Fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

La iglesia nos convoca para la Fiesta de María, para celebrar la Gloria de Dios que se revela en la Historia de la Salvación y que se manifiesta de modo admirable en cada acontecimiento, en cada circunstancia, en cada ocasión en la que se nos anuncia su amor.

Dios nos hizo limpios, buenos. La condición original del ser humano era la pureza del corazón y la rectitud de intención. Pero nos hemos dejado seducir por el pecado que atrapa al hombre por medio de tantas vanas ilusiones de grandeza, de tantas tentaciones que terminan por esclavizarnos y someternos a la opresión del mal.

En la intención sublime de sanar el corazón herido de muerte por el mal, Dios buscó un camino, tocó a la puerta de un corazón purísimo, capaz de responder afirmativamente allí donde la sombra del pecado había oscurecido el corazón y había sembrado su veneno.

María, obediente y fiel, marca la diferencia. Ella, elegida por Dios es señalada desde la eternidad para ser el caminopor el que debe llegar al mundo la salvación, ella es la puerta por la que ha de pasar el Salvador, ella es la aurora que anuncia el Día Luminoso del Señor que sana y salva.

Dios la llama, la destina a un ministerio excelente y magnífico y por ello, previendo la Redención, la hizo digna de la misión que debía asumir.

Que bello le cantaremos en el Prefacio el día de la Inmaculada, ya tan cercano:

Purísima había de ser, Señor,

la Virgen que nos diera  el Cordero inocente

que quita el pecado del mundo.

Purísima a la que, entre los hombres,

es abogada de gracia,

y ejemplo de santidad[1]

La palabra Divina, que se ha proclamado, nos recordará este designio amoroso de Dios y nos mostrará como en María Inmaculada, en su amorosa disponibilidad a la voluntad de Dios, la obediencia generosa remedia la desobediencia orgullosa, la humildad luminosa vence la sombra de la soberbia, la piedad vence la impiedad, la esperanza vence la dolorosa imagen del hombre que lloraba su pecado.

Nuestro corazón se dirige hoy a Dios, con agradecida esperanza. En la bondad Divina celebramos el prodigio de la Encarnación y proclamamos la gloria que se manifiesta en la Madre del Redentor. La Reina que hoy es glorificada es la Madre del Cordero que quita el pecado del mundo, como lo cantó Melitón de Sardes, un escritor antiguo que decía:

Este es el cordero sin voz; el cordero inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado de vísperas y sepultado a la noche; que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que en el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro[2] 

María asume su tarea con amor. Sabe que Dios la invita a recorrer un largo camino.

Este camino comienza en Nazaret, pero luego se transforma en un sendero lleno de luces y sombras, de penas y esperanzas. En el trayecto que separan la Cuna y la Cruz se tiende el velo dulcísimo del amor de la Madre para recoger el amor del Hijo, para escuchar la palabra humilde de los Pastorcillos (cfr. Lucas 2,7), para escuchar la dramática profecía de Simeón.

Es parte de su camino escuchar la profecía de Simeón que el Poeta Epifanio Mejía (1838-1913) cantaba así:

“Diste al presentar tu hijo, de Dios en la Santa Casa,

un bello par de Palomas y cinco ciclos de plata,

Simeón te hizo, entonces, su predicción funeraria” [3].

Es parte de su largo sendero de penas, perderlo y encontrarlo en el Templo (Lucas 2,4-50). Es también parte de su itinerario  verlo crecer “en santidad, estatura y gracia”(Cfr. Lucas 2, 52).

Es también parte del camino de María, como lo dice san Juan, el encuentro con su Hijo en las Bodas de Caná, cuando en derroche de dulzura, tras el larguísimo silencio de Nazaret, ante la insistencia de la Madre, se inauguraron con Vino delicioso, los días de la gloria que ahora llegan a su cenit.

De Caná a la Cruz hay un largo camino de obediencia y una larga cadena de pruebas y de dolores. La Madre sabe que desde que pronunció su Sí[4] en Nazaret, toda su vida será un ascenso a la Cruz y por la Cruz.

Su camino, su largo velo que se abre en la cuna de Belén, llega hasta la Cruz que se recorta contra el oscuro firmamento, y que ya había sido anunciada por Simeón[5].

Y luego, al alborear la Pascua, el camino de la Madre se vuelve compañía y esperanza para todos, se hace oración en el Cenáculo, como lo cuenta el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles.

Este camino continúa en la historia de la humanidad. En la Historia de María la Asunción le señala una doble misión, un privilegio y una consecuencia.

Privilegio porque es primicia. Después de Cristo es llevada a la Gloria, después de su Señor se le tienden desde la gloria los delicados lazos del amor filial que la rescatan de la muerte, que abren su sepulcro y que coronan con gloria la totalidad de la existencia: Alma y Cuerpo, como dice la definición del Dogma, de la Madre Bienaventurada del Señor.

La Asunción es consecuencia más que lógica de una vida de fidelidad.  Por eso desde su altísimo trono Dios reina sobre la Historia. Jesús, coronado de Espinas de oro, ha vencido la muerte y ha querido tener junto a la sede de la Justicia y de la Misericordia una abogada sencilla y humilde, ya prefigurada en la bíblica Esther,  que sigue suplicando, que sigue mirando, como lo hizo en Caná[6], la vaciedad de nuestras tinajas, porque el vino de la alegría se ha secado en nuestros corazones. Sigue constatando, como en el Calvario, que para la sed del hombre sólo hay vinagre y que Ella, la Madre, asume como su tarea la constante intercesión por las necesidades de la Iglesia y del mundo.

Hoy, en esta Basílica Sublime, en esta casa digna del Rey eterno, de la Reina coronada de estrellas, de la corte soberana de los Redimidos con el Sacrificio de Cristo, miramos a la que un día en Paris, la capital de un mundo vanidoso y soberbio, se le presenta a Catherine Labouré para mostrarle un camino de esperanza, para decirle a la humanidad que ella es la Madre Inmaculada del Redentor, para mostrar la Medalla Milagrosa que es promesa de vida y premio para los que, arrepentidos, quieran volver a Dios.

Ella ruegue por nosotros. Ella Bendiga la vida luminosa y al tiempo discreta y sabia del querido Monseñor Joao Clá Diaz, piadoso servidor de la Reina del Rosario. Ella, Madre de todos, acompañe a cada uno de los Heraldos del Evangelio que quieren proclamar la Gloria de Dios. Ella sea el modelo de Santidad de las Hermanas, de todos los que, iluminados por este Carisma de Piedad y de alegría, avanzan sembrando amor por Dios, fe en la Iglesia, amor a María santísima.

Al continuar nuestra celebración, agrego y concluyo con las palabras de Santa Laura Montoya, la primera hija de Colombia que llega a los altares:

Gloria a vos tan bella,

poderosa reina,

amparo de los pobres peregrinos,

cielo del mismo cielo. Amén.

Caieiras, 27 de noviembre de 2014

P. Diego Alberto Uribe Castrillón


[1] Misal Romano. Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Prefacio.

[2] Melitón de Sardes. Homilía sobre la Pascua.

[3] Epifanio Mejía (1838-1913) Poeta Colombiano, compuso los que ahora son los versos de La Novena de la Virgen de la Candelaria, Patrona de Medellín, Colombia.

[4] Lucas 1,38

[5] Lucas 2,34

[6] Cfr. Juan 2, 1-12.

Comentário ao 32o domingo do Tempo Comum

Ressuscitaremos: sim, ou não?

Os saduceus cumpriam as formalidades da Lei de Moisés, mas não acreditavam na ressurreição dos mortos: eram ateus-práticos. Por isso, procuravam armar ciladas a Jesus, para impedir a crença na imortalidade da alma e na ressurreição dos corpos.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias

I – A ressurreição dos corpos

Afirma o Apóstolo que Jesus ressuscitou como “primícias dos que morrem” (I Cor 15, 20). São Paulo não perde nenhuma oportunidade para acentuar a importância da ressurreição final com vistas a animar aos coríntios por ele batizados a continuarem firmes na fé, como também no trabalho apostólico. Segundo ele, sem essa fé, a tendência seria adotar-se um sistema de vida epicurista, relativista e libertino, conforme a expressão de Isaías: “Comamos e bebamos porque amanhã morreremos” (22, 13).

No capítulo 15 de sua primeira epístola aos Coríntios, depois de denominar de insensato a quem se põe o problema de como e em que condições ressuscitam os mortos, ele procura esclarecer de forma muito simples e acessível a revelação sobre a identidade substancial dos corpos nesta vida terrestre e os readquiridos após o Juízo Final, apesar das enormes diferenças de propriedade e aspecto entre o morto e o ressurrecto.

A comparação é retirada da natureza vegetal. Desta, Paulo faz uma aproximação entre a morte do grão ao ser semeado, sua posterior germinação e frutificação, com o nosso retorno à vida, no dia do Juízo. “Assim também será a ressurreição dos mortos. Semeia-se na corrupção, ressuscita-se na incorrupção. Semeia-se na ignomínia, ressuscita-se glorioso. Semeia-se na debilidade, ressuscita-se na força. Semeia-se um corpo natural, ressuscitará um corpo espiritual” (I Cor 15, 42-44).

Nosso corpo participa dos prêmios e castigos da alma

Mais de um milênio após essa proclamação de Paulo, o Doutor Angélico nos deixaria uma rica e profunda doutrina sobre a essência dessa revelação. Sempre levando em conta estar a alma unida ao corpo como forma e matéria, e “como a alma é a mesma especificamente, parece que deve ter também a mesma matéria específica. Logo, será o mesmo corpo antes e depois da ressurreição. E assim, será preciso que esteja composto de carne e ossos, e de outras partes da mesma classe”.[1]

Nosso corpo ressuscitará porque Deus assim quis e determinou, como também por ser parte integrante de nós mesmos, merecendo os prêmios ou castigos conforme caibam à nossa alma na medida em que tenha participado dos méritos ou das iniquidades da mesma. Por isso, “entre os bons e os maus permanecerá uma diferença fundamentada no que pertence pessoalmente a cada um. […] e como a alma merece, pelos seus atos pessoais, ser elevada à glória da visão de Deus ou ser excluída pela culpa da ordenação para tal glória, segue-se, como consequência, que todo corpo se conformará segundo a dignidade da alma”.[2]

Os corpos dos justos se revestirão de glória

A morte não é senão um sono prolongado (cf. Jo 11, 11), e os cemitérios, vastos dormitórios. Os que repousam no pó da terra despertarão, uns para a felicidade eterna, outros para as trevas e castigo também eternos (cf. Dn 12, 2). Os bons, já no acordar, terão seus corpos em claridade. “Pela claridade da alma elevada à visão de Deus, o corpo, unido à alma, alcançará algo mais. Pois estará totalmente sujeito a ela pelo efeito da virtude divina, não só enquanto ser, mas também enquanto ações e paixões, movimentos e qualidades corpóreas. Portanto, assim como a alma se encherá de certa claridade espiritual, ao gozar da visão divina, também, por certa redundância desta no corpo, se revestirá este, à sua maneira, da claridade da glória”.[3]

Ademais, os corpos dos bons, no próprio instante da ressurreição, gozarão da agilidade. “A alma, que unida a seu fim último gozará da visão divina, experimentará o cumprimento total de seu desejo em tudo. E como o corpo se move conforme o desejo da alma, resultará que o corpo obedecerá absolutamente à indicação do espírito. Por isso os corpos que terão os bem-aventurados ressuscitados serão ágeis. E isto é o que diz o Apóstolo no mesmo lugar (I Cor 15, 43): Semeado na fraqueza ressuscita vigoroso. Pois experimentamos a fraqueza corporal porque o corpo se sente incapaz de responder aos desejos da alma nas ações e movimentos que lhe impõe; fraqueza que, então, desaparecerá totalmente pela virtude que sobeja no corpo ao estar a alma unida a Deus. Por isso, na Sabedoria (3, 7) se diz também dos justos que correrão como centelhas na palha, não porque tenham que mover-se necessariamente, pois tendo a Deus de nada precisam, mas para demonstrar seu poder”.[4]

O corpo glorioso se levantará da poeira da terra, espiritualizado, dotado de sutileza. “A alma que goza de Deus se unirá perfeitissimamente a Ele e participará de sua bondade em grau sumo, conforme sua própria medida; e de igual modo o corpo, pois este se sujeitará perfeitamente à alma”.[5]

