que não era deste mundo, e era Rei.

Jesus diante de Pilatos. Museu de Arte Sacra, Evora, Portugal.
Jesus diante de Pilatos. Museu de Arte Sacra, Evora, Portugal.

Noutras ocasiões os judeus quiseram aclamá-Lo Rei, mas Ele havia recusado, esquivara-Se. Agora, diante de Pilatos, do representante de Roma, declara-Se Rei. Sua atitude pode até causar certa perplexidade. Jesus vinha para uma missão exclusivamente espiritual: libertar a humanidade do pecado, através do sacrifício redentor da Cruz. Por que agora Ele se empenha em declarar sua condição real? Não bastaria afirmar apenas que era o Messias, o Filho de Deus?

Essa declaração marcou o espírito de Pilatos a fundo. Pode-se imaginar a atitude, o olhar e a entonação de voz de Jesus, grave, pausada e serena, ao responder ao tribuno romano. “Tu o dizes, Eu sou Rei!”

E, de fato, Jesus é Rei no sentido pleno do termo. Ele é o Rei dos reis. D’Ele, enquanto Verbo de Deus encarnado, toda autoridade deriva, como se constata no segundo diálogo com Pilatos: “Nenhum poder terias sobre Mim se não te fosse dado do Alto” (Jo 19, 11).

Mas, além de sua condição divina, existem outros atributos pelos quais Jesus possa ser considerado Rei? Ele o era, em primeiro lugar, por direito de sucessão, por ser da casa de David, segundo as palavras do Arcanjo Gabriel a Nossa Senhora: “darás à luz um Filho […] será chamado Filho do Altíssimo e o Senhor lhe dará o trono de seu pai David; reinará sobre a casa de Jacó, e seu reino não terá fim. […] Será chamado Filho de Deus” (Lc 1, 31-33).

Ele também era rei por direito de conquista. Com efeito, pela falta de Adão, a humanidade vivia sob a escravidão do pecado, sob o domínio de satanás e estava-lhe vedado o acesso ao Céu. Pelo sacrifício da Cruz, Nosso Senhor resgatou o gênero humano da dívida do pecado, deu aos homens a possibilidade de se tornarem filhos de Deus, através do Batismo, e poderem fazer parte do Reino de Deus, do qual Jesus é Rei. Por isso, Ele declara a Pilatos: “O meu Reino não é deste mundo.” (Jo 18, 36) Sua realeza, espiritual, e mais efetiva do que a temporal, era sobre o Reino de Deus, de caráter sobrenatural. Compreende-se então que as profecias sobre o Messias falassem de um reino eterno que não seria destruído (Cf Dn 7, 14; Mq 4, 7).

Também os Magos chegaram a Jerusalém à procura do Rei dos judeus que acabara de nascer (Cf Mt 2, 2). Os sacerdotes e os escribas consultados por Herodes logo veem que se trata do Messias e citam a conhecida profecia de Miqueias sobre o lugar do nascimento do Salvador: “E tu Belém […] de ti sairá para mim Aquele que governará Israel” (Mq 5, 1).

Não resta dúvida que Jesus é verdadeiramente, e no sentido pleno da palavra, Rei! Desta sublime verdade, a realeza de Cristo, decorre outra não menos bela: Maria é Rainha! Sob a perspectiva sobrenatural a situação de Nossa Senhora, a partir da Anunciação, mudara completamente. A humilde Virgem de Nazaré foi posta no coração da obra redentora, numa relação de proximidade com Deus, única na história, sendo elevada assim, acima dos Anjos, pois se tornara Mãe de Deus. É este o principal fundamento de sua realeza. A Graça que recebeu pela maternidade divina elevou-A tão acima de todas as outras criaturas, inclusive dos Anjos, que Ela é Rainha natural de todo o Universo.[1]

Já os Padres da Igreja A consideravam soberana. Santo Efrém, um dos principais teólogos do século IV, não deixa margem à dúvida quando A invoca nos termos: “…Virgem augusta e protetora, Rainha e Senhora, protege-me à tua sombra, guarda-me, para que satanás, que semeia ruínas, não me ataque, nem triunfe de mim o iníquo adversário”.[2]

Santo André Cretense, nascido no século VII, considerado um dos grandes escritores bizantinos, assim declara a respeito da realeza de Maria: “Rainha de todo o gênero humano, porque, fiel à significação do seu nome, se encontra acima de tudo quanto não é Deus”.[3]

Não foi menos categórico o Magistério da Igreja. Com o poder das sagradas chaves de Pedro, Pio XII declara a esse respeito: “[…] Maria é Rainha, por ter dado a vida a um Filho, que no próprio instante da sua concepção, mesmo como homem, era rei e senhor de todas as coisas, pela união hipostática da natureza humana com o Verbo. Por isso muito bem escreveu São João Damasceno: ‘Tornou-se verdadeiramente Senhora de toda a criação, no momento em que se tornou Mãe do Criador’. E assim o Arcanjo Gabriel pode ser chamado o primeiro arauto da dignidade real de Maria”.[4]

Mas além de ser Rainha por sua predestinação, Ela o é também por direito de conquista, tal como seu Divino Filho. Morrendo na Cruz, Jesus Cristo derrotou o poder de satanás, venceu o inimigo infernal que subjugava a humanidade, a qual fora prostrada na pessoa de Adão. Entretanto, pela vontade de seu Filho, a participação de Maria Santíssima nessa vitória foi tão íntima, inseparável da divina vítima imolada, que também, e a justo título, devemos considerá-La como Rainha por direito de conquista. E essa vitória d’Ela sobre a serpente já estava prenunciada pelo próprio Deus: “Porei inimizade entre ti e a mulher, entre a tua descendência e a dela. Ela te esmagará a cabeça” (Gn 3, 15).

