El Primado Petrino

1. San León Magno y el Ministerio Petrino

Un inicio interesante para el estudio del Ministerio Petrino es el pontificado de san León Magno (León I, 440-461)[1], pues constituye un punto de inflexión en la historia del Primado Romano. En el Sacramentario Leoniano[2] se puede leer que el «magisterio» de los Apóstoles Pedro y Pablo gobierna la Iglesia. León I se refería a la Iglesia Romana como magistra; no tenía ninguna duda acerca de su autoridad sobre el concilio; es más, confirmó la doctrina definida por el Concilio de Calcedonia (451), una práctica pionera en el ejercicio del Primado Romano, que será mantenida después de él y considerada como necesaria para la autoridad de un concilio ecuménico[3]. Su Epístola dogmática[4] fue aclamada con transportes de entusiasmo por los Padres reunidos en Calcedonia, casi todos orientales, con la famosa exclamación: «¡Pedro dijo esto a través de León!»[5], un hecho fundamental que con frecuencia es olvidado[6]. En el ejercicio de su autoridad, por un lado confirmó las conclusiones doctrinales del concilio; por otro, no aprobó los cánones. En efecto, una vez que los legados pontificios hubieron partido de regreso a Roma, en la decimoquinta sesión, en que se debían promulgar los cánones ya concordados previamente, se incluyó el canon 28, que declaraba equiparable en dignidad la sede de Constantinopla a la Sede Romana, cosa que en ningún momento se había discutido en presencia de los representantes del Papa, los cuales, al conocer la noticia, protestaron solemnemente. Es significativo que, después de este desagradable incidente, los Padres Conciliares, antes de separarse, dirigieran una carta de sumisión y respeto al Romano Pontífice[7].

San León Magno desarrolló el concepto de soberanía petrina basado en Mt 16,18 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» – como perteneciente a la Sede Romana, poniendo en realce que el Papa no es solamente el heredero de san Pedro en el sentido jurídico romano de la expresión, con el poder emblemático de las llaves, sino también en cuanto Vicario de san Pedro que tiene la misión especialísima de guiar y gobernar la Iglesia, así como el derecho de intervenir y decidir las cuestiones eclesiásticas de otras iglesias[8]. Es verdad que no faltan hechos históricos que indican un rechazo del Primado de Jurisdicción Universal del Obispo de Roma por parte de Oriente[9], sin por ello dejar de reconocer su autoridad en materia doctrinal[10]. Sin embargo, el polvo de la Historia, levantado por los caballos de los bárbaros primero o del Islam más tarde, acabó sepultando las diferentes sedes primaciales y patriarcales; la única que prevaleció fue Roma, pues su supremacía estaba fundada sobre una Roca divina[11].

Le cupo precisamente a san León Magno, a petición del medroso emperador, la gloria de enfrentarse prácticamente solo a Atila, que en la primavera del año 452 se aprestaba a marchar sobre Roma para castigar el imperio depravado. El Papa, majestuoso e imponente, pontificalmente revestido, le salió al encuentro cerca de Mantua, donde principalmente su acción de presencia hizo cambiar de opinión al bárbaro rey de los hunos. El látigo de Dios, interpelado después por sus súbditos, confesó que mientras hablaba con el Romano Pontífice veía encima de él un personaje vestido con trajes sacerdotales que blandía una espada amenazándolo si no obedecía a Léon I[12].

San_Leon_vs_Atila

2. Fundamento bíblico del Primado de Pedro

Pero ¿en qué se funda el Primado Petrino? Detengámonos brevemente sobre una de las fuentes bíblicas más importantes en este sentido. Si analizamos la historia del texto de Mt 16,18, encontraremos que nunca un texto sagrado ha sido discutido de modo tan vehemente y apasionado como éste, ya que las consecuencias de su interpretación en un sentido o en otro se reflejan inmediatamente en la vida de la Iglesia. Durante siglos nadie puso en duda su autenticidad. Habría de llegar el racionalismo de finales del siglo XIX, unido al historicismo protestante del siglo XX, para intentar descalificarlo. Unos dicen que fue un texto manipulado por cristianos allá por el año 130 para dar la primacía a San Pedro y a sus sucesores. Ahora bien, esto cae por su propio peso, pues ni en el Diatessaron (armonía de los cuatro evangelios), de Taciano (mediados del siglo II), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV, así como en los 4.000 códices anteriores al siglo IX, aparece ningún rastro de alguna posible adulteración en este sentido. Por otra parte, sería extraño que una semejante manipulación no apareciese también en los evangelios de san Marcos o de san Lucas, que ni siquiera mencionan el hecho narrado en Mt 16,18. De hecho, Eusebio de Cesarea (260?-340?) explica en su famosa Historia eclesiástica que san Pedro, estando en Roma, por humildad no quiso mencionar a san Marcos, que lo auxiliaba, un hecho que fácilmente le habría dado prestigio y credibilidad. En cuanto al evangelio de san Juan, se ocupa menos de san Pedro porque las circunstancias históricas en que fue escrito – la lucha contra los gnósticos – no lo permitieron, no obstante lo recuerda en Jn 1,42 y en Jn 21,2ss (entrega del primado: «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]»).

Veamos rápidamente algunos datos significativos sobre el fundamento bíblico del Primado Petrino[13]. San Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento, donde es mencionado 114 veces en los cuatro Evangelios y 57 veces en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre aparece siempre en primer lugar en la lista de los Apóstoles; habla en nombre de todos (Lc 12,41; Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 18,28), o responde por ellos (Jn 6,68; Mt 16,16; Mc 8,29), o actúa por todos (Mt 14,28; Mc 8,32; Mt 16,22; Lc 22,8; Jn 18,10). Otras veces los evangelistas se refieren a los Apóstoles diciendo «Pedro y los suyos» (Mc 1,36; Lc 8,45; 9,32; Mc 16,7; He 2,14.37). Jesús lo elige después de hacer un gran milagro (Lc 5,1-11); se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc 5,3); se hospeda en su casa (Mc 1,29); sana a su suegra (Mt 8,15); lo asocia en el pago del tributo (Mt 17,24-27); lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), a la transfiguración (Mc 9,2) y a la agonía en Getsemaní (Mc 14,33); es el primero a quien lava los pies en la última cena (Jn 13,6); es el primero al que se le aparece resucitado (Lc 24,34); es el único de los Doce que nombra para que se le comunique el mensaje de la Pasqua (Mc 16,7). San Juan espera a san Pedro para que éste entre primero en el sepulcro vacío de Jesús (Jn 20,2-8).

Después de la Ascensión de Jesús y Pentecostés, vemos a san Pedro ejercitando el Ministerio Petrino. Así, completa el Colegio de los Apóstoles con la elección de san Matías (He 1,15ss); el día de Pentecostés habla en nombre de los Apóstoles (He 2,14ss); defiende ante las autoridades judías el derecho de los Apóstoles de predicar a Cristo (He 4,8ss); condena a Ananías y Safira (He 5,1-11); es inspirado a abrir las puertas de la Iglesia también a los paganos con la conversión del centurión Cornelio (He 10,47); preside el Concilio de Jerusalén (He 15,11ss); la Iglesia entera eleva súplicas por su liberación durante su encarcelamiento por parte de Erodes (He 12,5).

San Pedro Apóstol
San Pedro Apostol

Por otra parte, San Pablo señala de una manera preeminente la importancia de san Pedro como cabeza de la Iglesia. Después de su estancia en Arabia se dirige a Jerusalén para verlo (Ga 1,18); reconoce en él una de las columnas de la Iglesia (Ga 2,9); lo coloca el primero entre los testigos de las apariciones de Cristo resucitado (Cor 15,5); en su enfrentamiento con él en Antioquía, donde le denuncia públicamente su actitud frente a los paganos, confirma su primado al reconocer su autoridad (Ga 2,11ss).

En la interpretación de Mt 16,18-19, se pone normalmente de relieve la triple metáfora usada por Nuestro Señor. Por un lado, san Pedro es fundamento de la Iglesia, pues es comparado con los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a todo el edificio. Por otro, la potestad de jurisdicción de san Pedro también está figurada en la metáfora de las llaves, que en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. Por último, aparece la imagen de atar y desatar: es análogo a poner o quitar un lazo, crear o abolir una ley que obliga en conciencia.

Se trata de indicios que, tomados uno a uno aisladamente podrán suscitar escepticismo en algún espíritu racionalista, pero que considerados en su conjunto constituyen un poderoso aparato argumentativo, pues tal conjunto muestra la convergencia de los signos en la dirección de la afirmación del primado indiscutible de san Pedro, dado por Nuestro Señor Jesucristo y reconocido por todos.

3. El testimonio de la Tradición: la Liturgia y los Padres

Una de las preguntas que vienen a la mente al tratar del Primado Romano es por qué la Iglesia celebra en días diferentes la fiesta de san Pedro Apóstol (junto con la del Apóstol san Pablo[14], el 29 de junio) y la fiesta de la Cátedra de Pedro (22 de febrero). La razón es obvia y proviene de la propia Tradición, que quiso realzar esta última celebración. La más antigua memoria que se tiene de su conmemoración se encuentra en un calendario del año 354. En el Martyrologium Hieronymianum, el más antiguo catálogo de mártires cristianos de la Iglesia Latina, compuesto entre los años 431 y 450, se recoge la festividad de la Cátedra de Pedro en dos fechas diversas: el 18 de enero, su cátedra en Roma, y el 22 de febrero, su cátedra en Antioquía, actualmente unificada en una sola fiesta en esta última fecha[15]. También se conocen referencias a ella en dos homilías del siglo V[16]. En el Misal Romano se explica el significado de la fiesta diciendo que con el símbolo de la cátedra se pone de relieve la misión de maestro y de pastor conferida por Nuestro Señor Jesucristo a san Pedro, que, en su persona y en la de sus sucesores, son principio y fundamento visibles de la unidad de la Iglesia. El Martirologio Romano especifica que la sede que se venera el 22 de febrero es llamada a presidir la comunión universal de la caridad, esto es, la Iglesia universal[17].

De hecho, la Tradición atestigua la gran importancia que tiene el papel de la Cátedra de Pedro en la Iglesia. Los primeros siglos son especialmente importantes en este sentido, pues habitualmente los detractores del Primado Papal inventan sus enredos partiendo de la calumnia de que el Primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice es una invención humana posterior a los tiempos apostólicos, y por supuesto, ajena a la voluntad genuina de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la Iglesia[18]. Tal vez no sepan que, con motivo de la carta que san Clemente Romano (88-97), tercer sucesor de san Pedro (quien lo ordenó obispo), envió a los fieles de Corinto a respecto de la rebelión ocurrida en aquella comunidad hacia el año 96, se pone de manifiesto implícita pero clarísimamente el primado romano. En efecto, no pide disculpas por inmiscuirse en los asuntos internos de otra iglesia – como sería lo normal si se tratase de un simple primus inter pares, jefe de otra iglesia hermana –, sino que las pide precisamente por no haber tenido oportunidad de tomar cartas en el asunto con más rapidez; advierte del peligro de caer en pecado grave a quien no obedezca sus amonestaciones; está convencido de que su actitud está inspirada por el Espíritu Santo[19]. Por otro lado, la carta fue recibida en Corinto sin resistencias y considerada como un gran honor; tanto que en el año 170 todavía existen testimonios de que aún se leía en la liturgia dominical[20]. Todo ello adquiere una especial relevancia si se tiene en cuenta que el Apóstol san Juan, aún vivo en aquella época, se encontraba en Éfeso, bien más cerca de Corinto que la lejana Roma (al menos culturalmente), y sin embargo, no consta que ni san Clemente Romano, ni los fieles de aquella Iglesia, ni el propio san Juan hayan dudado de la autoridad del Obispo de Roma para dirimir la cuestión[21].

O quizás los difamadores del Primado del Romano Pontífice no hayan oído hablar de la carta que, en el siglo II, san Ignacio de Antioquía († 110?) envía a la Iglesia de Roma en la cual también resulta evidente y más explícita que en el caso anterior la primacía de la Sede Romana sobre las demás. En efecto, tal misiva es sustancialmente diferente de las enviadas en las mismas circunstancias (su traslado forzado desde Siria a Roma para ser martirizado), a otras Iglesias como Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna. Para aquélla usa un tono sumiso; para las demás, un tono autoritativo. Reconoce a la Iglesia de Roma el poder de mandar sobre otras Iglesias instruyéndolas como a discípulos del Señor; encarga su Iglesia en Siria a la solicitud pastoral de la Sede Romana y no a la de otra Iglesia cualquiera, tal vez más cercana[22].

San Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía

Concedamos aún el beneficio de la duda a los recalcitrantes, que tal vez no estén bien informados. San Ireneo de Lyon (130/140-después del 198), discípulo de san Policarpo, a su vez discípulo del Apóstol san Juan, y por tanto, en contacto aún directo con la edad apostólica, en su tratado Adversus haereses, habla clara y explícitamente del primado romano sobre todas las otras Iglesias y hace referencia a la primera carta de san Clemente Romano a los fieles de Corinto y a todo el caso comentado más arriba[23].

Pero los argumentos no vienen solamente de los católicos. Tertuliano (160?-220), al final de su vida, tristemente pervertido a la herejía montanista[24], apartado de la Iglesia Católica, se enfrenta a un obispo que argumentaba que, en virtud de lo dicho por Nuestro Señor Jesucristo en Mt 16,18-19 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» –, las Iglesias en comunión con Pedro tenían potestad para perdonar pecados también graves[25]. Así, en su furor anti-romano, el malhadado escritor eclesiástico nos proporciona un testimonio nada sospechoso de la primacía de la Sede de Pedro. Son sólo algunos ejemplos.

4. Primado de jurisdicción, infalibilidad, impecabilidad

Sin embargo, en relación con el Primado de Pedro hay que distinguir tres dimensiones bien diferenciadas, a fin de evitar equívocos. Una cosa es el Primado de Jurisdicción Universal[26]. Se trata de una jurisdicción que se aplica plena y supremamente a toda la Iglesia universal. Es plena porque comprende toda la potestad otorgada por el mismo Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre san Pedro, porque Nuestro Señor Jesucristo se dirigió a él y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado, porque no da cuentas más que a Dios, es decir, es una potestad suprema porque no existe en la Iglesia ninguna potestad superior a ella[27]. Contiene en sí la triple potestad legislativa, judicial y ejecutiva. Se dice que es una potestad ordinaria en el sentido de que es constitutiva del propio ejercicio del Ministerio Petrino. Es inmediata porque se ejerce por derecho propio sin necesidad de intermediarios. Es una potestad episcopal porque el objetivo de su ejercicio es eminentemente pastoral[28]. Como consecuencia, el Papa es, por un lado, libre de entrar en contacto de modo inmediato con sus Pastores y con los fieles sin constricción por parte del poder civil[29]; y por otro, es el juez supremo de los fieles, al cual todos tienen derecho a recurrir y nadie tiene la potestad de impugnarlo, ni siquiera un concilio ecuménico[30].

Otra cosa es la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Aquí se trata de un carisma inherente al propio Ministerio Petrino que confiere al Papa una asistencia especial del Espíritu Santo cuando hablando ex cathedra, es decir, como supremo pastor de la Iglesia universal, define una doctrina de fe y moral de modo infalible[31]. «[…] el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica»[32]. Junto al magisterio extraordinario, el Papa ejerce también el ordinario: encíclicas, cartas, audiencias, etc.

