El Primado Petrino

1. San León Magno y el Ministerio Petrino

Un inicio interesante para el estudio del Ministerio Petrino es el pontificado de san León Magno (León I, 440-461)[1], pues constituye un punto de inflexión en la historia del Primado Romano. En el Sacramentario Leoniano[2] se puede leer que el «magisterio» de los Apóstoles Pedro y Pablo gobierna la Iglesia. León I se refería a la Iglesia Romana como magistra; no tenía ninguna duda acerca de su autoridad sobre el concilio; es más, confirmó la doctrina definida por el Concilio de Calcedonia (451), una práctica pionera en el ejercicio del Primado Romano, que será mantenida después de él y considerada como necesaria para la autoridad de un concilio ecuménico[3]. Su Epístola dogmática[4] fue aclamada con transportes de entusiasmo por los Padres reunidos en Calcedonia, casi todos orientales, con la famosa exclamación: «¡Pedro dijo esto a través de León!»[5], un hecho fundamental que con frecuencia es olvidado[6]. En el ejercicio de su autoridad, por un lado confirmó las conclusiones doctrinales del concilio; por otro, no aprobó los cánones. En efecto, una vez que los legados pontificios hubieron partido de regreso a Roma, en la decimoquinta sesión, en que se debían promulgar los cánones ya concordados previamente, se incluyó el canon 28, que declaraba equiparable en dignidad la sede de Constantinopla a la Sede Romana, cosa que en ningún momento se había discutido en presencia de los representantes del Papa, los cuales, al conocer la noticia, protestaron solemnemente. Es significativo que, después de este desagradable incidente, los Padres Conciliares, antes de separarse, dirigieran una carta de sumisión y respeto al Romano Pontífice[7].

San León Magno desarrolló el concepto de soberanía petrina basado en Mt 16,18 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» – como perteneciente a la Sede Romana, poniendo en realce que el Papa no es solamente el heredero de san Pedro en el sentido jurídico romano de la expresión, con el poder emblemático de las llaves, sino también en cuanto Vicario de san Pedro que tiene la misión especialísima de guiar y gobernar la Iglesia, así como el derecho de intervenir y decidir las cuestiones eclesiásticas de otras iglesias[8]. Es verdad que no faltan hechos históricos que indican un rechazo del Primado de Jurisdicción Universal del Obispo de Roma por parte de Oriente[9], sin por ello dejar de reconocer su autoridad en materia doctrinal[10]. Sin embargo, el polvo de la Historia, levantado por los caballos de los bárbaros primero o del Islam más tarde, acabó sepultando las diferentes sedes primaciales y patriarcales; la única que prevaleció fue Roma, pues su supremacía estaba fundada sobre una Roca divina[11].

Le cupo precisamente a san León Magno, a petición del medroso emperador, la gloria de enfrentarse prácticamente solo a Atila, que en la primavera del año 452 se aprestaba a marchar sobre Roma para castigar el imperio depravado. El Papa, majestuoso e imponente, pontificalmente revestido, le salió al encuentro cerca de Mantua, donde principalmente su acción de presencia hizo cambiar de opinión al bárbaro rey de los hunos. El látigo de Dios, interpelado después por sus súbditos, confesó que mientras hablaba con el Romano Pontífice veía encima de él un personaje vestido con trajes sacerdotales que blandía una espada amenazándolo si no obedecía a Léon I[12].

San_Leon_vs_Atila

2. Fundamento bíblico del Primado de Pedro

Pero ¿en qué se funda el Primado Petrino? Detengámonos brevemente sobre una de las fuentes bíblicas más importantes en este sentido. Si analizamos la historia del texto de Mt 16,18, encontraremos que nunca un texto sagrado ha sido discutido de modo tan vehemente y apasionado como éste, ya que las consecuencias de su interpretación en un sentido o en otro se reflejan inmediatamente en la vida de la Iglesia. Durante siglos nadie puso en duda su autenticidad. Habría de llegar el racionalismo de finales del siglo XIX, unido al historicismo protestante del siglo XX, para intentar descalificarlo. Unos dicen que fue un texto manipulado por cristianos allá por el año 130 para dar la primacía a San Pedro y a sus sucesores. Ahora bien, esto cae por su propio peso, pues ni en el Diatessaron (armonía de los cuatro evangelios), de Taciano (mediados del siglo II), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV, así como en los 4.000 códices anteriores al siglo IX, aparece ningún rastro de alguna posible adulteración en este sentido. Por otra parte, sería extraño que una semejante manipulación no apareciese también en los evangelios de san Marcos o de san Lucas, que ni siquiera mencionan el hecho narrado en Mt 16,18. De hecho, Eusebio de Cesarea (260?-340?) explica en su famosa Historia eclesiástica que san Pedro, estando en Roma, por humildad no quiso mencionar a san Marcos, que lo auxiliaba, un hecho que fácilmente le habría dado prestigio y credibilidad. En cuanto al evangelio de san Juan, se ocupa menos de san Pedro porque las circunstancias históricas en que fue escrito – la lucha contra los gnósticos – no lo permitieron, no obstante lo recuerda en Jn 1,42 y en Jn 21,2ss (entrega del primado: «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]»).

Veamos rápidamente algunos datos significativos sobre el fundamento bíblico del Primado Petrino[13]. San Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento, donde es mencionado 114 veces en los cuatro Evangelios y 57 veces en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre aparece siempre en primer lugar en la lista de los Apóstoles; habla en nombre de todos (Lc 12,41; Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 18,28), o responde por ellos (Jn 6,68; Mt 16,16; Mc 8,29), o actúa por todos (Mt 14,28; Mc 8,32; Mt 16,22; Lc 22,8; Jn 18,10). Otras veces los evangelistas se refieren a los Apóstoles diciendo «Pedro y los suyos» (Mc 1,36; Lc 8,45; 9,32; Mc 16,7; He 2,14.37). Jesús lo elige después de hacer un gran milagro (Lc 5,1-11); se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc 5,3); se hospeda en su casa (Mc 1,29); sana a su suegra (Mt 8,15); lo asocia en el pago del tributo (Mt 17,24-27); lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), a la transfiguración (Mc 9,2) y a la agonía en Getsemaní (Mc 14,33); es el primero a quien lava los pies en la última cena (Jn 13,6); es el primero al que se le aparece resucitado (Lc 24,34); es el único de los Doce que nombra para que se le comunique el mensaje de la Pasqua (Mc 16,7). San Juan espera a san Pedro para que éste entre primero en el sepulcro vacío de Jesús (Jn 20,2-8).

Después de la Ascensión de Jesús y Pentecostés, vemos a san Pedro ejercitando el Ministerio Petrino. Así, completa el Colegio de los Apóstoles con la elección de san Matías (He 1,15ss); el día de Pentecostés habla en nombre de los Apóstoles (He 2,14ss); defiende ante las autoridades judías el derecho de los Apóstoles de predicar a Cristo (He 4,8ss); condena a Ananías y Safira (He 5,1-11); es inspirado a abrir las puertas de la Iglesia también a los paganos con la conversión del centurión Cornelio (He 10,47); preside el Concilio de Jerusalén (He 15,11ss); la Iglesia entera eleva súplicas por su liberación durante su encarcelamiento por parte de Erodes (He 12,5).

San Pedro Apóstol
San Pedro Apostol

Por otra parte, San Pablo señala de una manera preeminente la importancia de san Pedro como cabeza de la Iglesia. Después de su estancia en Arabia se dirige a Jerusalén para verlo (Ga 1,18); reconoce en él una de las columnas de la Iglesia (Ga 2,9); lo coloca el primero entre los testigos de las apariciones de Cristo resucitado (Cor 15,5); en su enfrentamiento con él en Antioquía, donde le denuncia públicamente su actitud frente a los paganos, confirma su primado al reconocer su autoridad (Ga 2,11ss).

En la interpretación de Mt 16,18-19, se pone normalmente de relieve la triple metáfora usada por Nuestro Señor. Por un lado, san Pedro es fundamento de la Iglesia, pues es comparado con los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a todo el edificio. Por otro, la potestad de jurisdicción de san Pedro también está figurada en la metáfora de las llaves, que en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. Por último, aparece la imagen de atar y desatar: es análogo a poner o quitar un lazo, crear o abolir una ley que obliga en conciencia.

Se trata de indicios que, tomados uno a uno aisladamente podrán suscitar escepticismo en algún espíritu racionalista, pero que considerados en su conjunto constituyen un poderoso aparato argumentativo, pues tal conjunto muestra la convergencia de los signos en la dirección de la afirmación del primado indiscutible de san Pedro, dado por Nuestro Señor Jesucristo y reconocido por todos.

3. El testimonio de la Tradición: la Liturgia y los Padres

Una de las preguntas que vienen a la mente al tratar del Primado Romano es por qué la Iglesia celebra en días diferentes la fiesta de san Pedro Apóstol (junto con la del Apóstol san Pablo[14], el 29 de junio) y la fiesta de la Cátedra de Pedro (22 de febrero). La razón es obvia y proviene de la propia Tradición, que quiso realzar esta última celebración. La más antigua memoria que se tiene de su conmemoración se encuentra en un calendario del año 354. En el Martyrologium Hieronymianum, el más antiguo catálogo de mártires cristianos de la Iglesia Latina, compuesto entre los años 431 y 450, se recoge la festividad de la Cátedra de Pedro en dos fechas diversas: el 18 de enero, su cátedra en Roma, y el 22 de febrero, su cátedra en Antioquía, actualmente unificada en una sola fiesta en esta última fecha[15]. También se conocen referencias a ella en dos homilías del siglo V[16]. En el Misal Romano se explica el significado de la fiesta diciendo que con el símbolo de la cátedra se pone de relieve la misión de maestro y de pastor conferida por Nuestro Señor Jesucristo a san Pedro, que, en su persona y en la de sus sucesores, son principio y fundamento visibles de la unidad de la Iglesia. El Martirologio Romano especifica que la sede que se venera el 22 de febrero es llamada a presidir la comunión universal de la caridad, esto es, la Iglesia universal[17].

De hecho, la Tradición atestigua la gran importancia que tiene el papel de la Cátedra de Pedro en la Iglesia. Los primeros siglos son especialmente importantes en este sentido, pues habitualmente los detractores del Primado Papal inventan sus enredos partiendo de la calumnia de que el Primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice es una invención humana posterior a los tiempos apostólicos, y por supuesto, ajena a la voluntad genuina de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la Iglesia[18]. Tal vez no sepan que, con motivo de la carta que san Clemente Romano (88-97), tercer sucesor de san Pedro (quien lo ordenó obispo), envió a los fieles de Corinto a respecto de la rebelión ocurrida en aquella comunidad hacia el año 96, se pone de manifiesto implícita pero clarísimamente el primado romano. En efecto, no pide disculpas por inmiscuirse en los asuntos internos de otra iglesia – como sería lo normal si se tratase de un simple primus inter pares, jefe de otra iglesia hermana –, sino que las pide precisamente por no haber tenido oportunidad de tomar cartas en el asunto con más rapidez; advierte del peligro de caer en pecado grave a quien no obedezca sus amonestaciones; está convencido de que su actitud está inspirada por el Espíritu Santo[19]. Por otro lado, la carta fue recibida en Corinto sin resistencias y considerada como un gran honor; tanto que en el año 170 todavía existen testimonios de que aún se leía en la liturgia dominical[20]. Todo ello adquiere una especial relevancia si se tiene en cuenta que el Apóstol san Juan, aún vivo en aquella época, se encontraba en Éfeso, bien más cerca de Corinto que la lejana Roma (al menos culturalmente), y sin embargo, no consta que ni san Clemente Romano, ni los fieles de aquella Iglesia, ni el propio san Juan hayan dudado de la autoridad del Obispo de Roma para dirimir la cuestión[21].

O quizás los difamadores del Primado del Romano Pontífice no hayan oído hablar de la carta que, en el siglo II, san Ignacio de Antioquía († 110?) envía a la Iglesia de Roma en la cual también resulta evidente y más explícita que en el caso anterior la primacía de la Sede Romana sobre las demás. En efecto, tal misiva es sustancialmente diferente de las enviadas en las mismas circunstancias (su traslado forzado desde Siria a Roma para ser martirizado), a otras Iglesias como Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna. Para aquélla usa un tono sumiso; para las demás, un tono autoritativo. Reconoce a la Iglesia de Roma el poder de mandar sobre otras Iglesias instruyéndolas como a discípulos del Señor; encarga su Iglesia en Siria a la solicitud pastoral de la Sede Romana y no a la de otra Iglesia cualquiera, tal vez más cercana[22].

San Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía

Concedamos aún el beneficio de la duda a los recalcitrantes, que tal vez no estén bien informados. San Ireneo de Lyon (130/140-después del 198), discípulo de san Policarpo, a su vez discípulo del Apóstol san Juan, y por tanto, en contacto aún directo con la edad apostólica, en su tratado Adversus haereses, habla clara y explícitamente del primado romano sobre todas las otras Iglesias y hace referencia a la primera carta de san Clemente Romano a los fieles de Corinto y a todo el caso comentado más arriba[23].

Pero los argumentos no vienen solamente de los católicos. Tertuliano (160?-220), al final de su vida, tristemente pervertido a la herejía montanista[24], apartado de la Iglesia Católica, se enfrenta a un obispo que argumentaba que, en virtud de lo dicho por Nuestro Señor Jesucristo en Mt 16,18-19 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» –, las Iglesias en comunión con Pedro tenían potestad para perdonar pecados también graves[25]. Así, en su furor anti-romano, el malhadado escritor eclesiástico nos proporciona un testimonio nada sospechoso de la primacía de la Sede de Pedro. Son sólo algunos ejemplos.

4. Primado de jurisdicción, infalibilidad, impecabilidad

Sin embargo, en relación con el Primado de Pedro hay que distinguir tres dimensiones bien diferenciadas, a fin de evitar equívocos. Una cosa es el Primado de Jurisdicción Universal[26]. Se trata de una jurisdicción que se aplica plena y supremamente a toda la Iglesia universal. Es plena porque comprende toda la potestad otorgada por el mismo Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre san Pedro, porque Nuestro Señor Jesucristo se dirigió a él y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado, porque no da cuentas más que a Dios, es decir, es una potestad suprema porque no existe en la Iglesia ninguna potestad superior a ella[27]. Contiene en sí la triple potestad legislativa, judicial y ejecutiva. Se dice que es una potestad ordinaria en el sentido de que es constitutiva del propio ejercicio del Ministerio Petrino. Es inmediata porque se ejerce por derecho propio sin necesidad de intermediarios. Es una potestad episcopal porque el objetivo de su ejercicio es eminentemente pastoral[28]. Como consecuencia, el Papa es, por un lado, libre de entrar en contacto de modo inmediato con sus Pastores y con los fieles sin constricción por parte del poder civil[29]; y por otro, es el juez supremo de los fieles, al cual todos tienen derecho a recurrir y nadie tiene la potestad de impugnarlo, ni siquiera un concilio ecuménico[30].

Otra cosa es la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Aquí se trata de un carisma inherente al propio Ministerio Petrino que confiere al Papa una asistencia especial del Espíritu Santo cuando hablando ex cathedra, es decir, como supremo pastor de la Iglesia universal, define una doctrina de fe y moral de modo infalible[31]. «[…] el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica»[32]. Junto al magisterio extraordinario, el Papa ejerce también el ordinario: encíclicas, cartas, audiencias, etc.