Não é concebível que Nossa Senhora ignorasse o que aconteceria com seu Filho. Ela conhecia todos os sofrimentos pelos quais, com sua aceitação, Ele iria passar. “Quando estava ao pé da Cruz, o Padre Eterno pediu-Lhe consentimento para que Nosso Senhor Jesus Cristo fosse morto. Ela que poderia ter dito não — o Padre Eterno estava querendo pôr nas mãos d’Ela o destino de seu Filho — disse sim. Disse sim para salvar as almas dos homens. Se Ele não morresse, não haveria Céu para nós.

“Nessa hora em que Ela disse sim, Ele ficou entregue aos horrores da morte. Ela viu seu Filho dizer ao Padre Eterno: ‘Meu Pai, meu Pai, por que me abandonastes?’ O que tinha um pouco o sentido: ‘Minha Mãe, minha Mãe, por que consentistes?’ Mas Ela quis. E quando Ele expirou, o gênero humano estava redimido”.[5]

Maria demonstrou assim seu amor por nós aceitando entregar seu Filho Unigênito à ignominiosa morte na Cruz. “No altar do Gólgota, podemos observar três amores participando do mesmo sacrifício. Para a salvação do mundo, o Padre Eterno entregou seu Unigênito Filho; o Verbo Encarnado, sua própria vida, e a Virgem, seu Filho adorado. Não temos senão um único Redentor, o Cordeiro imolado sobre a Cruz; é justo. Mas, a Mãe admirável que O educou para o Calvário e que, chegado o momento, formada e preparada por Ele, O ofereceu por nosso resgate, num mesmo ideal de amor, esta Mãe não tem direito ao título de Corredentora?”[6]

Ora, sob esse aspecto, sua realeza se estende também aos Anjos. Em primeiro lugar porque sendo Corredentora tornou-Se Mãe da Divina Graça, obtida por Cristo na Cruz, em previsão da qual os Anjos venceram a prova e entraram na visão beatífica. E em segundo lugar, porque foi Ela quem, à frente dos Anjos, triunfou definitivamente sobre os demônios, conquistando assim a supremacia sobre eles.

Mais uma vez a sagrada voz do Magistério, nos lábios de Pio XII, confirma esta verdade: “Se Maria, na obra da salvação espiritual, foi associada por vontade de Deus a Jesus Cristo, princípio de salvação, e o foi quase como Eva foi associada a Adão, princípio de morte, podendo-se afirmar que a nossa Redenção se realizou segundo uma certa ‘recapitulação’, pela qual o gênero humano, sujeito à morte por causa duma virgem, salva-se também por meio duma Virgem; se, além disso, pode-se dizer igualmente que esta gloriosíssima Senhora foi escolhida para Mãe de Cristo ‘para lhe ser associada na Redenção do gênero humano’, e se realmente ‘foi ela que – isenta de qualquer culpa pessoal ou hereditária, e sempre estreitamente unida a seu Filho – O ofereceu no Gólgota ao eterno Pai, sacrificando juntamente, qual nova Eva, os direitos e o amor de mãe em benefício de toda a posteridade de Adão, manchada pela sua desventurada queda’ poder-se-á legitimamente concluir que, assim como Cristo, o novo Adão, deve-se chamar Rei não só porque é Filho de Deus mas também porque é nosso redentor, assim, segundo certa analogia, pode-se afirmar também que a Bem-Aventurada Virgem Maria é Rainha, não só porque é Mãe de Deus mas ainda porque, como nova Eva, foi associada ao novo Adão”.[7]

Coroação de Maria Santíssima. Mosaico da fachada da Catedral de Siena, Itália.
Coroação de Maria Santíssima. Mosaico da fachada da Catedral de Siena, Itália.

O Homem-Deus, por ser seu filho, sujeitava-Se à autoridade desta humilíssima Rainha. Aquele que é o Soberano e Senhor da coorte celestial, a quem os Anjos louvam e servem, submete-Se durante trinta anos a sua Mãe Santíssima. Por espírito de respeito pela hierarquia celeste, também os Anjos se submeteram ao senhorio dessa admirável Senhora, sôfregos de atenderem seus mínimos desejos e levarem ante o trono do Altíssimo suas onipotentes preces, pois queriam obedecer-Lhe à imitação do Filho de Deus. E uma vez assumpta ao Céu, não pode Ela ter perdido os privilégios concedidos pela Santíssima Trindade, já nesta vida. Pelo contrário, seus poderes reais foram ampliados. É por essa razão que os fieis devem acudir a Ela, enquanto a misericordiosa Rainha dos Anjos, pedindo seu auxílio e proteção. A oração do venerável Pe. Luís Eduardo, composta sob inspiração da mesma Virgem, é, fora de dúvida, um excelente meio de suplicar a intervenção da Rainha dos Anjos, e de seus angélicos súditos:

“Augusta Rainha dos Céus e soberana dos Anjos, Vós que desde o primeiro instante de vossa existência recebestes de Deus o poder e a missão de esmagar a cabeça de satanás, humildemente vo-Lo pedimos: enviai as legiões celestes dos Anjos a perseguirem os demônios, por vosso poder e sob as vossas ordens, combatendo-os em toda parte, repreendendo-lhes as insolências e lançando-os nas profundezas do abismo. Quem como Deus? Santos Anjos e Arcanjos, defendei-nos e guardai-nos. Ó boa Mãe e tão terna, sede sempre o nosso amor e nossa esperança. Ó Mãe Divina, mandai-nos os vossos Santos Anjos que nos defendam e repilam para bem longe de nós o maldito demônio, nosso cruel inimigo. Amém”.[8]

Assim, encerra-se este livro, fazendo ao leitor um convite: seja cada vez mais devoto dos Santos Anjos e de sua Rainha. E peça a Ela que envie a celeste milícia em auxílio de seus filhos, a fim de expulsar da face da Terra todos os demônios que estão espalhados pelo mundo, procurando fazer mal às almas.

 

Extraído de “A Criação e os Anjos” (Coleção Conheça sua Fé, do Seminário dos Arautos do Evangelho)

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[1] Cf Ángel Herrera Oria. La Palabra de Cristo. Madrid: BAC, 1954. v. 10, p. 417-418

[2] Santo Efrém, apud Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 10.

[3] Santo André Cretense, apud Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 17.

[4] Pio XII. Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 33.

[5] Plinio Corrêa de Oliveira. São Paulo, 21 out. 1989. Conferência. (Arquivo ITTA-IFAT).

[6] Henry Pinard de La Boullaye. Marie, Chef-d’Oeuvre de Dieu. Paris: Spes, 1948, p. 115-116.

[7] Pio XII. Encíclica Ad Caeli Reginam, n. 36.

[8] Plinio Corrêa de Oliveira. São Paulo, 22 jul. 1967. Conferência. (Arquivo ITTA-IFAT).

Jesus Cristo, Homem e Deus verdadeiro

001Introdução

 

Muitas vezes por não termos um adequado conhecimento da doutrina católica, reduzimos a nossa piedade e o nosso enlevo pela vida sobrenatural, quando o não, pela própria Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, pois não damos o verdadeiro valor ao mistério de sua Encarnação. E se não tomamos cuidado nos deixamos levar por doutrinas enganosas que procuram tirar a visão grandiosa que todo católico deve ter da Pessoa do nosso Redentor. É esse o motivo deste artigo, ajudar a tomarmos conhecimento da Grandeza de Nosso Senhor Jesus Cristo e por meio disso aumentarmos a nossa piedade, como também podermos defender a nossa fé.

Mais cedo ou mais tarde a todo católico se põem algumas perguntas. A natureza humana de Nosso Senhor Jesus Cristo, é adorável? Isto é, por exemplo, posso eu voltar-me a Ele e sobrenaturalmente oscular os seus pés e adorá-los, como os pés de Deus? Qual a relação que devo ter eu com Ele? Qual o ato de reverência que devo demonstrar-lhe e prestar-lhe? Qual a relação, portanto, que tem o Santíssimo Sacramento do Altar e eu?

Alguns fiéis por não conhecerem adequadamente a doutrina sobre a Graça de União que Cristo possui, têm uma fé incompleta e não fazem, por isso, progressos de amor e adoração em relação à Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo.

Essas perguntas hoje em dia podem ser vistas com repulsa para muitos, ou o que é pior, vistas com indagações de uma fé primária que não evoluiu nos “conhecimentos” teológicos, e que por sua vez tais perguntas não são dignas de crédito. Porém ao responde-las mostraremos que não só são elas cabíveis, como também solucionando-as cai por terra a doutrina naturalista, igualitária e reducionista, que hoje em dia muitos teólogos sustentam, considerando Jesus apenas como um revolucionário social que veio a este mundo só para salvar os oprimidos e marginalizados.[1]

 

  1. O exemplo de uma heresia: O Adocionismo

A primeira sentença que devemos rejeitar é que a Nosso Senhor deve-se atribuir uma dupla filiação; a primeira como Deus, Filho Natural, e a segunda como homem, filho adotivo. Tal heresia foi apregoada em fins do século VIII por Elipando de Toledo (+ 802) e por Felix de Urgel (+ 816). Essa heresia se intitula adocionismo, e foi combatida sobretudo pelo teólogo franco Alcuino.

Ela foi condenada com a própria censura de uma antiga heresia já existente, o nestorianismo. O papa Adriano I (772-795) condena o adocionismo numa de suas cartas doutrinais, acusando-a de uma renovação dos erros nestorianos, o que foi confirmado no Concílio plenário de Frankfurt (794) em presença do Imperador Carlos Magno, tendo como texto do Concílio esta sentença: “o filho nascido da Virgem era verdadeiro Deus e não podia ser considerado, portanto, como filho adotivo.” (D 615)

“Esta seita se levantou baixo o império de Carlos Magno, pelo ano 778. Com este motivo, Elipando, arcebispo de Toledo, consultou a Félix, bispo de Urgel, acerca da filiação de Jesus Cristo, e este bispo o contestou, que enquanto Deus, era verdadeira e propriamente Filho de Deus, gerado naturalmente pelo Pai; mas que Jesus Cristo enquanto homem ou filho de Maria, não era senão adotivo de Deus, decisão a que subscreveu Elipando. O papa Adriano, advertido deste erro, o condenou em uma carta dogmática dirigida aos bispos de Espanha.