Sin embargo, no hay que confundir infalibilidad o primado de jurisdicción con impecabilidad. Uno de los argumentos racionalistas contra el Primado de Pedro es que el pescador de Galilea era débil. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16). Como declara el papa Benedicto XVI en su libro-entrevista Luz del mundo, el Romano Pontífice tiene una función que no se ha dado a sí mismo[33], así como Nuestro Señor no escogió a san Pedro por sus cualidades naturales; fue la gracia de Dios quien lo convirtió en roca firme y sólida. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32); «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]» (Jn 21,15-18). El hecho de que un Papa en concreto sea impecable se debe a un don de santificación personal, que no es constitutivo del Ministerio Petrino. De modo análogo, las infidelidades en la vida de un Papa son gravísimas, pero no hacen desaparecer su autoridad, ya que Dios puede servirse de instrumentos infieles y el Espíritu Santo impedirá con su asistencia que las deficiencias personales pongan en peligro la integridad de la Iglesia, ya que nunca puede dejar de cumplirse la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

El Papa San León Magno
El Papa San León Magno

5. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Pero ¿cuál es la razón de fondo de las murmuraciones contra el Primado Papal? Para encontrar la respuesta, es interesante contemplar en una visión de conjunto la grandiosa obra de la Salvación. Quiso Dios en su magnanimidad que la creación fuese un reflejo de su grandeza, que salió de sus manos como de una cornucopia generosa. En el Libro de la Creación Dios se muestra al hombre para que lo conozca y lo ame. En el Génesis leemos que la única criatura que Dios hizo a su imagen y semejanza fue el hombre, queriendo resaltar de esa manera el papel primordial que le cabe dentro de la propia creación. Pero Dios mostró al hombre un camino para alcanzar su plenitud: la humildad. Lucifer fue enaltecido por su soberbia; su castigo fue el infierno eterno. Dios propuso al hombre no comer de un árbol del Paraíso, pero nuestros primeros padres, picados por el orgullo de la serpiente, cayeron en la tentación, pensando que la desobediencia les haría iguales a Dios. San Ireneo explica que Dios maldijo a la serpiente, pero no al hombre, porque, de lo contrario, no habría Encarnación[34]. Lo increpó y lo mandó al destierro de este valle de lágrimas. Con ello, el hombre perdió el don de la integridad y de la inocencia. La consecuencia, por tanto, del pecado original es el desorden de las pasiones[35].

Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse hombre y cumplir humildemente la voluntad del Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf Flp 2,8) – acontecimiento único entre todas las religiones; el infinito se hace finito y viene a rescatarnos – para que comprendiéramos el misterio del hombre[36]. Y quiso el Verbo Encarnado nacer de una Virgen – si por la desobediencia de Eva se perdió el hombre, por la obediencia de María se salvó el hombre[37] –, que también es piedra de escándalo para algunos grupos cristianos. Pero más sorprendente aún resulta el hecho de que Nuestro Señor Jesucristo haya querido poner a un hombre, siervo de los siervos de Dios, que ejerza el papel de cabeza infalible en materia de fe y moral sobre toda la humanidad.

El consensus fidelium de la Iglesia ha aceptado sin ninguna restricción este santo escándalo, pues la indefectibilidad de la fe de los creyentes, nacida en el Bautismo, encuentra con la persona de Pedro y con el Primado de Pedro una feliz unión. El Primado y la infalibilidad son las garantías que Nuestro Señor Jesucristo ha querido establecer para mantener la indefectibilidad de su Iglesia, por lo que siempre se puede ver en el Papa la expresión de la unidad y la verdad de la Iglesia. Benedicto XVI recuerda que la Iglesia necesita de un Primado porque necesita de unidad. Las dificultades de la cristiandad no católica acaban reduciéndose al hecho de que no posee ningún órgano de unidad. En el caso de las Iglesias Ortodoxas, en concreto, el Santo Padre cita en su reciente libro a un teólogo ruso ortodoxo que admite que la autocefalía es el problema más acuciante que ellos tienen[38].

6. Una cadena mística que une el cielo y la tierra

Imaginemos una sociedad en que todo el mundo tenga un reloj. Millones de relojes; millones de personas que pueden decir qué hora es. Pero tamaña cantidad de relojes no serviría de nada si no hubiese un “reloj” puesto por Dios llamado sol, por el cual todos pudiesen saber la hora verdadera. Así también, la infalibilidad pontificia es el “reloj” de la humanidad, pues los hombres somos tan frágiles que fácilmente caemos en el error[39]. El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira no consideraba una humillación la sujeción a la autoridad del Romano Pontífice, sino todo lo contrario, un motivo de alegría, una elevación de todo el género humano. La razón de su alegría era la infalibilidad de la Iglesia Católica; tener quien lo guiase. La alegría de ser guiado es la de quien tiene en quién depositar su fidelidad[40]. El Papa es aquél unido al cual los hombres se salvan; aquél rompiendo con el cual los hombres se condenan. No hay en la Tierra nadie que esté más alto que un Papa[41]. Ser católico es defender con entusiasmo el hecho de que Dios haya establecido sobre la Tierra una clase docente impedida de equivocarse en condiciones oficiales. El verdadero orden dentro de las almas sólo es posible si hay una autoridad infalible sobre ellas. Y esa autoridad tiene que ser universal como universal es el campo de acción de las almas. Es la mayor sublimación que se puede imaginar del concepto de autoridad; es un honor inconmensurable para el género humano debilitado por el pecado original que un hombre reciba institucionalmente el carisma de la infalibilidad[42].

Así, Infalibilidad Pontificia y Primado de Jurisdicción del Romano Pontífice van necesariamente unidos de modo inseparable. Y a ellos se debe dirigir el amor de todo católico, pues el amor al Papado incluye en sí mismo el amor a Nuestra Señora y el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Son los tres eslabones de una cadena mística. El valor de una cadena se mide por la resistencia de su eslabón más débil, que en este caso es el Papado, por ser el más terreno, el más humano. Por tanto, el modo más radical de amar la cadena entera es besar el eslabón más flaco. Los adversarios de la Iglesia podrán vociferar las debilidades del Papado, incluso con hechos históricos. No importa. «¡Donde las infidelidades de los Papas podrían poner en peligro la fidelidad de los fieles, yo quiero depositar mi fidelidad total!» [43].

Pe. Eduardo Caballero, EP

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[1] Se desconoce su fecha de nacimiento.

[2] Cf A. Di Berardino, «Sacramentario», en A. Di Berardino, ed., Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Genova-Milano 2008 [= NDPAC], 4640-4641.

[3] Cf B. Sesboüé – C. Theobald, Historia de los dogmas. IV. La Palabra de la Salvación, Salamanca 1997, 59.

[4] Cf R. Trevijano, Patrología, Madrid 2004, 314.

[5] Cf Concilium Chalcedonense, Actio II(III), n. 23, en E. Schwartz, ed., Acta Conciliorum oecumenicorum iussu atque mandato Societatis scientiarum Argentoratensis. Tomus alter, Concilium universale Chalcedonense, vol. I, Pars Prima, Epistularum collectiones. Actio prima, Pars Altera, Actio secunda. Epistularum collectio B. Actiones III-VII, Pars Tertia, Actiones VIII-XVII, Berolini-Lipsiae (Belín-Leipzig) 1933-1935, 277.

[6] Sin embargo, está cuidadosamente documentado en la excelente obra C.J. Hefele – H. Leclercq, Histoire des conciles d’après les documents originaux, II, Paris 1908, 649-880.

[7] Cf B. Llorca – al., Historia de la Iglesia Católica. I. Edad Antigua, Madrid 1950, 579.

[8] Cf B. Ferme, «Papato», en G. Calabrese – P. Goyret – O.F. Piazza, ed., Dizionario di Ecclesiologia, Roma 2010, 998).

[9] Cf por ejemplo, J. Orlandis, El cristianismo y la Iglesia, en Historia Universal. III. Del mundo antiguo al medieval, Pamplona 1981, 207-217.

[10] Cf en este sentido W. de Vries, Orient et Occident, Paris 1974.

[11] La sede de Constantinopla no desapareció, pero quedó sometida a la autoridad del emperador de Oriente.

[12] Cf, por ejemplo, G. Bosco, Storia ecclesiastica, Torino 1845, 152-154. Es significativo que este hecho sea referido por los obispos orientales en una carta al papa san Símaco (498-514) en el año 512 (cf A. Thiel, ed., Epistolae Romanorum Pontificum genuinae et quae ad eos scriptae sunt a S. Hilaro usque ad Pelagium II, Brunsbergae 1868, ep. 12, n. 8, 714).

[13] Cf J. Heriban, «Pietro», Dizionario terminologico-concettuale di scienze bibliche e ausiliarie, Roma 2005, 706-708.

[14] La tradición atestigua la veneración conjunta de los dos Apóstoles en Roma desde que existe memoria (cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[15] Cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[16] Cf J. Dresken-Weiland, «Cattedra», NDPAC, 965-969; V. Saxer – S. Heid, «Martirologio», NDPAC, 3098-3101.

[17] Cf Conferenza Episcopale Italiana, Martirologio Romano, Roma 2004, 217.

[18] Cf H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992 [= DH] 3050-3075).

[19] Cf J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 55.

[20] Cf J. Orlandis, El Pontificado Romano en la Historia, Madrid 1996, 36; P.F. Beatrice, «Clemente Romano (Lettere di)», NDPAC, 1073-1077.

[21] San Ireneo refiere que san Juan permaneció en la Iglesia de Éfeso hasta el reinado del emperador Trajano (98-117) (cf Adversus haereses, III, 3, 4).

[22] Cf Ignacio de Antioquía, Epístola a los Romanos, III,1; IV,3; IX,1, en D. Ruiz bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950 (BAC 65), 476.477.480.

[23] Cf Adversus haereses, III, 3, 2-3.

[24] Cf B. Aland, «Montano-Montanismo», NDPAC, 3358-3361).

[25] Cf Tertuliano, De pudicitia, c. 21, en J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 592-593.

[26] Cf DH 3064.

[27] «Prima Sedes a nemine iudicatur», la Primera Sede por nadie puede ser juzgada (cf Código de Derecho Canónico, c. 1404).

[28] Cf DH 3059.

[29] Cf DH 3062; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21/XI/1964 [= LG], n. 22.

[30] Cf DH 3063.

[31] Cf DH 3073-3075.

[32] LG 25.

[33] «der Papst hat einen Auftrag, den er sich nicht selbst gegeben hat» (Benedikt XVI, Licht der Welt. Der Papst, die Kirche und die Zeichen der Zeit, Freiburg-Basel-Wien 2010 [= Licht der Welt], 166). Traducción nuestra.

[34] Cf Adversus haereses, III, 23, 1-6.

[35] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375-379.

[36] Cf LG 22.

[37] Cf Ireneo de Lyon, Adversus haereses, V, 1-2, 22ss.

[38] «das Kirche Einheit brauht, dass sie so etwas wie Primat braucht. Für mich war interessant, dass der in America lebende ortodoxe Theologe John Meyendorff gesagt hat, ihre Autokephalien sein ihr größtes Problem; sie bräuchten so etwas wie einen Ersten, einen Primas […]. Die Probleme der nichtkatholischen Christenheit beruhen sowohl von Theologischen als von Pragmatischen her weitgehend auch darauf, dass sie kein Organ der Einheit haben» (Licht der Welt, 167). Traducción nuestra.

[39] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 29/IX/1991. Traducción nuestra.

[40] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 4/IV/1972. Traducción nuestra.

[41] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/XI/1984. Traducción nuestra.

[42] Cf P. Corrêa de Oliveira, Conversa, 17/V/1980. Traducción nuestra.

[43] «Onde infidelidades de Papas poderiam tentar a fidelidade dos fiéis eu quero pôr a minha fidelidade inteira» (cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/VII/1995). Traducción nuestra.

Un hombre providencial (III)

El Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento escogido por Dios para propinar al conciliarismo una estocada mortal con ocasión del concilio de Constanza. Como el gigante Goliat con la certera piedra incrustada en la frente, el iniquo movimiento conciliarista se tambaleó durante más de cuatro siglos hasta caer desplomado y ser definitivamente decapitado en 1870 por Pío IX en el concilio Vaticano I.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. Golpe mortal en el concilio de Constanza

Como hemos tenido oportunidad de ver en los dos artículos anteriores[1], el Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento clave del que la Divina Providencia se sirvió durante el conclio de Constanza (1414-1418) para asestar un golpe mortal al movimiento conciliarista, que pretendía que fuese atribuida oficialmente al concilio universal la plenitud de la potestad en la Santa Iglesia, por encima del Papa. Lo que ocurrió en aquella magna asamblea el 4 de julio de 1415 durante la XIV Sesión solemne marcó la historia de la Iglesia de modo decisivo y bien podemos decir que, en realidad, el conciliarismo murió allí, esto es, perdió toda su fuerza vital.

Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que, mientras el bien es eminentemente difusivo, el mal es, en cambio, esencialmente dinámico. Los hijos de las tinieblas se mueven, se articulan, se confabulan sin descanso para promover los fines que persiguen, nunca contentos con las victorias alcanzadas, siempre deseando conquistar más y más terreno al bien. Esas conquistas se dan siempre — ¡terrible realidad! — por la decadencia de los hijos de la luz, pues la gracia de Dios es invencible y el mal sólo tiene fuerza por permiso de Dios, para castigo de los buenos.

Por este motivo, un movimiento como el conciliarismo, que había alcanzado tan grandes proporciones y tanta influencia en toda la Cristiandad al tiempo del desgraciado Cisma de Occidente (1378-1417), no dejó de continuar a influir en la vida de la Iglesia y de las naciones cristianas. Era, no obstante, como Goliat con la piedra certera clavada en la frente que se tambalea y aún puede alcanzar con su espada a algún ingenuo que se le acerque curioso o, incluso, aplastar a algún desprevenido al caer desplomado. Fue lo que ocurrió con el conciliarismo en los cuatro siglos y medio que se siguieron a la actuación del Cardenal Giovanni Dominici.

Acompañemos, en sus pasos esenciales, la agonía de este infame movimiento que llegó a poner en serio peligro los fundamentos de la Sede de Pedro. Para ello, detengámonos en primer lugar brevemente sobre los antecedentes que prepararon el terreno para que esta verdadera herejía pudiese medrar entre los católicos.

2. El desprestigio del Papado

A lo largo de los siglos XIV y XV se verifica una manifiesta disminución de la autoridad y del prestigio del Papado, a partir del fin del pontificado de Bonifacio VIII. Ya durante el periodo de residencia del Pontificado en Aviñón (1309-1377) había contribuído a ello el particularismo francés presente en la curia papal, que exasperó muchas veces y de modo siempre creciente a todos los que no eran naturales de la Hija Primogénita de la Iglesia.