A impassibilidade dos corpos gloriosos não permitirá a existência de nenhum defeito, dor ou mal. “A alma que goza de Deus terá tudo em ordem à remoção de todo mal, porque onde está o Sumo Bem não cabe mal algum. Logo, também o corpo, aperfeiçoado pela alma e em proporção a ela, será imune de todo mal, não só atual, mas inclusive do mal possível. Do atual, porque em ambos nem haverá corrupção, nem deformidade, nem defeito nenhum. Do possível, porque nada poderão sofrer que lhes perturbe. E por isso serão impassíveis. Mas esta impassibilidade não excluirá neles as paixões essencialmente sensíveis, porque usarão dos sentidos para gozar daquilo que não repugna o estado de incorrupção”.[6]

Ressurreição dos condenados

Os maus também ressuscitarão íntegros. “As almas dos condenados têm efetivamente natureza boa, que foi criada por Deus; mas terão a vontade desordenada e afastada do próprio fim. Portanto, seus corpos, no que se refere à natureza, serão reparados e íntegros, pois ressuscitarão na idade perfeita, com todos os seus membros e sem nenhum defeito, nem corrupção que tivesse ocasionado uma falha da natureza ou enfermidade”.[7]

As almas dos maus, ao ressuscitarem seus corpos, estarão sujeitas a estes; diferentemente da situação dos bem-aventurados, serão elas carnais e não espirituais. “Como sua alma estará voluntariamente separada de Deus e privada de seu próprio fim, seus corpos não serão espirituais, ou seja, sujeitos totalmente ao espírito, senão que sua alma será carnal pelo afeto”.[8]

Nem de longe experimentarão a agilidade dos corpos gloriosos. Muito pelo contrário, serão de certo modo sujeitos à lei da gravidade. “Tais corpos não serão ágeis, nem obedientes à alma, sem dificuldade, mas serão graves e pesados, de certo modo insuportáveis à alma, tais quais são as mesmas almas que se afastaram de Deus pela desobediência”.[9]

Serão ainda mais sujeitos às dores e ao sofrimento do que o somos nós nesta vida terrena mas, sem nunca em nada se corromper, além das respectivas almas serem “atormentadas pela privação total do desejo natural da bem-aventurança”.[10]

E pelo fato de estar a alma excluída da luz do conhecimento divino, seus corpos serão “opacos e tenebrosos”.[11]

Sobre esses desgraçados, triunfará a morte. Ressuscitarão para ser lançados na morte eterna. A eles não se aplicarão as palavras de Isaías (25, 8) e Oseias (13, 14) citadas pelo Apóstolo “A morte foi tragada pela vitória. Onde está, ó morte, a tua vitória? Onde está, ó morte, o teu aguilhão?” (I Cor 15, 55).

II – A cilada dos saduceus

Essa é a maravilhosa realidade — revelada por Cristo Jesus e explicitada pela Igreja infalível — que nossa fé católica nos faz aguardar com fortalecida esperança. Mas, na Antiguidade nem de longe essa doutrina era assim conhecida. Sobretudo era ignorada entre os pagãos e mais especialmente em meio a certas correntes filosóficas da Grécia. Não é difícil compreender a razão pela qual se tinha criado obstáculos contra a possibilidade de haver ressurreição.

Antes de tudo devemos considerar a constatação histórica, no dia a dia, sobre os mortos: quais deles retornam à vida? Porém, indo mais ao fundo do problema, encontramos a luta que se estabelece no interior de todo homem entre suas más inclinações e sua consciência. Sendo a criatura humana um monólito de lógica, se admite ela a ressurreição dos corpos como um prêmio ou castigo eternos em proporção aos méritos ou culpas, ver-se-á na obrigação de cumprir as leis morais contra sua própria concupiscência. Sem a graça de Deus, essa batalha sempre termina mal. Ora, foi bem exatamente esse o resultado obtido pelos povos da Antiguidade, chegando alguns filósofos a defender a tese da materialidade da alma e de sua morte concomitante à do corpo.

Origem do partido dos saduceus

Sob o império de Alexandre Magno (356 – 323 a.C.) houve um enorme empenho na helenização e colonização do território pertencente aos hebreus. Do povo eleito, a classe mais abastada foi a mais atingida pela influência estrangeira e, aos poucos, transformou-se numa espécie de aristocracia sacerdotal, dando origem ao partido dos saduceus.

Cumpridores exatos das formalidades da Lei, os membros desse partido eram, na realidade, incrédulos e relativistas em matéria moral. Reduziam ao mínimo as exigências dogmáticas e não receavam professar erros crassos hauridos do mundo pagão, como por exemplo chegavam a se opor à existência dos Anjos e, pior ainda, não aceitavam a própria existência das almas separadas dos corpos. Negavam inclusive a providência de Deus, como também sua ação sobre os acontecimentos. Eram ateus-práticos e apesar de se revestirem dos cerimoniais do culto da religião judaica, não passavam de semipagãos. Não é difícil concebê-lo pois, ainda nos dias de hoje esbarramos não poucas vezes com pessoas dessa mentalidade e submersas nas mesmas convicções.

Apesar do número dos saduceus ser proporcionalmente muito reduzido, a péssima influência por eles exercida sobre o povo, era bem considerável, devido à sua situação social. Seu nome tem origem na palavra hebraica adiq (קידצ), ou seja, justo. Talvez por arrogância própria, eles mesmos escolheram esse nome, ou por debique lhes foi conferido por outros.

Os saduceus constituíam uma forte corrente, em oposição aos fariseus. Os dois partidos compunham o quadro político, social e religioso vigente durante a vida pública do Divino Mestre. Apesar do caráter inteiramente pacífico, ordeiro e caritativo em extremo da atuação de Jesus, essas correntes — acrescentemos ademais o sinédrio, os escribas e os herodianos — se alternavam para de maneira encarniçada Lhe armar alguma cilada da qual pudesse resultar sua prisão e condenação à morte. Eis a vez dos saduceus com seu deboche feito de ceticismo.

A objeção levantada pelos saduceus

27 Aproximaram-se depois alguns saduceus, que negam a ressurreição, e fizeram-Lhe a seguinte pergunta: 28 “Mestre, Moisés deixou-nos escrito: se morrer o irmão de algum homem, tendo mulher, e não deixar filhos, case-se com ela o seu irmão, para dar descendência ao irmão. 29 Ora, havia sete irmãos. O primeiro casou, e morreu sem filhos. 30 Casou também o segundo com a viúva, e morreu sem filhos. 31 Casou depois com ela o terceiro. E assim sucessivamente todos os sete; e morreram sem deixar filhos. 32 Morreu enfim também a mulher. 33 Na ressurreição, de qual deles será ela mulher, pois que o foi de todos os sete?”.

Sobre esses versículos, afirma Fillion: “A citação dos saduceus era exata quanto ao sentido. Esta prescrição, que não era particular dos judeus, pois também é encontrada em vários povos antigos, como os egípcios, os persas e os hindus, e ainda hoje entre os circasianos, é conhecida com o nome de lei do levirato, que seria a lei que regula o matrimônio entre cunhados e cunhadas. Tinha por objetivo conservar o ramo primogênito de cada família e impedir a excessiva transmissão dos bens a outrem. Não estava limitada aos irmãos do marido morto sem filhos, mas se estendia também aos parentes próximos, como sabemos pelo livro de Ruth (3, 9-13). Não era estritamente obrigatória, mas o que se recusasse cumpri-la tinha que se submeter a uma cerimônia humilhante (cf. Dt 25, 7-10; Rt 4, 1-11). Apesar de que no tempo de Nosso Senhor já havia caído em descrédito, que irá aumentando com os anos, não havia cessado de estar em vigor na Palestina. […]

“Esta breve narração, picante e rápida, é um modelo de casuística refinada. Seus autores davam por seguro que a questão que acabavam de propor a Jesus O colocaria seguramente em um grande apuro. Como poderá responder esta deductio in absurdum? Não parece que fere de morte o dogma da ressurreição dos corpos, provando que deste nascem dificuldades insolúveis? Ainda que não tivesse havido mais do que dois matrimônios, a questão se apresentaria do mesmo modo (a bem da verdade, a propuseram alguns rabinos e estes a haviam resolvido dizendo que neste caso a mulher pertenceria, na outra vida, ao primeiro dos dois maridos. Zohar Gen. 24, 96); mas, multiplicando-os desta maneira, os saduceus conseguem ressaltar mais a objeção”.[12]

Entretanto, poderíamos, com segurança, afirmar ser característica evidente de inteligência superficial e sem substância, o julgar os acontecimentos e o próprio ser humano pelas simples aparências sensíveis, sem nunca se elevar ao invisível. Para esse tipo de gente, Deus lhes é semelhante e a eternidade não é senão um prolongamento do mundo atual, se é que ela existe. Não se poderia esperar outro tipo de objeção de um libertino para justificar seu relativismo.

É incrível a semelhança do discurso dos saduceus com o raciocínio de certos filósofos atuais e de outros tempos. São tão numerosas as oposições ao dogma da ressurreição surgidas ao longo da História, que se fôssemos catalogá-las todas, seria intérmina sua coleção.

Resposta do Divino Mestre

34 Jesus disse-lhes: “Os filhos deste mundo casam e são dados em casamento, 35 mas os que forem julgados dignos do mundo futuro e da ressurreição dos mortos, não desposarão mulheres, nem as mulheres desposarão homens, 36 porque não poderão jamais morrer; porquanto são semelhantes aos Anjos e são filhos de Deus, visto serem filhos da ressurreição”.

Em nossa vida terrena, devido à mortalidade, a existência da sucessão é indispensável para perpetuar-se a humanidade, e por consequência o matrimônio será uma exigência até se completar o número dos eleitos.

Ora, a eternidade, enquanto excelente imagem de Deus, não comportará a morte, e os bem-aventurados viverão exclusivamente nas leis do Espírito, no conhecimento e amor de Deus, vendo-O face a face. Os corações e as inteligências estarão unidos nas castas delícias da caridade perfeita, sem nenhuma necessidade do matrimônio. “Porque os casamentos são feitos para se ter filhos; os filhos vêm para a sucessão; e a sucessão chega pela morte; portanto, onde não há morte não há casamentos”.[13]

Não é demais insistirmos que erraríamos se julgássemos ser a ressurreição um acontecimento exclusivo aos corpos dos justos. Não se deve crer “que unicamente ressuscitarão os que sejam dignos ou os que não se casam, mas também ressuscitarão todos os pecadores, e não se casarão na outra vida. Além do mais, o Senhor, para estimular nossas almas a buscar a ressurreição gloriosa, quis falar somente dos eleitos”.[14]

Depois da ressurreição, os corpos dos eleitos serão “angelizados” e já não estarão sujeitos às leis da matéria e nem às da animalidade, conforme anteriormente dissemos. Torna-se patente, assim, o quanto devemos evitar o pecado pois, “se viverdes segundo a carne, morrereis [ressuscitar para ser lançado em corpo e alma no inferno, é morte eterna], mas se, pelo Espírito, fizerdes morrer as obras da carne, vivereis” (Rm 8, 13).

Deus não cria nossos corpos diretamente como o faz com nossas almas. Nesse sentido, somos filhos dos homens, expostos a todas as contingências inerentes à nossa natureza, até a morte. Como “filhos da ressurreição”, seremos filhos da onipotência divina, a qual restaurará nossos corpos de forma imediata, sem o concurso nem sequer de nossos pais terrenos.

Eis o quanto estavam errados os saduceus com seus falsos e infundados argumentos. Quando se afasta de Deus e de sua Revelação, o homem sempre cria sistemas de pensamento obscuros, estreitos e obtusos.

A imortalidade da alma

37 “Que os mortos hajam de ressuscitar, o mostrou também Moisés no episódio da sarça, quando chamou ao Senhor ‘o Deus de Abraão, o Deus de Isaac, e o Deus de Jacó’. 38 Ora Deus não é Deus de mortos, mas de vivos, porque para ele todos são vivos”.

Nesses versículos, claramente defende o Divino Mestre a imortalidade da alma, depois de ter revelado a ressurreição dos corpos. As Escrituras têm outras passagens ainda mais explícitas sobre a ressurreição (cf. Dn 12, 2; Is 26, 19) que bem poderiam ter sido enunciadas por Jesus. Mas Ele lançou mão do exemplo ocorrido na vida de Moisés, para refutar a citação feita pelos próprios saduceus ao levirato (cf. Dt 25, 5-6).