[…] Félix se retratou, e depois voltou aos seus erros; Elipando, por sua vez, tendo enviado a Carlos Magno uma profissão de Fé que não era ortodoxa, fez esse príncipe reunir um Concílio em Frankfurt, em 794, no qual se condenou a doutrina de Félix e Elipando, o mesmo que no Concílio de Forli no ano de 795, e pouco tempo depois no Concílio celebrado em Roma sob o pontificado de Leão III.” (MORENO CEBADA, 1892, p.103, 104)

 

  1. O culto a Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo

Outra conclusão que a teologia chegou é que: o culto que se deve ao Homem-Deus, é o de látria absoluto que corresponde unicamente a Deus:

“A humanidade de Cristo veio a ser, pela união hipostática uma parte, em certo modo da pessoa do Logos e, por Ele, é adorada em e com o Logos. Ela é em si mesma objeto de adoração.” (OTT, 1997, p.253)

Uma prova do que acima ficou dito é que Nosso Senhor consentiu que as pessoas lhe prestassem tal culto, como O vemos na Sagrada Escritura aceitar as prosternações de joelho, que tinham um caráter de culto de adoração. (cf. Mt 28,9 e 17) Em São João 5, 23, Jesus reclama para si o culto que é devido ao Pai ao dizer “para que todos honrem ao Filho como honram ao Pai.” São Paulo também dá o mesmo testemunho ao afirmar em Filipenses 2, 10 “para que ao nome de Jesus se dobrem todos os joelhos” e na carta ao Hebreus 1, 6 testifica “Adorando-o todos os Anjos de Deus.”

E São Tomás o explica de forma caracteristicamente clara e brilhante:

“A adoração da carne de Cristo não significa senão a adoração do Verbo encarnado, assim como a reverência que se tributa às vestes reais não significa senão o respeito e submissão devidos ao rei que se veste das mesmas.” (S. Th. III, q.25, a. 2)

Alguns teólogos, dentre eles o Pe. Royo Marín, ao tratarem dessa adorabilidade do Homem-Deus denominam essa união intrínseca, que provem da união hipostática, de Graça de União. Essa graça existe pelo fato de que a união sobrenatural com Deus decorre da graça santificante. E os seres serão mais santos na medida que se unam mais com Deus, estabelecendo uma regra de três: maior graça, maior santidade, e vice e versa. Essa graça constitui a própria santidade substancial da humanidade de Cristo.

“Em virtude da união hipostática foi comunicada à humanidade de Jesus Cristo a santidade mesma do Verbo e é, por conseguinte, infinitamente santa, mesmo que prescindido da graça habitual ou santificante. […] A graça de união se estende a toda a humanidade de Cristo, ou seja, à alma e ao corpo.” (1961, p.70,72)

Dizendo de outra maneira, ao unir-se hipostaticamente com o Verbo de Deus, a humanidade Santíssima de Cristo (corpo e alma) ficou incorporada à mesma santidade do Verbo, não por uma informação do Verbo a humanidade de Cristo, mas sim em virtude do caráter substancial dessa união, isto recebe o nome de Graça de União. É por essa razão que a Igreja definiu que a própria carne de Cristo é Vivificante (D 123).

Porém um fato decorre disso. É que essa graça é única, e só existe na pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, como nos diz o piedoso doutor Sauvé:

002“As coisas preciosas em si mesmas o são mais quando são raras. A graça de união é não tão somente rara, senão única […] esta graça é singular e incomunicável. […] A graça de união se estende a toda humanidade de Jesus. […] Do ato mais ordinário, por exemplo, do ato pelo qual cortava e ajustava em Nazaré um pedaço de madeira, devo crer que agradava soberanamente a Deus e que era infinitamente meritório. […] Cada contato de seu corpo era infinitamente santo. […] Cada um de seus movimentos era infinitamente santo. […] Cada gota de seu sangue é infinitamente santa. […] Cada um de seus sofrimentos ou de suas alegrias era infinitamente santo e capaz de santificar as alegrias ou os sofrimentos do mundo inteiro.” ( apud ROYO MARÍN, 1961, p.72-73)

Partindo dessas considerações teológicas, a piedade cristã foi com o passar do tempo, prestando cada vez mais o culto de latría à Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo, sendo uns, desde a Idade Média, mais salientados do que outros, como por exemplo a devoção às cinco chagas, ao preciosissímo sangue, à santa face, à cabeça dolorida do Redentor e sobretudo ao seu Sagrado Coração.

Porém a Igreja, para evitar abusos e extremos que poderiam ridicularizar a Pessoa de Nosso Senhor Jesus Cristo – como por exemplo o culto as sobrancelhas de Nosso Senhor – não permite o culto público de cada uma das distintas partes da humanidade de Cristo, senão que unicamente as que se relacionam diretamente com a sua Pessoa e com os mistérios da encarnação. (cf. De Guibert, Documenta ecclesiastica christianae perfectionis apud ROYO MARÍN,1967)

O fundamento dogmático de tal adoração – sobretudo ao Sagrado Coração – teve sua origem numa mística alemã da Idade Média, e se baseia no dogma da união hipostática. O papa Pio VI assim declarou: que o Coração de Jesus era adorado, não separadamente ou desligado da divindade senão como o Coração da Pessoa do Verbo, com a qual se acha inseparavelmente unido. (Dz 1563)

Tal devoção encontrou seu maior realce após as revelações feitas pelo próprio Sagrado Coração a Santa Margarida Maria Alacoque, e foi ainda mais propagada após as encíclicas Miserentissimus Redemptor (1928) e Caritate Christi compulsi (1932), de Pio XI, e Haurietis aquas (1956), de Pio XII.