Durante el Gran Cisma de Occidente el fenómeno, sin duda, se acentuó hasta límites inimaginables pocos años antes. Los pontífices rivales se veían obligados a “mendigar” la obediencia de los príncipes temporales, con el consecuente descrédito ante ellos, o por lo menos, a solicitar su protección, dando ocasión a injerencias del poder temporal en los asuntos eclesiásticos y a abusos de todo tipo. Abusos que encontraban, por desgracia, un ejemplo en actitudes desedificantes de algunos pontífices que no raras veces fulminaban excomuniones a diestro y siniestro por motivos fútiles, o se apegaban de modo escandaloso a la dignidad pontificia, mostrando un nefasto egoísmo. Por otro lado, si bien ya mucho antes del Gran Cisma de Occidente existía, por parte de los reyes, la práctica del vidimus, o el placet, o el exequatur, esto es, una autorización del príncipe temporal para cada documento pontificio a fin de que pudiese ser promulgado en sus respectivos reinos, no cabe duda de que las circunstancias del cisma facilitaron los abusos regios en esta materia[2].

3. La posibilidad de un Papa hereje

En el plano estrictamente religioso, la doctrina de teólogos y canonistas sobre el «papa hereje» ya contemplaba desde antiguo la posibilidad, aceptada por el Papa Inocencio III (1198-1216), de que el Papa podía ser depuesto en caso de herejía. En tal caso, la sentencia competía al concilio universal, representando a toda la Iglesia. Ahora bien, durante el periodo del Gran Cisma de Occidente, no faltaban entre los canonistas y teólogos quienes calificaban de herejía ciertos crímenes, como la simonía, el perjurio o la contumacia, de los cuales, por desgracia, no se encontraban libres muchos de los pontífices de este turbulento periodo histórico. Fácilmente se ve que se estaba, así, a un paso de convertir en dogma la superioridad del concilio sobre el Papa, que es propiamente el error denominado «conciliarismo»[3]. Hay que tener en cuenta, además, que en la época del Gran Cisma de Occidente, por no estar aún formulada la doctrina de la infalibilidad papal, circulaba libremente la opinión errónea de que, en materia de fe, el concilio tiene una autoridad superior a la del Papa.

Se puede decir que el conciliarismo radical muestra por primera vez toda su furia con ocasión de la lucha político-religiosa que Felipe IV el Bello, Rey de Francia llevó a cabo contra el Papa Bonifacio VIII con el objetivo de someter el poder del Sumo Pontífice al suyo propio[4]. El monarca francés llegó al extremo de su afrenta a la Iglesia con el atentado sacrílego en el que el Papa Bonifacio VIII fue abofeteado en su palacio de Anagni por Guillermo de Nogaret en 1303. No se trataba de una actitud aislada. El teólogo tomista dominico Juan de París escribió en 1302 un tratado en que afirmaba, contra la tradición católica, que el concilio puede deponer al Papa en caso de herejía, de locura, de incapacidad personal, de simonía o de abuso de potestad. En esta misma línea, durante el concilio de Vienne (1311), Guillermo Duranti defendía que el Romano Pontífice está obligado a aceptar las decisiones del concilio. Doctrinas todas en las cuales precisamente se apoyaba Nogaret para su infame sacrilegio[5].

Atentado de Anagni
Atentado de Anagni

Pero no cabe duda de que fue el Gran Cisma lo que motivó que esta corriente igualitaria se desarrollase notablemente en amplitud y profundidad. El conciliarismo tuvo partidarios considerados moderados en este periodo como Enrique de Langenstein (1340-1397), Pedro de Ailly (1350-1420), Juan Gersón (1363-1429) y Francisco Zabarella (1360-1417). Pero también había tenido impulsores radicales en su origen como Marsilio de Padua (1275/1280-1342/1343) y Guillermo de Ockham (1285-1349), así como lo fueron después los herejes declarados John Wycliffe (c. 1330-1384) y Jan Hus (c. 1372-1415). Todos ellos, radicales y moderados, constituyeron verdaderas semillas para la cosecha que llevaron a cabo más tarde tanto Martín Lutero (1485-1545) y Juan Calvino (1509-1564) como los defensores de las teorías galicanas[6].

4. Conciliarismo y galicanismo

No es raro encontrar en los tratados de eclesiología o de derecho canónico[7] el conciliarismo definido — según el lenguaje científico que les es propio — como un «error eclesiológico», fruto de un igualitarismo eclesiástico, que postula que la plenitud de la potestad en la Iglesia corresponde a los Obispos reunidos en concilio universal y no al Romano Pontífice. Según estos estudios, el conciliarismo se englobaría dentro de un fenómeno mucho más amplio que afecta no solamente a la esfera espiritual, sino también a la temporal y que se denomina, en general, galicanismo, por haberse gestado y madurado especialmente en Francia, la antigua Gallia del Imperio Romano. Por su doble esfera de actuación, el galicanismo tiene una doble vertiente: el galicanismo político, que pretende limitar la autoridad de la Iglesia frente al Estado, y el galicanismo eclesiástico, que pretende limitar la autoridad del Romano Pontífice frente a los concilios universales y el colegio de los Obispos, que sería propiamente el conciliarismo. Se trata de un mismo igualitarismo aplicado a ambas esferas.

No hay que confundir, no obstante, esta fría descripción con una afirmación de que la esfera religiosa es sólo una parcela aislada de una realidad mucho más extensa. Los católicos sabemos que el centro de la Historia es la Iglesia, pues lo que ocurre en su seno determina los rumbos del mundo entero, pues Dios es «Señor de la historia»[8]. Por eso, el gérmen igualitario del conciliarismo no es simplemente eclesiástico, sino universal. Porque es de naturaleza religiosa, es universal y no al contrario.

En efecto, en los artículos del decreto Haec sancta del concilio de Constanza[9], que constituyen la base doctrinal del conciliarismo[10], se puede leer un arrogante ataque al Papado: «Legítimamente congregado en el Espíritu Santo, constituyendo concilio general y representando a la Iglesia católica militante, este [concilio] tiene su potestad inmediatamente de Cristo; y todos, cualquiera que sea su estado o dignidad, incluso papal, están obligados a obedecerlo en las materias relacionadas con la fe, la erradicación de la dicha herejía y la reforma general de la Iglesia de Dios en la cabeza y en los miembros. […] Quien no obedezca a los decretos de este santo sínodo o de cualquier otro concilio general y persista en su contumacia […], aunque sea de dignidad papal, sea debidamente castigado»[11]. Veinte años después del concilio de Constanza, en 1438, y como consecuencia directa de éste, fue promulgada en Bourges por Carlos VII el Bienservido, rey de Francia, como ley de estado, la Pragmática Sanción, que contenía las deliberaciones de la asamblea del clero francés, convocada por el Rey. Las decisiones estaban inspiradas en el decreto Haec sancta del concilio de Constanza y constituyen la base de las denominadas Libertades galicanas contra la autoridad del Papa.

Son, por tanto, los principios conciliaristas en la esfera espiritual los que dan lugar a las medidas galicanas en la sociedad temporal, y no al revés.

5. De «error eclesiológico» a herejía declarada

Como decíamos, el mal es dinámico. Por la misma razón que el conciliarismo no fue el fruto de un mero error o malentendido, los más radicales entre sus promotores no se conformaron con la derrota en Constanza y quisieron dar un paso mucho más atrevido. En 1439, poco después, por tanto, de la promulgación de la Pragmática Sanción, la materia del infame decreto Haec sancta del concilio de Constanza fue también invocada para atacar el poder papal, contra la tradición multisecular de la Iglesia, en el concilio de Basilea, durante la parte ya cismática del mismo, en su sesión XXXIII, cuando ya era inminente la inicua declaración de deposición del Papa Eugenio IV y la elección del antipapa Félix V. Esta vez, sin embargo, los hijos de las tiniebas pretendían proponer esa doctrina igualitaria y blasfema como verdad de fe: «Es una verdad de la fe católica que el santo concilio general tiene poder sobre el papa y cualquier otro. El romano pontífice, por su propia autoridad, no puede disolver, trasladar o aplazar el concilio general, cuando ha sido legalmente convocado, sin su consentimiento, lo que forma parte de la misma verdad. Quienquiera que se obstine en negar estas verdades ha de ser considerado hereje»[12].

Si hasta entonces aún cabía atribuirle la “aséptica” denominación de «error eclesiológico», ahora era evidente que el movimiento conciliarista se había lanzado decididamente por el precipicio de la herejía.

6. Los cuatro artículos galicanos

El proceso de conquista llevado a cabo por el galicanismo en la esfera temporal tuvo un aparente retroceso cuando, en 1516, con ocasión del Concordato entre el Papa León X y Francisco I, rey de Francia, aprobado por el Concilio Lateranense V, fue abrogada, esto es, abolida, la Pragmática Sanción. Aparente porque, en realidad, este concordato consiguió reducir sólo parcialmente las libertades galicanas y solamente hasta la Revolución Francesa. Aparente, además, porque ya un siglo antes de la Revolución, en 1682, Luis XIV, el Rey Sol, había promulgado, y por tanto, sancionado con su autoridad, la Declaración del clero galicano, que constituyó el acto solemne y definitivo del galicanismo, su victoria más destacada.

Las doctrinas galicanas, en efecto, habían ido fermentando en el último siglo por obra de juristas franceses famosos como Pierre Pithou, calvinista y abogado del Parlamento, Edmond Richer, Alcalde de la Sorbona, o Pierre Dupuy, Consejero de Estado. El primero de ellos, por ejemplo, es el autor de un famoso tratado, Las libertades de la Iglesia galicana, que se fundamenta en dos principios esenciales: que el Romano Pontífice no puede mandar o prescribir nada en los asuntos temporales relativos al Reino de Francia, y que el mismo debe ser reconocido como soberano solamente en los asuntos espirituales, con poderes, no obstante, limitados en Francia según los cánones y disposiciones de los concilios que hayan sido aceptados en el Reino.

La Declaración del clero galicano, redactada por el obispo de Meaux, Jacques-Bénigne Bossuet, que por voluntad del Rey debía ser defendida por todos los maestros, constaba de cuatro puntos, conocidos como los cuatro artículos galicanos. El primero negaba que el Papa tuviese cualquier forma de poder temporal, reconociéndole solamente un poder espiritual. El segundo proclamaba como válidos los decretos del concilio de Constanza que limitaban el poder de la Sede Apostólica, estableciendo la supremacía del concilio sobre el Papa, esto es, en particular el inicuo decreto Haec sancta. El tercero establecía la inviolabilidad de las libertades de la Iglesia galicana. El cuarto afirmaba que las decisiones del Papa en materia de fe sólo son irreformables con el consentimiento de la Iglesia universal[13].

7. Napoleón los incluye en el Concordato de 1801

Por sus errores doctrinales, tales artículos fueron inmediatamente declarados nulos por el Papa Inocencio XI en el mismo año de 1682 y posteriormente, de modo más explícito, por Alejandro VIII en 1690, afirmando que los cuatro artículos galicanos «son, fueron desde su propio comienzo y serán perpetuamente por el propio derecho nulos, írritos, inválidos, vanos y vacíos total y absolutamente de fuerza y efecto, y que nadie está obligado a su observancia, de todos o de cualquiera de ellos, aun cuando estuvieren garantizados por juramento»[14]. Fueron, además, condenados como temerarios, escandalosos e injuriosos para la Sede Apostólica por el Papa Pío VI en 1794[15] después de que el Sínodo jansenista de Pistoya los adoptara en 1786[16].

Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII
Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII

Si ya estaba claro para todo católico de buen espíritu que la Declaración del clero galicano no era más que la pútrida excrecencia del inícuo decreto Haec sancta de Constanza, el recurso a ellos después de las últimas condenas papales bien podía ser considerado propio de un hereje. Fue precisamente lo que, tras la Revolución Francesa, hizo Napoleón I Bonaparte al restablecer la Iglesia en Francia con el Concordato de 1801, estipulado con el Papa Pío VII, pues no dejó de manifestar su bellaquería al incluir abusivamente en el texto del mismo los cuatro artículos galicanos[17].

8. La decapitación final del conciliarismo

La historia de este pérfido movimiento concluyó definitivamente el 18 de julio de 1870. En aquel día de esplendor para la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, el Sucesor de Pedro declaró formalmente heréticas sus doctrinas cuando definió solemnemente el dogma del Primado de Jurisdicción Universal del Romano Pontífice y el dogma de la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Ambos se encuentran en la constitución dogmática Pastor Aeternus, promulgada por Pío IX durante el Concilio Vaticano I:

«Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema. […] Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra — esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal —, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema»[18].

Bien podemos imaginar que el Beato Cardenal Giovanni Dominici haya asistido desde el cielo con inmenso gozo a tan hermoso triunfo de la Santa Iglesia.

Pe. Eduardo Caballero, EP

El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I
El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I

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[1] Véanse los dos primeros artículos de la serie en los siguientes links: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i y http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[2] Cf Llorca, 231-232.

[3] Cf Llorca, 232-233.

[4] Cf Chiappetta, 282.

[5] Cf Llorca, 233.

[6] Cf Chiappetta, 282.

[7] Cf Chiappetta, 599.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584.

[9] Véase el segundo artículo de la serie, en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[10] Cf Llorca, 253.

[11] O’Donnell, 243; Llorca, 253.

[12] O’Donnell, 100.

[13] Cf Chiappetta, 599-600.

[14] Denzinger – Hünermann, n. 2285.

[15] Cf Denzinger – Hünermann, n. 2700.

[16] Cf Denzinger – Hünermann, 625.

[17] Cf Chiappetta, 599-600.

[18] Denzinger – Hünermann, nn. 3064.3073-3075.

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BIBLIOGRAFÍA

 

Chiappetta, L., Prontuario di diritto canonico e concordatario, Roma 1994.

Denzinger, H. – Hünermann, P., Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992.

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

O’Donnell, C. – Pié-Ninot, S., Diccionario de Eclesiología, Madrid 2001.

Pié-Ninot, S., Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca 2007.

Un hombre providencial (II)

Ante una cristiandad hastiada por las nefastas consecuencias del Gran Cisma de Occidente, que se prolongaba ya por más de trenta y cinco años, el concilio de Constanza (1414-1418) dio inicio en un peligroso clima favorable a las teorías que ponían al concilio universal por encima del Papa, atribuyéndole la plenitud de la potestad en la Iglesia. En el momento en que los revolucionarios pregustaban su victoria, Dios vino en ayuda del Papa legítimo, enviándole un hombre providencial que logró revertir las tramas conciliaristas contra sí mismas.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. El edicto de Augusto y la convocación del concilio de Constanza

El cortejo del emperador Segismundo de Luxemburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Hungría y de Bohemia, con una escolta de mil caballeros, llegaba majestuoso por el lago iluminado. Era la noche del 24 de diciembre de 1414. En la catedral de la ciudad de Constanza, cubierta por la nieve desde hacía meses, lo espera el Sumo Pontífice para la solemne Misa de Nochebuena. Siguiendo la tradición, el emperador, que a la sazón contaba 47 años de edad, revestido de dalmática diaconal de brocado rojo y con la corona en la cabeza, cantó el evangelio de la solemnidad: «Por aquellos días salió un edicto de César Augusto…» (Luc 2,1). Terminado el Santo Sacrificio, el Papa le entrega una espada bendecida al monarca, que jura utilizarla en servicio de la Santa Iglesia.