Se o homem, ao morrer, se precipitasse no vazio, aniquilando-se em seu ser, todas as promessas da Escritura cairiam também no vazio. Deus jamais reduz ao nada qualquer de suas criaturas. As formas podem ser mutáveis, mas as substâncias permanecem. Nossos corpos são como que invólucros de nossas almas. Estas podem se desprender daqueles, cessando de emitir aos nossos sentidos as manifestações de sua existência, mas continuarão a viver na vingança ou no amor de Deus, nas trevas ou na Luz eternas.

“Se Deus se define como ‘Deus de Abraão, Deus de Isaac, Deus de Jacó’ e é um Deus de vivos, não de mortos, então quer dizer que Abraão, Isaac e Jacó vivem em alguma parte; se bem que, no momento em que Deus fala a Moisés, eles já haviam desaparecido há séculos. Se existe Deus, existe também a vida além do túmulo. Uma coisa não pode estar sem a outra. Seria absurdo chamar a Deus de ‘o Deus dos vivos’ se, no final, Ele se encontrasse só para reinar sobre um imenso cemitério de mortos. Não entendo as pessoas (parece que existem) que dizem crer em Deus, mas não em uma vida ultraterrena.

“A pesar disso, não é necessário pensar que a vida além da morte começa só com a ressurreição final. Aquele será o momento em que Deus, também, tornará a dar vida aos nossos corpos mortais”.[15]

III – Conclusão

Frustradamente vive o mundo, hoje em dia, à busca de novos prazeres, a fim de satisfazer a sede de infinito que arde no âmago da alma humana. Se pudessem os homens ouvir um acorde da música celeste que arrebatou em êxtase a São Francisco, ou contemplar por um rápido momento a face de Deus que levou a São Silvano ter repugnância às faces dos homens, compreenderiam o quanto as delícias do Céu são puríssimas, eternas e opostas às da Terra.

Sêneca comentando o suicídio de Catão, concretizado com o auxílio de um punhal, para fugir das considerações de uma Roma que perdera a liberdade, afirma que o motivo principal de sua morte estava centrado na doutrina elaborada por Platão em sua obra Fedon, na qual explana longamente a imortalidade da alma. Em sua genialidade, Sêneca resume o ato com esta frase: “Ferrum fecit ut mori posset, Plato ut vellet — O ferro (aço) fez que pudesse morrer, Platão que quisesse”.

Se os próprios pagãos quando fiéis à razão chegavam a essas conclusões, por que nós batizados haveremos de seguir os equívocos dos saduceus? ²


[1] SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma contra os gentios. L.IV, c.84.

 

[2] Idem, c.86.

 

[3] Idem, ibidem.

 

[4] Idem, ibidem.

 

[5] Idem, ibidem.

 

[6] Idem, ibidem.

 

[7] Idem, c.89.

 

[8] Idem, ibidem.

 

[9] Idem, ibidem.

 

[10] Idem, ibidem.

 

[11] Idem, ibidem.

 

[12] FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión, Muerte y ­Resurrección. Madrid: Rialp, 2000, v.III, p.43.

 

[13] SANTO AGOSTINHO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c.XX, v.27-40.

 

[14] SÃO BEDA, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea, op. cit.

 

[15] CANTALAMESSA, OFMCap, Raniero. Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo C. Valencia: Edicep, 2003, p.346.

 

 

Comentário ao Evangelho do 31o domingo do Tempo Comum

Admirar, eis a solução de incontáveis problemas nossos

O egoísmo nos traz a amargura e a infelicidade. Como Zaqueu, subamos com coragem e sem respeito humano a “árvore da admiração” a tudo o que é verdadeiro, bom e belo, e teremos a alegria de receber Jesus em nossa alma.

Mons. João S. Clá Dias, EP

I – O homem tem necessidade de admirar

O final do século XIX acompanhou assombrado o ingente esforço de uma menina norte-americana que marcaria a História. Acometida de grave doença aos 18 meses de idade, Helen Adams Keller (1880-1968) perdeu completamente a visão e a audição. Ficou, assim, reduzida a um triste isolamento, sem possibilidade de conhecer o exterior, a não ser pelo tato, olfato e paladar.

Essa trágica e silenciosa noite de sua mente poderia ter se perpetuado por toda a vida, se não fosse o providencial encontro com uma genial educadora, Anne Mansfield Sullivan, que conseguiu ensinar-lhe a linguagem das mãos, o alfabeto braile e, por fim, a falar fluentemente.

Depois de indizíveis dificuldades, Helen chegou a dominar o francês e o alemão, com boa pronúncia. Cursou faculdade, percorreu o mundo dando palestras e escreveu livros. Anos a fio, ela desenvolveu um quase inacreditável labor, impelida pela ânsia de se relacionar com os outros, movimento natural de todo ser humano, dotado de instinto de sociabilidade.

Ora, assim como pelo heliotropismo as plantas crescem à procura da luz, também as almas necessitam abrir-se à contemplação das criaturas para, a partir delas, subir até o Criador. Não foi diferente com Helen Keller, a qual crivava a sua mestra com perguntas como estas: O que faz o Sol ser quente? Onde estava eu antes de vir para minha mãe? Os passarinhos e os pintos saem do ovo: de onde vem o ovo? Quem fez Deus? Onde está Deus? A senhora já viu Deus? [1]

Estas são questões que revelam como a alma aspira inelutavelmente chegar à Causa Primeira de tudo, a partir das causas segundas. Pois há em nós uma inata tendência para Deus — que, por analogia, poderíamos chamar de teotropismo — a qual nos leva a fazer correlações, transcendendo da escala natural à sobrenatural. Nesse sentido, ensina São Tomás: “permanece no homem, ao conhecer o efeito, o desejo de saber que este efeito tem uma causa e de saber o que é a causa. Esse desejo é de admiração e causa a inquirição”.[2]

Ora, como tudo quanto há no universo espelha em alguma medida o Criador, o movimento ordenado da alma é deixar-se atrair pelos reflexos de verdade, beleza e bem, presentes nas criaturas.

Assim, todos devemos procurar tornar nossa alma muito propensa à admiração, de forma a, deparando-nos com algo que é elevado, santo, nobre ou simplesmente reto, nos encantarmos e remontarmos à Causa suprema. E, com toda a evidência, essa admiração cabe, sobretudo, em relação ao Homem-Deus, à sua Mãe Santíssima e à Santa Igreja.

II – Um publicano chamado Zaqueu

Naquele tempo,1 Jesus tinha entrado em Jericó e estava atravessando a cidade.

Nosso Senhor Se dirige a Jerusalém para sofrer a Paixão. Ainda pouco antes de chegar a Jericó, o tinha anunciado aos seus discípulos pela terceira vez, mas eles “nada compreenderam de tudo isso: o sentido da palavra lhes ficava encoberto e eles não entendiam o que lhes era dito” (Lc 18, 34).

Pelo contrário, os seguidores de Jesus, entre eles os próprios Apóstolos, julgavam estar Ele a caminho da Cidade Santa para fazer um grande milagre, pelo qual Israel seria libertado do jugo romano.

É nesse clima de expectativa e otimismo que o Divino Mestre vai ser recebido em Jericó.

Ódio dos judeus pelos publicanos

2 Havia ali um homem chamado Zaqueu, que era chefe dos cobradores de impostos e muito rico.

Inteligentes, sagazes e dotados de forte senso organizativo, os romanos instituíram como cobradores de impostos, em Israel, funcionários judeus. Por conhecerem melhor seus conterrâneos, estavam estes em condições de garantir maior receita para os cofres de César, apesar de um quase inevitável desvio de recursos, pois quem se prestava a exercer essa função, naquelas circunstâncias, não costumava primar pela retidão de alma.

Naturalmente, os judeus que aceitavam tal encargo eram considerados traidores e “cofautores da dominação romana”,[3] sendo odiados por toda a sociedade hebraica. O próprio nome da função — publicano — despertava repulsa.

Ora, precisamente o chefe dos cobradores de impostos da região, Zaqueu, homem muito rico, será o protagonista desta cena evangélica. Comandar o grêmio mais detestado pelos seus patrícios equivalia a ser considerado ladrão entre os ladrões, ou seja, líder daqueles que faziam fortuna à custa da exploração do povo. Podemos, portanto, bem conjecturar o quanto era ele objeto de desprezo.

Semente de salvação

3a Zaqueu procurava ver quem era Jesus…

Não obstante, aquele publicano vai mostrar nesta passagem do Evangelho um fundo de alma muito bom.

Movido certamente pela graça, manifestava-se desejoso de ver o Divino Mestre e até, se possível, Lhe dirigir a palavra. Sentia, sem dúvida, a consciência pesada, mas ao mesmo tempo desabrochava em seu interior uma crescente admiração por Jesus. Como bem aponta São Cirilo, “germinava nele uma semente de salvação”.[4]

“Donde vinha a um homem dessa profissão um tão vivo desejo?”, pergunta-se o padre Duquesne. “Ah! Seu coração devia estar agitado por numerosos movimentos os quais, sem dúvida, ele mesmo não conseguia distinguir bem. Esse desejo, que procedia do alto, não era sem um princípio de fé, e não podia deixar de ser acompanhado de estima, de respeito e de amor ao Salvador”.[5]

A admiração leva a vencer o respeito humano

3b …mas não conseguia porque era muito baixo. 4 Então, ele correu à frente e subiu numa figueira para ver Jesus, que devia passar por ali.

O Mestre entrara em Jericó seguido de uma multidão alvoroçada pelo estupendo milagre da cura do cego que pedia esmolas à beira do caminho (cf. Lc 18, 35).[6] Segundo o padre Duquesne, as ruas por onde Jesus haveria de passar mal podiam conter a aglomeração daqueles que aguardavam sua passagem.[7] Debalde procurava Zaqueu uma brecha naquela turba para satisfazer seu anseio de ver o Senhor.

Não é frequente os Evangelistas descreverem características físicas de alguém. Assim, por exemplo, não sabemos ao certo a altura de Pedro nem se João usava barba. Sem embargo, São Lucas — que inclui em seu relato observações feitas sob um prisma médico — nos informa ser esse publicano “muito baixo”, dado fundamental para bem compreendermos o que acontecerá logo a seguir.

Os pequenos de estatura são, não raras vezes, muito ágeis e espertos. Além disso, Zaqueu, a julgar pela narração do Evangelho, parece ser ainda relativamente jovem. À procura de um posto de observação favorável, corre à frente e sobe numa figueira, indicando com essa atitude que seu grande empenho em ver Jesus não resultava de mera curiosidade.

Zaqueu não era um homem tosco. Tinha numerosos empregados a seu serviço e estava acostumado a fazer cálculos. Uma pessoa de sua projeção social precisava de um motivo muito forte para trepar numa árvore “como um camponês qualquer”,[8] observa acertadamente Willam.  E, mais ainda, para se expor à vista de um público cuja hostilidade lhe era manifesta.

O Evangelho não entra no detalhe de quanto tempo permaneceu ele à espera em cima da figueira. Pode-se, contudo, conjecturar que foi considerável, pois Nosso Senhor caminhava lentamente, cercado pela multidão, detendo-Se por vezes para atender um doente, dar um conselho, responder a alguma pergunta.

Nesse período, a atitude de Zaqueu foi uma verdadeira demonstração de pertinácia, confiança e combate ao respeito humano. Com efeito, quantos desaforos e chacotas não teve de suportar do alto da árvore o chefe dos publicanos! E se o fez foi porque, conforme comenta o padre Duquesne, “no fundo de seu coração, alguma esperança sustentava sua coragem, sem ele ter uma ideia clara a esse respeito. Indubitavelmente, desejava ser notado pelo Salvador, e queria que Ele conhecesse todas as disposições de sua alma”.[9]

A avidez do lucro e o apego ao dinheiro costumam diminuir e embotar a capacidade de admiração nas pessoas. Ora, ao que parece, Zaqueu não se deixara dominar completamente pela ambição, pois, apesar de ser cobrador de impostos e muito rico, dará provas de possuir um notável desprendimento e espírito admirativo. Essa ousada atitude de subir na figueira, ele a tomou, sem dúvida, movido por uma graça de enlevo por Nosso Senhor.