Sin embargo, no hay que confundir infalibilidad o primado de jurisdicción con impecabilidad. Uno de los argumentos racionalistas contra el Primado de Pedro es que el pescador de Galilea era débil. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16). Como declara el papa Benedicto XVI en su libro-entrevista Luz del mundo, el Romano Pontífice tiene una función que no se ha dado a sí mismo[33], así como Nuestro Señor no escogió a san Pedro por sus cualidades naturales; fue la gracia de Dios quien lo convirtió en roca firme y sólida. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32); «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]» (Jn 21,15-18). El hecho de que un Papa en concreto sea impecable se debe a un don de santificación personal, que no es constitutivo del Ministerio Petrino. De modo análogo, las infidelidades en la vida de un Papa son gravísimas, pero no hacen desaparecer su autoridad, ya que Dios puede servirse de instrumentos infieles y el Espíritu Santo impedirá con su asistencia que las deficiencias personales pongan en peligro la integridad de la Iglesia, ya que nunca puede dejar de cumplirse la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

El Papa San León Magno
El Papa San León Magno

5. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Pero ¿cuál es la razón de fondo de las murmuraciones contra el Primado Papal? Para encontrar la respuesta, es interesante contemplar en una visión de conjunto la grandiosa obra de la Salvación. Quiso Dios en su magnanimidad que la creación fuese un reflejo de su grandeza, que salió de sus manos como de una cornucopia generosa. En el Libro de la Creación Dios se muestra al hombre para que lo conozca y lo ame. En el Génesis leemos que la única criatura que Dios hizo a su imagen y semejanza fue el hombre, queriendo resaltar de esa manera el papel primordial que le cabe dentro de la propia creación. Pero Dios mostró al hombre un camino para alcanzar su plenitud: la humildad. Lucifer fue enaltecido por su soberbia; su castigo fue el infierno eterno. Dios propuso al hombre no comer de un árbol del Paraíso, pero nuestros primeros padres, picados por el orgullo de la serpiente, cayeron en la tentación, pensando que la desobediencia les haría iguales a Dios. San Ireneo explica que Dios maldijo a la serpiente, pero no al hombre, porque, de lo contrario, no habría Encarnación[34]. Lo increpó y lo mandó al destierro de este valle de lágrimas. Con ello, el hombre perdió el don de la integridad y de la inocencia. La consecuencia, por tanto, del pecado original es el desorden de las pasiones[35].

Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse hombre y cumplir humildemente la voluntad del Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf Flp 2,8) – acontecimiento único entre todas las religiones; el infinito se hace finito y viene a rescatarnos – para que comprendiéramos el misterio del hombre[36]. Y quiso el Verbo Encarnado nacer de una Virgen – si por la desobediencia de Eva se perdió el hombre, por la obediencia de María se salvó el hombre[37] –, que también es piedra de escándalo para algunos grupos cristianos. Pero más sorprendente aún resulta el hecho de que Nuestro Señor Jesucristo haya querido poner a un hombre, siervo de los siervos de Dios, que ejerza el papel de cabeza infalible en materia de fe y moral sobre toda la humanidad.

El consensus fidelium de la Iglesia ha aceptado sin ninguna restricción este santo escándalo, pues la indefectibilidad de la fe de los creyentes, nacida en el Bautismo, encuentra con la persona de Pedro y con el Primado de Pedro una feliz unión. El Primado y la infalibilidad son las garantías que Nuestro Señor Jesucristo ha querido establecer para mantener la indefectibilidad de su Iglesia, por lo que siempre se puede ver en el Papa la expresión de la unidad y la verdad de la Iglesia. Benedicto XVI recuerda que la Iglesia necesita de un Primado porque necesita de unidad. Las dificultades de la cristiandad no católica acaban reduciéndose al hecho de que no posee ningún órgano de unidad. En el caso de las Iglesias Ortodoxas, en concreto, el Santo Padre cita en su reciente libro a un teólogo ruso ortodoxo que admite que la autocefalía es el problema más acuciante que ellos tienen[38].

6. Una cadena mística que une el cielo y la tierra

Imaginemos una sociedad en que todo el mundo tenga un reloj. Millones de relojes; millones de personas que pueden decir qué hora es. Pero tamaña cantidad de relojes no serviría de nada si no hubiese un “reloj” puesto por Dios llamado sol, por el cual todos pudiesen saber la hora verdadera. Así también, la infalibilidad pontificia es el “reloj” de la humanidad, pues los hombres somos tan frágiles que fácilmente caemos en el error[39]. El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira no consideraba una humillación la sujeción a la autoridad del Romano Pontífice, sino todo lo contrario, un motivo de alegría, una elevación de todo el género humano. La razón de su alegría era la infalibilidad de la Iglesia Católica; tener quien lo guiase. La alegría de ser guiado es la de quien tiene en quién depositar su fidelidad[40]. El Papa es aquél unido al cual los hombres se salvan; aquél rompiendo con el cual los hombres se condenan. No hay en la Tierra nadie que esté más alto que un Papa[41]. Ser católico es defender con entusiasmo el hecho de que Dios haya establecido sobre la Tierra una clase docente impedida de equivocarse en condiciones oficiales. El verdadero orden dentro de las almas sólo es posible si hay una autoridad infalible sobre ellas. Y esa autoridad tiene que ser universal como universal es el campo de acción de las almas. Es la mayor sublimación que se puede imaginar del concepto de autoridad; es un honor inconmensurable para el género humano debilitado por el pecado original que un hombre reciba institucionalmente el carisma de la infalibilidad[42].

Así, Infalibilidad Pontificia y Primado de Jurisdicción del Romano Pontífice van necesariamente unidos de modo inseparable. Y a ellos se debe dirigir el amor de todo católico, pues el amor al Papado incluye en sí mismo el amor a Nuestra Señora y el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Son los tres eslabones de una cadena mística. El valor de una cadena se mide por la resistencia de su eslabón más débil, que en este caso es el Papado, por ser el más terreno, el más humano. Por tanto, el modo más radical de amar la cadena entera es besar el eslabón más flaco. Los adversarios de la Iglesia podrán vociferar las debilidades del Papado, incluso con hechos históricos. No importa. «¡Donde las infidelidades de los Papas podrían poner en peligro la fidelidad de los fieles, yo quiero depositar mi fidelidad total!» [43].

Pe. Eduardo Caballero, EP

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[1] Se desconoce su fecha de nacimiento.

[2] Cf A. Di Berardino, «Sacramentario», en A. Di Berardino, ed., Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Genova-Milano 2008 [= NDPAC], 4640-4641.

[3] Cf B. Sesboüé – C. Theobald, Historia de los dogmas. IV. La Palabra de la Salvación, Salamanca 1997, 59.

[4] Cf R. Trevijano, Patrología, Madrid 2004, 314.

[5] Cf Concilium Chalcedonense, Actio II(III), n. 23, en E. Schwartz, ed., Acta Conciliorum oecumenicorum iussu atque mandato Societatis scientiarum Argentoratensis. Tomus alter, Concilium universale Chalcedonense, vol. I, Pars Prima, Epistularum collectiones. Actio prima, Pars Altera, Actio secunda. Epistularum collectio B. Actiones III-VII, Pars Tertia, Actiones VIII-XVII, Berolini-Lipsiae (Belín-Leipzig) 1933-1935, 277.

[6] Sin embargo, está cuidadosamente documentado en la excelente obra C.J. Hefele – H. Leclercq, Histoire des conciles d’après les documents originaux, II, Paris 1908, 649-880.

[7] Cf B. Llorca – al., Historia de la Iglesia Católica. I. Edad Antigua, Madrid 1950, 579.

[8] Cf B. Ferme, «Papato», en G. Calabrese – P. Goyret – O.F. Piazza, ed., Dizionario di Ecclesiologia, Roma 2010, 998).

[9] Cf por ejemplo, J. Orlandis, El cristianismo y la Iglesia, en Historia Universal. III. Del mundo antiguo al medieval, Pamplona 1981, 207-217.

[10] Cf en este sentido W. de Vries, Orient et Occident, Paris 1974.

[11] La sede de Constantinopla no desapareció, pero quedó sometida a la autoridad del emperador de Oriente.

[12] Cf, por ejemplo, G. Bosco, Storia ecclesiastica, Torino 1845, 152-154. Es significativo que este hecho sea referido por los obispos orientales en una carta al papa san Símaco (498-514) en el año 512 (cf A. Thiel, ed., Epistolae Romanorum Pontificum genuinae et quae ad eos scriptae sunt a S. Hilaro usque ad Pelagium II, Brunsbergae 1868, ep. 12, n. 8, 714).

[13] Cf J. Heriban, «Pietro», Dizionario terminologico-concettuale di scienze bibliche e ausiliarie, Roma 2005, 706-708.

[14] La tradición atestigua la veneración conjunta de los dos Apóstoles en Roma desde que existe memoria (cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[15] Cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[16] Cf J. Dresken-Weiland, «Cattedra», NDPAC, 965-969; V. Saxer – S. Heid, «Martirologio», NDPAC, 3098-3101.

[17] Cf Conferenza Episcopale Italiana, Martirologio Romano, Roma 2004, 217.

[18] Cf H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992 [= DH] 3050-3075).

[19] Cf J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 55.

[20] Cf J. Orlandis, El Pontificado Romano en la Historia, Madrid 1996, 36; P.F. Beatrice, «Clemente Romano (Lettere di)», NDPAC, 1073-1077.

[21] San Ireneo refiere que san Juan permaneció en la Iglesia de Éfeso hasta el reinado del emperador Trajano (98-117) (cf Adversus haereses, III, 3, 4).

[22] Cf Ignacio de Antioquía, Epístola a los Romanos, III,1; IV,3; IX,1, en D. Ruiz bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950 (BAC 65), 476.477.480.

[23] Cf Adversus haereses, III, 3, 2-3.

[24] Cf B. Aland, «Montano-Montanismo», NDPAC, 3358-3361).

[25] Cf Tertuliano, De pudicitia, c. 21, en J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 592-593.

[26] Cf DH 3064.

[27] «Prima Sedes a nemine iudicatur», la Primera Sede por nadie puede ser juzgada (cf Código de Derecho Canónico, c. 1404).

[28] Cf DH 3059.

[29] Cf DH 3062; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21/XI/1964 [= LG], n. 22.

[30] Cf DH 3063.

[31] Cf DH 3073-3075.

[32] LG 25.

[33] «der Papst hat einen Auftrag, den er sich nicht selbst gegeben hat» (Benedikt XVI, Licht der Welt. Der Papst, die Kirche und die Zeichen der Zeit, Freiburg-Basel-Wien 2010 [= Licht der Welt], 166). Traducción nuestra.

[34] Cf Adversus haereses, III, 23, 1-6.

[35] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375-379.

[36] Cf LG 22.

[37] Cf Ireneo de Lyon, Adversus haereses, V, 1-2, 22ss.

[38] «das Kirche Einheit brauht, dass sie so etwas wie Primat braucht. Für mich war interessant, dass der in America lebende ortodoxe Theologe John Meyendorff gesagt hat, ihre Autokephalien sein ihr größtes Problem; sie bräuchten so etwas wie einen Ersten, einen Primas […]. Die Probleme der nichtkatholischen Christenheit beruhen sowohl von Theologischen als von Pragmatischen her weitgehend auch darauf, dass sie kein Organ der Einheit haben» (Licht der Welt, 167). Traducción nuestra.

[39] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 29/IX/1991. Traducción nuestra.

[40] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 4/IV/1972. Traducción nuestra.

[41] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/XI/1984. Traducción nuestra.

[42] Cf P. Corrêa de Oliveira, Conversa, 17/V/1980. Traducción nuestra.

[43] «Onde infidelidades de Papas poderiam tentar a fidelidade dos fiéis eu quero pôr a minha fidelidade inteira» (cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/VII/1995). Traducción nuestra.

Un hombre providencial (III)

El Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento escogido por Dios para propinar al conciliarismo una estocada mortal con ocasión del concilio de Constanza. Como el gigante Goliat con la certera piedra incrustada en la frente, el iniquo movimiento conciliarista se tambaleó durante más de cuatro siglos hasta caer desplomado y ser definitivamente decapitado en 1870 por Pío IX en el concilio Vaticano I.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. Golpe mortal en el concilio de Constanza

Como hemos tenido oportunidad de ver en los dos artículos anteriores[1], el Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento clave del que la Divina Providencia se sirvió durante el conclio de Constanza (1414-1418) para asestar un golpe mortal al movimiento conciliarista, que pretendía que fuese atribuida oficialmente al concilio universal la plenitud de la potestad en la Santa Iglesia, por encima del Papa. Lo que ocurrió en aquella magna asamblea el 4 de julio de 1415 durante la XIV Sesión solemne marcó la historia de la Iglesia de modo decisivo y bien podemos decir que, en realidad, el conciliarismo murió allí, esto es, perdió toda su fuerza vital.

Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que, mientras el bien es eminentemente difusivo, el mal es, en cambio, esencialmente dinámico. Los hijos de las tinieblas se mueven, se articulan, se confabulan sin descanso para promover los fines que persiguen, nunca contentos con las victorias alcanzadas, siempre deseando conquistar más y más terreno al bien. Esas conquistas se dan siempre — ¡terrible realidad! — por la decadencia de los hijos de la luz, pues la gracia de Dios es invencible y el mal sólo tiene fuerza por permiso de Dios, para castigo de los buenos.

Por este motivo, un movimiento como el conciliarismo, que había alcanzado tan grandes proporciones y tanta influencia en toda la Cristiandad al tiempo del desgraciado Cisma de Occidente (1378-1417), no dejó de continuar a influir en la vida de la Iglesia y de las naciones cristianas. Era, no obstante, como Goliat con la piedra certera clavada en la frente que se tambalea y aún puede alcanzar con su espada a algún ingenuo que se le acerque curioso o, incluso, aplastar a algún desprevenido al caer desplomado. Fue lo que ocurrió con el conciliarismo en los cuatro siglos y medio que se siguieron a la actuación del Cardenal Giovanni Dominici.

Acompañemos, en sus pasos esenciales, la agonía de este infame movimiento que llegó a poner en serio peligro los fundamentos de la Sede de Pedro. Para ello, detengámonos en primer lugar brevemente sobre los antecedentes que prepararon el terreno para que esta verdadera herejía pudiese medrar entre los católicos.

2. El desprestigio del Papado

A lo largo de los siglos XIV y XV se verifica una manifiesta disminución de la autoridad y del prestigio del Papado, a partir del fin del pontificado de Bonifacio VIII. Ya durante el periodo de residencia del Pontificado en Aviñón (1309-1377) había contribuído a ello el particularismo francés presente en la curia papal, que exasperó muchas veces y de modo siempre creciente a todos los que no eran naturales de la Hija Primogénita de la Iglesia.

Durante el Gran Cisma de Occidente el fenómeno, sin duda, se acentuó hasta límites inimaginables pocos años antes. Los pontífices rivales se veían obligados a “mendigar” la obediencia de los príncipes temporales, con el consecuente descrédito ante ellos, o por lo menos, a solicitar su protección, dando ocasión a injerencias del poder temporal en los asuntos eclesiásticos y a abusos de todo tipo. Abusos que encontraban, por desgracia, un ejemplo en actitudes desedificantes de algunos pontífices que no raras veces fulminaban excomuniones a diestro y siniestro por motivos fútiles, o se apegaban de modo escandaloso a la dignidad pontificia, mostrando un nefasto egoísmo. Por otro lado, si bien ya mucho antes del Gran Cisma de Occidente existía, por parte de los reyes, la práctica del vidimus, o el placet, o el exequatur, esto es, una autorización del príncipe temporal para cada documento pontificio a fin de que pudiese ser promulgado en sus respectivos reinos, no cabe duda de que las circunstancias del cisma facilitaron los abusos regios en esta materia[2].

3. La posibilidad de un Papa hereje

En el plano estrictamente religioso, la doctrina de teólogos y canonistas sobre el «papa hereje» ya contemplaba desde antiguo la posibilidad, aceptada por el Papa Inocencio III (1198-1216), de que el Papa podía ser depuesto en caso de herejía. En tal caso, la sentencia competía al concilio universal, representando a toda la Iglesia. Ahora bien, durante el periodo del Gran Cisma de Occidente, no faltaban entre los canonistas y teólogos quienes calificaban de herejía ciertos crímenes, como la simonía, el perjurio o la contumacia, de los cuales, por desgracia, no se encontraban libres muchos de los pontífices de este turbulento periodo histórico. Fácilmente se ve que se estaba, así, a un paso de convertir en dogma la superioridad del concilio sobre el Papa, que es propiamente el error denominado «conciliarismo»[3]. Hay que tener en cuenta, además, que en la época del Gran Cisma de Occidente, por no estar aún formulada la doctrina de la infalibilidad papal, circulaba libremente la opinión errónea de que, en materia de fe, el concilio tiene una autoridad superior a la del Papa.