 

Conclusão

Acabamos por ver brevemente qual o culto e a devoção que devemos ter à Pessoa adorável de Nosso Senhor Jesus Cristo, esperando que este artigo mais do que um mero acréscimo intelectual, produza isto sim um maior desejo de entrega a esse Coração que tanto amou o mundo, como Ele mesmo disse a Santa Margarida Maria Alacoque, e que robusteça a nossa fé ao culto de adoração que se deve ao Homem-Deus.

 

Pe. Millon Barros, EP

Bibliografia

 

AQUINO, Tomás de. Suma Teológica. Tradução de Alexandre CORREIA. São Paulo: Faculdade de Filosofia “Sedes Sapientiae”, 1954.

BÍBLIA Sagrada. Tradução de Antonio Pereira de FIGUEIREDO. Lisboa: Great Britain, 1931.

MARÍN, Antonio Royo. Jesucristo y la Vida Cristiana. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1961.

MORENO CEBADA, Emilio D. Historia de las herejías. Barcelona: Imprenta de Ramón Inglanda, 1892.

OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática. 7.ed. Barcelona: Herder, 1997.

 

______________________

[1] v. gr. BOFF, Leonardo. Igreja: carisma e poder, 3ª ed., Petrópolis: Vozes, 1982.

FEBRIS, Reginaldo. A opção pelos pobres na Bíblia, São Paulo: Ed. Paulinas, 1991.

MATEOS, Juan. A utopia de Jesus, São Paulo: Paulus,1994.

NEUTZLING, Inácio. O reino de Deus e os pobres, São Paulo: Ed. Loyola, 1986.

PIXLEY, Jorge & BOFF, C. Opção pelos pobres, Petrópolis: Vozes, 1986.

VIGIL, José Maria (Org.). Opção pelos pobres hoje, São Paulo: Ed. Paulinas, 1992.

FERREIRA, Francisco A. As bem – aventuranças de Jesus. São Paulo: Santuário, 1999.

Os efeitos do Batismo e nossa incorporação em Cristo

Batismo de Santo Inácio de Loyola
Batismo de Santo Inácio de Loyola

O Batismo é, em grau de necessidade, o maior dos Sacramentos da Santa Igreja Católica, e absolutamente indispensável à salvação. Com ele é iniciada a vida cristã na alma.

Pertencendo à descendência de Adão, herdamos dele o pecado original, que degradou a natureza humana, e se não bastasse temos os pecados atuais que, nos arrastam ainda mais para baixo. Mas da mesma forma que contraímos o pecado original por descendermos de Adão, para sermos justificados é preciso nascer em Cristo nas águas do batismo, o qual apagam o pecado de nossa alma, como comenta o grande teólogo Cornélio a Lápide:

“O batismo é um sacramento que apaga o pecado original, nos torna filhos de Deus e da Igreja… O batismo é a cruz de Jesus Cristo aplicada sobre nós… Pelo batismo, nós somos crucificados com Jesus Cristo… Ora, a cruz é a morte e destruição dos pecados. […] Assim como é necessário nascer de Adão, segundo a carne, para contrair o pecado original; assim também, para participar na justificação por Jesus Cristo, é preciso nascer dele, segundo o espírito, pelo batismo.”[1]

Quais são, entretanto, os efeitos que o batismo produz na alma de quem o recebe? Antes de nos adentrarmos no assunto, vale recordar que tais efeitos são os mesmos para todos batizados. Este efeito pode ser influenciado pelas disposições pessoais, e cada um participa desta graça de renovação na medida de sua própria devoção, de sua compenetração. A respeito deste ponto nos ilumina o Doutor Angélico:

“O efeito essencial do batismo é aquele para o qual o batismo foi instituído, ou seja: gerar os homens para a vida espiritual. Já que todas as crianças se encontram na mesma situação diante do batismo, porque não são batizadas na fé própria, mas na fé da Igreja, todas experimentam o igual efeito. Mas os adultos, que se aproximam do batismo por sua própria fé, não se encontram na mesma situação diante do batismo: alguns se aproximam com maior, outros com menor devoção. E por isso alguns recebem mais, outros menos abundância da graça renovadora.”[2]

A Paixão e a Morte de Cristo são o remédio universal a todos os pecados. Sendo batizada, a alma é crucificada com Jesus Cristo, como o disse Cornélio a Lapide. E ainda, ao receber o batismo, ela dá testemunho, passa a aderir diretamente à Paixão de Cristo e é incorporada àqueles que se beneficiam mais especialmente dos frutos da Paixão do Redentor.

 

  • O batismo é um banho de purificação que apaga os pecados

O batismo apaga os pecados, pois por ele o pecador é sepultado na morte de Cristo, ele morre à veleidade do pecado e começa a viver na graça de Deus: “portanto, vós também considerai-vos mortos ao pecado, porém vivos para Deus, em Cristo Jesus.” (Rm 6, 11) Com efeito mostra-nos muito bem o Pe. ROYO MARÍN:

“[O batismo] perdoa ou apaga totalmente o pecado original e todos os pecados atuais que tenha cometido o batizando. O definiu o concílio de Trento contra os protestantes (Dz 794). É uma conseqüência inevitável da infusão da graça, incompatível com o pecado.”[3]

Claro está que quando se trata de uma criança, ou seja, antes do uso da razão isto se dá diretamente, mas quando se trata de um adulto é preciso, para que o sacramento seja válido e lícito, que ele tenha pelo menos um ato de atrição sobrenatural, que Deus dará como uma graça atual.