El texto del Evangelio evocaba en todos el reciente decreto pontificio convocando el concilio en Constanza, a instancias del Emperador. Esa asociación de ideas, en el auge de las gracias propias de la Navidad, hacía presagiar que las bendiciones del cielo estaban, de hecho, siendo derramadas sobre los hombres a fin de poner fin al Gran Cisma de Occidente de una vez por todas, después de trenta y cinco años de pesadilla. El pontífice de que hablamos era, en realidad, Baltasar Cossa, el antipapa Juan XXIII, sucesor del antipapa Alejandro V en la sede cismática de Pisa[1]. Segismundo, que gozaba de un gran prestigio en toda la Cristiandad, fiel al verdadero Papa, Gregorio XII (Roma), había recibido secretamente instrucciones de éste para instar, como cosa suya, al antipapa de Pisa a convocar el concilio de Constanza. Y es que Gregorio XII, en buena parte por causa de la veleidad de su carácter, había caído en el más completo descrédito ante los príncipes y los cristianos en general[2]. Por tal motivo, no gozaba de la autoridad para convocar un concilio que congregase a los participantes de las tres obediencias, a fin de poseer la necesaria representatividad que era condición sine qua non para que sus resoluciones fuesen aceptadas por todos, o al menos, por la mayoría. Por increíble que pueda parecer, en aquellos momentos, el antipapa de Pisa era el que contaba con más súbditos entre las naciones de la Cristiandad y con mayor credibilidad para convocar un concilio universal.

2. Un pergamino secreto

Giovanni Dominici había sido premiado por la Divina Providencia con la cruz de la calumnia, precisamente por parte de miembros del Colegio de los cardenales, que lo acusaban de interesero e influenciador de la voluntad de Gregorio XII para propia ventaja. Muchos de ellos eran los mismos que después abandonarían vergonzosamente al Papa para reunirse en el mencionado conciliábulo cismático de Pisa. Pero eso sólo sirvió para confirmarlo en el desprecio de las falaces vanidades del mundo y para acrisolar más aún su temple y su confianza en la Santísima Virgen. A pesar de las críticas, o tal vez por causa de ellas, se había convertido en confesor y consejero del Romano Pontífice.

De hecho, muchas y continuas fueron las confidencias entre ambos acerca de una eventual renuncia al pontificado. A esas alturas del cisma, prácticamente nadie dudaba de que la abdicación voluntaria del Papa legítimo era, con bastante probabilidad, una condición indispensable para su solución. La cuestión era: ¿en qué momento y de qué manera? Con el paso del tiempo, las numerosas constataciones de Gregorio XII en relación con la fidelidad y el tino diplomático de Giovanni Dominici le fueron convenciendo de que debía prestar una especial atención a sus consejos y opiniones. Así, habiéndolo creado cardenal y nombrado Arzobispo de Ragusa, Gregorio XII decidió enviarlo como Legado suyo al concilio de Constanza. Antes de partir, sin embargo, el Cardenal Dominici le pidió que firmase y sellase con el Anillo del Pescador un pergamino que él personalmente había preparado y cuya existencia nadie, aparte de ellos dos, debía conocer. Llevaría a Constanza secretamente el misterioso pergamino para usarlo en el momento oportuno.

3. En Constanza

Para el 4 de enero de 1415, Giovanni Dominici ya estaba en Constanza. Su preocupación era doble. Por un lado, no adoptar ninguna actitud que pudiese ser interpretada en el sentido de que Gregorio XII estaba legitimando a alguno de los dos antipapas o al propio concilio reunido en Constanza, que no había sido convocado por el Romano Pontífice, y por tanto no podía ser considerado «universal». Por otro lado, afirmar claramente la superioridad absoluta del verdadero Papa sobre cualquier concilio en cualquier circunstancia. El ambiente en la magna asamblea, sin embargo, estaba fuertemente viciado por los conciliaristas, que tramaban sin cesar cómo conducir el concilio hacia una confirmación oficial de sus tesis a favor de la superioridad del concilio sobre el Papa.

Los meses que se siguieron hasta la extinción del cisma, son dignos de una cronología con cierto detalle.

25 de enero. A fin de salir al paso del descrédito del Romano Pontífice, el Cardenal Dominici declara oficialmente que Gregorio XII está dispuesto a abdicar, siempre y cuando lo hagan también los antipapas Benedicto XIII (Aviñón) y Juan XXIII. La fórmula de abdicación llegaría oportunamente de Roma con la condición de que la sesión en que fuese leída no estuviese presidida por el antipapa Juan XXIII.

Palácio del Papa en Avignon
Palácio del Papa en Avignon

4. Boicot en las votaciones

7 de febrero. Por instigación de los conciliaristas radicales, se instaura en el concilio un inaudito sistema de votación totalmente contrario a la tradición de la Iglesia. En vez de votar por cabezas, se votaría por naciones. El sistema era igualitario, pues daba el mismo valor a los votos de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Además, favorecía a los conciliaristas, pues reducía a la nación italiana (la más numerosa y contraria en su mayoría al conciliarismo), a un solo voto frente a tres de las naciones francesa, inglesa y alemana que, aunque menos numerosas, contaban con mayoría conciliarista.

2 de marzo. Tiene lugar la II Sesión solemne, presidida por el antipapa Juan XXIII, quien hace leer su fórmula de abdicación, la cual, entretanto, sólo se haría efectiva en el momento en que hiciesen lo mismo Gregorio XII y Benedicto XIII. Era puro teatro, pero el gesto tuvo el efecto deseado. El Emperador se levantó inmediatamente del trono y, de rodillas, besó el pie del pontífice. Asimismo, un patriarca, en nombre de todo el concilio, le dio las gracias pomposamente.

La situación se presentaba difícil para Giovanni Dominici. Mandar traer, en estas circunstancias, la fórmula de abdicación de Gregorio XII equivalía a legitimar tanto al concilio como al antipapa. Posponer la llegada del documento sin un motivo justificado significaba darles la razón a los detractores de Gregorio XII. ¿Cómo hacer? La Divina Providencia vino en su ayuda.

5. El Emperador salva el concilio

20 de marzo. Al atardecer, un desconocido vestido de palafrenero, ballesta en mano, a lomos de un caballo viejo y acompañado por un escudero, cruza la puerta de Kreuzlingen, mientras a lo lejos se oyen las voces que llegan del palenque, donde el Emperador y los dignatarios de la corte asisten entretenidos a un torneo hábilmente organizado para esa circunstancia. Una barca esperaba al misterioso desconocido para llevarlo al Schaffhausen, fuera de los dominios de Segismundo. Nadie podía imaginar que se trataba del pontífice Juan XXIII que huía de la ciudad.

En efecto, Baltasar Cossa tenía también el tiempo en su contra. Corría desde hacía meses en la ciudad de Constanza un libelo difamatorio a su respecto. Tal vez por tener la conciencia pesada, le preocupaba enormemente que tales murmuraciones encontrasen eco favorable entre sus partidarios y el concilio pudiese llegar a exigirle su abdicación incondicional, sin esperar a la de los otros pontífices. Pensó entonces, descabelladamente, que si desaparecía, alegando estar siendo cohartado en su voluntad, la conmoción tendría como resultado la disolución del concilio.

Pero las cosas siguieron otro curso. Hubo, de hecho, tumultos populares con desórdenes en las calles de la ciudad tan pronto como se supo la escandalosa noticia. Tanto, que se vio al Emperador Segismundo en persona, a caballo y espada en mano, imponiendo orden entre la muchedumbre. Mandó cerrar las puertas de la ciudad, pues no pocos padres conciliares se dieron a la fuga, y juró defender con su vida la prosecución del concilio para la extinción del cisma. Realmente, salvó el concilio.

6. El decreto Haec sancta

26 de marzo, III Sesión solemne. Con tanta confusión, los partidarios de la superioridad del concilio sobre el Papa aprovecharon la indignación contra el pontífice fugitivo para hacer aprobar una serie de medidas en la línea conciliarista. Tuvo lugar, así, la III Sesión solemne, caracterizada por ser totalmente irregular en su realización. Por ejemplo, los cardenales, que eran en su mayoría contrarios al conciliarismo, fueron avisados solamente una hora antes de comenzar la sesión.

29 de marzo, Viernes Santo. No contentos con lo conseguido, los conciliaristas quisieron aprovechar la coyuntura para introducir medidas aún más radicales en la IV Sesión solemne, que se celebraría al día siguiente. Aquella misma noche tiene lugar una confabulación en el convento de los franciscanos, bajo las apariencias de una congregación de las naciones francesa, inglesa y alemana, de mayoría conciliarista. La nación italiana y el Sacro Colegio fueron cuidadosamente evitados. En el contubernio, se redactaron cuatro artículos abiertamente contrarios al Papa. Enterado por sus informantes, el Cardenal Dominici avisa inmediatamente a los demás purpurados y denuncia el complot al Emperador. Segismundo, temiendo una ruptura con los cardenales que comprometiese la continuación del concilio, se dirige en persona esa misma noche al convento de los franciscanos y persuade a los intrigantes a mitigar los términos.

30 de marzo, IV Sesión solemne. Debido a las presiones del Emperador, los artículos que acabaron siendo aprobados estaban demasiado lejos de las pretensiones de los conciliaristas radicales.

Simultáneamente, por aquellos mismos días llegó la noticia de que Balatasar Cossa había huido nuevamente, alejándose más aún de Constanza. Con ello, hubo nuevos tumultos y nuevos abandonos de la ciudad por parte de diversos padres conciliares. Sobre todo, creció el furor de los conciliaristas, que veían en ello un motivo más para radicalizar sus posiciones. Por ello, se propusieron aprovechar el ambiente de confusión e indignación reinante para dar su paso más atrevido, provocando la celebración precipitada de una nueva sesión solemne.

6 de abril, V Sesión solemne. En ella fue promulgado un decreto denominado Haec sancta que contenía cinco artículos con las formulaciones más radicales del conciliarismo en un ataque directo contra el Papado.

El decreto no sólo era inválido, a causa de la doctrina errónea que sustentaba; era también ilegítimo, debido a las numerosas irregularidades que se cometieron en su promulgación, como acabamos de ver. Es importante dejar este punto bien sentado, pues en el futuro, muchos otros revolucionarios intentarán echar mano de él para justificar sus posiciones, como si se tratase de una doctrina avalada por el Magisterio de la Iglesia.

Campanile de Pisa
Campanile de Pisa

7. El Cardenal Pedro de Ailly

Sorprendentemente, había componentes del Colegio Cardenalicio que no consideraban que la situación fuese tan grave. Decían que los artículos del decreto Haec sancta no tenían ni pretendían tener carácter dogmático, pues no se usaban en él los términos tradicionalmente consagrados para las definiciones dogmáticas. Admitían que los conciliaristas actuaban de modo autoritario, contrariamente a la praxis sinodal y sin haber recibido ninguna investidura para ello, pero había que reconocer que no intentaban definir una doctrina, sino simplemente imponer una norma. Además — añadían — ni siquiera entre los más radicales de los conciliaristas se había planteado la posibilidad de condenar como herejes a los defensores a ultranza de la supremacía papal. Era preferible no romper con los extremistas, a fin de llegar a un consenso, y con ello, a la deseada paz dentro de la Iglesia. Tal mentalidad era tristemente preponderante entre los hombres más influyentes en el Sacro Colegio.

Entre ellos, se encontraba el Cardenal Pedro de Ailly, Obispo de Cambray y antiguo Canciller de la Universidad de París, eminente teólogo y filósofo, que gozaba del mayor de los prestigios entre los padres conciliares y que por ello presidió varias sesiones solemnes. Era una pieza clave con la que había que contar. La maniobra diplomática era compleja y exigió de Giovanni Dominici largas horas dedicadas a dilatadas conversaciones con el purpurado francés a fin de ganarse su confianza y dejarlo inseguro en su postura centrista. Para esta especie, lo más importante es la moderación y el comedimiento. Nada de exaltaciones, nada de defensas acaloradas del Papado; la verdad — dicen estos — no necesita de apologías, pues brilla por sí misma. Sin embargo, no es eso lo que los Evangelios nos narran acerca de las disputas de Nuestro Señor con los fariseos…

8. Derrota del conciliarismo y extinción del cisma

Desde el 17 de abril (VI Sesión solemne) el interés se centró fundamentalmente en las tratativas en relación con el caso del fugitivo Juan XXIII, hasta su deposición definitiva el 29 de mayo (XII Sesión solemne). Por otra parte, la manifiesta terquedad del antipapa Benedicto XIII, Pedro de Luna, le hizo ir perdiendo su prestigio, por lo que acabó no siendo un obstáculo para la solución del cisma. Con todo, fue también objeto de un proceso canónico por parte del concilio que terminó también con su solemne deposición. Todo ello mantenía los ánimos ocupados, permitiendo al Cardenal Dominici ganar tiempo.

15 de junio. Llega a Constanza Carlo Malatesta, advertido por Gregorio XII para ponerse a las órdenes del Cardenal Dominici. Como ministro plenipotenciario del Romano Pontífice, trae consigo la esperada declaración de abdicación, quedando fijada su lectura oficial para la siguiente sesión solemne. Los conciliaristas ven en ello, con motivo, el preanuncio de su victoria.

4 de julio de 1415, XIV Sesión solemne. Giovanni Dominici había obtenido del Cardenal de Cambray que le permitiese, como presidente de la asamblea, una intervención inesperada fuera del orden del día durante aquella sesión solemne. Antes de que Carlo Malatesta — minuciosamente instruido por el Cardenal Dominici — diese lectura a la fórmula de abdicación, se levanta nuestro cardenal llevando en su mano un pergamino enrollado. Era aquel misterioso pergamino que él mismo presentó a Gregorio XII para que lo firmase y sellase, antes de partir para Constanza.

Se trataba, ni más ni menos, que de un decreto de convocación del Concilio de Constanza. El Cardenal de Cambray comprendió inmediatamente el alcance de la jugada del Cardenal Dominici, y también lo entendieron los más radicales de los conciliaristas, que al punto comenzaron a organizar un tumulto en el recinto sagrado, exigiendo la anulación de la sesión, alegando que esa intervención no estaba en el orden del día. Terminada la alocución de Giovanni Dominici, Carlo Malatesta se levanta sin perder un segundo y procede a la lectura de la fórmula de renuncia de Gregorio XII. De este modo, insistir en anular la sesión implicaría considerar también nula la renuncia del Papa de Roma, lo que atraería sobre los conciliaristas la indignación general.

Era la derrota del conciliarismo. La maniobra del Cardenal Dominici fue al mismo tiempo precisa y letal, como una silenciosa ballesta que acierta en el corazón del enemigo. El Papa legítimo había renunciado, sí, pero ante un concilio que él mismo acababa de tornar legítimo instantes antes con un decreto. Decreto que, además, invalidaba implícitamente los más de ocho meses precedentes de sesiones, congregaciones, asambleas, reuniones y contubernios tan cuidadosamente urdidos por los conciliaristas en Constanza. El cisma estaba sustancialmente superado. Y su extinción no era, por tanto, obra del concilio, sino del Papa legítimo. Estaba salvada por la vía de los hechos la doctrina de la superioridad del Papa sobre el concilio, no sólo de Gregorio XII sobre el concilio de Constanza, sino de cualquier Papa legítimo sobre cualquier concilio universal.