Uma interessante interpretação sobre o aspecto simbólico do gesto de Zaqueu, nos é dada pelo padre Maldonado ao comentar que “a turba deste mundo nos impede de reconhecer o Senhor; precisamos deixá-la e calcá-la aos pés, para nos elevarmos a uma virtude superior e ver do alto a Cristo”.[10]

O episódio apresenta ainda outro belo significado, uma lição para todos: quando nos sentirmos pequenos, devemos procurar Jesus, sobretudo no Santíssimo Sacramento, exposto no ostensório. Esse desejo de estar com Ele bastará para movê-Lo a apiedar-Se de nós e dar-nos aquilo de que nossas almas mais necessitam.

Nosso Senhor fixa seu olhar no publicano

5a Quando Jesus chegou ao lugar, olhou para cima e disse: “Zaqueu, desce depressa!”

Paremos por um instante para imaginar a cena. Como fizera ao curar o cego à entrada da cidade, Jesus se detém diante da árvore onde se encontra Zaqueu e lhe dirige um olhar pervadido de bondade. O povo se aglomera, curioso de ver o que ia suceder, talvez na expectativa de que o Mestre tomasse uma atitude de censura em relação ao cobrador de impostos. Entretanto, em lugar de repreendê-lo, Jesus chama-o afetuosamente pelo nome, e o manda descer.

Por sua ciência humana, Nosso Senhor não conhecia ainda esse publicano. Entretanto aqui revela não ignorar quem ele era, nem as virtudes que começavam a despontar em sua alma. Muito a propósito, comenta São Cirilo: “Cristo já contemplara aquela cena com seus olhos de Deus, e ao levantar as vistas, fitou essa pessoa com os olhos da carne. E como seu objetivo é que todos os homens se salvem, estendeu a esse homem sua bondade”.[11]

“Qual não teria sido a surpresa do publicano quando ouviu pronunciar seu próprio nome! E quão grande sua alegria!” — observa o padre Truyols.[12] E Jesus ainda lhe infundiu maior ânimo e confiança ao dizer-lhe “desce depressa”, pois, no acertado juízo do padre Tuya, “há nessas palavras um anseio espiritual por conquistá-lo”.[13]

É curioso notar que Zaqueu nada diz a Jesus. A julgar pelo relato evangélico, limita-se a olhá-Lo com enlevo e veneração, enquanto escuta, jubiloso, suas palavras.

“Hoje vou hospedar-Me na tua alma”

5b “Hoje Eu devo ficar na tua casa”.

Como se isso não bastasse, o Divino Mestre toma a iniciativa de convidar-Se à residência de Zaqueu, contrariando os costumes. Mas, observa Santo Ambrósio, Jesus “sabe que quem O acolhe como hóspede receberá uma abundante recompensa, e acontece que, embora não tivesse ouvido ainda seu convite, havia já lido em seu coração”.[14] Enfrentando todas as murmurações que poderia suscitar sua presença na casa de um publicano, Nosso Senhor anuncia sua visita “de um modo ao mesmo tempo régio e familiar”.[15]

O episódio confirma que nada atrai mais as graças de Deus do que um espírito tomado pela admiração. Com certeza, afirma Maldonado, “Cristo chamou Zaqueu porque notava a disposição de sua alma e a diligência posta por ele para conseguir vê-Lo passar”.[16] E Santo Agostinho comenta: “Quem considerava grande e inefável felicidade o fato de vê-Lo passar, mereceu imediatamente tê-Lo em casa. Infunde-se a graça, atua a fé por meio do amor, recebe-se em casa Cristo, que habitava já no coração”.[17]

Importa determo-nos nas palavras “na tua casa”. Sem dúvida, referia-Se Nosso Senhor à residência de Zaqueu, a qual precisava ser posta em ordem para acolhê-Lo. Para o chefe dos cobradores de impostos, isso não era difícil, pois, pela sua posição social, deveria receber com frequência visitas importantes. Não lhe faltariam criados nem recursos para isso.

Mas, do ponto de vista sobrenatural, é como se Jesus Se comunicasse com Zaqueu de olhar a olhar, de coração a coração, dizendo-lhe: “Hoje vou hospedar-Me na tua alma”. Portanto, a “casa” significa aqui também a alma que deve estar preparada para acolher o Senhor.

A admiração traz alegria

6 “Ele desceu depressa, e recebeu Jesus com alegria”.

Diante da misericordiosa iniciativa do Redentor, Zaqueu manifesta-se disposto a em tudo obedecer. Tomado de entusiasmo, “fez o que lhe mandava Cristo, e do modo como este lhe ordenara. Acabava de dizer-lhe que descesse depressa, e depressa desceu. Isso é corresponder à graça: seguir prontamente Aquele que chama, sem demora nem pretextos”.[18]

Mais ainda, aquele homem recebe Jesus “com alegria”, pois ao sentir-se inteiramente interpretado e compreendido por quem lhe é superior, sua alma se enche de júbilo e se abre para a fé.

Vemos, assim, como a admiração é excelente antídoto para a má tristeza que leva ao desânimo. Quando, à semelhança de Zaqueu, nos sentimos atraídos por Jesus e procuramos ocasiões para encontrá-Lo — seja no Sacramento da Eucaristia, seja através dos seres criados — Ele nos recompensa vindo à nossa casa, isto é, entrando em nosso convívio e enchendo-nos de graças, muitas vezes sensíveis.

Surpresa e incompreensão da opinião pública

7 Ao ver isso, todos começaram a murmurar, dizendo: “Ele foi hospedar-Se na casa de um pecador!”.

Tomados de ódio contra aquele publicano, os presentes “não puderam vencer seus preconceitos, apesar de pouco antes terem dado glória a Deus pela cura do cego, operada por Jesus”,[19] e começaram a murmurar contra Ele.

É importante notar que São Lucas afirma serem “todos”, e não apenas alguns, os que recriminavam Jesus por ir hospedar-Se na casa de um “pecador”. Esta palavra, sublinha o padre Tuya, “tinha para eles o sentido de um homem imerso em toda impureza ‘legal’, que neste caso podia ser também moral, devido às suas extorsões no exercício do cargo”.[20] Entrar na residência de um cobrador de impostos significava, para os judeus de então, macular-se e atrair sobre si a maldição de Deus.

Essa rejeição à atitude de Jesus carecia, entretanto, de qualquer fundamento. Não havia ensinado já o Divino Mestre, em disputa contra os fariseus, que não viera “chamar à conversão os justos, mas sim os pecadores” (Lc 5, 32)? Bem conclui Santo Agostinho: querer impedir Jesus de visitar o lar do publicano equivalia “a censurar o médico por entrar na casa do enfermo”.[21]

Jesus, como observa o padre Truyols, não fez caso dessas murmurações. “Ele era o Bom Pastor, que viera ao mundo em busca da ovelha perdida. Para encontrá-la e reconduzi-la ao redil aceitara o convite do publicano Levi, deixara-Se tocar pela pecadora e não ignorava que a aparente delicadeza de consciência daqueles que reprovavam seu proceder não era senão um disfarce de refinado orgulho e de cruel egoísmo”.[22]

Submissão e generosidade de Zaqueu

8a Zaqueu ficou de pé, e disse ao Senhor: “Senhor, eu dou a metade dos meus bens aos pobres…”.

Este versículo mostra o quanto o publicano havia preparado a “casa” de sua alma para bem receber o Messias. Chegado àquela residência, Jesus deve ter Se recostado à moda oriental em um divã, e seria inusual que o anfitrião não fizesse o mesmo. Ora, Zaqueu permaneceu de pé, em sinal de submissão, veneração e reconhecimento da superioridade do seu Hóspede, no qual talvez vislumbrasse rasgos de divindade.

 Nessas alturas, ele já deseja mudar de vida, converter-se, abandonando seus erros e pecados. De fato, inúteis teriam sido todas as graças recebidas, se não conduzissem a esse desfecho. “Jesus, o doce e misericordioso Salvador dos pecadores, era inexorável na luta contra o pecado. Exigia daqueles que queriam segui-Lo, e daqueles aos quais dispensava favores ou perdoava crimes, o propósito de romper definitivamente com todo e qualquer pecado”.[23]

O fato de Zaqueu dispor-se a dar aos pobres a metade dos seus bens prova sua sinceridade e boa-fé. Entretanto, Fillion vai mais longe, ao tomar esse gesto “como uma recordação da honra que lhe fizera Jesus, e como manifestação de que, com fé inquebrantável, O considerava o Messias prometido”.[24]

8b “…e, se defraudei alguém, vou devolver quatro vezes mais”.

Contudo, a conversão do publicano não teria sido completa sem o desejo de reparar os males que fizera. Pois o pecado de roubo exige, além de pedir perdão a Deus, a restituição dos bens indevidamente adquiridos.

Enlevado pela contemplação da Justiça em substância, que ante ele Se encontrava, Zaqueu manifesta a disposição de cumprir essa obrigação com largueza: “Se defraudei alguém, vou devolver quatro vezes mais”. Sua generosa atitude revela verdadeira dor pelo pecado e uma retidão de alma fruto da conversão obtida pela graça.

Esta passagem do Evangelho nos proporciona um valioso princípio para o apostolado: as autênticas conversões se conquistam sempre despertando nas almas a admiração por Nosso Senhor Jesus Cristo.

Apesar da falta de méritos, é justificado por Nosso Senhor

9 Jesus lhe disse: “Hoje a salvação entrou nesta casa, porque também este homem é um filho de Abraão. 10 Com efeito, o Filho do Homem veio procurar e salvar o que estava perdido”.

Nosso Senhor usa aqui a palavra casa também num sentido mais profundo, referindo-se, como vimos, à alma do anfitrião. Pois “foi nesse momento que a fé de Zaqueu, sua obediência, seu desinteresse e sua caridade fizeram dele um verdadeiro filho de Abraão”.[25] Assim, ao afirmar “hoje a salvação entrou nesta casa”, Jesus declara solenemente que esse homem está perdoado.

Antes de se encontrar com o Divino Mestre, Zaqueu era um pecador que corria atrás do lucro, por vezes ilícito. Entretanto a graça introduziu em sua alma o desejo de ver Aquele que “veio procurar e salvar o que estava perdido”, e o publicano correspondeu.

Buscar Nosso Senhor, subir na árvore, descer depressa ao ser chamado, receber com alegria e atender com generosidade: eram sintomas da aceitação das graças recebidas. Para consumar a conversão, faltava apenas Zaqueu reconhecer seus pecados, pedir perdão e manifestar-se disposto a reparar o mal. Foi isso o que ele fez na presença de Jesus.

III – A admiração transforma

Em certo sentido, todos somos Zaqueus. Estando nesta vida em estado de prova, a qualquer momento pode Nosso Senhor passar diante nós e nos chamar, servindo-Se de uma leitura, uma conversa, uma pregação, ou quiçá por meio de uma moção interior da graça.

Como responderemos nós se, como ao publicano, Ele nos disser: “desce depressa, porque hoje vou hospedar-Me em tua casa?” “Saberemos imitar a generosidade de Zaqueu e, antecipando-nos à admoestação do Senhor, responder-Lhe com espontânea prontidão: ‘doravante, quero firmemente não pecar mais?’”.[26]

Tudo dependerá da admiração que tivermos.

O caminho da conversão do publicano, narrado nesta passagem do Evangelho, começou com um mero sentimento de curiosidade para com aquele Homem do qual ele tanto ouvira falar. Mas, pela ação da graça, logo se transformou em desejo de conhecê-Lo, falar-Lhe e estar com Ele, dando início ao processo que haveria de torná-lo um verdadeiro “filho de Abraão”.

Como Zaqueu, assim devemos reagir também nós, fugindo das multidões e subindo na “árvore da admiração” para melhor contemplar o Divino Mestre. Porque quem está tomado de verdadeiro enlevo, escuta a palavra do Senhor, observa seus preceitos e enfrenta todas as dificuldades para segui-Lo, até o fim.