Se puede decir que el conciliarismo radical muestra por primera vez toda su furia con ocasión de la lucha político-religiosa que Felipe IV el Bello, Rey de Francia llevó a cabo contra el Papa Bonifacio VIII con el objetivo de someter el poder del Sumo Pontífice al suyo propio[4]. El monarca francés llegó al extremo de su afrenta a la Iglesia con el atentado sacrílego en el que el Papa Bonifacio VIII fue abofeteado en su palacio de Anagni por Guillermo de Nogaret en 1303. No se trataba de una actitud aislada. El teólogo tomista dominico Juan de París escribió en 1302 un tratado en que afirmaba, contra la tradición católica, que el concilio puede deponer al Papa en caso de herejía, de locura, de incapacidad personal, de simonía o de abuso de potestad. En esta misma línea, durante el concilio de Vienne (1311), Guillermo Duranti defendía que el Romano Pontífice está obligado a aceptar las decisiones del concilio. Doctrinas todas en las cuales precisamente se apoyaba Nogaret para su infame sacrilegio[5].

Atentado de Anagni
Atentado de Anagni

Pero no cabe duda de que fue el Gran Cisma lo que motivó que esta corriente igualitaria se desarrollase notablemente en amplitud y profundidad. El conciliarismo tuvo partidarios considerados moderados en este periodo como Enrique de Langenstein (1340-1397), Pedro de Ailly (1350-1420), Juan Gersón (1363-1429) y Francisco Zabarella (1360-1417). Pero también había tenido impulsores radicales en su origen como Marsilio de Padua (1275/1280-1342/1343) y Guillermo de Ockham (1285-1349), así como lo fueron después los herejes declarados John Wycliffe (c. 1330-1384) y Jan Hus (c. 1372-1415). Todos ellos, radicales y moderados, constituyeron verdaderas semillas para la cosecha que llevaron a cabo más tarde tanto Martín Lutero (1485-1545) y Juan Calvino (1509-1564) como los defensores de las teorías galicanas[6].

4. Conciliarismo y galicanismo

No es raro encontrar en los tratados de eclesiología o de derecho canónico[7] el conciliarismo definido — según el lenguaje científico que les es propio — como un «error eclesiológico», fruto de un igualitarismo eclesiástico, que postula que la plenitud de la potestad en la Iglesia corresponde a los Obispos reunidos en concilio universal y no al Romano Pontífice. Según estos estudios, el conciliarismo se englobaría dentro de un fenómeno mucho más amplio que afecta no solamente a la esfera espiritual, sino también a la temporal y que se denomina, en general, galicanismo, por haberse gestado y madurado especialmente en Francia, la antigua Gallia del Imperio Romano. Por su doble esfera de actuación, el galicanismo tiene una doble vertiente: el galicanismo político, que pretende limitar la autoridad de la Iglesia frente al Estado, y el galicanismo eclesiástico, que pretende limitar la autoridad del Romano Pontífice frente a los concilios universales y el colegio de los Obispos, que sería propiamente el conciliarismo. Se trata de un mismo igualitarismo aplicado a ambas esferas.

No hay que confundir, no obstante, esta fría descripción con una afirmación de que la esfera religiosa es sólo una parcela aislada de una realidad mucho más extensa. Los católicos sabemos que el centro de la Historia es la Iglesia, pues lo que ocurre en su seno determina los rumbos del mundo entero, pues Dios es «Señor de la historia»[8]. Por eso, el gérmen igualitario del conciliarismo no es simplemente eclesiástico, sino universal. Porque es de naturaleza religiosa, es universal y no al contrario.

En efecto, en los artículos del decreto Haec sancta del concilio de Constanza[9], que constituyen la base doctrinal del conciliarismo[10], se puede leer un arrogante ataque al Papado: «Legítimamente congregado en el Espíritu Santo, constituyendo concilio general y representando a la Iglesia católica militante, este [concilio] tiene su potestad inmediatamente de Cristo; y todos, cualquiera que sea su estado o dignidad, incluso papal, están obligados a obedecerlo en las materias relacionadas con la fe, la erradicación de la dicha herejía y la reforma general de la Iglesia de Dios en la cabeza y en los miembros. […] Quien no obedezca a los decretos de este santo sínodo o de cualquier otro concilio general y persista en su contumacia […], aunque sea de dignidad papal, sea debidamente castigado»[11]. Veinte años después del concilio de Constanza, en 1438, y como consecuencia directa de éste, fue promulgada en Bourges por Carlos VII el Bienservido, rey de Francia, como ley de estado, la Pragmática Sanción, que contenía las deliberaciones de la asamblea del clero francés, convocada por el Rey. Las decisiones estaban inspiradas en el decreto Haec sancta del concilio de Constanza y constituyen la base de las denominadas Libertades galicanas contra la autoridad del Papa.

Son, por tanto, los principios conciliaristas en la esfera espiritual los que dan lugar a las medidas galicanas en la sociedad temporal, y no al revés.

5. De «error eclesiológico» a herejía declarada

Como decíamos, el mal es dinámico. Por la misma razón que el conciliarismo no fue el fruto de un mero error o malentendido, los más radicales entre sus promotores no se conformaron con la derrota en Constanza y quisieron dar un paso mucho más atrevido. En 1439, poco después, por tanto, de la promulgación de la Pragmática Sanción, la materia del infame decreto Haec sancta del concilio de Constanza fue también invocada para atacar el poder papal, contra la tradición multisecular de la Iglesia, en el concilio de Basilea, durante la parte ya cismática del mismo, en su sesión XXXIII, cuando ya era inminente la inicua declaración de deposición del Papa Eugenio IV y la elección del antipapa Félix V. Esta vez, sin embargo, los hijos de las tiniebas pretendían proponer esa doctrina igualitaria y blasfema como verdad de fe: «Es una verdad de la fe católica que el santo concilio general tiene poder sobre el papa y cualquier otro. El romano pontífice, por su propia autoridad, no puede disolver, trasladar o aplazar el concilio general, cuando ha sido legalmente convocado, sin su consentimiento, lo que forma parte de la misma verdad. Quienquiera que se obstine en negar estas verdades ha de ser considerado hereje»[12].

Si hasta entonces aún cabía atribuirle la “aséptica” denominación de «error eclesiológico», ahora era evidente que el movimiento conciliarista se había lanzado decididamente por el precipicio de la herejía.

6. Los cuatro artículos galicanos

El proceso de conquista llevado a cabo por el galicanismo en la esfera temporal tuvo un aparente retroceso cuando, en 1516, con ocasión del Concordato entre el Papa León X y Francisco I, rey de Francia, aprobado por el Concilio Lateranense V, fue abrogada, esto es, abolida, la Pragmática Sanción. Aparente porque, en realidad, este concordato consiguió reducir sólo parcialmente las libertades galicanas y solamente hasta la Revolución Francesa. Aparente, además, porque ya un siglo antes de la Revolución, en 1682, Luis XIV, el Rey Sol, había promulgado, y por tanto, sancionado con su autoridad, la Declaración del clero galicano, que constituyó el acto solemne y definitivo del galicanismo, su victoria más destacada.

Las doctrinas galicanas, en efecto, habían ido fermentando en el último siglo por obra de juristas franceses famosos como Pierre Pithou, calvinista y abogado del Parlamento, Edmond Richer, Alcalde de la Sorbona, o Pierre Dupuy, Consejero de Estado. El primero de ellos, por ejemplo, es el autor de un famoso tratado, Las libertades de la Iglesia galicana, que se fundamenta en dos principios esenciales: que el Romano Pontífice no puede mandar o prescribir nada en los asuntos temporales relativos al Reino de Francia, y que el mismo debe ser reconocido como soberano solamente en los asuntos espirituales, con poderes, no obstante, limitados en Francia según los cánones y disposiciones de los concilios que hayan sido aceptados en el Reino.

La Declaración del clero galicano, redactada por el obispo de Meaux, Jacques-Bénigne Bossuet, que por voluntad del Rey debía ser defendida por todos los maestros, constaba de cuatro puntos, conocidos como los cuatro artículos galicanos. El primero negaba que el Papa tuviese cualquier forma de poder temporal, reconociéndole solamente un poder espiritual. El segundo proclamaba como válidos los decretos del concilio de Constanza que limitaban el poder de la Sede Apostólica, estableciendo la supremacía del concilio sobre el Papa, esto es, en particular el inicuo decreto Haec sancta. El tercero establecía la inviolabilidad de las libertades de la Iglesia galicana. El cuarto afirmaba que las decisiones del Papa en materia de fe sólo son irreformables con el consentimiento de la Iglesia universal[13].

7. Napoleón los incluye en el Concordato de 1801

Por sus errores doctrinales, tales artículos fueron inmediatamente declarados nulos por el Papa Inocencio XI en el mismo año de 1682 y posteriormente, de modo más explícito, por Alejandro VIII en 1690, afirmando que los cuatro artículos galicanos «son, fueron desde su propio comienzo y serán perpetuamente por el propio derecho nulos, írritos, inválidos, vanos y vacíos total y absolutamente de fuerza y efecto, y que nadie está obligado a su observancia, de todos o de cualquiera de ellos, aun cuando estuvieren garantizados por juramento»[14]. Fueron, además, condenados como temerarios, escandalosos e injuriosos para la Sede Apostólica por el Papa Pío VI en 1794[15] después de que el Sínodo jansenista de Pistoya los adoptara en 1786[16].

Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII
Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII

Si ya estaba claro para todo católico de buen espíritu que la Declaración del clero galicano no era más que la pútrida excrecencia del inícuo decreto Haec sancta de Constanza, el recurso a ellos después de las últimas condenas papales bien podía ser considerado propio de un hereje. Fue precisamente lo que, tras la Revolución Francesa, hizo Napoleón I Bonaparte al restablecer la Iglesia en Francia con el Concordato de 1801, estipulado con el Papa Pío VII, pues no dejó de manifestar su bellaquería al incluir abusivamente en el texto del mismo los cuatro artículos galicanos[17].

8. La decapitación final del conciliarismo

La historia de este pérfido movimiento concluyó definitivamente el 18 de julio de 1870. En aquel día de esplendor para la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, el Sucesor de Pedro declaró formalmente heréticas sus doctrinas cuando definió solemnemente el dogma del Primado de Jurisdicción Universal del Romano Pontífice y el dogma de la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Ambos se encuentran en la constitución dogmática Pastor Aeternus, promulgada por Pío IX durante el Concilio Vaticano I:

«Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema. […] Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra — esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal —, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema»[18].

Bien podemos imaginar que el Beato Cardenal Giovanni Dominici haya asistido desde el cielo con inmenso gozo a tan hermoso triunfo de la Santa Iglesia.

Pe. Eduardo Caballero, EP

El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I
El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I

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[1] Véanse los dos primeros artículos de la serie en los siguientes links: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i y http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[2] Cf Llorca, 231-232.

[3] Cf Llorca, 232-233.

[4] Cf Chiappetta, 282.

[5] Cf Llorca, 233.

[6] Cf Chiappetta, 282.

[7] Cf Chiappetta, 599.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584.

[9] Véase el segundo artículo de la serie, en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[10] Cf Llorca, 253.

[11] O’Donnell, 243; Llorca, 253.

[12] O’Donnell, 100.

[13] Cf Chiappetta, 599-600.

[14] Denzinger – Hünermann, n. 2285.

[15] Cf Denzinger – Hünermann, n. 2700.

[16] Cf Denzinger – Hünermann, 625.

[17] Cf Chiappetta, 599-600.

[18] Denzinger – Hünermann, nn. 3064.3073-3075.

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BIBLIOGRAFÍA

 

Chiappetta, L., Prontuario di diritto canonico e concordatario, Roma 1994.

Denzinger, H. – Hünermann, P., Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992.

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

O’Donnell, C. – Pié-Ninot, S., Diccionario de Eclesiología, Madrid 2001.

Pié-Ninot, S., Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca 2007.

O Adocionismo

Seria ingênuo pensar que os movimentos históricos se dão por mera espontaneidade. Na verdade um conhecimento histórico mais aprofundado dos fatos pode nos demonstrar que a força motriz do homem, e por decorrência, da história, está nas paixões humanas. Estas se bem direcionadas e regradas podem fazer dos homens verdadeiros heróis, no sentido mais fiel e verdadeiro da palavra. Contudo, se as paixões forem mal conduzidas podem desencadear verdadeiras revoluções.

Por revolução entendemos um movimento de coisas opostas ao seu correto fim, uma subversão de valores e de conceitos, que pode produzir verdadeiras catástrofes na sociedade. Esse movimento tem como motor e eixo de suas operações duas paixões:

“Duas noções concebidas como valores metafísicos exprimem bem o espírito da Revolução: igualdade absoluta, liberdade completa. E duas são as paixões que mais a servem: o orgulho e a sensualidade. […]

“A pessoa orgulhosa, sujeita à autoridade de outra, odeia primeiramente o jugo que em concreto pesa sobre ela. […]

“A par do orgulho gerador de todo igualitarismo, a sensualidade, no mais largo sentido do termo, é causadora do liberalismo. É nestas tristes profundezas que se encontra a junção entre esses dois princípios metafísicos da revolução, a igualdade e a liberdade, contraditórios em tantos pontos de vista.”[1]

Apliquemos essas palavras ao fato histórico objeto do presente artigo para que o leitor possa concluir qual foi o fator que levou ao surgimento da heresia adocionista.

 

1. A história: Elipanto de Toledo e Felix Urgel

Elipanto era da raça goda, foi arcebispo metropolitano de Toledo, que estava sob o domínio maometano. E foi desta Sé que infelizmente fez propagar o seu veneno. A história o descreve como um homem de grande gênio, ardoroso e eloqüente. Contudo não soube usar de tais aptidões para a propagação da Igreja, e pelo contrário, devido a sua arrogância e orgulho, usou-os para propagar a heterodoxia.

Felix de Urgel, bispo desta mesma cidade, é o segundo defensor dessa heresia. Companheiro de Elipanto, apesar de ser espanhol era súdito de Carlos Magno, uma vez que a cidade de Urgel acabava de ser dominada pelos Francos.

 

2. A heresia

A heresia adociaonista, é no fundo um reaparecimento do nestorianismo (que afirmava a dupla personalidade de Nosso Senhor), como o próprio Papa da época, Adriano I, denominava. Essa afirmação se dá porque, ao admitir uma dupla filiação em Cristo (uma por naturalidade e outra por adoção), admite também uma dupla personalidade:

“Admite, pois em Cristo duas filiações, e aqui esta o erro, pois a filiação vai com a pessoa, e havendo duas filiações, logicamente se segue que haverá também duas pessoas, o que é puro nestorianismo. […] o adotar a alguém por filho supõe duas pessoas distinta: a que adota e a que é adotada; filho natural e filho adotivo com relação a um mesmo pai são coisas que se excluem em um mesmo sujeito.”[2]

A afirmação adocionista é, portanto um absurdo teológico, pois como a humanidade de Nosso Senhor Jesus Cristo está unida intimamente com a própria Pessoa do Verbo, não pode haver uma dupla filiação, como nos ensina Ott:

“A humanidade de Cristo veio a ser, pela união hipostática uma parte, em certo modo da pessoa do Logos e, por Ele, é adorada em e com o Logos. Ela é em si mesma objeto de adoração.”[3]

A heresia adocionista aparece pela primeira vez nos escritos de Elipanto, quando refutava um erro de certo Miguécio que divulgava o sabelianismo. Elipanto com sua carta refuta tais erros porém vem inoculada em sua doutrina uma grave heresia: há em Jesus Cristo uma dupla filiação: uma natural, da qual procede a sua natureza Divina, e outra adotiva, da qual procede a sua natureza humana:

“Em tais documentos aponta com claridade o adocionismo. Depois de fazer uma perfeita exposição da doutrina católica sobre a Trindade, ao querer distinguir em Cristo, Filho de Deus e Filho do Homem, as operações e ações de suas duas naturezas, afirma […] que Jesus Cristo, enquanto Deus e Verbo Eterno, é filho próprio e natural de Deus, mas em quanto homem, é apenas filho adotivo e por graça, não por natureza.”[4]

Como foi dito mais a cima, Félix de Urgel, era súdito de Carlos Magno. O Imperador ao ouvir os rumores de heresia que se andava espalhando, por meio dos escritos e pregações de Félix, mandou convocar uma assembléia, em Ratisbona (792), na qual teve que comparecer o mesmo bispo. Dando-se por vencido, o prelado de Urgel abjurou sobre os Evangelhos tudo o que havia afirmado antes.