Concilio Vaticano I
Concilio Vaticano I

¿Lo entendieron todos así? Ciertamente sí los conciliaristas radicales y el Cardenal Pedro de Ailly, así como muchos otros. Tanto que Odón Colonna — elegido nuevo Papa por el cónclave que se celebró poco tiempo después (1417) en la misma ciudad, y que adoptó el nombre de Martín V — no confirmó ninguno de los decretos del concilio de Constanza. Según la tradición de la Iglesia, ello equivale a considerarlos ilegítimos.

La abdicación de Gregorio XII causó tanta alegría que, a pesar de las protestas de los conciliaristas radicales, la asamblea prorrumpió en un largo aplauso. Giovanni Dominici dio un testimonio más de que el Romano Pontífice era el Papa verdadero, y por tanto, de la victoria sobre el pérfido conciliarismo. Si Gregorio XII había dejado de ser Papa, entonces él también había dejado de ser cardenal. Delante de toda la asamblea admirada, se despoja de sus insignias cardenalicias y va a sentarse entre los obispos. El gesto conmovió a los purpurados, que espontáneamente le rogaron que aceptara entrar de nuevo en el Sacro Colegio, en la nueva situación de sede vacante.

Los siglos futuros asistirán, como veremos en nuestro próximo artículo, a los últimos coletazos del conciliarismo agonizante, hasta que el Beato Pío IX le corte la cabeza definitivamente.

 

Pe. Eduardo Caballero, EP

 

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[1] Sobre el conciliábulo cismático de Pisa, que en 1409 dio origen a un tercer “papa”, complicando más aún el ya enrevesado cisma, véase el artículo de la serie en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i.

[2] Sobre los motivos del descrédito en que cayó Gregorio XII, véase el artículo de la serie en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Acta Sanctorum. Iunii, II, Antwerpen 1867, 388-412.

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Gago del Val, J.L., «Beato Juan Dominici» [acceso: 28.03.2013], http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/06/06-10_Beato_juan_dominici.htm

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

O’Donnell, C. – Pié-Ninot, S., Diccionario de Eclesiología, Madrid 2001.

Pastor, L. von, Historia de los Papas, I, Buenos Aires 1948, 238-340.

 

Un hombre providencial (I)

Un verdadero religioso, fiel a su fundador, libre de las contaminaciones neo-paganas que campeaban en pleno humanismo renacentista, supo discernir, en medio de la confusión generada dentro de la Iglesia por el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), por una especial asistencia del Espíritu Santo, que lo que en realidad estaba en juego no era la extinción del cisma, sino el primado universal del Papa en la Iglesia.

1. Densos nubarrones sobre la Cristiandad

Era frío y desapacible en Roma el mes de noviembre de aquel año de 1406. Mera imagen de una tormenta mucho más terrible que se abatía sobre la Santa Iglesia. Desde hacía más de 28 años se prolongaba la más dolorosa escisión que jamás conociera la Esposa de Cristo, pues tocaba a su Vicario en la tierra.

El cisma con los orientales en el año 1054 no había sorprendido a nadie, pues fue el temido desenlace de un progresivo alejamiento cuya gravedad se venía acentuando desde más de dos siglos antes. Aquí no. Nunca en la historia de la Iglesia se había dado un escándalo como ahora. Los propios cardenales se habían retractado de la elección de Urbano VI y habían procedido a una nueva, ilegítima, dando inicio al Gran Cisma de Occidente (1378-1417). El palacio papal de Aviñón, donde durante casi un siglo habían habitado las bendiciones de la Sede de Pedro, albergaba ahora la rancia corte que el astuto Pedro de Luna (Benedicto XIII), segundo antipapa ya de la sede cismática, había creado en torno suyo. Incapaz, como la zarza de la Escritura, de proporcionar a otros la refrescante sombra de la sabiduría, arrastraba tras de sí al abismo de la más siniestra obstinación a todos los que a él se confiaban: «La zarza respondió a los árboles: Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si no es así, brote fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano» (Jue 9,15).

Lo que al inicio parecía un malentendido relativamente fácil de resolver con buena voluntad por ambas partes, se fue complicando dentro de un enmarañado de humanos intereses en el cual lo único que iba quedando cada vez más claro es que las bendiciones del cielo no estaban presentes. Hoy sabemos que el verdadero Papa fue, durante todo el cisma, el de Roma, pero en aquel momento había una confusión generalizada a este respecto. La tempestad arreciaba y hacía temblar hasta los cimientos de la Santa Sede.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

2. A solas con el Papa junto a una chimenea

En una sala del Palacio Apostólico del Vaticano, junto a una gran chimenea donde crepitaban al fuego gruesos maderos, el anciano Angelo Corraio, recién elegido Papa Gregorio XII, se sincera con su hombre de confianza ante las incertezas que se ciernen sobre su pontificado.

— Padre Dominici, le he mandado llamar porque estoy convencido de que la Divina Providencia pide de Vuestra Paternidad una misión especial en el actual momento histórico.

El origen humilde de Giovanni Dominici (1357-1419) no le había impedido llegar a ser una de las figuras decisivas de la Iglesia en su época. De joven no lo quisieron admitir en la Orden de Predicadores, pues era ignorante y tartamudo. Pero la fe que impregnaba el ambiente familiar, vivida cotidianamente en torno al convento dominico de Santa Maria Novella y su iglesia, en su Florencia natal, le había enseñado a ser tenaz y a esperar sin desaliento la hora de la Providencia. Volvió a pedir el ingreso y, por fin, fue admitido, tal vez por mera compasión.

Inmediatamente se pusieron de manifiesto sus innegables cualidades como auténtico religioso. Abnegación, seriedad, celo apostólico, devoción eran características de aquel joven que, sin embargo, era torpe y desarreglado en sus modos. En 1374, cuando contaba 18 años de edad, había recibido el hábito de Santo Domingo en el mismo convento de Santa Maria Novella, donde más tarde llegó a ser Prior. La profesión de los votos le dio cierta autonomía para intensificar su vida de asceta: pan y agua frecuentes, un saco sobre el duro y frío suelo por cama, vigilias sin número. Un detalle distintivo: su hábito, aunque pobre, estaba siempre impecable.

A lo largo de los estudios se había revelado un intelectual fino e inteligente. Fue alumno de la Universidad de París, llegando a ser un importante teólogo. Escribió comentarios a la Sagrada Escritura y dos importantes tratados educativos. Sus superiores lo habían propuesto para graduarse, pero él, por motivos de conciencia, renunció a esa prestigiosa categoría en una época en que la vanidad intelectual — por decir poco — campeaba, desvergonzada, incluso dentro de la Iglesia. Su alma volaba más alto, con alas de artista. Los libros corales de su convento, de hecho, conservan hasta hoy maravillosas miniaturas pintadas por él.

Iglesia de Santa Maria Novella
Iglesia de Santa Maria Novella

3. Un milagro cambia radicalmente su vida

Entretanto, había una pena que ensombrecía su vida religiosa: la de ser un ridículo tartamudo en la Orden de Predicadores… La aflicción que esta situación le producía no hizo sino acentuarse con la ordenación sacerdotal. Su hablar continuaba siendo lerdo y risible. Una noche, llorando desconsolado, exigió a Santa Catalina de Siena — fallecida poco antes como terciaria dominica y de quien era ferviente devoto — su intercesión, por amor de Dios. El milagro se realizó. Su lengua se hizo ligera y precisa, cambiando radicalmente su vida.

En poco tiempo se convirtió en un famoso predicador de penitencia que recorría las principales ciudades de Italia. Cuentan que, en cierta ocasión, al rechazar San Vicente Ferrer la invitación de predicar en Florencia, alegó: «¿A quién queréis oír, teniendo al Padre Giovanni Dominici?». Sus sermones eran un látigo implacable contra la disolución de costumbres que famosos exponentes del humanismo renacentista iban difundiendo por todas partes. Entre otras cosas, no concordaba con el estudio de los autores clásicos — entonces en boga — sino para refutarlos. Su radicalidad enfurecía a los espíritus conciliadores, que lo acusaban de sustentar una postura «tan parcial como miope», pues juzgaba erróneamente «que toda la agitación del Renacimiento procedía del mal espíritu» simplemente porque toda aquella efervescencia sensual «constituía un peligro para la fe y las buenas costumbres». En el fervor de su celo, no distinguía «entre el verdadero y el falso renacimiento, haciendo a todo el Humanismo responsable de los excesos» de los radicales (Cf. Pastor, I, 171-172). Pero Giovanni Dominici era irreductible. Bien sabía él que los Santos Padres habían sido los primeros en echar mano de los filósofos clásicos para el bien de la Iglesia. Pero ahora el ambiente estaba viciado y la salvación de las almas estaba por encima de las conveniencias educativas. Su fidelidad a la verdad le valió la persecución, con amenaza de exilio en Venecia.

Este celo por la ortodoxia como predicador no era, sin embargo, más que la sobreabundancia de su ardiente deseo de revitalizar la observancia de la Regla de Santo Domingo dentro de la Orden de Predicadores. La peste negra de 1348 y los difíciles años sucesivos habían literalmente diezmado la población en los claustros y mitigado la disciplina de los supervivientes hasta un franco relajamiento. En el convento de Santa Maria Novella, en sólo cuatro meses, la epidemia había acabado con la vida de setenta frailes. Hacían falta vocaciones jóvenes y Giovanni Dominici supo ganárselas en gran cantidad, fundando para su adecuada e indispensable formación un Noviciado en el convento de Cortona. Se convirtió, de hecho, en un reformador de la Orden en las regiones del norte de Italia, con la ayuda y bajo la orientación del experimentado Beato Raimundo de Capua, considerado segundo fundador de los dominicos y Maestro General hasta su muerte en 1399.

Beato Raimundo Capua
Nuestra Señora entre Beato Raimundo de Capua y San Pedro de Verona. Iglesia Santa Maria del Castello

4. La desgracia del cisma

Pero volvamos junto a la chimenea en el Vaticano:

— Padre Dominici, he observado sus agudas dotes diplomáticas durante el cónclave. Como sabe, he jurado, al igual que los demás cardenales, que en caso de ser elegido me empeñaría en poner fin al cisma y que no pasarían tres meses antes de que haya iniciado las tratativas con el antipapa de Aviñón para un encuentro personal entre ambos. Ello es imposible sin un diplomático hábil y que conozca el terreno. Personalmente, estoy dispuesto a renunciar al Papado para acabar con el cisma, si ello se hace necesario por el bien de la Iglesia. Pero necesito su ayuda, y por eso deseo que se quede junto a mí.

— Santo Padre, bien sabéis que estoy aquí para serviros. El cisma se ha convertido, de hecho, en una pesadilla interminable para toda la Cristiandad. Permitidme, sin embargo, ya que soy objeto de vuestra confianza, una apreciación. Sin duda, es importante su disposición a una eventual renuncia por el bien de la Iglesia, en caso necesario, pero mucho más importante aún es que dicha renuncia sea oportuna, esto es, en el momento justo, ni antes, ni después.

Para el auténtico espíritu medieval, el buen orden de las cosas se apoyaba simultáneamente, desde Carlomagno, sobre dos pilares: un Papa que gobernase la esfera espiritual y un Emperador que, en plena armonía con él y siempre al servicio de la Iglesia, presidiese la esfera temporal. El año de 1378 había sido calamitoso en este sentido para la fe de los católicos: murió Carlos de Luxemburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y comenzó el cisma, con lo que había un “papa” de más y un emperador de menos. Al emperador sucedió su hijo Wenceslao IV, cuyo débil e ineficaz reinado estuvo caracterizado por el desorden religioso, la guerra civil y, en general, por una casi total anarquía, de modo que los príncipes alemanes acabaron por destronarlo en 1400 y elegir en su lugar al conde palatino Roberto. El cisma, por su parte, no sólo no se resolvió pronto, sino que se fue enredando cada vez más, dando al traste con las más diversas iniciativas de solución por parte de ambas obediencias y frustrando, así, cruelmente una y otra vez las esperanzas de los católicos. Lejos estaban los fieles de imaginar que la dilacerante situación se acabaría prolongando por casi cuarenta años.

No es difícil imaginar la preocupación que reinaba por ese motivo. Dos ejemplos elocuentes pueden servir de muestra. A instancias de Carlos VI el Bienamado, Rey de Francia, la Universidad de París invitó en 1394 a todos sus miembros a que presentaran dictámenes escritos acerca de la manera más adecuada de resolver el cisma. La efervescencia era tal que el número de los mismos casi llegó a diez mil. Por otro lado, en la distante Alemania de entonces, una poesía que circulaba ya al inicio de la desgraciada ruptura muestra bien la profunda aflicción que esta situación causaba en toda la sociedad:

En Roma un Papa tenemos

Y otro Papa en Aviñón;

¡Cada cual quiere ser solo,

Y traen al mundo en error.

Así no hubiera ninguno;

Valiera más que haber dos!

Dos Papas no puede haber,

Pues sólo uno quiere Dios;

[…]

Para atar y desatar

Cristo a Pedro el poder dio;

Ora atan aquí y allí;

¡Vos nos desatad, Señor!

[….]

Orgullo, odio avaricia

Jamás se vieron como hoy.

[…]

Da a la Cristiandad cabezas,

Da un Papa y Emperador,

Que en toda la faz de la tierra

Castiguen la sinrazón.

Benedicto XIII
Benedicto XIII

5. ¿El concilio por encima del Papa?

Los doctores de las universidades de la época, sobre todo la de París, habiendo estudiado detenidamente la compleja cuestión, habían llegado a la conclusión de que las posibles salidas para el cisma se reducían a tres.

Una era la via cessionis, que consistía en que cada uno de los pontífices cediera voluntariamente sus derechos al pontificado, pero se había mostrado totalmente estéril, pues cada uno exigía que el otro renunciase primero y todas las tratativas para hacerlo simultáneamente habían fracasado.

Otra era la via iustitiae o via conventionis, propugnada exclusivamente por Pedro de Luna, antipapa Benedicto XIII, experto en las sutilezas del derecho canónico, y sus partidarios, que consistía en averiguar por la vía jurídica en un coloquio entre ambos pontífices, acompañados por sus respectivos cardenales, cuál era el papa legítimo. Ni que decir tiene que los únicos que pensaban seriamente en semejante solución eran los secuaces del antipapa de Aviñón, por lo que tal opción no conducía a ningún lado.

La tercera era la via concilii, que atribuía al concilio universal la facultad de deponer, por las buenas o por las malas, a cada uno de los pontífices, incluso al legítimo. Existía también la denominada via facti que era, en el fondo, la aplicación por la fuerza de la via concilii. Como fácilmente se ve, esta solución implicaba un altísimo riesgo: que la solución del cisma pasase por el sometimiento de la autoridad del Papa a la del concilio. Tal era, de hecho, la tesis que sustentaban los denominados «conciliaristas».

Precisamente para evitar este riesgo, los partidarios del Papa legítimo, Gregorio XII, habían siempre insistido en que la única solución válida era la de la via cessionis, de modo que quedase garantizada la supremacía del Romano Pontífice. Sin embargo, el tiempo pasaba, el desconcierto aumentaba y nadie era capaz de llegar a una solución por esta vía, lo que daba pie a que las tesis conciliaristas continuasen ganando cada vez más terreno en una opinión pública hastiada de tanta y tan prolongada confusión.