Árduo seria avaliar até que ponto são profundas as consequências desse voltar-se enlevado para o que é superior, se não fosse São Tomás de Aquino nos ensinar: “A primeira coisa que então [ao atingir o uso da razão] ocorre ao homem pensar é deliberar sobre si mesmo. E se se ordenar ao fim devido, conseguirá pela graça a remissão do pecado original”.[27] Ou seja, derramam-se sobre ele os mesmos efeitos do Batismo sacramental![28]

Essa ousada afirmação do Doutor Angélico é analisada em profundidade por Garrigou-Lagrange, segundo o qual, se um menino não batizado e educado entre os infiéis, ao chegar ao pleno uso da razão amar eficazmente “o bem honesto por si mesmo e mais do que a si mesmo”, estará justificado. “Por quê? Porque desse modo ama eficazmente a Deus, autor da natureza e soberano bem, confusamente conhecido; amor eficaz que no estado de queda não é possível senão pela graça, que eleva e cura”.[29]

Com efeito, na admiração pelo bem o homem se torna semelhante ao objeto de seu enlevo. Pelo contrário, ao fechar-se em si mesmo, julgando encontrar nisso a felicidade, enche a alma de amargura, tristeza e frustração, pois a desvia de sua finalidade suprema que é Deus. “Fizeste-nos, Senhor, para ti, e nosso coração estará inquieto enquanto não repousar em ti”,[30] ensina o grande Santo Agostinho.

Através do enlevo pelos reflexos do Criador, a exemplo de Maria, Mãe de todas as admirações, melhor nos identificaremos com Jesus, modelo perfeitíssimo de todos os homens. Terá entrado, assim, a salvação em nossa casa, pela porta da admiração! ²


[1] Cf. KELLER, Helen Adams. A história de minha vida. Rio de Janeiro: José Olympio, 1940, p.248-249.

 

[2] SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q.3, a.8. Ver também q.32, a.8: “A admiração é um certo desejo de saber, que surge no homem porque vê o efeito e ignora a causa; ou porque a causa de certo efeito excede o conhecimento ou a potência de conhecer”.

 

[3] TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, v.V, p.889.

 

[4] SÃO CIRILO DE ALEXANDRIA. Comentario al Evangelio de Lucas, 19, 2, apud ODEN, Thomas C.; JUST, Arthur A. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Evangelio según San Lucas. Madrid: Ciudad Nueva, 2000, v.III, p.392.

 

[5] DUQUESNE. L’Évangile médité. Lyon-Paris: Perisse Frères, 1849, p.309.

 

[6] Respeitamos aqui a ordem cronológica da exposição de São Lucas, sem entrar na discussão exegética sobre se a cura do cego aconteceu realmente à entrada ou à saída da cidade.

 

[7] Cf. DUQUESNE, op. cit., p.309.

 

[8] WILLAM, Franz Michel. A vida de Jesus no país e no povo de Israel. Petrópolis: Vozes, 1939, p.338.

 

[9] DUQUESNE, op. cit., p.311.

 

[10] MALDONADO, SJ, Juan de. Comentarios a los Cuatro Evangelios. Evangelios de San Marcos y San Lucas. Madrid: BAC, 1951, v.II, p.752.

 

[11] SÃO CIRILO DE ALEXANDRIA, op. cit., p.392.

 

[12] FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, Andrés. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. 2.ed. Madrid: BAC, 1954, p.490.

 

[13] TUYA, op. cit., p.889.

 

[14] SANTO AMBRÓSIO. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas. L.VIII, n.82. In: Obras. Madrid: BAC, 1966, v.I, p.524-525.

 

[15] FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Vida pública. Madrid: Rialp, 2000, v.II, p.457.

 

[16] MALDONADO, op. cit., p.753.

 

[17] SANTO AGOSTINHO. Sermo CLXXIV, c.IV, n.5: ML 38, 942.

 

[18] MALDONADO, op. cit., p.753.

 

[19] GOMÁ Y TOMÁS, Isidro. El Evangelio explicado. Año tercero de la vida pública de Jesús. Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, v.III, p.398.

 

[20] TUYA, op. cit., p.889.

 

[21] SANTO AGOSTINHO. Sermo CLXXIV, c.V, n.6: ML 38, 943.

 

[22] FERNÁNDEZ TRUYOLS, op. cit., p.490.

 

[23] KOCH, SJ, Anton; SANCHO, Antonio. Docete. Formación básica del predicador y del conferenciante. La gracia. Barcelona: Herder, 1953, t.IV, p.303.

 

[24] FILLION, op. cit., p.457.

 

[25] DUQUESNE, op. cit., p.314.

 

[26] KOCH; SANCHO, op. cit., p.304.

 

[27] SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I-II, q.89, a.6.

 

[28] Cf. Idem, III, q.66, a.11, ad 2; q.68, a.2.

 

[29] GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. El Sentido Común, la Filosofía del ser y las fórmulas dogmáticas. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1944, p.338-339.

 

[30] SANTO AGOSTINHO. Confessionum. L.I, c.1, n.1. In: Obras. Madrid: BAC, 1955, v.II, p.82.

Comentário ao 30o domingo do Tempo Comum

Quando é inútil rezar?

Mons. João S. Clá Dias, EP

Se quisermos ter certeza de que nossa oração é atendida por Deus, devemos imitar o modo de rezar do publicano, humilhando-nos diante d’Ele e pedindo perdão por nossos pecados.

Disse também esta parábola a uns que confiavam em si mesmos por se considerarem justos, e desprezavam os outros: 10 “Subiram dois homens ao Templo a fazer oração: um era fariseu e o outro publicano. 11 O fariseu, de pé, orava no seu interior desta forma: ‘Graças Te dou, ó Deus porque não sou como os outros homens, ladrões, injustos, adúlteros; nem como este publicano. 12 Jejuo duas vezes por semana e pago o dízimo de tudo o que possuo’. 13 O publicano, porém, conservando-se à distância, não ousava nem sequer levantar os olhos ao céu, mas batia no peito dizendo: ‘Meu Deus, tende piedade de mim, pecador’. 14 Digo-vos que este voltou justificado para sua casa e o outro não; porque quem se exalta será humilhado e quem se humilha será exaltado” (Lc 18, 9-14).

I – O orgulho: causa de todos os vícios

“Serpentes! Raça de víboras!” (Mt 23, 33). Eis alguns dos títulos saídos dos divinos lábios de Jesus para designar os fariseus. Nesse mesmo capítulo de Mateus, estão agrupadas as principais recriminações de que foram objeto: eram “hipócritas”, despojavam as viúvas, fechavam as portas do Reino do Céu, transformavam seus prosélitos em filhos do inferno, eram “insensatos guias de cegos”, “sepulcros caiados”, herdeiros da maldição pelo “sangue inocente derramado sobre a terra”.

Na realidade, foram eles os mais ferrenhos opositores ao Reino de Deus, trazido pelo Messias. E apesar de as provas a respeito do Reino serem numerosas e evidentes, eles não só as rejeitavam como, se lhes era possível, silenciavam-nas ou ofereciam malévolas interpretações às mesmas.

Em suas almas, onde estaria fixada a raiz desse terrível pecado contra o Espírito Santo?

A mais perigosa das vaidades

Os fariseus tiveram uma origem virtuosa, quando procuraram se separar daqueles que se deixavam influenciar pelo mundano relativismo propagado pela Grécia, por volta de duzentos anos antes de Cristo. Porém, por falta de vigilância e ascese,
como não raras vezes acontece, caíram numa das mais perigosas vaidades: a que se junta ao desejo de perfeição.

Ao abraçar as vias da santidade, é indispensável ao cristão colocar o interesse de Deus acima de toda a ­criação, como também, devotar aos interesses do próximo uma atenção maior do que aos seus, de ordem pessoal, e estes, confiá-los à Providência Divina, tal como ensina o salmista: “Não a nós, Senhor, não a nós, mas ao vosso nome dai glória” (Sl 113, 9).

Esqueceram-se os fariseus ser necessário pôr um freio em seu ânimo, para evitar sua imoderada exacerbação, praticando, assim, a essencial virtude da humildade, tal como a define São Tomás de Aquino: “A humildade reprime o ­apetite, para que ele não busque grandezas além da reta razão”.[1] “Importa que conheçamos o que nos falta, em comparação com o que excede nossa capacidade. É próprio, pois, da humildade, como norma e diretriz do apetite, conhecer as próprias deficiências”.[2]

Na ausência da virtude da humildade, lento mas profundo e fatal foi o processo de uma separação dos demais, em princípio boa e até necessária, para metamorfosear-se numa supervalorização de suas autênticas ou supostas qualidades morais. É suficientemente ilustrativo desse estado de alma, ouvir estas palavras, saídas dos lábios de um rabino, e recolhidas pelo Talmud: “Dizia R. Jeremias, chamado Simão, filho de Jochai: Eu posso compensar os pecados do mundo todo, desde o dia em que nasci até hoje; e se meu filho Eleazar morresse, poderia livrar todos os homens que existiram no mundo, desde a sua criação até hoje. E se estivesse conosco Jotan, filho de Uzias, poderíamos fazer isso de todos os pecados, desde a criação do mundo até o seu final […]. Via os filhos do banquete divino, e eram poucos. Se fossem mil, meu filho e eu estaríamos entre eles; se fossem apenas dois, seríamos meu filho e eu”.[3]

Quem se deixa levar pelo orgulho não respeita limites

Uma vez perdida a humildade, pela vã complacência consigo, o orgulho no fariseu — como em qualquer caso — não mais respeitou nenhum limite. Ensoberbecido, colocou-se no centro do universo, exaltando as próprias qualidades. Não só desprezava as do próximo, como buscava exagerar os defeitos deste, sendo que às vezes o fariseu os possuía em maior grau.

Devido à sua incontida jactância, ele invariavelmente tinha razão em suas opiniões. Os fracassos sempre se davam pelo fato de não o terem procurado para consulta. Se muitos discordavam do fariseu, no fundo era porque — segundo ele — a sabedoria pertence a uma minoria seleta. Se todos eram unânimes com ele, sentia-se o dirigente. Se houvesse uma autoridade à qual ele devesse submissão, procuraria dominá-la; porém, como na maioria das vezes isto não era fácil, partia ele para a censura, a crítica e a sabotagem, acabando por ingressar pelas vias da desobediência. Ademais, sempre se manifestava ingrato, pois qualquer benefício que se lhe fizesse seria um ato de pura justiça e, por isso, nunca agradecia.

Como todo orgulhoso, o fariseu, ao se constituir o foco das atenções, não tolerava quem não girasse ao seu redor e, tomado de inveja, fomentava discórdias sempre que as circunstâncias as exigissem, lançando mão, inescrupulosamente, de detrações, calúnias, etc.

Nos fariseus, a hipocrisia se soma ao orgulho

Em essência, ele era um ególatra, mas, por sua refinada hipocrisia, apresentava-se respeitoso diante de Deus e justo em relação aos homens. Como nem sempre conseguia ocultar alguns de seus vícios evidentes, negava que assim o fossem.

Pobre fariseu! Não se dava conta dos males que despencavam sobre ele, pelo fato de procurar a glória onde não existia. Não percebia ele, o quanto o vício da soberba é o primeiro, não só em se manifestar exteriormente, como também em ser discernido por todos, com rapidez. Ele morreria, talvez, sem tê-lo explicitado, mas aqueles que com ele conviviam já o haviam catalogado.

Como poderia corrigir-se o fariseu desse defeito, uma vez que não queria reconhecer-se vítima de tão grave mal? Já se tinha por santo… Era-lhe muito difícil converter-se, pois tal como diz Santa Teresa, a humildade é a verdade.[4]

Ser-lhe-ia indispensável que se visse, e até se sentisse, tal qual era; que discernisse claramente a procedência dos lados bons e maus de sua alma. Se assim fosse, reconheceria o bem que havia nele, para de imediato atribuí-lo a Deus. Da mesma forma, ao constatar sua maldade própria, suas faltas e seus pecados, atribui-los-ia à sua vontade deteriorada e perversa. Impostando assim seu espírito, com flexibilidade admitiria que sem o auxílio da graça, o cristão não só deixa de cumprir de modo estável os Mandamentos da Lei de Deus, como até mesmo, é incapaz de pronunciar uma palavra boa. Ele jamais falaria de si próprio ou de suas virtudes e, se por razões de força maior, fosse obrigado a fazê-lo, imitaria São Paulo: “Gratia Dei sum id quod sum — Pela graça de Deus, sou o que sou” (I Cor 15, 10).

Se entrasse por essas vias, seu “interior seria luminoso” porque seu olho seria limpo (cf. Mt 6, 22); já não mais teria vendadas suas vistas pelo amor-próprio. Discerniria a presença de Deus a cada passo, em todas as circunstâncias de sua vida e, por outro lado, não faria ilusões sobre a debilidade, as inclinações e a malícia da criatura humana.