Ainda não contente com o resultado, o Imperador mandou Félix ao Papa Adriano I, e na Basílica de São Pedro o Bispo de Urgel fez uma solene profissão de fé, assim nos relata Garcia-Villoslada:

“Carlos Magno reuniu a assembléia de prelados, entre eles Paulino de Aquilea, em Ratisbona (792), e ordenou que Félix comparecesse ante eles para expor as razões de sua doutrina. Assim o fez o bispo de Urgel, e, vencido na disputa pelos argumentos contrários, abjurou publicamente sobre os Evangelhos. Querendo o rei franco fazer ao papa o obséquio deste vencido, Félix teve que apresentar-se em Roma, e primeiro na Basílica de Latrão, e depois na de São Pedro, reiterou sua abjuração, protestando que jamais daria ao Salvador o título de filho adotivo.”[5]

Porém na primeira oportunidade que teve, Félix fugiu para Espanha, a fim de ficar nas proximidades do seu cúmplice, isto é Elipanto.

Alguns historiadores afirmam que nesta ocasião os Bispos de Espanha escreveram uma carta ao Papa, apoiando inteiramente a heresia adocionista. Entretanto a doutrina mais segura é de que tal escrito foi redigido pelo próprio heresiarca Elipanto, devido a rudez e intemperança de sua linguagem, e a ciência que pôs em tal epistola não é fruto senão da inteligência de Félix.

 

3. Beato e Etério

Os primeiros a se oporem a heresia adocionista foram dois cristãos das Astúrias os quais se chamavam Beato (ou Biego) e Etério. O primeiro tem um elogio vindo do próprio Alcuino: “doctus vir, tam vita quam nomine sanctus”. Ambos redigiram uma apologia da verdadeira doutrina, de maneira calorosa e polêmica.

Esta apologética pode ser indigesta nos dias em que vivemos, pois um público entibiado não compreenderá a fé tão ardorosa e polêmica da Espanha dos antigos tempos. Sem baixeza de linguagem, os dois defensores da ortodoxia fulminam os bispos heréticos. E desses dois homens valorosos se disse:

“Sua teologia é sã, forte e ardorosa, apoiada constantemente nos textos da Sagrada Escritura, […] No fundo, Beato e Etério são muito fiéis à tradição isidoriana; mas conhece-se logo que sua apologia não nasceu entre as pompas de Sevilha ou de Toledo, senão em terra áspera, agreste e bravia, entre eriçados riscos e mares tempestuosos, para ser escutada por homens não tranqüilos nem dados às letras, senão acostumados a continua devastação e peleja.”[6]

E tal apologia foi encerrada com um anátema do prelado Teudula: “Si quis carnem Christi adoptivam dixerit Patri, anathema sit. Amen”.

 

4. Carlos Magno, Alcuino e o Sínodo de Frankfurt

Alarmado pelo grande perigo de cair o Império do Ocidente em heresia, e tendo bem na sua memória os estragos causados pelos cismas e heresias no Império do Oriente, Carlos Magno exerce a sua função de defensor a Igreja. Convoca um Sínodo em Frankfurt e pede ao Papa seu assentimento, o qual dá consentimento e envia seus legados. Estes portavam consigo uma carta dogmática do próprio Adriano I que definia ser o Filho da Virgem, um só Filho verdadeiro de Deus.

“Se portanto, é verdadeiro Deus aquele que nasceu da Virgem, como pode ser adotivo ou servo? Com efeito, não ousais absolutamente designar Deus como servo ou adotivo; e mesmo se o profeta o chamou servo, não foi todavia por causa da condição de servidão, mas por causa da obediência e da humildade, pela qual Ele se fez ‘obediente’ ao Pai ‘até à morte’.”[7]

Entretanto os adocionistas não dobraram-se às decisões do Pontífice e do Sínodo, e recralcitaram nos seus erros, não só defendendo-os como também divulgando-os.

Alcuino ao saber da teimosia dos dois hereges adocionistas, tenta convencê-los escrevendo-lhes cartas amáveis e persuasivas, entretanto os seus esforços são nulos, pois o orgulho havia dominado inteiramente a alma deles.

 

5. Leão III e o ponto final

O ponto final desta heresia foi dado pelo Papa Leão III, em um concílio realizado em Roma (789), o qual lançou um solene anátema contra Félix de Urgel.[8] Do Bispo Elipanto a história não faz mais menção, mas é mais provável que, devido ao seu caráter arrogante e orgulhoso, tenha persistido no seu erro. Contudo, de Félix ainda sabemos alguns pormenores.

Carlos Magno convidou o heresiarca adocionista para uma disputa, dando-lhe um salvo conduto, como segurança da sua liberdade, pelo que Félix aceitou. As exposições do herege duraram sete dias, e estas eram refutadas logo depois pelo bispo Alcuino, usando citações dos Santos Padres.

Por fim o herege sede à verdade. Fazendo uma abjuração ex toto corde e logo depois uma profissão de fé absque ulla simulatione. Entretanto o Imperador não deixou que ele retornasse a Urgel. Entregando por fim a sua alma a Deus em Lion no ano 818, e como alguns dizem morreu em odor de santidade, devido as suas penitências:

“Com tudo, não lhe permitiu Carlos Magno regressar a sua diocese e em Lion o alcançou a morte no ano 818. Morreu, segundo parece, santamente, e como santo o tem venerado a Igreja de Urgel.”[9]

 

Conclusão

Após termos visto o surgimento da heresia adocionista, e a reação da Igreja, podemos verificar que a maioria dos movimentos ruins da sociedade humana, têm sua origem em duas paixões desregradas: o orgulho e a sensualidade.

Surge, porém, uma pergunta: qual é o fator que leva os bons a reagirem? Sem dúvida alguma existe uma força que move um movimento contrário à revolução das paixões:

“Existe também uma dinâmica contra-revolucionária, mas de natureza inteiramente diversa. As paixões, enquanto tais – tomada aqui a palavra em seu sentido técnico – são moralmente indiferentes; é o seu desregramento que as torna más. Porém, enquanto reguladas, elas são boas e obedecem fielmente à vontade e à razão. E é no vigor de alma que vem ao homem pelo fato de Deus governar nele a razão, a razão dominar a vontade, e esta dominar a sensibilidade, que é preciso procurar a serena, nobre e eficientíssima força propulsora da Contra-Revoluão.”[10]

E foi essa virtude que levou a Igreja e o Grande Carlos a uma reação tão enérgica e categórica, entretanto com suavidade e bondade, como a história nos indicou contando todos os apelos e favorecimentos feitos aos hereges para que se retratassem e voltassem ao seio da Esposa Mística de Cristo.

Pe. Millon Barros de Almeida


[1] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002, p. 65, 66, 72

[2] GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2, p. 190.

[3] OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática . 7 ed. Barcelona: Herder, 1997, p. 253.

[4] GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2, p. 190.

[5] Idem., p. 192.

[6] Idem., p. 190.

[7] DENZINGER, Heinrich. Compêndio dos Símbolos definições e declarações de Fé e Moral . São Paulo: Loyola; Paulinas, 2007, n. 614.

[8] Cf. GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica Vol. II: EDAD MEDIA: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2., p. 193.

[9] Idem.

[10] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002, p. 130-131.

 

Bibliografia

CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 4 ed. São Paulo: Retornarei, 2002.

DENZINGER, Heinrich. Compêndio dos Símbolos definições e declarações de Fé e Moral. São Paulo: Loyola; Paulinas, 2007.

GARCIA-VILLOSLADA, Ricardo. Historia de la Iglesia Católica. II. Edad Media: La cristiandad en el mundo europeo y feudal. 6 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. v. 2.

OTTO, Ludwig. Manual de Teología Dogmática. 7 ed. Barcelona: Herder, 1997.

A Revolução Francesa vista de dentro do processo revolucionário II

2. A Constituição Civil do Clero: os fatos.

Robespierre

Consideramos anteriormente as três profundidades da Revolução: sua ação que atinge primeiramente as tendências, passando em seguida, pelas idéias, e que, então, se lança nos fatos. Contudo “erros geram erros, e as revoluções abrem caminho umas para as outras[1]”; foi o que se verificou, com a primeira revolução (Humanismo e Pseudo-Reforma), que preparou o terreno para a segunda: a Revolução Francesa. Observa ainda o Prof. Plinio Corrêa de Oliveira que “todas as tendências, todo o estado de alma, todos os imponderáveis da explosão luterana já traziam consigo, de modo autêntico e pleno, embora implícito, o espírito de Voltaire e de Robespierre[2]”. Influenciadas as tendências, o próximo passo deu-se no domínio do pensamento; com efeito, há muito tempo que a Revolução Francesa vinha sendo preparada pela filosofia iluminista, e este fator ideológico constitui uma de suas origens, de tal forma que:

“Na primavera de 1789, na França, o primeiro espetáculo que se oferece ao viajante estrangeiro é o de um povo que não cessa de discorrer. Milhares de panfletos ou jornais circulam livremente nos salões, nas sociedades de leitura e nos cafés. Colados nos muros, eles fazem das ruas um lugar de reunião e de educação política. Homens que se descobrem cidadãos repetem o tema – cem vezes retomado pelos filósofos do século – da regeneração social[3].”

Salões, cafés ou clubes, eram pontos de encontro dos membros destas sociedades revolucionárias, que “constituíram muito cedo o vasto laboratório em que se experimentavam a linguagem, as práticas, as representações da democracia […], o aprendizado do discurso igualitário, […] o reino da opinião[4]”. De onde vinham estas novas correntes? Afirmam os historiadores que em meados do reinado de Luís XV, incontáveis pequenas sociedades, que agiam conjuntamente começaram a pulular e a se desenvolver no solo francês. Eram elas “animadas do mesmo espírito, ‘patriota’ e ‘filosófico’, e mal dissimulavam as mesmas visualizações políticas, sob pretextos oficiais de ciência, de beneficência ou de prazer[5]”. Tais sociedades desempenharam um importante papel, dando à filosofia “um império sobre a opinião, até então sem precedentes[6]”, difundindo desta maneira a nova mentalidade do Iluminismo. Cumpre ressaltar ainda o papel de sociedades de cunho secreto, as quais, no processo revolucionário, tiveram grande papel:

“Produzir um processo tão coerente, tão contínuo, como o da Revolução, através das mil vicissitudes de séculos inteiros, cheios de imprevistos de toda ordem, nos parece impossível sem a ação de gerações sucessivas de conspiradores de uma inteligência e um poder extraordinários. Pensar que sem isto a Revolução teria chegado ao estado em que se encontra, é o mesmo que admitir que centenas de letras atiradas por uma janela poderiam dispor-se espontaneamente no chão, de maneira a formar uma obra qualquer, por exemplo a “Ode a Satã”, de Carducci.”

As forças propulsoras da Revolução têm sido manipuladas até aqui por agentes sagacíssimos, que delas se têm servido como meios para realizar o processo revolucionário[7].

No caso da Revolução Francesa, parece-nos patente esta visualização, pois, mesmo historiadores da época não hesitaram em afirmar que o levantamento da opinião pública foi fruto de uma grande conspiração, como, por exemplo, Barruel[8], que denuncia um complô de tripla coligação: 1º uma conspiração dos filósofos da impiedade contra o Deus do Evangelho, e até mesmo contra toda religião cristã. Seu objetivo era destruir os altares de Jesus Cristo. 2º uma conspiração dos sofistas da rebelião, atentando contra todos os tronos dos reis. 3º uma conspiração dos sofistas da impiedade e da anarquia contra toda religião, todo tipo de governo, de sociedade civil, e mesmo contra qualquer espécie de propriedade. Explica ainda o autor que estes últimos, sob o nome de “iluminados” e unidos aos dois primeiros, formaram o clube dos jacobinos, que tanta influência exercera durante a Revolução. É igualmente interessante notar o paralelo entre o ataque à Igreja e à autoridade real; Diderot mesmo escrevera em sua poesia “Les Éleuthéromanes ou les Furieux de la Liberté”, de 1772: “E suas mãos urdiriam as entranhas do padre, na falta de uma corda para estrangular os reis[9]”.

Enfim, é inegável o importante papel da filosofia neste período, pois:

Jean-Jacques Rousseau

“A Revolução Francesa é o resultado lógico das idéias ‘ilustradas’, tal como se tinham desenvolvido em França, desde 1750, com Voltaire, Diderot e Rousseau (1712-1778). Baseados no direito natural, aspirava-se à ‘igualdade’ geral, mas, isso estava unido a um ódio declarado contra a religião revelada e contra toda Igreja hierárquica[10].”

Contundo, além do problema ideológico, outros fatores contribuíram para originar a Revolução Francesa. Ao vendaval da nova filosofia, ajuntou-se a perspectiva econômica, pois, com efeito, havia já certo tempo que as finanças no reino definhavam. Entretanto, mesmo com o espectro de uma crise

Voltaire

financeira crônica diante de si, a França se engajou junto com os Estados Unidos, sustentando-os em sua guerra de independência contra a Inglaterra (1775-1783).

O resultado concreto foi a vitória americana e o aumento considerável do déficit financeiro francês[11]. A este sombrio quadro econômico somaram-se ainda as más colheitas dos anos antecedentes à Revolução, que inflaram vertiginosamente o preço dos cereais. Acrescentou-se igualmente o rigorosíssimo inverno de 1788-1789 que trouxe grandes avarias às plantações: “raízes congeladas a um pé sob a terra, perda das árvores frutíferas, desespero dos vinhateiros e medo da carestia[12]”. Todos estes elementos contribuíram para desencadear a avalanche que se seguiu; sem embargo do que, não podemos pôr de lado uma “peça chave”, sem a qual as vicissitudes teriam sido outras: o rei Luís XVI.

Contam os historiadores que este monarca “era de espírito liberal e generoso: cristão muito sincero, [porém,] praticava com uma deplorável serenidade o perdão das injúrias[13]”. Tal proceder do soberano francês era a conseqüência inevitável de uma alma educada e modelada segundo os princípios de Fénelon[14] e de Rousseau: “ele tinha, além do mais, sofrido a ação de seu século e, tendo lido Rousseau – como qualquer outro – cria na bondade [intrínseca] do homem[15]. Em suma, seu caráter era vacilante e influenciável, pois “ele não sabia querer[16]”; isto nos faz entender melhor a célebre apóstrofe do Conde de Mirabeau a seu respeito: “O rei tem apenas um homem, é a sua mulher[17]”. Deste modo, constatamos que, este navio que era a nação francesa singrava, com sua efervescente tripulação, diretamente rumo à tempestade; e para agravar o quadro, o capitão não estava apto para enfrentar a borrasca, amainar os ânimos, e congregar as opiniões. O pior é que, ao soçobrar, este barco procurará levar consigo ao fundo do abismo, a Igreja Católica.

Diante destes fatores originários da Revolução Francesa perguntamo-nos o que permitia ainda que o edifício do Antigo Regime permanecesse de pé, nos anos antecedentes à Revolução. A “tradição”, responde-nos Madelin; porém, esta, mesmo sendo a alma do regime, aos poucos deixou de sustentá-lo, pois “a filosofia o havia minado ocultamente, antes de jogá-lo por terra[18]”. E conclui metaforicamente o historiador, que, nas vésperas da Revolução, o Antigo Regime era “um corpo cuja alma o abandonava[19]”.

Por fim, Luís XVI, apesar da manifesta exaltação das paixões da opinião pública de seu reino, julga conveniente a convocação da assembleia dos deputados; tal ato propiciou a coligações dos fatores que vimos acima, fazendo-os eclodir numa das maiores revoluções da história. O pobre monarca perceberia tarde que esse seu gesto inconsciente e cheio de boa vontade acabaria por terminar o lânguido processo da morte de seu reino. Isto se explica, pois, há muito que o movimento das ideias – imbricado com a enciclopédia nascente – preparava o golpe: a influência do pensamento de Voltaire, Rousseau, d’Alembert, Diderot, e outros, fizera destes filósofos “os diretores de consciência da maioria dos deputados do clero e da nobreza[20]”, da mencionada assembleia. Em suma, “os que agiam às escuras estavam, após meio século de propaganda ‘filosófica’, prontos para iniciarem a investida[21]”, enquanto o rei, por sua parte, “ignora ainda a potência desta ‘república das letras’” e, ao querer remediar as crises internas de seu reino, convoca imprudentemente a reunião dos Estados Gerais[22]: “Ele queria reformas [mas não percebe que é] a Revolução que está aí[23]”.