Gregorio XII
Gregorio XII

6. Tres “papas” en vez de dos

Al desgaste de la compleja situación se sumaba la indecisión del Papa legítimo para el encuentro con el antipapa Benedicto XIII, lo cual aumentaba cada vez más la impaciencia de los cardenales de una y otra obediencia ante las interminables tratativas sin fruto alguno. Cuando ya, por fin, se había fijado la fecha y el lugar para el encuentro, Gregorio XII cambió de opinión en el último momento, dejándose llevar por la presión de algunos parientes y consejeros. Casi concomitantemente, decide crear cuatro nuevos cardenales — uno de ellos era el P. Giovanni Dominici, que sería nombrado también Arzobispo de Ragusa —, pues desconfiaba de algunos componentes del Sacro Colegio, que daban muestras ostensivas de su inconformidad con sus decisiones. Tal medida, sin embargo, contrariaba el acuerdo existente de mantener el mismo número de purpurados en ambos colegios cardenalicios, adoptado tradicionalmente a fin de facilitar la solución del cisma. Por si esto no bastase, dos de los neo-cardenales eran sobrinos del Papa.

Fue la gota que colmó el vaso. Siete cardenales abandonan a Gregorio XII y, junto con otros tantos también decepcionados de Benedicto XIII, deciden poner fin al cisma por la vía de los hechos. Se reúnen en Pisa y convocan un supuesto concilio. La posición de estos descontentos era inadmisible incluso desde el punto de vista estrictamente teórico, pues al menos uno de los dos pontífices debía ser necesariamente el verdadero Papa, y por tanto los cardenales se estaban levantando contra el legítimo Sucesor de Pedro. El conciliábulo de Pisa declaró depuestos por la fuerza en 1409 — por supuesto, de modo inválido — a Gregorio XII y a Benedicto XIII. A continuación, con la pretensión de haber resuelto el cisma, los cardenales disidentes convocaron un cónclave para la elección del nuevo Papa. El resultado fue que, si antes había dos “papas”, ahora había tres.

7. El conciliarismo acaricia su propio triunfo

Todo ello no contribuía sino a dar la razón a quienes, cada vez en mayor número, se iban haciendo favorables la “solución” conciliarista. ¿Cómo resolver tan delicado problema? Eran momentos de gran aflicción para quienes, como Giovanni Dominici, se daban cuenta de que lo que estaba en juego no era simplemente la paz y la unidad en la Iglesia — como tampoco la condena de las herejías, y mucho menos aún la reforma del clero —, sino la integridad de la autoridad del Papado en aquel desgraciado momento histórico y en los siglos futuros.

En efecto, si se establecía el principio de que, en caso necesario, el concilio universal tenía autoridad para deponer por la fuerza al Papa legítimo, de nada habría servido resolver el cisma, pues no sólo estaría instaurada una tesis revolucionaria contraria a toda la tradición católica; estaría también sembrada la cizaña que daría origen a innumerables otros cismas en el futuro y que, en definitiva, conduciría a la negación del Primado del Romano Pontífice en toda la Iglesia, esto es, a la destrucción de la misma Iglesia. Era, por tanto, necesario impedir a toda costa que el pérfido conciliarismo apareciese ante la opinión pública como la responsable de la solución del cisma. ¿Pero cómo lograrlo?

El concilio de Constanza (1414-1418), que analizaremos en nuestro próximo artículo, será el campo de batalla sobre el que se librará este combate que marcó la Iglesia y el Papado para los siglos futuros y en el cual nuestro cardenal tuvo un papel decisivo.

 

Pe. Eduardo Caballero, EP

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Acta Sanctorum. Iunii, II, Antwerpen 1867, 388-412.

Bertucci, S.M., «Ioannes Dominici», Bibliotheca Sanctorum, IV, Roma 1995, 748-756.

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Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

Pastor, L. von, Historia de los Papas, I, Buenos Aires 1948, 107-340.

De José a José: a escada da tipologia

Para ascender à cúpula da Basílica de São Pedro, a mais imponente da Cristandade, faz-se necessário o uso de uma escada. A forma curva do monumento impede a implementação de elevadores ou outros avanços da técnica. A cada um dos mais de duzentos degraus, quem vai subindo sente, ao mesmo tempo, o peso do cansaço e o alento da esperança: “Como será o panorama lá de cima?” No fim da árdua empresa, o prêmio compensa os esforços: a ampla visão da Cidade Eterna regala os olhos.

Basilica_Sao_PedroTambém Deus nosso Senhor, o pedagogo infinitamente sábio, leva os homens aos mais altos mistérios da Fé por meio de certos “degraus” por Ele estabelecidos, de modo a facilitar a escalada. Assim, antes da vinda do Messias, Javé multiplicou os sinais, os símbolos e as prefiguras d’Ele. Pensemos no Cordeiro imolado no culto mosaico e sua ligação simbólica com o Sacrifício do Calvário. O próprio Jesus foi chamado por São João Batista “Cordeiro de Deus”.

Também os privilégios de Nossa Senhora foram representados por grandes damas do Antigo Testamento: Maria, a irmã de Moisés, Judith, Esther, Débora e tantas outras. Cada uma delas, sob algum aspecto, foi depositária num grau menor, das perfeições que enriqueceriam de modo indizível a Virgem-Mãe. Tais personagens femininos estão em relação à Mãe de Deus, como tipos para com o arquétipo. Ela, bendita entre as mulheres, reúne em si as perfeições das mais eminentes figuras que a precederam.

Do mesmo modo, para abrir nossos corações ao mistério da santidade de São José, esposo de Maria e pai legal de Jesus Cristo, encontramos na Antiga Aliança uma figura atraentíssima e cheia de virtudes: José do Egito, filho de Jacó[1]. Ele foi tipo do varão perfeito, escolhido por Deus para uma missão de enormes proporções, como foi São José, filho de Davi.

Analisemos e confrontemos ambos os personagens, admirando e adorando a sabedoria e a força de Deus que os santificou e glorificou dessa maneira.

A predileção por José

José, filho de Jacó foi predileto de seu pai: “Israel amava José mais do que todos os outros filhos, porque ele era o filho de sua velhice; e mandara-lhe fazer uma túnica de várias cores” (Gen 37, 3). Sendo filho de Raquel, sua esposa preferida, e tendo nascido dela depois de um longo período de esterilidade, o afeto de Jacó por seu filho José era tenro e intenso, e o vestia com uma elegância e um luxo superior às roupas dos demais. Seus irmãos, ao perceberem esses sentimentos paternos, nutriam por ele uma obscura e sórdida inveja: “vendo que seu pai o preferia a eles, conceberam ódio contra ele e não podiam mais tratá-lo com bons modos” (Gen 37, 4).

***

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capa

 

Pe. Carlos Javier Werner Benjumea, EP

 

[1] A Tradição refere a São José a tipologia de José do Egito, pelo seu grande poder diante do Faraó, de modo a lograr assim a abundância de dons, o que evoca o poderoso patrocínio de São José para que nunca falte o pão da Palavra e da Eucaristia à Igreja. Cf. Ferrer Arellano, Joaquín. San José, nuestro padre y señor. Madrid: Arca de la Alianza, 2006, p. 25

A conversão de São Paulo

Quando Saul estava no termo de sua viagem e próximo a chegar em Damasco[1], viu, de repente, na hora do meio-dia, uma luz se aproximar do céu mais brilhante que o sol, que passou a circunscrevê-lo a ele e seus companheiros. Todos viram esta luz e caíram por terra, tomados de pavor.

Quis Deus primeiramente derrubar o orgulho e a obstinação vaidosa da qual Saulo estava repleto, a fim de que ele pudesse receber com submissão e humildade as ordens que iria lhe dar. Derrubou-o para salvá-lo, diz Santo Agostinho[2].

São Crisóstomo diz que Deus quis que a luz precedesse a voz, a fim de que Saulo tomado divinamente por esta luz tão brilhante, acalmasse um pouco seu furor e estivesse em condições de ouvir com mais docilidade. E, Santo Ambrósio[3] comparando São Paulo, em seu desvario de espírito a um lobo que corre em meio às trevas da noite, diz que ficou como que cego pela luz que viu de repente brilhar ante seus olhos.

É de se notar que Jesus não lhe disse:  − Creia em mim, ou algo do gênero; mas contentou-se em reprovar-lhe a perseguição a que O estava submetendo e pergunta-lhe, de algum modo, diz São Crisóstomo[4], o que podia movê-lo a perseguir Sua pessoa em seus membros, querendo obrigá-lo, por aí, a refletir sobre a injustiça e a violência de seu procedimento[5].

Eis, pois, este lobo devorador transformado de repente num cordeiro. Não tendo ainda conhecimento de quem lhe falava, mas sentindo-se, mesmo assim prostrado abaixo do poder de Deus, ele o chama de Senhor, e pergunta-lhe quem é ele. Aterrado por ouvir dizer que persegue aquele cuja luz brilha ante seus olhos, e cuja voz ressoa a seus ouvidos, enquanto ele julgava estar rendendo um grandíssimo serviço a Deus perseguindo os discípulos de Jesus. Seu pavor chegou ao extremo quando esta voz disse-lhe: Eu sou Jesus de Nazaré, que persegues. Segundo Santo Hilário[6] e Santo Agostinho[7] neste momento ele via Jesus Cristo, que lhe apareceu em pessoa. Tal sentimento, defendido por Calmet[8] é confirmado pela Escritura.

Costuma-se mostrar aos viajantes à Terra Santa, o local onde São Paulo foi derrubado, a três léguas de Damasco, rumo sul. E, no tempo de Santo Agostinho[9], havia no lugar onde ele se tinha convertido, uma igreja.

Segundo a reflexão de São João Crisóstomo, Cristo não disse a Saulo que Ele era Jesus ressuscitado dentre os mortos; nem que era Jesus sentado à direita de Deus Pai. Não lhe disse também, segundo a observação de São Gregório, que fosse o Verbo Eterno, nascido de Deus ante todos os séculos e princípio de todas as coisas. Mas, declara que é este Jesus menosprezado pelos judeus, este Jesus de Nazaré, que eles tinham feito morrer numa Cruz.

Isto, porque Ele queria que, ante a visão de seu próprio desvio, ele se humilhasse subitamente e que tivesse compunção pelo sentimento da ingratidão, pelo qual ele mesmo e todos os judeus eram culpados, por não terem reconhecido a visita do Senhor, nem compreendido o cumprimento das profecias na pessoa deste Homem-Deus.

Te é duro recalcitrar contra o aguilhão. O sentido destas palavras é tomado das juntas de bois atreladas ao carro e que se espetam com o aguilhão. Quanto mais recalcitram, mais são feridas, pois o aguilhão entra-lhes na carne. Quanto mais Saulo se opunha aos desígnios de Deus, querendo destruir sua Igreja, mais ele recalcitrava contra a mão do Todo Poderoso, e mais se cansava inutilmente; o plano de Deus não deixava de se executar.

Finalmente, submeteu-se à graça e à vontade de Deus: Que queres que eu faça?

E o que ele disse uma vez, naquela ocasião, disse-o do fundo do coração a vida toda, pois que a seguir só olhou para a vontade de Cristo para regularizar suas ações.

São Lucas observa que somente então Jesus diz-lhe para entrar na cidade de Damasco, perto da qual estava, e que lá lhe seria dito o que fazer[10].

O Senhor dá a conhecer então a Saulo convertido, a escolha de graças que tinha feito na sua pessoa, para estabelecê-lo no Apostolado dos Gentios, e dizendo-lhe que era por esta razão que lhe tinha aparecido, prometendo aparecer-lhe novamente, a fim de que pudesse, como os demais apóstolos, servir-lhe de testemunho das coisas que tinha visto e que deveria ver a seguir nestas grandes revelações que tinha tido, quando fora elevado até o terceiro céu. Pois era preciso que todos os Apóstolos dessem depoimento de Jesus Cristo, como testemunhas oculares. É também porque São Paulo teve que ser favorecido por estas aparições e revelações extraordinárias, nas quais todos os segredos da Encarnação do Filho de Deus e de sua Ressurreição foram-lhe expostos à luz dos olhos.

Esta cegueira corporal de Saulo era somente uma imagem daquela onde seu espírito e seu coração tinham estado até então, da mesma maneira que a cura milagrosa de sua vista logo depois, foi uma figura da cura bem mais admirável da cegueira tão criminosa de sua alma.

“Eia, pois, exclama São Crisóstomo[11], fazendo alusão aos oráculos contidos nos sétimo e oitavo capítulos do profeta Isaias, aqui está então este ilustre despojo do demônio arrancado do inimigo de Jesus Cristo; eis uma de suas mais poderosas armas, na qual punha sua confiança, que lhe foi arrancada por Aquele que é mais forte que Satanás, depois de tê-lo subjugado. E, o que é mais admirável, é que aqueles mesmos que são inimigos de Jesus Cristo, serviram-lhe nesta ocasião de ministros, para conduzir como num triunfo, à vista de todo mundo, este perseguidor da Igreja, derrotado sob o divino poder d’Aquele que ele perseguia outrora, de maneira tão ultrajante.

Quem poderia excogitar no que pensou e o que fez durante estes três dias!? Estava a repassar em espírito, diz São Crisóstomo, tudo que tinha se passado desde a morte de Jesus Cristo e a de Santo Estevão, também. Afligia-se, recriminava-se ele mesmo por tudo que tinha cometido. Confessava, na presença de Deus, sua própria miséria e sua própria cegueira, e admirava a divina misericórdia. Rezava, e conjurava o Senhor de perdoar-lhe, e de torná-lo digno de reparar todos os males que tinha causado à sua Igreja, fazendo-o cumprir a obra para a qual o destinava[12].

− O nome de Saulo fez estremecer Ananias, porque era conhecido tudo que ele tinha feito em Jerusalém e porque ele vinha para Damasco. Assim, o temor que o impediu de pensar no que dizia e a Quem falava, o Senhor, fizeram-no opor dificuldades em ir procurar Saulo. Ananias, entretanto, sobrepondo-se a seu estupor, para obedecer a Deus, foi procurar Saulo e o batizou.

Assim, recebeu a qualidade de discípulo de Jesus; seus estragos foram esquecidos, não lhe foi feita nenhuma crítica; sua infidelidade já estava submersa no sangue recentemente derramado por Nosso Senhor Jesus Cristo; os sinais de endurecimento que lhe tinham feito outrora rejeitar a luz da verdade, e o véu que impedia o judeu infiel de ver e de reconhecer seu Messias, caíram-lhe juntamente com as escamas dos olhos. Ele passou a ver com alegria e respeito como um ministro de Deus Aquele que ele tinha vindo buscar acorrentado como um criminoso e como um prevaricador da Lei de Deus.

Ainda hoje em dia se mostra, em Damasco, a fonte na qual foi batizado São Paulo.

Na sua primeira epístola ao grande Timóteo, bispo de Éfeso, (1, 12-16) Saulo externa quais eram então seus sentimentos.

Assim é que se deu a célebre conversão do Apóstolo dos Gentios, do Pai espiritual de quase toda a terra. A Igreja, pela qual ele trabalhou tanto e até talvez mesmo mais do que os outros Apóstolos, quis honrar o fato por uma festa solene. Desde há vários séculos ela é celebrada a 25 de janeiro, por ocasião da transladação de suas relíquias.