 

  • O batismo apaga toda pena, seja eterna ou temporal, devida aos pecados

Sabemos que todo pecado, além da culpa, traz consigo uma penalidade, que é uma dívida a ser paga pelo dano causado à ordem lesada. E isto também é, por efeito do batismo apagado, de tal modo que se um pecador morrer logo após seu batismo, vai diretamente para o Céu. Comenta-nos o Pe. ROYO MARÍN sobre este efeito:

“[O batismo] perdoa toda pena devida aos pecados, tanto a eterna como a temporal. A razão fundamental deste efeito tão maravilhoso a dá São Tomás nas seguintes palavras: ‘A virtude da paixão de Cristo opera no batismo à maneira de uma certa geração, que requer indispensavelmente a morte total da vida pecaminosa anterior com o fim de receber a nova vida; e por isso o batismo apaga todo o resquício de pena que pertence à velha vida’.”[4]

Não seria vão recorrermos mais uma vez a São Tomas de Aquino para complementar este tema:

“Pelo batismo somos incorporados na paixão e morte de Cristo. Diz Paulo: ‘Se estamos mortos com Cristo, cremos que também viveremos com ele.’ Demonstra-se assim que a todo batizado a paixão de Cristo é comunicada para servir de remédio, como se ele próprio tivesse sofrido e morrido. Ora, a paixão de Cristo é satisfação suficiente para todos os pecados de todos os homens. Por isso, quem é batizado, é liberto do reato de toda a pena devida por seus pecados, como se ele próprio tivesse oferecido uma satisfação suficiente por todos os seus pecados.”[5]

Vemos então que aquele que recebeu o batismo não precisa mais satisfazer seus pecados por alguma penitência, tendo-se tornado um membro de Cristo ele participa da Paixão e Morte do Salvador, como se ele mesmo as sofresse, e como nos foi dito por São Tomas, “a Paixão de Cristo é satisfação suficiente para todos os pecados e de todos os homens”.

 

  • Porém, se o batismo apaga todos os pecados, o que se passa com os efeitos destes? Também são apagados?

Sabe-se que o batizado não é isento das seqüelas deixadas na alma pelos pecados, seja o pecado original, ou os atuais. Mesmo tendo o pecado original apagado, o batizado assim mesmo é passível de sofrimento, de doenças, sofre os efeitos da concupiscência, não recupera o dom de integridade, e ao fim do curso desta vida morre. Se não bastasse há ainda os hábitos maus que ele adquiriu (no caso de um adulto), conseqüências dos pecados atuais; ou então os hábitos maus que ele possa ter herdado (seja criança ou adulto). Tudo isso não é apagado pelo batismo.

A razão disto é altíssima, e muito bela. De fato, estes efeitos permanecem na alma pois o batizado, passando a ter parte com Cristo, a ter união em seu Corpo, precisa parecer-se com Ele. O Salvador mesmo tendo assumido nossa carne, não desdenhou as imperfeições que são próprias a ela depois da queda de nossos primeiros pais: Ele tomou um corpo passível de sofrimento e mortal. Deste mesmo modo, como Ele, também nós devemos sofrer e morrer.

Quanto à concupiscência e às tentações, nos servem de meio para provar nossa adesão a Cristo rechaçando-as, dando-nos assim maior mérito. O batismo atenua nossas más inclinações, e nos estimula à prática do bem. Porém não nos livra das tentações, como o Redentor não foi liberto, quando de sua Encarnação, e nem nos priva da luta contra todo mal, seja interno ou externo. Diferentemente de um não batizado o cristão encontra, graças a este sacramento, forças para triunfar sobre os assaltos do mal e vencer as tentações.

Tudo isto não significa que o batismo não tenha forças, ou não seja suficiente para apagar nossas más inclinações, pois ele as tem. Na ressurreição os efeitos do batismo estarão completos.

Com efeito, afirma São Tomas: “O batismo tem força de tirar as penalidades da vida presente; não as tira, porém, na vida presente, mas por sua força os justos são isentos delas na ressurreição, quando ‘este ser mortal for revestido da imortalidade’ como está na primeira carta aos Coríntios.”[6]

Cristo Crucificado. Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima, Arautos do Evangelho, Grande São Paulo
Cristo Crucificado. Basílica Nossa Senhora do Rosário de Fátima, Arautos do Evangelho, Grande São Paulo
  • A incorporação em Nosso Senhor Jesus Cristo

A guisa de conclusão, não poderíamos deixar de discorrer sobre um dos principais efeitos deste sacramento: a incorporação em Nosso Senhor Jesus Cristo. A isto chamamos de caráter, marca indelével que este sacramento nos confere. Com efeito, sobre este assunto, encontramos num manual de teologia:

“Todos estes efeitos se resumem em uma só palavra, que exprime o todo: o batizado é incorporado ao Cristo, torna-se membro de seu corpo vivo. É preciso sublinhar fortemente o realismo vivo desta noção: batizado no Cristo, o neófito é mergulhado nele, entra nele […]. O batismo o marcou com seu selo, com seu “caráter”, realidade misteriosa impressa na inteligência, e que realiza nele esta semelhança com o Cristo […].