Assembléia dos Estados Gerais

Como vimos, tendencialmente influenciada pelo protestantismo e ideologicamente imbuída da filosofia iluminista, parte da opinião pública francesa estava pronta para dar o terceiro passo: a revolução nos fatos, que se fará, em grande parte, na assembleia dos Estados Gerais, e no que dela sucedeu, como veremos. Em dita reunião, cuja abertura dera-se aos 5 de maio de 1789, toda a população estava representada por delegados das três ordens do reino: clero, nobreza e povo. Contudo, aos 17 de junho, o tiers état[24] – em detrimento do poder real – se auto-proclama “Assembleia Nacional”, e logo é respaldado pelo clero, que, em sua maioria, vem juntar-se à revolta nascente (19 de junho). No dia seguinte os delegados da Assembleia Nacional juram não se separarem antes de ter dado à nação francesa uma nova constituição: no horizonte começa a delinear-se o calvário da Igreja Católica no Reino Cristianíssimo.

Pe. Michel Six, EP.

                    Extrato da monografia “A perseguição à Igreja durante a Revolução Francesa: aspecto desconhecido de uma etapa do processo revolucionário”


[1] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra Revolução. 5. ed. São Paulo: Retornarei, 2002. p. 46.

[2] Ibid. p. 44.

[3]Au printemps de 1789, en France, le premier spectacle qui s’offre au voyageur étranger est celui d’un peuple qui ne cesse de discourir. Des milliers de pamphlets ou de journaux circulent librement dans les salons, les sociétés de lecture et les cafés. Placardés, ils font des rues un lieu de réunion et d’éducation politique. Des hommes qui se découvrent citoyens redisent le thème, cent fois repris par les philosophes du siècle, de la régénération sociale”. BERTAUD, Jean-Paul. Les Origines de la Révolution Française. Presses Universitaires de France, 1971. p. 5. (Tradução do autor).

[4] FURET, François; OZOUF, Mona. Dicionário Crítico da Revolução Francesa. Trad. Henrique Mesquita. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1989. p. 476.

[5]Animées du même esprit ‘patriote’ et ‘philosophe’, et cachant mal des visées politiques semblables, sous des prétextes offiels de science, de bienfaisance ou de plaisir”. COCHIN, Augustin. La Révolution et la Libre-Pensée. Paris: Copernic, 1979. p. 15. (Tradução do autor).

[6]Un empire sur l’opinion, sans example jusque-là”. Ibid. p. 17. (Tradução do autor).

[7] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra Revolução. 5. ed. São Paulo: Retornarei, 2002. p. 55-56.

[8] Cf. BARRUEL, Abbé. Mémoires pour servir à l’Histoire du Jacobinisme. Hambourg: P. Fauche, 1798. Vol. I. p. XXI-XXII.

[9]Et ses mains ourdiraient les entrailles du prêtre, au défaut d’un cordon pour étrangler les rois”. DIDEROT, Denis. Œuvres Complètes de Diderot: Revues sur les éditions originales, comprenant ce qui a été publié à diverses époques et les manuscrits inédits conservés à la Bibliothèque de l’Ermitage, par J. Assézat. Paris : Garnier Frères, 1875. p. 16.

[10]La Revolución francesa es el resultado lógico de las ideas ‘ilustradas’, tal como se habían desarrollado en Francia desde 1750 con Voltaire, Diderot y Rousseau (1712-1778). Basados en el derecho natural, se aspiraba a la ‘igualdad’ general, pero esto iba unido a un odio declarado contra la religión revelada y contra toda Iglesia jerárquica”. LORTZ, Joseph. Historia de la Iglesia: En la perspectiva da la Historia del Pensamiento. Trad. J. Rey Marcos. Madrid: Cristiandad, 1982. Vol. II, Edad Moderna y Contemporánea. p. 353. (Tradução do autor).

[11] Além do prejuízo financeiro, este conflito trouxe à França as novas idéias de liberdade, hauridas em solo americano, e difundidas pelos soldados franceses (comandados pelo Marquês de La Fayette) quando de lá voltaram.

[12]Les racines gelées à près d’un pied sous terre, la perte des arbres fruitiers, le désespoir des vignerons et la crainte de la famine”. BERTAUD, Jean-Paul. Op. cit. p. 6. (Tradução do autor).

[13]Il était d’esprit libéral et généreux : chrétien très sincère, il pratiquait avec une déplorable sérénité le pardon des injures”. MADELIN, Louis. La Révolution. Paris: Hachette, 1933. p. 28. (Tradução do autor).

[14] Cf. ESQUIER, Geneviève. Une histoire chrétienne de la Révolution Française. Paris : Éditions de l’Escalade, 1989. p. 26.

[15]Il avait en outre subi l’action de son siècle et, ayant lu Rousseau tout comme un autre, tenait l’homme pour bon”. MADELIN, Louis. Op. cit. p. 28 (Tradução do autor).

[16]Il ne savait pas vouloir”. Loc. cit. (Tradução do autor).

[17]Le roi n’a qu’un homme, c’est sa femme”. Apud. MADELIN, Louis. Op. cit. p. 30. (Tradução do autor).

[18]La philosophie l’avait sourdement miné avant de le jeter bas”. Ibid. p. 10. (Tradução do autor).

[19]Un corps que l’âme abandonnait”. Loc. cit. (Tradução do autor).

[20]Les directeurs de conscience de la majorité des députés du clergé et de la noblesse”. ESQUIER, Geneviève. Op. cit. p. 51. (Tradução do autor).

[21]Ceux qui agissaient dans l’ombre étaient, après un demi-siècle de propagande ‘philosophique’, prêts à donner l’assaut”. Ibid. p. 52. (Tradução do autor).

[22] Os Estados Gerais eram as assembléias, nas quais se reuniam os deputados representantes das três ordens do reino (clero, nobreza e povo), que o rei convocava em situações graves, a fim de consultá-los; antes da reunião de maio de 1789, a última a ser convocada fora em 1614, pela então regente, Maria de Médicis, após o assassinato de Henrique IV.

[23]Il voulait des réformes. Mais la Révolution est là”. ESQUIER, Geneviève. Op. cit. p. 51. (Tradução do autor).

[24] Nome usado para designar o povo, e seus representantes, nos Estados Gerais.

A conversão de São Paulo

Quando Saul estava no termo de sua viagem e próximo a chegar em Damasco[1], viu, de repente, na hora do meio-dia, uma luz se aproximar do céu mais brilhante que o sol, que passou a circunscrevê-lo a ele e seus companheiros. Todos viram esta luz e caíram por terra, tomados de pavor.

Quis Deus primeiramente derrubar o orgulho e a obstinação vaidosa da qual Saulo estava repleto, a fim de que ele pudesse receber com submissão e humildade as ordens que iria lhe dar. Derrubou-o para salvá-lo, diz Santo Agostinho[2].

São Crisóstomo diz que Deus quis que a luz precedesse a voz, a fim de que Saulo tomado divinamente por esta luz tão brilhante, acalmasse um pouco seu furor e estivesse em condições de ouvir com mais docilidade. E, Santo Ambrósio[3] comparando São Paulo, em seu desvario de espírito a um lobo que corre em meio às trevas da noite, diz que ficou como que cego pela luz que viu de repente brilhar ante seus olhos.

É de se notar que Jesus não lhe disse:  − Creia em mim, ou algo do gênero; mas contentou-se em reprovar-lhe a perseguição a que O estava submetendo e pergunta-lhe, de algum modo, diz São Crisóstomo[4], o que podia movê-lo a perseguir Sua pessoa em seus membros, querendo obrigá-lo, por aí, a refletir sobre a injustiça e a violência de seu procedimento[5].

Eis, pois, este lobo devorador transformado de repente num cordeiro. Não tendo ainda conhecimento de quem lhe falava, mas sentindo-se, mesmo assim prostrado abaixo do poder de Deus, ele o chama de Senhor, e pergunta-lhe quem é ele. Aterrado por ouvir dizer que persegue aquele cuja luz brilha ante seus olhos, e cuja voz ressoa a seus ouvidos, enquanto ele julgava estar rendendo um grandíssimo serviço a Deus perseguindo os discípulos de Jesus. Seu pavor chegou ao extremo quando esta voz disse-lhe: Eu sou Jesus de Nazaré, que persegues. Segundo Santo Hilário[6] e Santo Agostinho[7] neste momento ele via Jesus Cristo, que lhe apareceu em pessoa. Tal sentimento, defendido por Calmet[8] é confirmado pela Escritura.

Costuma-se mostrar aos viajantes à Terra Santa, o local onde São Paulo foi derrubado, a três léguas de Damasco, rumo sul. E, no tempo de Santo Agostinho[9], havia no lugar onde ele se tinha convertido, uma igreja.

Segundo a reflexão de São João Crisóstomo, Cristo não disse a Saulo que Ele era Jesus ressuscitado dentre os mortos; nem que era Jesus sentado à direita de Deus Pai. Não lhe disse também, segundo a observação de São Gregório, que fosse o Verbo Eterno, nascido de Deus ante todos os séculos e princípio de todas as coisas. Mas, declara que é este Jesus menosprezado pelos judeus, este Jesus de Nazaré, que eles tinham feito morrer numa Cruz.

Isto, porque Ele queria que, ante a visão de seu próprio desvio, ele se humilhasse subitamente e que tivesse compunção pelo sentimento da ingratidão, pelo qual ele mesmo e todos os judeus eram culpados, por não terem reconhecido a visita do Senhor, nem compreendido o cumprimento das profecias na pessoa deste Homem-Deus.

Te é duro recalcitrar contra o aguilhão. O sentido destas palavras é tomado das juntas de bois atreladas ao carro e que se espetam com o aguilhão. Quanto mais recalcitram, mais são feridas, pois o aguilhão entra-lhes na carne. Quanto mais Saulo se opunha aos desígnios de Deus, querendo destruir sua Igreja, mais ele recalcitrava contra a mão do Todo Poderoso, e mais se cansava inutilmente; o plano de Deus não deixava de se executar.

Finalmente, submeteu-se à graça e à vontade de Deus: Que queres que eu faça?

E o que ele disse uma vez, naquela ocasião, disse-o do fundo do coração a vida toda, pois que a seguir só olhou para a vontade de Cristo para regularizar suas ações.

São Lucas observa que somente então Jesus diz-lhe para entrar na cidade de Damasco, perto da qual estava, e que lá lhe seria dito o que fazer[10].

O Senhor dá a conhecer então a Saulo convertido, a escolha de graças que tinha feito na sua pessoa, para estabelecê-lo no Apostolado dos Gentios, e dizendo-lhe que era por esta razão que lhe tinha aparecido, prometendo aparecer-lhe novamente, a fim de que pudesse, como os demais apóstolos, servir-lhe de testemunho das coisas que tinha visto e que deveria ver a seguir nestas grandes revelações que tinha tido, quando fora elevado até o terceiro céu. Pois era preciso que todos os Apóstolos dessem depoimento de Jesus Cristo, como testemunhas oculares. É também porque São Paulo teve que ser favorecido por estas aparições e revelações extraordinárias, nas quais todos os segredos da Encarnação do Filho de Deus e de sua Ressurreição foram-lhe expostos à luz dos olhos.

Esta cegueira corporal de Saulo era somente uma imagem daquela onde seu espírito e seu coração tinham estado até então, da mesma maneira que a cura milagrosa de sua vista logo depois, foi uma figura da cura bem mais admirável da cegueira tão criminosa de sua alma.

“Eia, pois, exclama São Crisóstomo[11], fazendo alusão aos oráculos contidos nos sétimo e oitavo capítulos do profeta Isaias, aqui está então este ilustre despojo do demônio arrancado do inimigo de Jesus Cristo; eis uma de suas mais poderosas armas, na qual punha sua confiança, que lhe foi arrancada por Aquele que é mais forte que Satanás, depois de tê-lo subjugado. E, o que é mais admirável, é que aqueles mesmos que são inimigos de Jesus Cristo, serviram-lhe nesta ocasião de ministros, para conduzir como num triunfo, à vista de todo mundo, este perseguidor da Igreja, derrotado sob o divino poder d’Aquele que ele perseguia outrora, de maneira tão ultrajante.

Quem poderia excogitar no que pensou e o que fez durante estes três dias!? Estava a repassar em espírito, diz São Crisóstomo, tudo que tinha se passado desde a morte de Jesus Cristo e a de Santo Estevão, também. Afligia-se, recriminava-se ele mesmo por tudo que tinha cometido. Confessava, na presença de Deus, sua própria miséria e sua própria cegueira, e admirava a divina misericórdia. Rezava, e conjurava o Senhor de perdoar-lhe, e de torná-lo digno de reparar todos os males que tinha causado à sua Igreja, fazendo-o cumprir a obra para a qual o destinava[12].

− O nome de Saulo fez estremecer Ananias, porque era conhecido tudo que ele tinha feito em Jerusalém e porque ele vinha para Damasco. Assim, o temor que o impediu de pensar no que dizia e a Quem falava, o Senhor, fizeram-no opor dificuldades em ir procurar Saulo. Ananias, entretanto, sobrepondo-se a seu estupor, para obedecer a Deus, foi procurar Saulo e o batizou.

Assim, recebeu a qualidade de discípulo de Jesus; seus estragos foram esquecidos, não lhe foi feita nenhuma crítica; sua infidelidade já estava submersa no sangue recentemente derramado por Nosso Senhor Jesus Cristo; os sinais de endurecimento que lhe tinham feito outrora rejeitar a luz da verdade, e o véu que impedia o judeu infiel de ver e de reconhecer seu Messias, caíram-lhe juntamente com as escamas dos olhos. Ele passou a ver com alegria e respeito como um ministro de Deus Aquele que ele tinha vindo buscar acorrentado como um criminoso e como um prevaricador da Lei de Deus.

Ainda hoje em dia se mostra, em Damasco, a fonte na qual foi batizado São Paulo.

Na sua primeira epístola ao grande Timóteo, bispo de Éfeso, (1, 12-16) Saulo externa quais eram então seus sentimentos.

Assim é que se deu a célebre conversão do Apóstolo dos Gentios, do Pai espiritual de quase toda a terra. A Igreja, pela qual ele trabalhou tanto e até talvez mesmo mais do que os outros Apóstolos, quis honrar o fato por uma festa solene. Desde há vários séculos ela é celebrada a 25 de janeiro, por ocasião da transladação de suas relíquias.

Na época de sua conversão São Paulo tinha por volta de 36 anos. Segundo Santo Agostinho, abandonou seus bens e, quando pregava o Evangelho ele não possuía nada, razão pela qual São Crisóstomo o chama de homem pobre. Não se sabe se ele era viúvo ou se fora engajado no vínculo do casamento. Mas, o que é certo é que, desde então fez profissão de continência e castidade perfeita, conforme narra Stanto Agostinho.

Tirado de: Histoire complète de Saint Paul Apôtre et Docteur des nations

par l´Abbé Maistre, Paris: Watelier, 1870, pp. 10-19.

Resumo e tradução por Guy Gabriel de Ridder


[1] Act 9,3; 22,6

[2] Agos Serm 175, c.6

[3] De Benedict.Patriarch.c.ult.

[4] Act.hom.16,p.181; S.Aug. in Sl 30

[5] At 9,5-6

[6] De Trinit. 1,3

[7] Serm. 276, « et alii plures » ; Calmet, Comm.

[8] A. Calmet 1672 – 1757, abade de Senones, destacado exegeta francês, escreveu uma “História do Antigo e Novo Testamento”.

[9] Serm.278, c.1

[10] At 26, 16-19

[11] Act. hom. XIX, PP 81-82

[12] At. 26, 18

Cristo: Deus ou homem?