Na época de sua conversão São Paulo tinha por volta de 36 anos. Segundo Santo Agostinho, abandonou seus bens e, quando pregava o Evangelho ele não possuía nada, razão pela qual São Crisóstomo o chama de homem pobre. Não se sabe se ele era viúvo ou se fora engajado no vínculo do casamento. Mas, o que é certo é que, desde então fez profissão de continência e castidade perfeita, conforme narra Stanto Agostinho.

Tirado de: Histoire complète de Saint Paul Apôtre et Docteur des nations

par l´Abbé Maistre, Paris: Watelier, 1870, pp. 10-19.

Resumo e tradução por Guy Gabriel de Ridder


[1] Act 9,3; 22,6

[2] Agos Serm 175, c.6

[3] De Benedict.Patriarch.c.ult.

[4] Act.hom.16,p.181; S.Aug. in Sl 30

[5] At 9,5-6

[6] De Trinit. 1,3

[7] Serm. 276, « et alii plures » ; Calmet, Comm.

[8] A. Calmet 1672 – 1757, abade de Senones, destacado exegeta francês, escreveu uma “História do Antigo e Novo Testamento”.

[9] Serm.278, c.1

[10] At 26, 16-19

[11] Act. hom. XIX, PP 81-82

[12] At. 26, 18

São José, Esposo da Santíssima Virgem: alguns dados pouco conhecidos

Pai adotivo de Jesus Cristo, testemunho dos prodígios da Encarnação, homem justo, inteiramente dedicado ao serviço de Jesus e de sua santa Mãe, declarado Padroeiro da Igreja universal pelo Papa Pio IX.

S. José, filho de Jacó (Mt I, 15,16), neto de Matã, partícipe do sangue de David e, por conseguinte, descendente em linha direta dos maiores reis de Judá e dos mais ilustres entre os antigos Patriarcas; deve sua principal glória a suas virtudes e à sua qualidade de esposo da Santíssima Virgem.

Diz-nos a Escritura que S. José era homem justo, sendo este o maior elogio que se pode fazer de sua virtude, já que a justiça compreende todas as virtudes. Desposou a Santíssima Virgem, da qual bem sabia ter tomado a resolução de manter a virgindade, estando ele também, por conseguinte, na mesma disposição.

Residia ordinariamente em Nazaré, sobretudo a partir de seu casamento. Autores há que pensam ter ele se fixado anteriormente em Belém e Cafarnaum. Vivia do trabalho de suas mãos, pois que era artesão; é o que S. Mateus refere por faber.

São José foi fiel em corresponder aos desígnios do Padre Eterno, que o tinha encarregado conjuntamente da manutenção do Verbo feito carne e de guardar sua bem-aventurada mãe.

É o que levou São Bernardo a dizer[1]:

“Eis o servo fiel e prudente que Nosso Senhor estabeleceu para sua família, para ser o sustento e a consolação de sua mãe, seu pai provedor e seu digno cooperador na execução de seus desígnios misericordiosos na terra.

“Que felicidade para ele poder ver não somente Jesus Cristo, mas ainda ouvi-lo, tê-lo nos braços, levá-lo de um lugar a outro, acariciá-lo, abraçá-lo, nutri-lo, ser admitido a participar de seus admiráveis segredos, mantidos ocultos ao mundo!”

“Ó prodígio de elevação! Ó dignidade incomparável − exclama o piedoso Gerson[2], dirigindo-se a São José − a Mãe de Deus, a Rainha do Céu vos chama de seu Senhor; o Verbo Eterno vos chama seu pai e vos obedece. Ó Jesus! Ó Maria! Ó José! que formais na terra uma gloriosa trindade, na qual a Augusta Trindade do céu põe todas as suas complacências! O que podemos imaginar aqui embaixo de tão grande, tão bom, tão excelente!?”

É de se crer que São José tenha morrido antes do início da vida pública do Salvador. Não está presente nem nas bodas de Canaã, nem em outras circunstâncias da predicação de Jesus. Além do mais, na cruz, o Divino Salvador recomenda sua Mãe a S. João, o que não teria feito sem dúvida se ele estivesse vivo. Não é possível duvidar que o Santo Patriarca tenha tido a felicidade de expirar nos braços de Jesus e Maria. É por esta razão que São José é invocado para obter a graça de uma boa morte, além da presença espiritual de Jesus nesta hora decisiva da eternidade.

Diz-se que seu túmulo está no vale de Josafá, ao pé do Monte das Oliveiras[3], mas os Antigos não tratam disso. Não se mostram relíquias de seu corpo em lugar algum, mas tão somente alguns de seus móveis, e seu anel nupcial, que se julga existir em Pozzuoli, Nápoles, na Itália.

Além do mais, está guardado até hoje um “cinto de São José” na igreja de Notre-Dame de Joinville[4] trazido do Oriente pelo Rei São Luis e pelo senhor de Joinville, cuja descrição é a seguinte: “o cinto consiste num tecido de fio ou de cânhamo, bastante grosso e de cor acinzentado; tem um metro de comprimento e 35 a 45 milímetros de largura; uma fivela de marfim está presa na extremidade. Uma inscrição em latim informa ‘esta cinta é aquela com a qual se cingia José, esposo de Maria’”.

Quanto ao relicário que a continha, do século XIII, era de vermeil e, outrora incrustado de ricas pedrarias, expropriadas pela Revolução Francesa.

Seu nome está inscrito a 19 de março desde os mais antigos martirológios, embora sua festa se tenha iniciado a celebrar um tanto tardiamente.

A devoção particular tida por Santa Teresa muito contribuiu para aumentar a solenidade de seu culto. O assunto é abordado por ela no 6º capítulo de sua vida:

“Escolhi o glorioso São José como meu padroeiro e recomendo-me a ele em todas as ocasiões. Não me lembro de ter pedido alguma coisa a Deus por meio dele e de não ter sido atendida. Nunca conheci alguém que o invocasse e que não fizesse notáveis progressos na virtude. Sua credibilidade junto a Deus é de uma eficácia maravilhosa para todos aqueles que se dirigem a ele com confiança.”

São Francisco de Sales dedica uma de suas entrevistas espirituais (19ª) em recomendar a devoção a São José e a louvar suas virtudes, sobretudo sua castidade, sua humildade, sua constância e sua coragem.

Foi este santo objeto de uma infinitude de elogios da parte dos Santos Padres. Seus milagres são muito numerosos.

(Fonte: Les hommes illustres de la primitive Église ou Les hèbreux & les gentils qui furent les témoins immediats de Jésus-Christ et des Apôtres par l’Abbé Stéphane Maistre Paris : F. Wattelier et cie. libraires, 1874, pp. 46-53)

Tradução de Guy Gabriel de Ridder


[1] S. Bern., Sermo 2 super missus est. nº 16, p. 742

[2] Serm. de Nativit.

[3] Perto do sepulcro do santo ancião Simeão. Cfr. legitur apud Bedam “de locis Sanctis”, t. 6

[4] Joinville, comuna do leste da Franca na região administrativa da Champanha-Ardenas, no departamento de Haute-Marne.

São João Maria Vianney: a sabedoria de um “ignorante”

“Porque pregas de modo tão simplório? Fazes papel de ignorante. Por que não pregas a lo grande como nas cidades? Ah! Como me deleito com estes grandes sermões que não incomodam a ninguém, que deixam as pessoas viverem à seu modo, fazendo o que querem!”[1]. Este foi o elogio que recebeu São João Maria Vianney de uma possessa. Com efeito, sem se incomodar por isto, este santo era tido, por muitos, como sendo ignorante e falho de inteligência; entretanto, mal sabiam os doutos de sua época que em realidade este varão foi um grande sábio, uma vez que entendia tudo pelas causas altíssimas, ou seja, pela visão de Deus.

De fato, nestes tempos, a etiqueta consistia em fazer sermões baseados em Chateaubriand ou em Lacordaire, tentar imitar a Bossuet, enfim, primar mais por floreios retóricos e por um estilo academista, do que tentar atingir o fundo da alma dos fiéis e convertê-los.

Deus, porém jamais abandona seu povo. Assim, neste período de progresso científico, que foi o século XIX, em plena Revolução Industrial, quando a humanidade esperava tudo das máquinas e do desenvolvimento científico, a Sabedoria Divina suscita um varão que em sua simplicidade arrebata as almas, voltando seus olhos para a verdadeira realidade: o mundo sobrenatural, a ciência da Cruz.

Ao lermos um texto, ou ouvirmos um discurso, esperamos de nosso autor, que tenha mais do que simplesmente “dom”. O que realmente nos atrai é quando percebemos não só o dom, mas sua genialidade. Contudo, há algo ainda mais sublime do que a conjugação de dom e genialidade: é quando constatamos que nosso autor é inspirado. Com efeito, o que nos é mais leve e agradável de ler do que as Sagradas Escrituras? Entretanto, não é simples seu estilo?

O mesmo se dava com o Cura de Ars que, obtuso olhos do mundo, tornava-se sutil e penetrante com seus exemplos, e maravilhava seu auditório, convidando-o assim à sincera conversão: “Meus filhos, se vós vísseis um homem erigir uma grande fogueira, amontoar galhos uns sobre os outros, e que, perguntado-lhe o que está fazendo, ele vos responde: “Estou preparando o fogo que me deve queimar”, o que pensaríeis? E se vísseis este mesmo homem aproximar uma chama dos galhos, e, quando acesa a fogueira, se jogar dentro… o que diríeis? Cometendo o pecado é assim que nós procedemos. Não é Deus que nos precipita nos inferno, somos nós que nos jogamos…”

Não é de se reconhecer nisto uma profunda sabedoria? Não são palavras penetrantes e inspiradas? Não demonstra este santo um grande conhecimento de Deus? Com efeito, o grande Santo Tomás de Aquino – que por um certo prisma estaria no oposto de nosso Cura de Ars – nos define: “Sábio se chama, em cada gênero, quem conhece a causa altíssima desse gênero pela qual pode julgar tudo o mais. Sábio, absolutamente falando, é aquele que conhece a causa altíssima absoluta, isto é, Deus. Por isso, o conhecimento das coisas divinas chama-se sabedoria. O conhecimento, porém, das coisas humanas chama-se ciência.”[2] Tal definição é a própria imagem deste humilde pároco de Ars.

Dentre seus diversos dons, São João Maria Vianney era propriamente um diretor espiritual. Dotado de um profundo discernimento dos espíritos sabia ele como “dar a volta” nas consciências mais endurecidas. Deste aspecto de direção espiritual, diz-nos o Catecismo da Igreja Católica (2690): “O Espírito Santo dá a certos fiéis dons de sabedoria, de fé e de discernimento em vista do bem comum que é a oração (direção espiritual). Aqueles e aquelas que têm esses dons são verdadeiros servidores da tradição viva da oração.” Bem nos ilustra este caso de um pobre penitente impregnado pelo espírito de sua época:

Certo dia, o Cura de Ars vê entrar em sua sacristia um personagem elegante que, aproximando-se dele, se apressa em dizer:

“Senhor padre, não venho de modo algum me confessar. Vim para argumentar convosco.

– Ah! meu caro amigo, vós vos expressais bem mal, responde o Senhor Vianney, eu não sei argumentar… Mas se vós precisais de alguma consolação, coloque-se ali…”

E o Cura de Ars designa o lugar onde habitualmente se ajoelham seus penitentes, acrescentando: “Credes que muitos outros se ajoelharam antes de vós e não se arrependeram…

-Mas, senhor padre, já tive a honra de vos dizer que não vim para me confessar, e isto por uma razão que me parece simples e decisiva. E é que eu não tenho fé. Assim como não acredito na confissão, não acredito em todo o resto.

– Meu amigo, vós não tendes fé? Ah! como eu vos lastimo! Uma criancinha de oito anos sabe, com seu catecismo, mais do que vós. Eu me julgava bem ignorante, mas vós sois ainda mais do que eu, pois que vós ignorais as primeiras coisas que é preciso saber…”

O senhor Vianney continua a falar – e volta à sua ordem inflexível e doce:

“Coloque-se ali, e eu vou ouvir a vossa confissão.

– Senhor padre, responde o outro que começa a perder sua convicção, é uma comédia que vós me aconselhais a representar convosco! Peço-vos que considere que eu não vejo nenhuma graça. Não sou comediante…

– Coloque-se ali, estou dizendo!”

E o interlocutor se encontra de joelhos “sem desconfiar e quase apesar de si mesmo”. Ele se levantará alguns instantes mais tarde, não somente consolado, mas “perfeitamente crente” – tendo tomado, para ir à fé, um caminho curto e fulminante.[3]

Como o definiu o próprio santo de Ars: “Os que são conduzidos pelo Espírito Santo têm idéias certas. Eis porque há tantos ignorantes que sabem mais do que os sábios.”

Enfim, eis alguns traços de uma inteligência brilhante, pois posta em Deus, de um que se deixou levar pelo Espírito Santo, sem opor resistência. Mesmo se sua natureza não lhe ajudou, soube este santo, sendo fiel às graças, abeberar-se no manancial da Sabedoria Eterna. Muito nos ensina, sobre a sabedoria, o grande Cornélio à Lápide, retomando São Paulo:

“Escutai são Paulo escrevendo aos Coríntios: “Para mim, meus irmãos, quando vim vos anunciar o testemunho do Cristo, não vim na sublimidade dos discursos da sabedoria; pois não quis saber de outra coisa entre vós do que de Jesus Cristo, e de Jesus Cristo crucificado” […]. Aquele que o mundo cristão chama de grande Apóstolo merece certamente ser ouvido quando nos ensina em que consiste a verdadeira sabedoria; ora, ele a emprega toda inteira em conhecer a Jesus Cristo, e Jesus Cristo crucificado… A ciência de Jesus Cristo e de sua cruz, eis a verdadeira sabedoria, e toda a sabedoria […].

“Aprender a sabedoria, é aprender a conhecer, a amar, a servir a Deus, a tender ao fim para o qual o homem foi criado e resgatado…

“A verdadeira sabedoria consiste em conhecer a Jesus Cristo, e o que ele faz por nós… Ela consiste em conhecer a lei de Deus, a religião, a praticá-la; a praticar a virtude, a fugir do vício. Aí está toda a sabedoria…; fora disto está a loucura…”[4]

Enfim, podemos concluir, com o catecismo que, belamente, nos ensina:

“A Sabedoria é um eflúvio do poder de Deus, emanação puríssima da glória do Todo-Poderoso; por isso nada de impuro pode nela insinuar-se. É reflexo da luz eterna, espelho nítido da atividade de Deus e imagem de sua bondade (Sb 7,25-26). A sabedoria é mais bela que o sol, supera todas as constelações. Comparada à luz do dia, sai ganhando, pois a luz cede lugar à noite, ao passo que, sobre a Sabedoria o mal não prevalece (Sb 7,29-30). Enamorei-me de sua formosura (Sb 8,2).” (2500)

Diác. Michel Six, EP


[1] Cf. SAINT PIERRE, 1963, p 192.

[2] II-II Q. 9, a. 2.

[3] Cf. SAINT PIERRE, 1963, p. 254-256.

[4] BARBIER, 1885, p.329 e 331.