Faltava ao fariseu aprender com Santa Teresa o quanto é necessário andar na verdade: “Certa vez, estava eu considerando por que razão era Nosso Senhor tão amigo desta virtude da humildade, e me veio repentinamente — a meu ver sem ponderações, mas de súbito — este pensamento: é porque Deus é a suma Verdade, e a humildade é andar na verdade. E é uma grande verdade não haver nada de bom em nós, mas apenas miséria e ser nada; e quem não entende isso, anda na mentira. Quem melhor o entenda, agrada mais à suma Verdade, porque anda nela”.[5]

Se esse caminho trilhasse o fariseu, jamais poria sua confiança em si próprio, mas só em Deus, submetendo-se em tudo à sua santíssima vontade. Teria para com os outros uma ­real caridade, como recomenda São Tomás de Aquino: “Devemos não só reverenciar a Deus em Si mesmo, mas também o que é de Deus, em toda e qualquer pessoa”.[6] “Pode alguém, sem falsidade, ‘reconhecer-se e mostrar-se como o mais indigno de todos’, levando em conta os defeitos ocultos que traz em si mesmo e os dons de Deus ocultos nos outros. Por isso, Agostinho diz: Estimai, interiormente, superiores os que vos são, exteriormente, inferiores. Do mesmo modo, sem fingimento, pode alguém se confessar e se acreditar indigno e inútil para tudo, pelas forças próprias, atribuindo a Deus toda a sua capacidade, conforme se diz: ‘Não é por causa de uma capacidade pessoal, que poderíamos atribuir a nós mesmos, que somos capazes de pensar; é de Deus que vem a nossa capacidade’”.[7] Por isso mesmo, o fariseu, ao constatar os progressos espirituais realizados por auxílio da graça, na prática da virtude, deveria considerá-los como relativos, e reconhecer o quanto poderia ter correspondido mais aos dons de Deus.

Sublime exemplo do Divino Mestre

Eis algumas razões pelas quais encontramos nas Escrituras Sagradas tantas vezes o incentivo à humildade. Como teria sido outra a História, se os fariseus tivessem ouvido e amado o convite do Divino Mestre: “Aprendei de Mim, que sou manso e humilde de coração, e achareis descanso para vossas almas” (Mt 11, 29). Se estivessem presentes no ato praticado por Jesus, por ocasião da Santa Ceia, e recolhessem no coração as palavras por Ele proferidas logo após: “Dei-vos o exemplo para que, como Eu vos fiz, assim façais vós também. Em verdade, em verdade vos digo: o servo não é maior do que o seu senhor, nem o enviado é maior do que aquele que o enviou. Se compreenderdes estas coisas, sereis felizes, sob condição de as praticardes” (Jo 13, 15-17), teriam ademais, a verdadeira paz de alma e inteira felicidade.

Voltemos agora, nossos olhos à parábola proposta pela Liturgia de hoje.

II – A parábola do fariseu e do publicano

9 Disse também esta parábola a uns que confiavam em si mesmos por se considerarem justos, e desprezavam os outros…

São interessantes as considerações feitas pelos comentaristas a propósito da presente parábola. Dentre elas se destaca a de Santo Agostinho que se relaciona com o versículo anterior: “Mas, quando vier o Filho do Homem, acaso achará fé sobre a Terra?” (Lc 18, 8). A fé é a virtude de quem põe em Deus sua confiança, e não em si próprio. “A fé não é do soberbo, mas sim do humilde. Contra a soberba, [Jesus] põe a parábola sobre a humildade”,[8] que vai dirigida àqueles que não agradam a Deus com suas orações devido à sua presunção. A estima desequilibrada dos próprios méritos vai contra a realidade, sobretudo, quando o orgulhoso se julga impecável. Em tese, pela graça de Deus e pela existência do livre-arbítrio, poderia haver um homem sem pecado mas, à exceção feita do Filho do Homem e de sua Mãe Santíssima, não há outro, conforme o Salmista: “Não entreis em juízo com o vosso servo, porque ninguém que viva é justo diante de Vós” (Sl 142, 2), ou melhor ainda, como afirma São João: “Se dizemos que não temos pecado, enganamo-nos a nós mesmos, e a verdade não está em nós” (I Jo 1, 8).[9]

A parábola se destina aos que supervalorizam suas qualidades, julgando-se santos e até mesmo impecáveis, tratando os demais com desprezo. Trata-se de uma luva feita à medida para caber em mão farisaica, ou daqueles que podem ser classificados como seus discípulos, imbuídos, portanto, do mesmo espírito. Três são os vícios visados: confiança em si próprio, presunção de santidade e desprezo pelos outros; vícios esses, contrários às virtudes: fé, humildade e caridade.

10 “Subiram dois homens ao Templo a fazer oração: um era fariseu e o outro publicano”.

Eis uma simples frase penetrada de substanciosos significados. À mesma hora e no mesmo empenho de rezar, sobem ao monte Moriah, onde se localiza o Templo, dois homens: um fariseu e um publicano. O primeiro já é conhecido. O segundo pertencia à classe por todos considerada como de pecadores, odiada por cobrar impostos a serviço dos romanos. Segundo o juízo humano, o fariseu é justo, cheio de virtude e piedoso, e certamente irá proferir uma excelente prece. O outro, pelo contrário, pecador tão desprezível, não conseguirá senão atrair sobre si o escândalo de todos e a cólera do próprio Deus.

Inútil oração do fariseu

11 “O fariseu, de pé, orava no seu interior desta forma: ‘Graças Te dou, ó Deus porque não sou como os outros homens, ladrões, injustos, adúlteros; nem como este publicano. 12 Jejuo duas vezes por semana e pago o dízimo de tudo o que possuo’”.

Será difícil crer não ter sido real essa oração. Em sua divindade, quantas vezes não recebeu Jesus, das criaturas humanas, pensamentos semelhantes ou até mais orgulhosos do que esse? Pode-se falar em oração? Não! Trata-se de um profundo ato de orgulho, de um autoelogio, e de um insolente desprezo pelos demais homens.

“Graças Te dou…”. Nada melhor do que dar graças a Deus. É piedoso e meritório, mas essa impostação de espírito deve proceder da consideração de nosso nada, de um vigoroso sentimento de nossas fraquezas e misérias, como também da adoração a Deus por sua infinita misericórdia, não só suspendendo os castigos que nos seriam devidos, mas muito pelo contrário, cumulando-nos de dons e graças.

Não é, porém, essa a ação de graças do fariseu; ele se exalta a si próprio e insulta todos os outros. “Procura o que é que ele pede a Deus em suas palavras, e não descobrirás. Subiu ao Templo para orar e não quis rogar a Deus, mas sim louvar-se a si mesmo. Triste coisa é louvar-se em vez de rogar a Deus; além disso, acrescenta o menosprezo àquele que orava”.[10] “Com isso, abriu pelo orgulho a cidade do seu coração aos inimigos que a sitiavam, a qual ele inutilmente fechara pela oração e pelo jejum: são inúteis todas as fortificações quando nelas há uma brecha por onde pode entrar o inimigo”.[11]

A oração humilde salvou o publicano pecador

13 “O publicano, porém, conservando-se à distância, não ousava nem sequer levantar os olhos ao céu, mas batia no peito dizendo: ‘Meu Deus, tende piedade de mim, pecador’”.

Atitude, espírito e palavras completamente diferentes das assumidas e formuladas pelo fariseu. No publicano, tudo é humildade, contrição e pedido de clemência. Usando de um costume que já não se vê mais nas Igrejas, batia no peito sem respeito humano. Contrariamente às “modas piedosas” de hoje, nada de leviandade de espírito, de dissipação ou de perpétua agitação; falava a Deus. Bem diferente de outros que na atualidade, entram nas Igrejas sem ter feito uma oração sequer. Muitos exemplos nos dá o publicano, inclusive no que tange à substância de seu pedido: “Meu Deus, tende piedade de mim que sou pecador”.

Sentença proferida por Jesus

14 “Digo-vos que este voltou justificado para sua casa e o outro não; porque quem se exalta será humilhado e quem se humilha será exaltado”.

“Na hora de entrar no Templo, os dois personagens, embora pertencendo a categorias religiosas e sociais diferentes, eram, no fundo, muito semelhantes. Na hora de sair, são radicalmente diferentes. Um estava ‘justificado’, ou seja, era justo, perdoado, estava em paz com Deus, tinha sido renovado. O outro permaneceu como era no início; mais ainda, talvez tenha piorado sua posição perante Deus. Um obteve a salvação, o outro não”.[12]

Fixemos bem nossa atenção: trata-se aqui de uma sentença proferida pelo infalível e soberano Juiz, o próprio Filho de Deus, não poucas vezes diferente da dos homens. Se, sem as luzes da graça fôssemos chamados a escolher um dos Apóstolos para se tornar o primeiro dos Pontífices da Santa Igreja, não seria exagerado imaginar que a uns julgaríamos pretensiosos, a outros, pouco ativos, ao próprio Pedro, exagerado e imprudente. Quiçá, antes de se tornar traidor, não teríamos escolhido a Judas pela sua grande discrição, segurança e habilidade em finanças, tanto mais que ele chegou a criticar Madalena pelo desperdício de dinheiro em perfumes para o Mestre, quando havia, então, muitos pobres e necessitados. Por aí nos damos conta do que seria da própria Igreja se não fosse o Espírito Santo a dirigi-la; e do que será de nós se não nos submetermos às suas inspirações.

III – A humildade levou ao Céu um ladrão

A Liturgia de hoje bem pode nos ser útil para um proveitoso exame de consciência: até onde somos humildes como o publicano? Ou haverá em nossas almas, alguma fímbria do espírito farisaico? Qualquer que seja o resultado desse exame, lembremo-nos de que: “A humildade levou ao Céu um ladrão, antes dos Apóstolos. Ora, se unida aos crimes ela é capaz de tanto, qual não seria seu poder se estivesse unida à justiça? E se a soberba é capaz de quebrar a justiça, o que não conseguirá caso se alie ao pecado?” .[13] ²


[1] SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q.161, a.1, ad 3.

[2] Idem, a.2.

[3] TRACT SUCCAH, c.IV. In: THE BABYLONIAN TALMUD. Tracts Betzah, Succah and Moed Katan. Trad. Michael Levi Rodkinson. New York: New Talmud Publishing, 1899, p.67-68.

[4] Cf. SANTA TERESA DE JESUS. Castillo Interior. Moradas sextas, c.X, n.7. In: Obras. 2.ed. Burgos: El Monte Carmelo, 1939, p.617-618.

[5] Idem, ibidem.

[6] SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., a.3, ad 1.

[7] Idem, a.6, ad 1.

[8] SANTO AGOSTINHO. Sermo CXV, n.2. In: Obras. 2.ed. Madrid: BAC, 1958, v.VII, p.438.

[9] Cf. SANTO AGOSTINHO. De peccatorum meritis et remissione. L.II, n.8.

In: Obras. Madrid: BAC, 1952, v.IX, p.320-321.

[10] SANTO AGOSTINHO. Sermo CXV, n.2, op. cit., p.439.

[11] SÃO GREGÓRIO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c.XVIII, v.9-14.

[12] CANTALAMESSA, OFMCap, Raniero. Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo C. Valencia: Edicep, 2003, p.333.

[13] SÃO JOÃO CRISÓSTOMO, apud CORNÉLIO A LÁPIDE. In Luc. In: The great commentary of Cornelius a Lapide. S. Luke’s Gospel. 3.ed. London: John Hodges, 1903, p.447.

Comentário ao evangelho do 28o Domingo do Tempo Comum

DEZ CURAS E UM MILAGRE

Compadecido dos sofrimentos físicos de dez leprosos, quis Nosso Senhor conceder-lhes a cura miraculosa que tinham pedido confiantes. Mas, como apenas um deles exprimiu sua gratidão, só este foi favorecido com o milagre mais importante.

Mons. João S. Clá Dias

I – O dever de gratidão das almas beneficiadas

Raras vezes interrompemos as ocupações cotidianas para considerar quantos bens nos são concedidos pela Divina Providência ao longo da nossa vida, ainda que não os tenhamos pedido ou sequer desejado. Se formos até à raiz de tais benefícios, devemos lembrar que não existiríamos sem um desígnio de Deus. A partir do nada, foi Ele constituindo a diversidade de seres, ao longo dos seis dias da criação, como está descrito no Gênesis, até modelar Adão do barro e Eva de sua costela, e neles infundir a vida. E cada nascimento, que ocorre a todo instante no mundo inteiro, é um fato extraordinário porque à lei física se acrescenta uma lei espiritual: Deus infunde uma alma inteligente, criada pelo simples desejo de sua vontade, num corpo concebido pelo concurso do pai e da mãe.[1] E tudo o mais — a saúde, o alimento, o repouso, o conforto — vem d’Ele, direta ou indiretamente. Além disso, o Criador nos promete para depois  de transpor os umbrais da morte um grande milagre: tendo nossos corpos sofrido a decomposição, voltando ao barro do qual fomos feitos, retomaremos um corpo glorioso que se unirá de novo à nossa alma, já na visão beatífica, e gozaremos da felicidade de Deus por toda a eternidade.