1. Um misterioso personagem

Nascido na Síria de pais persas, quando menino foi para Antioquia, onde provavelmente teve por professor Teodoro de Mopsuéstia (um dos pioneiros da doutrina errônea da dupla personalidade de Cristo). Mais tarde sentiu vocação para a vida religiosa e entrou no convento de Euprepios, próximo de Antioquia. Dada a sua notável eloquência, chamaram-no de “segundo Crisóstomo”, e Teodósio II o enviou para a sede patriarcal de Constantinopla. Eleito patriarca de Constantinopla no ano de 428, redobrou desde então seu zelo na instrução do povo e na luta contra as diversas heresias. Apresentava-se sempre como homem religioso, reformador do povo e do clero. Com sua vida ascética e com o fogo de suas palavras encantava aos que lhe escutavam. Apesar de sentir-se seguro da ortodoxia e clareza de sua doutrina, encontrou dificuldades na Nova Roma por causa das suas expressões cristológicas, que estranhavam alguns ouvidos habituados a outras formas de pensamento. Seu nome era Nestório.

Certo dia, um sacerdote da sua confiança, chamado Anastásio negou publicamente, contra o beneplácito geral das pessoas, que Nossa Senhora era Mãe de Deus (Theotókos). Qual não foi a surpresa do povo ao verem que o arcebispo Nestório também defendia e começava a pregar esta doutrina. Afirmava que Maria é mãe da natureza humana de Cristo e por isso deve ser chamada Mãe de Cristo (Christotókos). Porém de nenhum modo pode uma mulher engendrar a Deus, portanto não é Mãe de Deus. Ela deu à luz o homem no qual habitou o Verbo, o Filho de Deus.

Formaram-se assim duas correntes: a que defendia a maternidade divina e a que a negava. Atentemo-nos ao seguinte fato:

“Numa ocasião em que Proclo, candidato sem êxito para a sede de Constantinopla, exaltava a Theotókos num sermão na presença do arcebispo de Constantinopla, tomando este em seguida a palavra, sentiu-se no dever de reprimir sua importuna distinção. Eis aqui quando se originam as duas facções.” (GER vol. XVI, p. 758. Madrid, 1973. Tradução minha) [1]

2. A doutrina herética

Inicia-se desta forma uma verdadeira guerra. Nestório promove uma reunião com os seus e condena aos defensores da Mãe de Deus. A resposta destes, não tarda, pois certo dia apareceu nas portas da Igreja de Santa Sofia um cartaz no qual estavam colocadas as afirmações do Patriarca herege condenando quem dissesse que: um é o do Pai gerado antes de todos os séculos, e outro é o que nasceu da Virgem Maria.

Esta nova doutrina apresentava uma série de consequências desastrosas para a Igreja, pois, segundo ela, a humanidade de Cristo, que foi a que sofreu as dores da paixão, não pôde redimir o mundo com uma redenção superabundante e infinita, porque era limitada, finita. A redenção ficava com isto destruída. E a religião católica perdia seu significado.

Desta forma, não se podia dizer Verbum caro factum est (o Verbo se fez carne), e muito menos aplicar-lhe certas expressões do Evangelho que aludem à sua divindade; pois por muito que se queira ponderar a união das supostas duas pessoas, divina e humana, em Cristo, não se conseguirá que as ações da pessoa humana se atribuam com propriedade à pessoa divina. Erro nefasto!

O primeiro a reagir com energia contra a campanha nestoriana foi Eusébio, sacerdote, e futuramente bispo, de Doriléia. Em seguida o seu amigo Proclo uniu-se a ele. Ambos tiveram eminente papel na defesa da ortodoxia, sobretudo no âmbito cristológico.

Nestório, porém, não demora em dar uma resposta à ofensiva Alexandrina. Acusou os religiosos que se opunham a suas idéias, de promoverem a desordem pública, e valendo-se de sua autoridade e influência conquistou o poder público, fazendo prender e maltratar os tais religiosos, já que não podia refutar seus argumentos. Inconformado com a situação Nestório teve a petulância de informar o Papa São Celestino I, o qual demorou em responder-lhe.

3. Intervenção de São Cirilo de Alexandria

Neste ínterim, a notícia da nova heresia chegou aos ouvidos de São Cirilo de Alexandria que tomou a decisão de combatê-la tenazmente. Escreveu aos religiosos explanando a doutrina verdadeira da Igreja sobre a Encarnação e a Theotókos (maternidade divina), sem fazer nenhuma menção a Nestório. No fim do ano 429, São Cirilo escreve por primeira vez a Nestório advertindo-o dos rumores que corriam na região acerca de suas doutrinas, e lhe pede explicações. Este contestou abertamente convidando o santo à moderação cristã. No início de 430, São Cirilo escreve sua famosa segunda carta a Nestório expondo a doutrina católica sobre a Encarnação. Destacamos aqui um trecho:

“Não dizemos, de fato, que a natureza do Verbo foi transformada e se fez carne, mas também não que foi transformada em um homem completo, composto de alma e corpo; antes, porém, que o Verbo uniu segundo a hipóstase a si mesmo uma carne animada por uma alma racional e veio a ser homem, de modo inefável e incompreensível, e foi chamado filho do homem, não só segundo a vontade ou o beneplácito, nem tampouco como assumindo somente a pessoa; e que <são> diversas as naturezas que se unem numa verdadeira unidade, mas só um Cristo e Filho <que resulta> de ambas; não porque a diferença das naturezas tivesse sido cancelada pela união, ao contrário, porque a divindade e a humanidade, mediante seu inefável e arcano encontro na unidade, formaram para nós um só Senhor e Cristo e Filho…” (D 250).

Além de explanar a doutrina da Encarnação não deixou de esclarecer a da Theotókos insistindo assim, em fazer o Patriarca de Constantinopla reconhecer a insuficiência de suas idéias e retornar ao caminho da sã doutrina. Eis o trecho que sustenta a doutrina da maternidade divina da Virgem Maria:

“Com efeito, não nasceu antes, da Santa Virgem, um homem qualquer, sobre o qual depois desceria o Verbo, mas se diz que <este>, unido desde o útero materno, assumiu o nascimento carnal, apropriando-se o nascimento de sua própria carne. (…) Por isso, [os santos Padres] não duvidaram chamar a santa Virgem de Deípara [que deu à luz Deus], não no sentido de que a natureza do Verbo ou sua divindade tenha tido origem da santa Virgem, mas no sentido de que, por ter sido dela o santo corpo dotado de alma racional ao qual estava unido segundo a hipóstase, o Verbo se diz nascido segundo a carne.” (D 251)

Nestório escreve também a São Cirilo uma carta, que se tornará famosa porque será lida e condenada publicamente no concílio de Éfeso. Nela afirma novamente que não se pode chamar Maria Mãe de Deus, mas apenas Mãe de Cristo:

“A divina Escritura, sempre que lembra a economia da senhorial salvação, atribui o nascimento e a paixão não à divindade mas à humanidade de Cristo, de modo que, em termos mais corretos, a santa Virgem é chamada Cristípara e não Deípara.” (D 251d)

Novamente insiste na distinção de duas naturezas em Cristo e acusa São Cirilo de apolinarista, fundamentando suas palavras numa má interpretação da tradição evangélica:

“É certo e conforme à tradição Evangélica confessar que o corpo é o templo da divindade do Filho, templo no sentido de uma e divina conjunção dos <elementos> unidos, de modo que a divina natureza se apropria aquilo que pertence a este <templo>. Mas quando ao termo apropriação se associam as propriedades da carne adjunta, quero dizer, o nascimento, a paixão e a morte, isso aí, ó irmão, é coisa de um pensamento errôneo, à moda dos gregos <=pagãos>, ou afetado pelo desvario de Apolinário, de Ario e de outras heresias…” (D 251e)

4. Sansão à heresia

Ao perceber que seus esforços eram nulos, São Cirilo escreve cartas a fim de conquistar partidários contra Nestório. Preocupa-se em fazer um dossiê com um florilégio de textos patrísticos. Finalmente apelou a Roma escrevendo ao Papa São Celestino I contando tudo que havia sucedido. Com a carta mandou textos das pregações de Nestório, uma síntese dos seus erros, os textos patrísticos que ele, São Cirilo, havia elaborado e a cópia de suas cartas ao herege.

Com isto o Sumo Pontífice ficou suficientemente informado sobre a situação da Igreja do Oriente, e logo tomou sérias medidas para frear os erros de Nestório. Em agosto de 430 convocou um sínodo em Roma para condenar a doutrina nestoriana. Enviou cartas aos principais bispos do Oriente, ao clero e ao povo de Constantinopla. Também Nestório recebeu uma carta na qual o Papa apoiava a cristologia ciriliana e dizia que se, em dez dias, ele não se retratasse por escrito de todos os seus erros e se unisse a Alexandria, seria excomungado.

São Cirilo foi nomeado como encarregado de levar a cabo a sentença contra Nestório em nome da Santa Sé. Convocou em novembro deste mesmo ano um sínodo em Alexandria, no qual renova a condenação de Nestório e escreve uma terceira carta expondo novamente os verdadeiros princípios sobre a Encarnação e enumera doze anátemas contra a doutrina nestoriana.

Enquanto isso, Nestório tentou conseguir apoio do Imperador. Este decidiu convocar um concílio. Teodósio II comunicou aos bispos do Oriente e ao Papa seu plano de celebrar um concílio ecumênico em Éfeso que foi o terceiro da cristandade. Neste concílio a doutrina nestoriana foi definitivamente condenada, e a salvaguardada a doutrina da unidade de Pessoa em Nosso Senhor Jesus Cristo, e como consequência a maternidade divina da Virgem Maria.

Por Luiz Carlos da Silva

BIBLIOGRAFIA

CAROL, Juniper B., O. F. M.. Mariologia. Trad. Maria Angeles G. Careaga. Madrid: B. A. C., 1964.

DENZINGER, Heinhich. Compêndio dos símbolos, definições e declarações de fé e moral. Trad. José Mario Luz e Johan Konings. São Paulo: Paulinas, Loyola, 2007.

ENCICLOPEDIA MARIANA “THEOTÓKOS”. Trad. Dom Francisco Aparicio. Madrid: Studium, 1960.

GRAN ENCICLOPEDIA RIALP. Tomo VII e XVI. Madrid: Rialp, 1972.

LLORCA, Bernardino, S. I.. Historia de la Iglesia Católica. Vol. I, Edad Antigua. 8a edição. Madrid: B. A. C., 2001.

PIO XI. Lettera Enciclica Lux Veritatis. 25 de dezembro de 1931. Disponível em <www.vatican.va> acessado em 15 de maio de 2009.


[1] En una ocasión en que Proclo, candidato sin exito para la sede de Contantinopla, exaltaba la Theotókos en un sermón pronunciado en presencia del arzobispo de Constantinopla, tomando éste seguidamente la palabra se sentió en el deber de recalcar su inoportuna distinción. Es aquí cuando se originan las dos facciones.

Monofisismo: a grande heresia

Início da heresia e seus personagens

Após o grande patriarcado de São Cirilo de Alexandria, sucedeu-lhe um homem chamado Dióscoro, ganancioso e oportunista. Foi um dos porta-vozes da heresia monofisista, como o teria sido de qualquer outra se lhe fosse mais vantajosa e oportuna.

A ele juntou-se Eutiques, discípulo e sucessor do santo abade Dalmácio, mas lhe sucedeu apenas no cargo e não na virtude. Eutiques era um homem orgulhoso e ferrenho batalhador contra a heresia de Nestório. Estava à cabeça de mais de trezentos monges, e caiu por sua vez, talvez devido a seu orgulho, na heresia monofisista, sendo o seu maior representante.

Como se não bastasse juntaram-se a eles ainda dois personagens da corte. A imperatriz Eudoxia e o eunuco Crisáfio. Este último era um homem avarento e interesseiro, favoreceu a heresia sem escrúpulos, fazendo cair na heresia o próprio imperador, o “doce” Teodósio II.

Para fazer frente a esta corrente, a Providência suscitou grandes homens. Em primeiro lugar Teodoreto de Ciro, primeiro em atacar a heresia, o qual escreveu duas obras em oposição desta; em segundo lugar Eusébio de Doriléia, que já tinha sido ferrenho batalhador contra o nestorianismo até seu extermínio, agora se apresentava novamente como defensor da verdadeira doutrina. Por fim, à cabeça destes, representante e símbolo da ortodoxia, não tanto por seus conhecimentos teológicos, mas por sua autoridade e virtude, o patriarca de Constantinopla, São Flaviano.

Inicia-se a batalha

Durante um sínodo regional presidido pelo santo patriarca Flaviano, Eusébio de Doriléia acusou Eutiques de doutrinas heréticas. Este último foi convocado para proclamar sua fé na doutrina do concílio de Éfeso. Entretanto, Eutiques procurou esquivar-se e ganhar tempo e levantar em seu favor uma grande quantidade de monges.

Por fim, Eutiques apresentou-se, acompanhado de seus monges mais fortes e da guarda imperial. Negou-se rotundamente em aceitar a doutrina das duas naturezas na Pessoa do Verbo, aferrando-se nos escritos de São Cirilo, que ele interpretava num sentido claramente monofisista. Questionado sobre como se efetuava a união da natureza divina com a humana na Encarnação do Verbo, não teve resposta, afirmando mais tarde que se dava uma absorção, e posteriormente ainda uma fusão.

Este último fato faz surgir a suspeita de que Eutiques era como marionete nas mãos de outros, que sabiam melhor do que ele toda as resposta para as perguntas de São Flaviano, e que sabiam perfeitamente “como se dava esta união” entre as duas naturezas em Nosso Senhor. A história se repete… os fariseus são imortais.

Latrocínio de Éfeso

Eutiques percebendo-se em perigo, logo escreveu ao Papa, São Leão Magno, informando-lhe de todos os acontecimentos. Evidentemente o fez desde seu ponto de vista. Fez ainda com que Dióscoro e Crisáfio convencessem o Imperador de, por sua parte, escrever uma carta ao Santo Padre pedindo uma intervenção em seu favor. São Flaviano também acabava de descrever ao Romano Pontífice todo o ocorrido.

São Leão recebeu todas estas notícias com a mesma paz de alma com a qual enfrentou Átila às portas de Roma. Ele precisava ganhar tempo, e enquanto aguardava uma informação mais precisa de alguns de seus legados que tinham ido ter com São Flaviano e com Teodoreto de Ciro, escreveu uma carta muito amável ao imperador, agradecendo a preocupação com o bem e a unidade da Igreja e prometeu uma resposta definitiva tão logo obtivesse informações mais precisas sobre os acontecimentos. O grande Leão agiu como raposa, a espera de poder rugir novamente.

Tendo chegado todas as informações que São Leão esperava e vendo a verdadeira situação, escreveu a famosa epístola dogmática, na qual expunha a verdadeira doutrina sobre as duas naturezas de Cristo e sua união pessoal. Após a ter escrito foi ao túmulo de São Pedro e rogou-lhe que interviesse no caso e lhe ajudasse na luta, e deixando a epístola sobre o túmulo do Príncipe dos Apóstolos se retirou. Quarenta dias mais tarde São Pedro lhe apareceu e entregou a carta dizendo “li e corrigi”.

Esta carta foi enviada a todo o Oriente como um documento dogmático e infalível que todos tinham de acatar. São Leão escreveu também uma carta dirigida ao imperador e a Eutiques cheia de atenções, mas em tom firme e enérgico.

Nem Eutiques nem Dióscoro aceitaram as definições do Santo Padre e ainda tiveram o atrevimento de convocar um sínodo em Éfeso, no qual deveriam celebrar o maior dos “triunfos”. Tiveram a insolência de convidar o Papa para estar no sínodo. Este enviou três representantes, os bispos Julio e Renato e o diácono Hilário.

No sínodo, presidido por Dióscoro, os partidários do imperador tinham livre palavra, enquanto que os representantes do Papa estavam proibidos de falar. A Teodoreto de Ciro e Eusébio de Doriléia, nem se lhes permitiu assistir o sínodo.

O plano dos hereges era desfazer tudo o que São Flaviano tinha feito no sínodo de Constantinopla, em última análise, negar a epístola dogmática de São Leão Magno. Foi proposto imediatamente que se lessem as atas do sínodo de Constantinopla aos 135 bispos ali reunidos. Ante a ameaça de Dióscoro, o herege Eutiques foi absolvido, e foi anatematizada a doutrina das duas naturezas de Cristo.