“Incorporado ao Cristo, o batizado é por esta via incorporado à Igreja […]. A Igreja nasceu na Cruz, da água que corria do lado aberto de Jesus, Ela nasce sem cessar na água do batismo que lhe agrega cada dia novos filhos.”[7]

 

Pe. Michel Six, EP

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[1] «Le baptême est un sacrement qui efface le péché originel, nous fait enfants de Dieu et de l’Église… Le baptême, c’est la croix de Jésus-Christ appliquée sur nous… Par le baptême, nous sommes crucifiés avec Jésus-Christ… Or, la croix est la mort et la destruction des péchés…

Comme il est nécessaire de naître d’Adam selon le corps, pour contracter le péché originel; ainsi, pour participer à la justification par Jésus-Christ, il est nécessaire de naître de lui, selon l’esprit, par le baptême» (BARBIER I, 1885, p. 183).

[2] Cf. Suma Teológica III, Q. 69, a. 8.

[3] Remite o borra totalmente el pecado original y todos los pecados actuales que haya cometido el bautizando.

Lo definió El concilio de Trento contra los protestantes (D792) [sic]. Es una consecuencia inevitable de la infusión de la gracia, incompatible con el pecado (1984, p. 94 ).

[4] Remite toda la pena debida por los pecados, tanto la eterna como la temporal. La razón fundamental de este efecto tan maravilloso la da Santo Tomas en las seguintes palabras: “La virtud o mérito de la pasión de Cristo obra en el bautismo a modo de cierta generación, que requiere indispensablemente la muerte total a la vida pecaminosa anterior con fin de recibir la nueva vida; y por eso quita el bautismo todo el reato de pena que pertenece a la vieja vida anterior (1984, p. 95).

[5] Cf. Suma Teológica III, Q. 69, a. 2.

[6] Cf. Suma Teológica III, Q. 69, a. 3 “Respondo”.

[7] Tous ces effets se résument en un seul mot, qui explique tout : le baptisé est incorporé au Christ, devient membre de son corps vivant. Il faut souligner fortement le réalisme vivant de cette notion : baptisé dans le Christ, le néophyte est plongé en lui, entre en lui […]. Le baptême l’a marqué de son empreinte, de son « caractère » réalité mystérieuse, imprimée en son intelligence, et qui réalise en lui cette ressemblance au Christ […].

Incorporé au Christ, le baptisé est par lá incorporé à l’Église […]. L’Église est née à la Croix de l’eau qui coulait du côté ouvert de Jésus, elle naît sans cesse dans l’eau du baptême qui lui agrège chaque jour de nouveaux enfants (VV.AA. 1956, p. 481, 482).

 

Bibliografia

Bíblia Sagrada. 142ª ed. São Paulo: Ave Maria, 2001.

-AQUINO, Tomás de. Suma Teológica. Vol. IX. São Paulo: Loyola, 2006.

-BARBIER, Abbé. Les Trésors de Cornelius a Lapide – extraits de ses commentaires sur l’Écriture Sainte à l’usage des prédicateurs des Communautés et des familles chrétiennes. Vol. I. 5ª ed. Paris: Librairie Poussielgue Frères, 1885.

-ROYO MARÍN, Antonio. Teologia Moral para seglares – los sacramentos. Vol. II. 4ª ed. Madrid: B.A.C., 1984

-VV. AA., Initiation Théologique. Vol. IV. Paris: Éditions du Cerf, 1956.

O capítulo VI do Evangelho de São João: a Eucaristia

Almejamos apontar neste artigo como o Evangelista São João mostra, em seu sexto capítulo, a verdadeira interpretação sobre a Presença Real de Cristo na Eucaristia. Esta é efetiva, Cristo assim o quis, e o relato do quarto Evangelista não deixa margens à outras interpretações. As palavras do Mestre não podem ser metáforas e ainda a reação dos que estavam presentes na cena confirma o sentido verdadeiro, como veremos.

001
São João Evangelista, por Giovanni Bonsi – Museu Amedeo Lia, La Spezia, Itália

São João foi, segundo consta na Tradição, o último a escrever seu Evangelho. De fato, foi somente por volta do ano 90 que ele relatou os feitos da vida do Senhor. Dentre os diversos motivos que o levaram a escrevê-los há um que se destaca: já naquela época começaram ímpias fomentações de heresias sobre a Pessoa de Jesus. Deste modo, em seu sexto capítulo, trata ele especificamente da Santíssima Eucaristia, precavendo a Igreja contra os futuros desvios dos hereges. É de se notar que São João é o único dos Evangelistas a não relatar a instituição da Santíssima Eucaristia. Vemos, entretanto, em sua narração um profundo zelo em explicar a doutrina acerca da transubstanciação. Com efeito, nos elucida GRAIL e ROGUET: “É um fato: João não narrou a instituição da Eucaristia […]. Mais afastado das necessidades da catequese, o IVº evangelho está mais preocupado com a síntese doutrinal”.[1]

É de fé que a Eucaristia foi verdadeiramente instituída por Nosso Senhor. No capítulo VI de São João vemos o Salvador nos prometendo seu próprio Corpo e Sangue como alimento e bebida espiritual. No Sacramento da Eucaristia há um autêntico sacrifício, que anuncia a morte de Cristo e renova, incruentamente, a imolação do Calvário, cujo valor expiatório apaga os crimes dos homens; trata-se de um Sacramento que contém realmente o Corpo, Sangue, Alma e Divindade de Jesus Cristo.