Quanta bondade! Entretanto… como é a nossa resposta? Somos gratos por tudo quanto recebemos? Essa é a pergunta que surge ao considerarmos o Evangelho do 28º Domingo do Tempo Comum que nos mostra diferentes atitudes tomadas por quem é objeto de um grande benefício vindo das dadivosas mãos do Salvador.

II – Duas classes de milagre: do corpo e do espírito

Na época de Nosso Senhor, o leproso, devido à falta de recursos médicos que possibilitassem o seu tratamento — carência que se prolongou por muitos séculos —, era um pária desprezado pela sociedade. Uma vez detectada a enfermidade, era ele apresentado ao sacerdote que, após um minucioso exame, o declarava legalmente impuro mediante um cerimonial apropriado. Se é verdade que ele não era deportado para uma ilha, segundo o costume adotado em tempos posteriores, deveria, contudo, ausentar-se da cidade, do convívio humano e viver isolado no campo. Obrigavam-no, ademais, a utilizar uma veste característica para anunciar a situação de excomunhão social em que se encontrava e a seguir certas normas, como a de se deslocar tocando uma campainha para indicar sua presença, de forma que as pessoas abrissem caminho, evitando o risco de contaminação pelo contato ou pela simples cercania. Aproximando-se de alguém além do permitido, recebia de imediato uma severa reprimenda, pelo pânico gerado diante do perigo de o mal se espalhar. Arrastava-se assim “lamentando-se de si mesmo como o faria por um defunto, com as vestes rasgadas, a cabeça descoberta e a barba coberta com seu manto, gritando aos transeuntes, para que não se aproximem: ‘Imundo!’”. [2]

Ao longo de uma vida sem perspectiva de cura, veria seus próprios membros apodrecerem até caírem, num processo causador de nauseabundo odor e de incômodos vários.[3] Tal estado produzia, como é compreensível, um profundo trauma psicológico. Ademais, como as doenças eram tidas, naquele tempo, como castigo pelos próprios pecados ou por aqueles cometidos pelos antepassados, a lepra trazia consigo também um drama moral: ser leproso de corpo significava, antes de tudo, possuir lepra de alma. “Encontramo-nos com ideias populares dos antigos, nas quais se mistura o religioso e o natural. O leproso se considerava castigado por Deus em virtude de pecados ocultos”.[4] Nesse contexto social, desenrola-se a cena recolhida por São Lucas.

Unidos para suplicar um milagre

11 Aconteceu que, caminhando para Jerusalém, Jesus passava entre a Samaria e a Galileia.12 Quando estava para entrar num povoado, dez leprosos vieram ao seu encontro. Pararam à distância, 13 e gritaram: “Jesus, Mestre, tem compaixão de nós!”

Reza o ditado que a desgraça em conjunto é sempre mais alegre. Os dez leprosos de que fala o Evangelho formavam uma sociedade entre si, e deste modo tornavam suas penas mais suportáveis e garantiam uma companhia até sobrevir a morte, termo forçoso daquela lenta e dolorosa enfermidade. Sem dúvida, já tinham ouvido falar do Mestre e sabiam das numerosas curas por Ele operadas, entre as quais se contavam várias do mal de que padeciam. Ao receber a notícia da proximidade do Divino Taumaturgo, logo se puseram a caminho e foram tentar um encontro com Nosso Senhor, com a esperança de não surgir obstáculo algum que lhes impedisse um contato, mesmo ao longe.

Com efeito, pelo relato evangélico vemos como esses dez leprosos cumpriam os preceitos legais, no que se refere à sua terrível doença. Por tal motivo não ousaram acercar-se demais de Jesus, e colocando-se a certa distância imploraram a cura, por misericórdia. Eles obedeceram à Lei, sim, mas faltou-lhes fervor para se ajoelharem todos juntos diante de Cristo, que decerto os teria tocado e curado naquele momento, como no episódio antes ocorrido com outro leproso (cf. Mt 8, 2-4; Mc 1, 40-45; Lc 5, 12-16).

Este fato nos serve de lição para a vida espiritual: tratando-se do relacionamento com Jesus, devemos agir com plena confiança e intimidade irrestrita, nunca receando recorrer a Ele, por piores que sejam os deslizes morais que nos pesem na consciência.

Uma prova para a fé dos leprosos

14 Ao vê-los, Jesus disse: “Ide apresentar-vos aos sacerdotes”. Enquanto caminhavam, aconteceu que ficaram curados.

Percebendo logo a chegada deles, Nosso Senhor os olhou. Ele não operou a cura naquele ato, por não querer causar demasiada estupefação na opinião pública. Assim, abrindo um pouco o espaço no meio da multidão que estava junto d’Ele, mandou, com autoridade, que fossem se apresentar aos sacerdotes.

Naquela época era muito rara a cura da lepra. Nas poucas ocasiões em que isso acontecia realmente, ou quando constatado que o próprio diagnóstico inicial tinha sido equivocado, sendo o leproso já conhecido como tal na região, deveria por Lei apresentar-se a um sacerdote. Este lavrava uma ata na qual constavam as características do caso, desde os primeiros sintomas até o desaparecimento da enfermidade, e o documento possibilitava ao antigo doente a reintegração no convívio social (cf. Lv 14, 1-32).

Pois bem, o Mestre determinou esta medida, embora nem houvesse sinais visíveis de cura. A pronta obediência dos dez
leprosos patenteia a fé que possuíam em Jesus — fruto por certo de uma moção da graça, infundida pelo próprio Homem-Deus — e denota a forte convicção de que Ele os curaria pelo caminho. Estando todos de acordo em observar essa norma, empreenderam a viagem rumo a Jerusalém.

Podemos conjecturar que eles saíram em conjunto, experimentando grande consolação interior, pois Nosso Senhor ia criando graças para alimentar em suas almas a fé na própria cura. E cada um, segundo sua crença e temperamento, demonstraria isso de uma forma diferente dos outros. Entre eles, um mais silencioso pensaria, quiçá, numa lepra pior que a do corpo, que era a do pecado, pois vivia afastado da religião verdadeira… era samaritano. Confiante na cura, cogitava no modo de melhor estar à altura do prodígio de que em breve seria objeto.

Finalmente, durante o percurso, deram-se conta de que a lepra os abandonara e, sem dúvida, prorromperam em gritos de alegria. A gravidade do mal de que se viram livres concorre mais ainda para certificar a grandeza do milagre operado. Apressaram então o passo para obterem quanto antes o atestado de cura.

A gratidão de um só

15 Um deles, ao perceber que estava curado, voltou glorificando a Deus em alta voz; 16 atirou-se aos pés de Jesus, com o rosto por terra, e lhe agradeceu. E este era um samaritano.

Houve um, entretanto, que ao invés de caminhar rumo ao Templo, resolveu voltar para agradecer a Jesus, cantando as glórias de Deus e manifestando enorme alegria por ter encontrado Alguém em quem se apoiar e a quem seguir. Era aquele que contraíra não só a lepra física, mas também a lepra da alma. Se ele acompanhara inicialmente os outros doentes para se apresentar ao sacerdote, era apenas porque constituía uma sociedade com eles, pois, não sendo israelita, estava isento de tal obrigação. Sem embargo, a partir do momento em que foram curados, a comunidade perdia sua razão de ser e ele tornava-se aos olhos dos demais  um estrangeiro infiel, um samaritano qualquer e, portanto, odiado e maltratado pelos judeus.

Vendo Nosso Senhor rodeado de gente, foi se aproximando d’Ele, abrindo com sua presença um vácuo de repugnância na aglomeração. Não obstante, enquanto ele avançava, todos puderam comprovar sua carnadura inteiramente modificada, pois, sem dúvida, como acontecera com Naamã — cuja cura é narrada pela primeira leitura deste domingo —, “a sua pele tornara-se como a de uma criança” (II Re 5, 14), alva, sem queimaduras do sol, dando inclusive a impressão de que tinha engordado um tanto. Vendo a mudança, a multidão ficou impactada. Chegando perto do Divino Mestre, o samaritano prostrou-se por terra, em sinal de adoração.

Por cima do preceito legal de certificar a cura, a principal obrigação de todos era agradecer a quem os curara. Quando Nosso Senhor disse “ide apresentar-vos aos sacerdotes”, Ele não os proibiu de exprimir reconhecimento ao benfeitor. Deu-lhes apenas uma recomendação, não querendo ferir o livre-arbítrio dos leprosos por respeitar essa faculdade que nos é oferecida para escolhermos o bem,[5] nem fazê-los perder o mérito que adquiririam pela gratidão. Todavia, desdenhando a oportunidade, os outros nove resolveram caminhar em rumo contrário ao de Jesus. Mais ainda, nada contradiz a hipótese de que regressaram mais tarde a sua vida normal, esquecendo-se por completo de quem os tinha beneficiado.

Culposa omissão

17 Então Jesus lhe perguntou: “Não foram dez os curados? E os outros nove, onde estão? 18 Não houve quem voltasse para dar glória a Deus, a não ser este estrangeiro?” 19 E disse-lhe: “Levanta-te e vai! Tua fé te salvou”.

A surpresa manifestada por Nosso Senhor tinha um intuito formativo sobre aqueles que O cercavam e leva-nos a fazer a seguinte reflexão: dez foram curados da lepra de modo miraculoso e, dentre estes, nove retornaram ao meio social em que viviam antes de contraírem a enfermidade. Pertencentes ao establishment local, ansiavam por reintegrar-se no ambiente mundano e davam mais importância ao entorno corrompido e no qual foram contagiados pela lepra, do que ao convívio com o Mestre. Essa era a gratidão do povo judeu, o mais favorecido entre todos, uma vez que o Messias viera em primeiro lugar para as “ovelhas perdidas da casa de Israel” (Mt 15, 24)… Conforme ressalta Maldonado, “aqueles, como judeus, certamente deveriam ter-se mostrado mais agradecidos a Deus, como seu próprio nome lhes recordava; e, contudo, foram os mais ingratos; os que tinham motivo especial para reconhecer e receber a Cristo como seu libertador, que havia sido enviado propriamente para eles, eram os que pareciam conhecê-Lo menos que os outros”.[6]

Para eles, o episódio da cura operada por Nosso Senhor ficara para o passado. Hoje ignoramos seu paradeiro, pois desapareceram na História.

Pela falta de gratidão, é recusado um milagre ainda maior

Tal ingratidão em relação a Deus quiçá leve ao inferno, já que pode desencadear uma grande quantidade de outros
pecados. “O primeiro grau de ingratidão”, ensina São Tomás de Aquino, “é a ausência de retribuição; o segundo é a dissimulação, ou seja, como que escondendo o fato de se ter recebido o benefício; e, finalmente o terceiro e mais grave consiste em não reconhecer o benefício, seja por esquecimento seja por qualquer outro modo”.[7]

É preciso, sobretudo, considerar que, além da lepra física, padeciam eles também de uma lepra moral chamada mundanismo, que os tornava cegos de Deus e fazia com que pusessem sua felicidade no prestígio social. O Mestre os curou da primeira para que pudessem, no momento de voltar e agradecer, serem curados da segunda. Entretanto, pela ingratidão, acentuaram ainda mais a lepra moral, se bem estivessem livres da física. Isso nos deve levar a refletir sobre o perigo de certos relacionamentos humanos que não nos aproximam de Jesus. Pode ser que em determinado momento tenhamos de Lhe retribuir algum dom ou favor e, infelizmente, nos esqueçamos desse dever por dar mais valor às amizades terrenas.

O samaritano é favorecido com outro milagre portentoso

No extremo oposto dessa postura encontra-se o décimo leproso, originário da Samaria, região habitada por um povo tisnado por séculos de infidelidade à verdadeira religião. Uma vez recuperada a saúde, ele não tinha a quem recorrer e, percebendo o grande bem que lhe fora feito, soube procurar a sociedade verdadeira. Ele não pediu o perdão de seus pecados, a salvação ou mesmo a entrada no Reino dos Céus, nem suplicou como o Bom Ladrão na cruz: “Senhor, lembra-te de mim quando entrares no teu Reino” (Lc 23, 42). Contudo, ele agradeceu e a partir deste ato de gratidão, Jesus o favoreceu com um milagre maior que a cura da lepra: o perdão dos pecados.