Após uma intervenção dos legados pontifícios que diziam estarem sendo violados os direitos do Romano Pontífice, Dióscoro se tomou de cólera e, sob pretexto de ser agredido, deu ordem à guarda imperial e aos monges de Eutiques que expulsassem São Flaviano e os legados pontifícios. São Flaviano foi desterrado, mas tão grande foi o mau trato que lhe deram que morreu no caminho. Os legados pontifícios tiveram de fugir para não serem mortos. Ao ouvir isso tudo, São Leão disse: “Ephesium non iudicium, sed latrocinium.

Dióscoro chegou a excomungar e depor solenemente o Papa. O Oriente vivia dias de confusão e todos os olhos se voltavam para o Soberano Pontífice, de quem unicamente esperavam uma solução.

Concílio de Calcedônia

Neste momento, uma mudança rápida trouxe consigo o triunfo da ortodoxia. O eunuco Crisáfio caiu em desgraça e, com ele, a imperatriz Eudoxia, e foram ambos retirados da corte. Sem estes apoios tão indispensáveis os monofisistas ficavam em grande risco.

Mais ainda, o imperador Teodósio II morre numa queda do cavalo, e para desgraça dos monofisistas, sua irmã Santa Pulqueria assume o império e logo se casa com o grande general Marciano. Ambos partidários do Papa e da doutrina verdadeira, tiveram como primeiro ato enquanto imperadores trazerem os restos mortais de São Flaviano para Constantinopla e escreverem uma carta ao Santo Padre pedindo a convocação de um concílio para resolver definitivamente as questões doutrinárias em jogo.

O concílio se reuniu em outubro de 451 em Calcedônia – quarto ecumênico – no qual compareceram 600 prelados. Foi presidido pelo patriarca de Constantinopla, Anatólio, sucessor de São Flaviano, colocado neste cargo pelos próprios monofisistas, mas que acabou aderindo aos novos imperadores. As decisões foram rápidas, expulsaram Dióscoro das sessões do concílio, destituíram-no de seus cargos e o desterraram. Foram lidos os documentos do concílio de Éfeso de 431, os escritos de São Cirilo, do qual os hereges se utilizaram para basear sua doutrina, e no qual nenhum erro foi encontrado, a Epístola Dogmática de São Leão, ao que todos os presentes exclamaram: “Assim o cremos todos. Pedro falou pela boca de Leão”. A Epístola dogmática foi reconhecida como documento de fé.

Destes escritos, trazemos aqui uma pequena amostra. Eis um trecho de São Cirilo que torna patente a mentira dos monofisistas:

“Para tanto tornei-me semelhante a vós, um homem autêntico da descendência de Abraão, a fim de ser semelhante a meus irmãos. São Paulo compreendeu isto perfeitamente, ao dizer: ‘Visto que os filhos têm em comum a carne e o sangue, também Jesus participou da mesma condição, para assim destruir, com a sua morte, aquele que tinha o poder da morte, isto é, o demônio’ (Hb 2,14).

“Cristo, portanto, entregou seu corpo em sacrifício pela vida de todos e assim a vida nos foi dada de novo por meio d’Ele. Como isso se realizou, procurarei dizer na medida do possível.

“Depois que o Verbo de Deus, que tudo vivifica, assumiu a carne, restituiu à carne o seu próprio bem, isto é, a vida. Estabeleceu com ela uma comunhão inefável, e tornou-a fonte de vida, como Ele mesmo o é por natureza.

“Por conseguinte, o corpo de Cristo dá a vida a todos os que dele participam; repele a morte dos que a ela estão sujeitos e os libertará da corrupção, porque possui em si mesmo a força que a elimina plenamente.”[1]

Eis um trecho da carta de São Leão Magno a São Flaviano: “As duas naturezas guardam o que é próprio a cada uma e se unem numa só Pessoa. A humanidade é assumida pela majestade, a debilidade pela força, a mortalidade pela eternidade. Para saldar a dívida de nossa condição humana, a natureza invulnerável se uniu à natureza capaz de padecer, de modo que o mesmo e único Mediador entre Deus e os homens, o homem Cristo Jesus, tal com convinha à nossa restauração, pudesse morrer, por um lado, e não morrer, por outro. Isto quer dizer: o verdadeiro Deus nasceu em natureza de verdadeiro homem plena e perfeita, completo no que é seu, e completo no que é nosso. Entendemos por ‘nosso’ aquilo que desde o princípio o Criador colocou em nós e que Ele assumiu para nos restaurar…

“Cada natureza realiza, em comunhão com a outra, o que lhe é próprio, a saber: o Verbo realiza o que é próprio do Verbo, e a carne o que é próprio da carne. Deste modo, enquanto o Verbo brilha por seus milagres, a carne se submete aos seus ultrajes; e, assim como o Verbo não perdeu a glória que Ele tem igual com o Pai, assim também a carne não abandonou a natureza própria da nossa linhagem.”[2]

E por último um trecho do documento do concílio de Calcedônia: “Seguindo os Santos Padres, ensinamos que se deve confessar um só e mesmo Filho, Senhor nosso. O mesmo perfeito no tocante à Divindade e no tocante à humanidade: Deus verdadeiro e homem verdadeiro em corpo e alma, consubstancial ao Pai quanto à Divindade e consubstancial conosco quanto humanidade; semelhante em tudo a nós exceto no pecado; gerado pelo Pai segundo a Divindade desde todos os séculos, e nos últimos tempos gerado de Maria Virgem Theotókos (Mãe de Deus), por causa de nós e da nossa salvação. O mesmo e único Cristo, Senhor e Filho Unigênito em duas naturezas sem confusão, nem divisão, nem mudança, nem separação, há de ser o termo de nosso reconhecimento, sem que de algum modo desapareça a diferença de naturezas por causa da união, antes salvando-se as propriedades de cada natureza, embora as duas se encontrem numa única pessoa e subsistência. Não separado nem dividido em duas pessoas, mas uma só Pessoa, que é o único e mesmo Verbo, Deus, Filho Unigênito e Senhor Jesus Cristo, como em outros tempos nos ensinavam os profetas a respeito dele, e o próprio Jesus Cristo ensinou a respeito de Si mesmo, e como nos transmitiu o símbolo de fé dos Padres.”[3]

Foram elaborados alguns cânones importantes ao final do concílio, mas um deles, o último, equiparava a Sede de Constantinopla à de Roma. Isso foi feito após a partida dos legados pontifícios. Tendo estes recebido a notícia ainda a caminho de Roma, protestaram contra este cânon. São Leão aprovou apenas as conclusões doutrinárias.

Doutrina monofisista

É-nos, contudo, necessário conhecer essa doutrina tão perniciosa quanto sutil. Mono em grego quer dizer uma, phisys quer dizer natureza. Após a derrota, em 431 no concílio de Éfeso, do nestorianismo, que afirmava que em Nosso Senhor existiam duas naturezas, mas também duas pessoas, alguns alexandrinos, querendo humilhar os derrotados nestorianos antioquinos, começaram a afirmar que em Nosso Senhor existia uma pessoa, mas também uma única natureza.

Diziam estes que antes da Encarnação se podia falar em duas naturezas distintas, divina e humana, mas que depois da Encarnação as duas naturezas teriam se fundido.

“Cristo procederia ex duabus naturis, mas não estaria subsistindo in duabus naturis: teria uma só natureza composta das duas, mas que na realidade a humana teria sido absorvida pela infinita pessoa do Verbo de Deus”. (FERRER, p. 60)

Isto é perfeitamente incoerente, pois como se poderia falar em duas naturezas antes da Encarnação se a humana ainda não existia?

Todos nós sabemos, e é matéria de fé, que em Nosso Senhor Jesus Cristo existem duas naturezas, perfeitamente distintas, unidas hipostaticamente na Pessoa do Verbo. Nosso Senhor Jesus Cristo não é uma mescla intermediária de duas naturezas, pois não pode existir uma natureza composta de uma divina e outra humana.

“Os teólogos posteriores explicam que resultaria impossível a união da divindade e da humanidade numa única natureza mesclada de ambas, pois a divina é imutável e absolutamente simples, e não pode deixar de ser o que era e passar a ser outra coisa, nem pode ser parte de uma natureza composta. Ademais, tal união iria contra a fé, pois Cristo já não seria Deus, e tampouco seria verdadeiro homem, mas sim outra coisa.”[4]

Alguém poderia perguntar “qual a importância de afirmar uma ou outra doutrina? Basta ter fé em Deus. Afinal, que consequências podem trazer estas doutrinas?”

Dizer que em Nosso Senhor existiam duas naturezas e duas pessoas, erro nestoriano, significa nada mais nada menos afirmar que Jesus não é Deus, mas apenas um homem intimamente unido a Deus, e disso poderíamos concluir que o gênero humano não teria sido redimido, que a Santíssima Virgem não é Mãe de Deus, mas apenas do homem Jesus, que o Verbo não se tinha feito carne e habitado entre nós, que morreu na Cruz apenas um grande homem, mas não um Deus, que a Igreja fundada por Ele não é nem divina nem a única verdadeira, etc.

Entretanto, um erro pior e muito mais sutil era o do monofisismo, que afirmava ter em Nosso Senhor apenas uma pessoa, mas também só uma natureza. As consequências que se pode tirar disso são ainda piores do que as do nestorianos. Dizer que Nosso Senhor tinha apenas uma natureza é afirmar que ele não era nem inteiramente homem, nem inteiramente Deus, mas que tinha havido uma espécie de fusão entre as duas naturezas, humana e divina, na Pessoa do Verbo, ou seja, Ele seria uma terceira coisa que não era nem homem nem Deus, mas uma espécie de semi-deus, constituindo uma terceira espécie ou gênero meio centáurica.

Todos nós sabemos que natureza não é o mesmo que pessoa. Quando se fala em natureza, entende-se a essência da coisa de que se fala e que seria equivalente à pergunta “o que é?” à resposta “uma pedra, uma árvore, um homem, etc.”. Quando se fala em pessoa se propõe a pergunta “quem é?” à resposta “Pedro, João, Maria, etc.”

“A natureza humana de Cristo, ainda que real, criada, individual e concreta, não é uma hipóstase ou uma pessoa humana, pois não é subsistente, não é um todo completo em si mesmo que exista independentemente de outro, já que pertence propriamente ao Verbo que a assumiu, e foi levada de modo inefável à união do Ser pessoal do Filho de Deus, que é o único subsistente, sujeito ou pessoa, em sua natureza divina e em sua natureza humana.”[5]

Afirmar que a natureza humana de Nosso Senhor não é uma pessoa não significa Lhe diminuir ou tirar nada da verdadeira e real índole humana, já que essa natureza é completa e perfeita, e não falta nada que seja próprio dela. E tampouco rebaixa sua condição e dignidade o fato de ela não existir por si mesma e não constituir uma pessoa humana, mas pelo contrário, “a natureza humana é em Cristo mais digna do que em nós, porque em nosso caso ao existir por si mesma tem sua própria personalidade, e em Cristo essa natureza existe na Pessoa adorável do Verbo” (S.Th. III, 2,2, ad 2)

A Encarnação não supôs mudança alguma no Verbo de Deus. Somente se dá a mudança na natureza humana; esta mudança consiste no fato de começar a existir elevada à união pessoal com o Verbo. A Pessoa divina não adquiriu nenhuma perfeição nova, porque possui todas as perfeições em substância.


[1] LITURGIA DAS HORAS, São Paulo: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave Maria, vol. II, 2000. vol II.

[2] BETTENCOURT, Estevão Tavares. Curso de cristologia. Rio de Janeiro. p. 82.

[3] BETTENCOURT, Estevão Tavares. Curso de cristologia. Rio de Janeiro. p. 82.

[4] FERRER, Vicente Barriendos. Jesucristo, nuestro Salvador. 4. Ed. Madrid: Rialp, 2005. p. 61.

[5] FERRER, Vicente Barriendos. Jesucristo, nuestro Salvador. 4. Ed. Madrid: Rialp, 2005. p. 65.

El primer dogma de la Fe

Hacia el año 320 d. C., surgió por todo el medio oriente, desde Alejandría hasta la Palestina, una nueva doctrina. Al mismo tiempo, gran peligro amenazaba a la cristiandad que salía de las catacumbas, pues todavía en sus primeros años, la Iglesia puede ser comparada con una niña que está aprendiendo a caminar en un terreno pedregoso, y que, en cualquier momento, puede tropezar y caer. Sin embargo, cumpliendo la promesa hecha por Cristo a San Pedro, surgieron los Padres de la Iglesia, que no permitieron que esta viniese a perecer, al combatir ardientemente contra las primeras herejías, sobre todo, contra el arrianismo.

El arrianismo

Esta nueva enseñanza agradó a muchos, primeramente por causa de su autor Arrio, sacerdote en la iglesia de Baucalis en Alejandría. Teniendo como obispo a San Alejandro, podemos decir que “la acogida que encontró esta doctrina fue generalmente benévola, aumentó rápidamente la actividad de Arrio y sus adeptos”.[1] Más tarde bautizada con el nombre de arrianismo.

Doctrina

En síntesis, niega la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, diciendo que Él es un simple hombre creado por Dios. La consecuencia de esta afirmación es desastrosa, pues declara que no habría Redención, y por lo tanto, el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús no existirían. Siendo así, las puertas del cielo estarían  aun cerradas y nosotros no podríamos entrar, ya que el Preciosísimo Sangre de Nuestro Señor no hubiese servido para nada:

“El Hijo no es engendrado ni es parte del ingénito, ni deriva de un sustrato; sino que por voluntad y decisión del Padre ha venido a la existencia antes de los tiempos y de los siglos, plenamente Dios, unigénito, inalterable. Y antes de haber sido engendrado o creado o definido o fundado (Prov 8, 22-25), no existía. Porque no era ingénito.”[2]

Dios Hijo es creado y por eso no es eterno, poseyendo un principio que, por consiguiente, no es de la misma naturaleza del Padre, rebajando a Nuestro Señor Jesucristo a una mera criatura, como todas las demás. Por lo tanto, niega la Redención de la humanidad por parte de nuestro Señor.

Convocatoria del primer concilio

Alrededor del año 321, Arrio fue excomulgado juntamente con su doctrina como consecuencia de un sínodo de cien obispos en Alejandría, convocado por Alejandro, obispo diocesano.[3] Pero, a pesar de ya estar fuera de la Iglesia, al igual que su doctrina, Arrio siguió propagando sus errores por todo el oriente, llegando inclusive hasta el occidente donde tubo varios adeptos entre los obispos, siendo Eusebio de Nicomedia uno de los más notables.

En esta controversia intervino el emperador de la época, Constantino, a fin de restablecer la paz dentro del Estado, pero más especialmente, dentro de la propia Iglesia “consolidando así la comunión eclesial, mediante la unidad doctrinal”[4] convocando, de esta forma, el primer concilio ecuménico de la Historia: el Concilio de Nicea. Concilio este suscitado para la defensa de la fe, la condenación del arrianismo, y para dar una explicación doctrinaria y racional de la fe.[5] Dando ocasión a una de las primeras oportunidades en que, tanto el poder temporal como el espiritual, se unieron para luchar contra los que procuraban deturpar la sana doctrina.