São Maximiliano Maria Kolbe, o mártir da caridade

1. Infância

Raimundo Kolbe nasceu a 8 de janeiro de 1894, em Zdunska Wola, na Polônia, de família pobre que lhe proporcionou pouco conforto material, mas profundamente religiosa, que lhe ofereceu um profundo espírito católico e de aderência à vontade de Deus.

Ainda quando menino, possuía um defeito muito definido: gostava demasiado de brincar. Era muito vivo e alegre. Sua mãe insistia que ele chegasse num determinado horário em casa, mas ele a desobedecia com freqüência, ultrapassando esse limite de tempo. A mãe, sumamente religiosa e perspicaz, deu-se conta da futura gravidade que poderia adquirir esse pequeno defeito.

Certo dia, quando ele tinha 10 anos, chegou especialmente atrasado em casa, devido a brincadeiras com seus amigos. A sua genitora decidiu chamar-lhe a atenção. De modo firme, porém com carinho, mostrou-se desgostosa com ele, e no final perguntou-lhe: “Meu pequeno, o que vai ser de você?” Ele nada disse, e retirou-se.

 2. Aparição de Nossa Senhora

A família de São Maximiliano possuía um pequeno altar no qual, após a repreensão, ele ficou horas rezando e chorando diante deste altar, o que deixou a sua mãe preocupada.

Um dia ela foi perguntar o que tinha acontecido com ele, dizendo que para sua mãe devia contar tudo. Com lágrimas nos olhos ele contou o que lhe tinha acontecido.

Ele revelou que após o “puxão de orelhas” de sua mãe, quando ela perguntou a ele o que seria dele, rezou muito a Nossa Senhora para Ela dizer o que seria dele. Em seguida, indo à igreja, rezou novamente. Então Nossa Senhora apareceu a Raimundo tendo nas mãos duas coroas, uma branca e outra vermelha. Olhava-o com afeto, e perguntou qual das duas ele queria. A branca significava que perseveraria na prática da pureza; a vermelha, que seria mártir. Respondeu que queria as duas. Então a Virgem o olhou docemente e desapareceu.

 3. Vida apostólica

Aos 13 anos, entrou no seminário dos Frades Menores Conventuais e recebeu o nome de Maximiliano Maria. Concluindo os estudos preliminares, foi enviado a Roma para obter doutorado em filosofia e teologia.

Em 1917, movido por um incondicional amor a Maria, fundou o movimento de apostolado mariano com o nome de “Milícia da Imaculada”. A milícia seria uma ferramenta nas mãos de Nossa Senhora para a conversão e santificação de muitos. No ano seguinte foi ordenado sacerdote e enviado de volta à Polônia, onde foi mandado lecionar num seminário franciscano em Cracóvia, onde organizou o primeiro grupo da “Milícia da Imaculada” fora da Itália.

Recebendo a permissão de seus superiores para dedicar-se mais à promoção de seu apostolado mariano e desejoso de que muitas almas conhecessem a Deus e amassem sua Mãe, começou a evangelizar através da imprensa escrita. Em 1922, mesmo sem dispor de recursos financeiros, fundou uma revista mensal intitulada “Cavaleiro da Imaculada”, que poucos anos depois chegava à elevada tiragem de um milhão de exemplares. A esta revista seguiram-se outras iniciativas editoriais: uma revista para crianças, “Pequeno Cavaleiro da Imaculada”; uma revista latina para sacerdotes, “Miles Immaculatae”, e um diário que chamou de “Pequeno Jornal”, com 200 mil exemplares. O apostolado da imprensa era seu carisma.

São Maximiliano em 1937 com o hábito franciscano

Em 1929 fundou um convento, que era local para trabalhos dos franciscanos e de oração chamado “Niepokalanow”, que significa cidade de Maria. Dois anos depois foi para o Japão, a pedido do Santo Padre, onde fundou outra cidade da Imaculada, e criou ali uma revista com o nome de “Cavaleiro da Imaculada.” Chegou a instalar uma emissora de rádio e a estender suas atividades apostólicas: entre 1930 e 1936 foi missionário em Nagasaki.  Ele desejava ir à Índia, mas teve que voltar a Polônia como diretor espiritual de “Niepokalanow” em 1936.

No dia 1º de setembro de 1939, as tropas alemãs tomaram a Polônia de surpresa, destruindo qualquer resistência. Os frades foram dispersos e Niepokalanow foi saqueada. Frei Maximiliano e cerca de 40 outros frades foram levados para os campos de concentração, mas acabaram sendo libertados na celebração da Imaculada Conceição do mesmo ano. Em 17 de Fevereiro de 1941 frei Maximiliano é novamente preso pelas tropas alemãs e transferido para Auschwitz em 25 de Maio como prisioneiro de número 16670.

Em resposta ao ódio dos guardas do campo de concentração, Frei Maximiliano era obediente e sempre pronto a perdoar. E aconselhava os colegas prisioneiros a confiar na Imaculada, a perdoar, a amar os inimigos e orar pelos perseguidores. Era notado pela generosidade em dar o seu alimento aos outros, apesar dos prejuízos da desnutrição que sofria, e por ir sempre ao fim da fila da enfermaria, apesar da tuberculose aguda que o afligia.

4. Martírio

Na noite de 3 de agosto um dos prisioneiros que estava na mesma seção de São Maximiliano conseguiu fugir do campo de concentração e, em represália ao acontecimento, o comandante das tropas ordenou a morte por inanição de dez prisioneiros desta seção. Estes foram escolhidos aleatoriamente. Dentre os escolhidos havia um general que lamentava por nunca mais ver sua esposa e seus filhos, ao que São Maximiliano se ofereceu como vítima em seu lugar. O comandante aceitou.

Os 10 prisioneiros, despidos, foram empurrados numa pequena, úmida e totalmente escura sala dos subterrâneos, para morrer de fome. Durante 10 dias Frei Maximiliano conduziu os outros prisioneiros com cânticos e orações, e os consolou um a um na hora da morte. Após esses dias, como ainda estava vivo, recebeu uma injeção letal e subiu ao Paraíso. Era o dia 14 de agosto de 1941.

O corpo de São Maximiliano Maria Kolbe foi cremado e suas cinzas atiradas ao vento. Numa carta, quase prevendo seu fim, escrevera: “Quero ser reduzido a pó pela Imaculada e espalhado pelo vento do mundo”.

5. Glorificação

Ao final da Guerra, começou um movimento pela beatificação do Frei Maximiliano Maria Kolbe, que ocorreu em 17 de outubro de 1971, pelo Papa Paulo VI.

Em 1982, na presença de Franciszek Gajowniczek, o general pelo qual São Maximiliano ofereceu sua vida, e que sobreviveu aos horrores de Auschwitz, São Maximiliano foi canonizado pelo Papa João Paulo II, como mártir da caridade.

Santa Josefina Bakhita: A Estrela que ilumina o caminho que conduz à verdadeira liberdade

Podemos encontrar uma verdadeira estrela que despontou, resplandecendo no meio das trevas do paganismo e da escravidão! Bakhita nasceu no Sudão, região de Darfur na África, no ano de 1869, e através de suas poucas informações sabemos que sua aldeia natal é Olgossa, cuja pronúncia é “algoz”, que em árabe significa “Dunas de Areia”. De família abastada, seu pai possuía terras, plantações e gado; ele era irmão do chefe da aldeia. Sua família era composta pelos pais e sete filhos, sendo muito unidos e afeiçoados. Muito embora a descrição dessa aurora da Bakhita deixa entrever um céu límpido, não tardará em ser coberto por nuvens de tribulações, como veremos adiante.

Os dois gigantes opressores: “ O paganismo e a escravidão”

Sabemos que a verdadeira paz só se encontra em Deus. Embora a família da Bakhita tivesse uma conduta moralmente irrepreensível, de acordo com a lei natural, infelizmente os seus contemporâneos ainda não tinham sido beneficiados pelas benção da Igreja e da fé.

Vejamos o contexto histórico da época: em 1821 Mohamed Ali envia dois exércitos para conquistarem o Sudão. O objetivo político era de instaurar uma dinastia própria na região, e os objetivos práticos eram de saquear riquezas e capturar escravos a serem vendidos no mercado.

No ano de 1874, a irmã mais velha da Bakhita foi raptada. A dor dilacerou o coração daquela família tão unida e feliz. “Bakhita,” não foi o nome que recebera dos pais quando nasceu: no ano de 1876.  Com mais ou menos 7 anos de idade, foi raptada e arrancada do seio de sua família. A pequena menina tomada de pavor, foi levada brutalmente por dois árabes e foram eles que impuseram o nome de “Bakhita”, que significa: “afortunada”.

A pequena escrava, depois de um mês de prisão, foi vendida a um mercador de escravos. Na ânsia de voltar para casa, Bakhita se arma de coragem e tenta fugir. Porém, foi capturada por um pastor e revendida a outro árabe, homem feroz e cruel, que, por sua vez, revendeu-a a outro mercador de escravos. Novamente ela é vendida a um general turco, cuja esposa era uma mulher terrivelmente má. Desejou marcar suas escravas e Bakhita estava entre elas. Chamou então um tatuador que, com uma navalha, ia marcando os corpos das meninas que se contorciam de dores, mergulhadas numa poça de sangue. Bakhita recebeu no peito, no ventre e nos braços 114 cortes de navalha que eram esfregados com sal para que as marcas ficassem bem abertas. As jovens escravas foram jogadas sem tratamento e nenhum cuidado, durante um mês.

No ano de 1882, o general turco vendeu Bakhita ao agente consular Calisto Legnani que seria, para ela, seu anjo bom. Na casa do cônsul, Bakhita conheceu a serenidade, o afeto e os momentos de alegria, lembranças dos momentos felizes na casa dos pais. Em 1885 o Sr. Calisto é obrigado a retornar à Itália; Bakhita pede para acompanhá-lo e obtêm consentimento. E assim partiram em companhia de um amigo, o Sr. Augusto Michieli, a quem o cônsul presentearia em Gênova com a jovem africana.

Chegando na Itália com seu 7º “patrão”, o rico comerciante Michieli, foi para vila Zianino de Mirano Veneto onde Bakhita se tornou babá de Mimina, a filhinha do casal. Apesar de serem pessoas boas e honestas, não eram praticantes da religião. Como sempre, Deus tem suas vias e acabou colocando no caminho de Bakhita, o administrador dos Michieli, Iluminato Chechini. Iluminato era um homem muito religioso e logo se preocupou com a formação religiosa de Bakhita; e ao dar um crucifixo a ela, disse em seu coração: “Jesus, eu a confio a Ti”. Quando os Michieli tiveram de voltar para Suakin, na África, por motivos de negócios, Bakhita e a pequena Mimina ficaram aos cuidados das Irmãs Canossianas, em Veneza, e isto graças ao Sr. Iluminato.

Bakhita iniciou o catecumenato (catequese para receber os sacramentos iniciais), no Instituto das Irmãs. Ao final de nove meses, a Sra. Maria Turina voltou à Itália para buscar sua filhinha Mimina e aquela que considerava sua escrava, pois retornariam à África. Naquele instante, Bakhita já toda apaixonada por Jesus, prestes a receber os sacramentos, recusa-se a voltar para a África, apesar do afeto que nutria pela família Michieli e principalmente pela pequena. Sentia em seu coração um desejo inexplicável de abraçar a fé e vivê-la para sempre. Apesar dos apelos e até ameaças da Sra. Michieli, nossa jovem africana não cedeu em sua resolução. Bakhita estava livre, na Itália não havia escravidão. Sua patroa retornou à África com sua filha e Bakhita prosseguiu com sua catequese, feliz mesmo sabendo que seria a última chance de rever seus familiares na África.

No dia 09 de janeiro de 1890, Bakhita é batizada, crismada e recebe a Primeira Comunhão das mãos do Patriarca de Veneza. No batismo recebe o nome de Josefina Margarida Bakhita. Ela descreverá este dia como mais feliz de sua vida: sentir-se filha de Deus era-lhe uma emoção inigualável, assim como receber Jesus na Eucaristia. Bakhita nutria em seu coração o sublime desejo de se tornar religiosa: “uma Irmã Canossiana”. Foi então aceita na congregação das Filhas da Caridade Canossianas, servas dos pobres e, depois de três anos de noviciado, no dia 08 de dezembro de 1896 pronunciou os votos de: Castidade Pobreza e Obediência. Depois da profissão religiosa, nossa Irmã Bakhita foi transferida para a cidade de Schio, em outra obra da Congregação, e lá permaneceu por 45 anos, onde passou a ser conhecida como a “Madre Morena”. Irmã Bakhita era atenciosa com todos, sem distinção, desde as crianças do colégio, seus pais, sacerdotes, com suas irmãs religiosas, sempre levando a todos palavras de conforto, consolo e amor incondicional a Deus Pai. Em todas as funções que exerceu, sempre colocou seu coração doce e sincero: na Igreja, na Sacristia, na portaria ou na cozinha, era tudo para todos, com seu sorriso de anjo.

Irmã Bakhita, em sua infância na África, mesmo sem saber nada de Deus, pensava em seu coração inocente e puro, quando olhava a lua e as estrelas: “Quem será o patrão de todas estas coisas?”. Oh! Bakhita, Deus já estava te preparando para Ele! Bakhita sonhava com a conversão do povo africano e, no dia de sua profissão religiosa, rezou: “Ó Senhor, se eu pudesse voar lá longe, entre a minha gente e proclamar a todos, em voz alta, a tua bondade. Oh! Quantas almas eu poderia conquistar para Ti! Entre os primeiros, a minha mãe e o meu pai, os meus irmãos, a minha irmã ainda escrava… e todos, todos os pobres negros da África. Faça,  ó Jesus, que também eles te conheçam e te amem!”.

No ano de 1947 Bakhita adoeceu, já quase sem forças, em cadeira de rodas, passava horas em oração, em adoração e contemplação. Era o dia 08 de fevereiro de 1947, nossa Irmã Morena balbuciava: “Como estou contente! Nossa Senhora! Nossa Senhora!”. Depois de algum tempo, em seus últimos momentos, disse: “Vou devagarinho para a eternidade… Vou com duas malas: uma contém os meus pecados; a outra, bem mais pesada, contém os méritos infinitos de Jesus Cristo. Quando eu comparecer diante do Tribunal de Deus, cobrirei a minha mala feia com os méritos de Nossa Senhora. Depois abrirei a outra e apresentarei os méritos de Jesus Cristo. Direi ao Pai: ‘Agora julgai o que vedes’. Estou segura de que não serei rejeitada! Então me voltarei para São Pedro e lhe direi: ‘Pode fechar a porta porque eu fico!” Às 20 horas, irmã Bakhita entrega sua alma a Deus. O povo em grande multidão quer dar o último adeus à Madre Morena, sua fama de santidade se espalhou rapidamente e todos recorriam ao seu túmulo pedindo sua intercessão. Em 17 de maio de 1992 foi beatificada e, no dia 1 de outubro de 2000, foi elevada à honra dos altares, declarada “Santa” pelo Santo Padre, o Papa João Paulo II, sendo que o milagre que a levou a ser reconhecida como Santa, aconteceu em Santos, no Brasil. Santa Bakhita deve sempre inspirar sentimentos de confiança na Providência, doçura para com todos e alegria em servir.

Por Alessandro Scherma Schurig