É curioso o fato de que muitas pessoas que entendem as passagens das Escrituras no sentido literal, “ao pé da letra”, não vêem nas palavras de Nosso Senhor o sentido literal e óbvio por Ele proferido. Ao contrário, relegam-nas à um estilo figurativo, simbólico ou até alegórico.

Contudo basta analisar um pouco mais a fundo este capítulo para percebermos claramente as intenções do Mestre, sua referência clara e direta a seu próprio Corpo e Sangue. Vejamos, no próprio texto, o sentido evidente das palavras:

“Eu sou o pão da vida. Vossos pais, no deserto, comeram o maná e morreram. Este é o pão que desceu do céu, para que aquele que dele comer não morra. Eu sou o pão vivo, que desceu do céu. Quem comer deste pão, viverá eternamente; e o pão que eu darei é a minha carne para a salvação do mundo. Disputavam, pois, entre si os judeus, dizendo: Como pode este dar-nos a comer a sua carne? Jesus disse-lhes: Em verdade, em verdade vos digo: Se não comerdes a carne do Filho do Homem e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós. O que come a minha carne e bebe o meu sangue, tem a vida eterna; e eu o ressuscitarei no último dia. Porque a minha carne é verdadeiramente comida e o meu sangue é verdadeiramente bebida. O que come a minha carne e bebe o meu sangue, permanece em Mim e Eu nele.(Jo 6, 48-56).

 

002
Última Ceia – Igreja dos Santos Mártires, Málaga, Espanha

É impressionante verificar como, por assim dizer, Ele reitera várias vezes a afirmação de que é realmente a carne e o sangue d’Ele. Não é possível enxergar uma mera metáfora nestas asseverações.

Metáfora, de fato, não pode ser, pois Nosso Senhor não procura atenuar suas declarações, mesmo sabendo que está “escandalizando” os outros. No versículo 52 os judeus confirmam que entenderam literalmente os sentidos das palavras: “Disputavam, pois, entre si os judeus, dizendo: Como pode este dar-nos a comer a sua carne?” Contudo, o divino Mestre não os corrige pelo que entenderam, mas ainda afirma algo mais ousado: “Em verdade, em verdade vos digo: Se não comerdes a carne do Filho do Homem e não beberdes o seu sangue, não tereis a vida em vós” (53).

As metáforas que encontramos nas Escrituras sobre carne e sangue não se prestam a comprar com esta passagem, não há outra interpretação a ser dada, senão a que ensinou Jesus Cristo.

Outro ponto a se considerar é o “escândalo” causado nos circunstantes. Mesmo diante da apostasia destes, Nosso Senhor não se retrai, é mais ousado, e ainda prova a fé dos que permanecem, mostrando que é realmente um ponto crucial quando se trata da Eucaristia: “Desde então muitos dos seus discípulos voltaram atrás, e já não andavam com Ele. Por isso Jesus disse aos doze: Quereis vós também retirar-vos?” (6, 67-68). Ele não procura se desculpar nem atenuar suas afirmações. É patente que se não fossem afirmações literais Ele teria persuadido os discípulos a ficarem, entretanto isto não se deu, o Divino Mestre vira muitos dos que o seguiam nesta ocasião O abandonarem e nem assim Ele se retratou. Aos que permanecem é exigido uma fé profunda, como nos explica HUGON:

“A última parte do capítulo acaba por confirmar a interpretação literal. A multidão murmura, numerosos discípulos se retiram, pois eles acharam muito dura esta linguagem. O Mestre, cuja bondade, entretanto, é inesgotável, não tenta segurá-los, explicando-lhes que suas parábolas têm somente um sentido metafórico e não possuem nada que os possa espantar; ao contrário, Ele insiste e conclui que a fé é necessária a qualquer um que queira compreendê-lo.”[2]

Desta maneira vimos, sucintamente, como realmente, em seu sexto capítulo, São João quis mostrar como a Eucaristia é realmente o Corpo e o Sangue do Divino Salvador, e que não é possível dar outra interpretação às palavras de Cristo. Isto é um mistério de nossa fé. Por mais que não o compreendamos inteiramente devemos depositar plena confiança nas palavras do Divino Mestre.

Pe. Michel Six, EP

003
Adoração ao Santíssimo Sacramento, capela privada dos Arautos do Evangelho

Bibliografia

Bíblia Sagrada. 43ª ed. São Paulo : Edições Paulinas, 1987.

HUGON, Édouard. La Sainte Eucharistie. 4ªed. Paris : Pierre Téqui, 1922.

VV. AA., Initiation Théologique. Vol. IV. Paris: Éditions du Cerf, 1956.

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[1] Il est un fait: Jean n’a pas rapporté l’intitution de l’eucharistie […]. Plus éloigné des nécessités de la catéchèse, le Ivème évangile est plus préocupé de synthèse doctrinale. (Cf. GRAIL, A.; ROGUET; A.-M., O.P., In Initiation Théologique. Vol. IV. Paris : Éditions du Cerf, 1956. P. 506-507).

[2] La dernière partie du chapitre achève de confirmer l’interpretation littérale. La foule murmure, de nombreux disciples se retirent, parce qu’ils ont trouvé trop dur ce langage. La Maître, dont la bonté cependant est inépuisable, n’essaie pas de les retenir en leur expliquant que ses paroles n’ont qu’une portée métaphorique et n’offrent rien qui doive les étonner ; au contraire, il insiste et il conclut que la foi est nécessaire à quiconque veut le comprendre. (Cf. HUGON, 1922, p. 54-55).