El concilio de Nicea

Para este efecto, Constantino recurrió al concilio utilizándose de la ayuda de Osio de Córdoba, consejero del emperador en los asuntos religiosos, y contando también con más de 300 obispos de toda la Cristiandad. El Papa de la época, San Silvestre I, envió dos representantes, a saber, los sacerdotes Vito y Vicente, ya que no pudo comparecer personalmente.[6] Así, todos fueron convocados en la ciudad de Nicea con el fin de restablecer la paz en la Iglesia

Ahora bien, no se debe pensar que el emperador era quien tomaba todas las medidas sólo por el hecho de haber sido la autoridad que convocó el concilio, pues las decisiones estaban reservadas más bien a los prelados que participaban:

“Los pronunciamientos conciliares nicenos, que en la práctica constituyen el símbolo, hay que considerarlos como elaborados por los obispos, bajo la guía del Espíritu Santo, en la búsqueda de la voluntad de Dios. Su criterio de verdad y de validez no es la voluntad extrínseca del emperador, sino la regle de fe y la tradición apostólica. Estas decisiones, además, encontraron en la persona del emperador un custodio vigilante y una poderosa garantía.”[7]

Proclamación del dogma

El concilio duró aproximadamente dos meses, desde el 20 de mayo hasta el 25 de julio del año 325. Y así, los obispos conciliares llegaron a una conclusión que luego fue proclamado como dogma de fe:

“Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, creador de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado unigénito del Padre Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho (creado) consubstancial al Padre, por medio de quien vinieron a ser todas las cosas, del cielo como de la tierra.” (DH 125)

El Credo y la doctrina de la consubstancialidad

De esta forma nace el comienzo del Credo de Nicea que, a lo largo del recorrer de la historia, fue desenvolviéndose hasta formar el Credo Niceno-Constantinopolitano que habitualmente se reza en las Misas de domingo. En esta parte se afirma portentosamente que Jesucristo no es creado, sino que es engendrado, pues ya existía desde toda la eternidad junto con el Padre y el Espíritu Santo e, inclusive, es de la misma substancia del Padre.

Como es de notar, toda esta primera parte dice especialmente acerca del Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, y va contra la doctrina arriana.  Así, como por ejemplo, el concilio declaró que el Hijo no es creado, lo que es respaldado por medio del término consubstancial, que procedente del griego omoousion (homooúsios), declarando de este modo que al no ser creado el Hijo, participa de la misma substancia Divina del Padre. Todo indica que fue Osio de Córdoba el autor de esta fórmula, pues:

 “[…] fijaba con precisión el dogma católico sobre la naturaleza del Verbo […]. El hecho es que, con la fórmula feliz, se compuso un símbolo, el símbolo de Nicea en el que resumía la doctrina cristiana, particularmente por lo que se refiere al Verbo, este símbolo se propuso inmediatamente en la asamblea.”[8]

Y de este modo, toda la doctrina puesta en el Credo y proclamada como dogma de fe, quedó fundamentada sobre la roca de Pedro. Y consecuentemente, los herejes, por lo tanto, Arrio y sus seguidores, fueron nuevamente excomulgados y exiliados por el emperador Constantino.

Así, por medio del primer concilio ecuménico de la historia, se proclamó la doctrina de la consubstancialidad del Padre y del Hijo, primer dogma proclamado oficialmente por un concilio y confirmado por el Papa. Es importante resaltar que, una vez proclamado, el dogma es inmutable y vemos como de este modo, la Iglesia establece pilastras firmes para las luchas contra todos los que, a lo largo de la historia, han intentado e intentarán difundir sus doctrinas, disfrazadas bajo el manto de la Santa Iglesia. Y así, este fue el primer símbolo fundamental de la batalla inicial de la Iglesia naciente, por la defensa de la sana doctrina.

Por Ignacio Palacios Morales

Concílio de Nicéia


[1] LLORCA, Bernardino. Historia de la Iglesia Católica: Edad Antigua. 8. ed.  Madrid: BAC, 2001, v. 1, p. 386.

[2] SIMONETTI, M., apud AMATO, Angelo. Jesús el Señor. Trad. Demetrio Fernández. Madrid: BAC, 2002, p. 184.

[3] Cf. LLORCA. Op. cit., p. 386.

[4] AMATO. Op. cit., p. 187

[5] Cf. CASTÉ, Juan Carlos. O Concílio de Niceia. Arautos de Evangelho, São Paulo, n. 136, abr. 2013, p. 18.

[6] Cf. LLORCA. Op. cit., p. 389

[7] AMATO. Op. cit., p. 187.

[8] LLORCA. Op. cit., p. 391

Qual a missão dos Bispos na Igreja?

001Velho Pastor

Lucas Antonio Pinatti

Estando certa vez em uma cidade interiorana da Espanha, deparei-me com uma cena simples, mas inesquecível. Estava eu em meu quarto quando o ruído provocado por sinos e um murmúrio de voz humana eram trazidos pela suave brisa da tarde.

Ao assomar-me à janela do quarto, vi que um rebanho de cerca de 40 ovelhas se apinhavam junto ao pastor que do alto de seu púlpito, uma pedra da colina, conversava com as ovelhas. Uma delas, pequenina, estava em seu ombro, parecia ferida. A outra acariciava com a mão. Outra recebia uma reprimenda por ter-se afastado imprudentemente do rebanho colocando-se ao alcance dos lobos espanhóis. A todas tratava o pastor pelo nome e as ovelhas, como se possuíssem inteligência, ouviam com avidez as palavras do bom campesino.

Esta cena, incomum em nosso ambiente urbano, mas tão antiga como o mundo, é uma imagem da função dos bispos na Igreja, prefigura pelo Divino Mestre.

“Eu sou o bom pastor. Conheço as minhas ovelhas e elas me conhecem. Por elas dou a minha vida” (Jo 10, 14.15). Nesta passagem da escritura, vemos Nosso Senhor se apresentar como o perfeito pastor, capaz de ir ao encontro de uma só ovelha que se tenha desgarrado do redil, a ponto de, se preciso for, dar a sua própria vida. Fato que se deu realmente ao consumar sua paixão no Calvário. Por sua morte, redimiu todos os homens, salvando-os da culpa original, e abrindo-lhes as portas do Céu[1].

Notamos, ademais, por esta narração feita pelo evangelista, um especial afeto e predileção para com a função de pastor entre os homens. Dela utilizou-se o Divino Mestre para simbolizar de uma maneira insuperável, seu zelo e amor por todos os homens[2]. E este ofício, o Pastor Eterno quis confiar a São Pedro, constituindo-o pastor e chefe da Igreja Universal, dizendo-lhe após a sua ressurreição: “Apascenta as minhas ovelhas” (Jo 21, 15-17). Com estas palavras, Nosso Senhor, além de reafirmar o poder do apóstolo de ligar e desligar na terra e no Céu, deu-lhe a completa autoridade sobre a Igreja, passando a Sua própria função de apascentá-la.

Ademais, como nos ensina o Concílio Vaticano II: “Assim como permanece o múnus confiado pelo Senhor singularmente a Pedro, primeiro entre os Apóstolos, e que se devia transmitir aos seus sucessores, do mesmo modo permanece o múnus dos Apóstolos de apascentar a Igreja, o qual deve ser exercido perpetuamente pela sagrada Ordem dos Bispos”.[3]

E isto é de fato, pois Aquele que elegeu a São Pedro como cabeça e fundamento da Igreja, escolheu alguns discípulos, dando-lhes o nome de Apóstolos (Cf. Lc 6, 13). “Do mesmo modo que a autoridade de Pedro é necessariamente perpétua no Pontificado romano, também os Bispos, na sua qualidade de sucessores dos Apóstolos, são os herdeiros do poder ordinário dos apóstolos, de tal sorte que a ordem episcopal forma parte da constituição íntima da Igreja”[4]. “Por instituição divina, os Bispos sucedem aos Apóstolos, como pastores da Igreja; quem os ouve, ouve a Cristo; quem os despreza, despreza a Cristo e Aquele que enviou Cristo (cfr. Luc. 10,16).”[5]

Sendo sucessores dos apóstolos, também passam a fazer parte do colégio apostólico. Do mesmo modo que os apóstolos eram unidos a São Pedro, os Bispos estão de igual forma unidos ao Romano Pontífice, sucessor de São Pedro, de maneira a que, sem a autoridade e união com o Vigário de Cristo, esse colégio episcopal perde todo o seu poder[6]. Reunindo-se em concílios, este colégio episcopal guiou o povo de Deus desde os primeiros séculos da cristandade. Por ele as verdades da Fé são ensinadas; o rebanho de Cristo é orientado; os homens recebem a luz para chegar a plena santificação. Em suma, através dos Concílios, a nau da Igreja é guiada pelos mares da História com o forte impulso da suave brisa do Espírito Santo.

A missão de ensinar

Após a ressurreição milagrosa estando junto aos discípulos no monte das Oliveiras antes de ascender aos Céus, Jesus com sua voz indescritível e adorável ordenara: “Ide por todo o mundo e pregai o Evangelho a toda criatura” (Mc 16,15); “Batizai-as em nome do Pai, do Filho e do Espírito Santo.” (Mt 28,19) Com estas palavras, Jesus quis deixar selada para sempre a missão dos apóstolos, e sucessivamente, a de todos os bispos.

Segundo as palavras do Salvador, os Bispos, junto com os presbíteros e diáconos – os seus colaboradores – têm como dever principal anunciar com todo o empenho o Evangelho de Deus.  Sendo dotados da própria autoridade de Jesus Cristo, “os Bispos são os arautos da fé que para Deus conduzem novos discípulos”[7]. Contudo a simples presença de um sucessor dos apóstolos deve também ser um reflexo vivo da palavra divina que anuncia, pois só desta forma fará brotar as sementes que afastam os erros.  A esse propósito exortava São Paulo: “prega a palavra, insiste oportuna e importunamente, repreende, ameaça, exorta com toda paciência e empenho de instruir. Sê prudente em tudo, paciente nos sofrimentos, cumpre a missão de pregador do Evangelho, consagra-te ao teu ministério” (2 Tim 4,2.5).

Essa é a principal função pela qual todo Bispo se compromete: levar, pelo bem de seus súditos, a missão pastoral evangelizadora sem interrupções[8]. Os fiéis, entretanto, devem estar de acordo com os ensinamentos de seu pastor, pois eles anunciam infalivelmente as doutrinas de Jesus, ao estarem em comunhão com o Bispo de Roma. Por sua sabedoria, suas pessoas se tornam sagradas perante os fiéis, os quais devem manifestar respeito e veneração por estes homens, testemunhas e reflexos vivos da doutrina divina e católica.

A missão de santificar

“O Bispo e os presbíteros santificam a Igreja com sua oração e seu trabalho, por meio do ministério da palavra e dos sacramentos”[9]. Por estas duas formas, a Igreja no seu conjunto, é elevada a um mais alto patamar de santidade. A boa administração dos sacramentos, e em especial a eucaristia – pela qual Cristo quis perpetuar a memória de sua paixão – faz que as Graças infinitas de Deus se difundam sobre o orbe, comprando pelos méritos de Cristo, os benefícios para a salvação da humanidade.

A missão de governar

Por sua própria potestade sagrada vinda desde os Apóstolos, os Bispos agem como legados do Senhor nas suas igrejas particulares, trabalhando de maneira a todos serem inteiramente unidos por meio do corpo e sangue de Nosso Senhor Jesus Cristo[10].  Devem deste modo aconselhar, alertar e persuadir o seu rebanho rumo à verdade e à santidade, através, não só por suas palavras, mas principalmente por seus exemplos e virtudes.

Enfim, o bispo jamais pode ofuscar sua vista perante a grande vocação que o Senhor lhe deu, mas sim ter sempre presente o exemplo do Bom pastor que veio ao mundo para servir e não ser servido (Cf. Mt 20,28). Serviço que “para resgatar a essas ovelhas que confiou a Pedro e as seus sucessores”,[11] entregou seu corpo, derramando por completo seu precioso sangue na cruz.

Neste sentido, assim nos diz a encíclica Lumem Gentium: “Tendo que prestar contas a Deus pelas suas almas (cfr. Hebr. 13,17), deve, com a oração, a pregação e todas as obras de caridade, ter cuidado tanto deles como daqueles que ainda não pertencem ao único rebanho, os quais ele deve considerar como tendo-lhe sido confiados pelo Senhor.” Seguindo esses ensinamentos, o Bispo fará todo o necessário “para que a graça se torne copiosa entre muitos e redunde o sentimento de gratidão, para glória de Deus” (2 Cor 4,15).

Este é o sentimento e a compenetração que um católico deve possuir quando ao encontrar-se diante do Bispo diocesano, o Pastor de um inumerável rebanho.

Revisão: V. Menezes/M. Melo


[1] Cf. S. Th. III, q. 49, a.5

[2] Cf. DIAS, João Clá. A maior felicidade. Arautos do Evangelho. São Paulo: Associação Arautos do Evangelho. n. 55, p.14.

[3] II Concílio do Vaticano, Const. dogm. Lumen Gentium, 20: AAS 57 (1965) 24.

[4] LeãoXIII. Carta Encicl. Satis cognitum, 29 jun. 1896: ASS 28 (1895-96)

[5] II Concílio do Vaticano, Const. dogm. Lumen Gentium.Opus cit.

[6] Cf. Idem. 22

[7] II Concílio do Vaticano, Const. dogm. Lumen Gentium, 25: AAS 57 (1965) 29.

[8] Cf. S. Th. II-II, q. 185, a. 5.

[9] FERNÁNDEZ, Luis Martínez. Diccionario teológico del Catecismo de la Iglesia Católica. B.A.C.:Madrid, 2004. p. 246.

[10] Oração moçarabe. PL 96, 759 B

[11] São João Crisóstomo. De sacerdotio II.

Descrição da Santa Missa na Igreja primitiva por São Justino, mártir

125_20071016_gk01Nessa descrição datada da primeira metade do século segundo, se delineia os principais elementos da Santa Missa tal com a conhecemos hoje. Percebe-se já naquele tempo a primazia do Domingo sobre o Sábado como o dia mais solene para a Santa Missa, devido a Ressurreição de Cristo. Oferecemos o leitor esse texto de São Justino (†165), no qual se percebe o fervor eucarístico da Igreja nascente assim como o desejo de explicar os mistérios da Santa Missa para recém convertidos ou pessoas em vias de se converter.

“Terminadas as orações, damos mutuamente o ósculo da paz. Apresenta-se, então, a quem preside aos irmãos, pão e um vaso de água e vinho, e ele tomando-os dá louvores e glória ao Pai do universo pelo nome de seu Filho e pelo Espírito Santo, e pronuncia uma longa ação de graças em razão dos dons que dele nos vêm. Quando o presidente termina as orações e a ação de graças, o povo presente aclama dizendo: Amém… Uma vez dadas as graças e feita a aclamação pelo povo, os que entre nós se chamam diáconos oferecem a cada um dos assistentes parte do pão, do vinho, da água, sobre os quais se disse a ação de graças, e levam-na aos ausentes. Este alimento se chama entre nós Eucaristia, não sendo lícito participar dele senão ao que crê ser verdadeiro o que foi ensinado por nós e já se tiver lavado no banho [batismo] da remissão dos pecados e da regeneração, professando o que Cristo nos ensinou. Porque não tomamos estas coisas como pão e bebida comuns, mas da mesma forma que Jesus Cristo, nosso Senhor, se fez carne e sangue por nossa salvação, assim também se nos ensinou que por virtude da oração do Verbo, o alimento sobre o qual foi dita a ação de graças – alimento de que, por transformação, se nutrem nosso sangue e nossas carnes – é a carne e o sangue daquele mesmo Jesus encarnado. E foi assim que os Apóstolos, nas Memórias por eles escritas, chamadas Evangelhos, nos transmitiram ter-lhe sido ordenado fazer, quando Jesus, tomando o pão e dando graças, disse: “Fazei isto em memória de mim, isto é o meu corpo”. E igualmente, tomando o cálice e dando graças, disse: “Este é o meu sangue”, o qual somente a eles deu a participar… No dia que se chama do Sol [domingo] celebra-se uma reunião dos que moram nas cidades e nos campos e alí se lêem, quanto o tempo permite, as Memórias dos Apóstolos ou os escritos dos profetas. Assim que o leitor termina, o presidente faz uma exortação e convite para imitarmos tais belos exemplos. Erguemo-nos, então, e elevamos em conjunto as nossas preces, após as quais se oferecem pão, vinho e água, como já dissemos. O presidente também, na medida de sua capacidade, faz elevar a Deus suas preces e ações de graças, respondendo todo o povo “Amém”. Segue-se a distribuição a cada um, dos alimentos consagrados pela ação de graças, e seu envio aos doentes, por meio dos diáconos. Os que têm, e querem, dão o que lhes parece, conforme sua livre determinação, sendo a coleta entregue ao presidente, que assim auxilia os órfãos e viúvas, os enfermos, os pobres, os encarcerados, os forasteiros, constituíndo´se, numa palavra, o provedor de quantos se acham em necessidade.” (Apologias)