Quando obtemos um milagre e somos gratos, alcançamos outro maior que o pedido, pois Deus sabe das nossas necessidades. Esse duplo miraculado provavelmente seguiu Jesus por toda a parte e podemos conjecturar ser ele um dos santos que hoje povoam o Céu e gozam do convívio com a Santíssima Trindade. Os outros nove, de que sentença se tornaram merecedores? Não nos é dado conhecer o destino das almas post-mortem, mas quiçá tenham ido, pelo menos, ao Purgatório, por tamanha ingratidão… Por isso, quanto devemos temer o perigo acarretado para a vida espiritual por uma atitude semelhante à deles em relação aos bens recebidos do Salvador!

III – A lepra, enfermidade simbólica

Nesta passagem, Cristo nos mostra a lepra como uma doença simbólica, pois ela destrói o organismo e deforma a beleza do semblante. Ora, muito pior que a lepra física é a espiritual contraída por quem comete um pecado mortal. Se a lepra física desfaz o corpo, a do espírito enfeia a alma, a torna repulsiva aos olhos de Deus e faz com que a pessoa se torne escrava de suas más tendências e paixões. O leproso físico era expulso da sociedade, enquanto o espiritual é retirado de uma sociedade muito mais excelente, a divina, pela privação da graça santificante, das virtudes, dos dons, de todo o organismo sobrenatural e, sobretudo, da inabitação da Santíssima Trindade. “A lei dos judeus considera a lepra como uma enfermidade imunda, e a Lei do Evangelho não considera imunda a lepra externa, mas sim a interna”.[8] A lepra física é contagiosa, característica verificada também na da alma, pois a pessoa que abraça as vias do pecado acabará causando escândalos que levarão outros à ruína espiritual. Se a lepra física, depois de uma vida infeliz, levava à morte, a lepra do pecado amargura a existência e conduz a uma morte muito mais terrível: a eterna infelicidade, no inferno. A lepra física atinge apenas o corpo, mas se o doente enfrentar a situação com cristã resignação e espírito sobrenatural progredirá na virtude, podendo vir a ser santo. O pecado, embora possa ser cometido sem suficiente noção da gravidade de suas consequências, destrói a vida divina na alma, que é sua maior beleza, dano muito pior do que destruir a formosura do corpo e a saúde.

A cena repete-se ao longo da História

O milagre operado por Nosso Senhor ao curar os dez leprosos, Ele o continua a realizar a todo instante em favor de qualquer pecador que, arrependido, venha a suplicar o seu perdão. Ele exige apenas que seja obedecida a mesma recomendação dada aos leprosos: apresentar-se ao sacerdote. Esta prescrição legal não era senão uma pré-figura da absolvição sacramental, instituída por Nosso Senhor Jesus Cristo, pela qual nossas almas são purificadas da lepra do pecado.

O Evangelho de hoje sugere-nos uma atualíssima aplicação. Não temos lepra física, porém, nem sempre podemos dizer que estamos isentos da lepra espiritual. E em quantas ocasiões fomos mais beneficiados que os dez leprosos… É preciso, pois, não agir como os nove ingratos, mas imitar o exemplo do samaritano: voltar para agradecer a Nosso Senhor Jesus Cristo por nos ter curado tantas vezes da lepra interior, a começar pela maldição do pecado original, também por Ele abolida.

A prática da verdadeira gratidão

No entanto, quão rara é a virtude da gratidão! Muitas vezes ela se pratica apenas por educação e meras palavras. Todavia, para ser autêntica, é preciso que ela transborde do coração com sinceridade. É lamentável, afirma o Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, que “a virtude da gratidão seja entendida hoje de um modo contábil. De maneira que, se alguém me faz um benefício, eu devo responder, contabilisticamente, com uma porção de gratidão igual ao benefício recebido. Há, portanto, uma espécie de pagamento: favor se paga mediante afeto, bem como mercadoria se paga mediante dinheiro. Então, eu recebi um favor e tenho de arrancar de dentro de minha alma um sentimento de gratidão. Também fico pago, tenho um alívio, estou quite”.[9] Essa é uma forma pagã, materialista, de conceber a gratidão. Bem diferente é essa virtude quando impregnada de espírito católico.

“A gratidão é, em primeiro lugar, o reconhecimento do valor do benefício recebido. Em segundo lugar, é o reconhecimento de que nós não merecemos aquele benefício. E, em terceiro lugar, é o desejo de dedicar-nos a quem nos fez o serviço na proporção do serviço prestado e, mais ainda, da dedicação demonstrada com relação a nós. Como dizia Santa Teresinha, ‘amor só com amor se paga’. Ou a pessoa paga dedicação com dedicação ou não pagou. […] Dentro dessa perspectiva, a gratidão de nossas almas ao benefício que Nossa Senhora nos fez, consentindo na morte de seu Divino Filho e aceitando as dores que sofreu para que fôssemos resgatados, […] deve ser imensa e deve nos levar a querer servi-La com uma dedicação análoga”.[10]

Ora, além de dar-nos a vida humana, Deus nos concede o inestimável tesouro da participação na sua vida divina pelo Batismo e, mais ainda, nos dá constantemente a possibilidade de recuperar esse estado quando perdido pelo pecado, bastando para isso o nosso arrependimento e a confissão sacramental. Sobretudo dá-Se a Si mesmo em Corpo, Sangue, Alma e Divindade como alimento espiritual para nos transformarmos n’Ele, santificando-nos de maneira a nos garantir uma ressurreição gloriosa e a eternidade feliz. Ele nos deixou sua Mãe como Medianeira, para cuidar do gênero humano com todo carinho e desvelo. Os benefícios que Deus nos outorga são, assim, incomensuráveis! Qual não deve ser, pois, nossa gratidão em relação a Nosso Senhor e a sua Mãe Santíssima? Abraçar com entusiasmo e abnegação a santidade e batalhar com sempre crescente dedicação pela expansão da glória de Deus e da Virgem Puríssima na Terra, eis o melhor meio de corresponder ao infinito amor do Sagrado Coração de Jesus, que se derrama sobre nós às torrentes, do nascer do sol até o seu ocaso.²


[1] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q.90, a.3; a.4, ad 1.

[2] COLUNGA, OP, Alberto; GARCÍA CORDERO, OP, Maximiliano. Biblia Comentada. Pentateuco. Madrid: BAC, 1960, v.I, p.688.

[3] Cf. LAGRANGE, OP, Marie-Joseph. Évangile selon Saint Marc. 5.ed. Paris: J. Gabalda, 1929, p.29.

[4] COLUNGA; GARCÍA CORDERO, op. cit., p.685.

[5] Cf. SANTO AGOSTINHO. De Civitate Dei. L.XIV, c.11, n.1 In: Obras. Madrid: BAC, 1958, v.XVI-XVII, p.951.

[6] MALDONADO, SJ, Juan de. Comentarios a los Cuatro Evangelios. Evangelios de San Marcos y San Lucas. Madrid: BAC, 1951, v.II, p.728.

[7] SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., II-II, q.107, a.2.

[8] TITO BOSTRENSE, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c.XVII, v.11-19.

[9] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Palestra. São Paulo, 1 jun. 1974.

[10] Idem, 27 dez. 1974.

Comentário ao Evangelho do 27o Domingo do Tempo Comum

COMO ENFRENTAR AS DESILUSÕES

Ao longo da existência nos deparamos com situações imprevistas que podem levar ao desânimo. Só na fé robusta encontraremos força para enfrentá-las.

Por Mons. João S. Clá Dias

I – O ser humano quer relacionar-se com os demais

Imaginemos um homem punido com o isolamento, preso na masmorra de uma longínqua torre, convencido de estar inteiramente afastado de tudo e de todos. Nessa triste situação, sem a mínima possibilidade de comunicação com qualquer pessoa, vê passarem-se os dias… Certa tarde de calor, porém, deita-se no chão e ouve, de repente, um rumor de vassoura em plena atividade. Surpreendido, aproxima-se da parede, coloca ali o ouvido e, percebendo pelos ruídos tratar-se da presença de alguém do lado oposto, dá algumas pancadas no muro. A resposta chega de imediato. É outro pobre preso que sofre de igual problema: isolado, deseja entrar em contato com alguém a quem possa transmitir suas aflições e que o entenda naquela infeliz situação. Depois de muitas batidas descobrem que, falando junto ao ralo da cela, conseguem se fazer ouvir um ao outro e, a partir daí, começa um verdadeiro relacionamento entre ambos os cativos, causando-lhes imensa consolação. Pois, o isolamento absoluto que era o maior tormento daquele cativeiro, por ferir o instinto de sociabilidade, de alguma forma, tinha-se rompido com o estabelecimento desse rudimentar modo de comunicação. Essa singela história nos ilustra a necessidade intrínseca ao homem de entrar em contato com seus semelhantes.

Um fenômeno comum ao gênero humano: a “fímbria da insegurança”

Tal anseio natural, consequência do instinto de sociabilidade infundido por Deus em nós, é inerente a todos os homens.[1] Cada um conserva em si mesmo um entranhado desejo de obter proteção, de poder apoiar-se em alguém e de sentir-se seguro, pois Deus não criou o homem autossuficiente. Ele tem numerosas carências e debilidades que só consegue suprir vivendo em sociedade e com a entreajuda de seus semelhantes. Por isso, ele tem de ter uma fé humana nos demais. E é compreensível, pois “sem a fé humana, a vida social seria totalmente impossível, e boa parte de nossos conhecimentos — os quais cremos serem certos e seguros — viriam estrepitosamente abaixo”.[2] Entretanto, não existe a possibilidade de aplicar essa fé com total segurança a ninguém sobre a face da Terra, pois, “pela natureza, nenhuma pessoa adulta está acima ou abaixo de outra a tal ponto que uma possa elevar-se à frente da outra como autoridade de valor absoluto”.[3] Todos sabemos como a natureza humana é falível em decorrência do pecado original e, por isso, somos levados a conferir nossos critérios com a opinião dos demais para diminuir a probabilidade de erro, sobretudo, no que toca à procura da verdade. Não é sem razão que aconselha Santo Agostinho: “Que nenhum de vós pretenda colocar sua esperança no homem. O homem só é alguma coisa enquanto se une Àquele por quem foi feito. Porque, se d’Ele se afastar, nada mais é o homem, ainda quando se una a outros”.[4]

E como o gênero humano está sujeito ao erro moral e intelectual, o homem com frequência trai a confiança dos outros, ao valer-se tão só de sua própria natureza, pois sem a graça é o egoísmo que prevalece sobre o amor ao próximo. Desencadeou-se assim para a humanidade uma instabilidade fundamental, denominada pelo Prof. Plinio Corrêa de Oliveira “fímbria da insegurança”, ou seja, “uma espécie de fímbria do espírito humano, a qual não elimina a possibilidade de conhecermos algumas verdades com certa firmeza — porém, apenas crepuscular —, misturada com insegurança”.[5] Dessa forma, carregamos dentro de nós mil indecisões, não havendo, nem em nós nem nos outros, a garantia plena de agir com acerto. À medida que os anos e as décadas passam o problema se agrava. A experiência da vida vai contabilizando as desilusões e as decepções. Constatamos um equívoco aqui, um erro ali, um engano acolá… E concluímos que não se pode depositar a confiança no homem. Como resolver, então, esse problema da “fímbria da insegurança” e adquirir certezas firmes?

Ora, se a falibilidade natural do homem torna inconsistente a confiança no seu semelhante, isso, contudo, não acontecerá se houver a ação dessa virtude sobrenatural, em relação a Deus, cuja prática tornar-se-á possível pela graça, e cujo agir não é outro senão o da virtude teologal da esperança fortalecida por firme convicção, como diz São Tomás,[6] e como sintetiza o grande tomista padre Santiago Ramírez, seguindo a trilha de seu mestre: “Esperança perfeita e robusta em seu gênero, a qual se chama propriamente confiança […]. Não é uma esperança qualquer e vacilante, mas uma esperança firme, decidida, certa, segura, sem titubeios de nenhuma classe. Uma esperança que não falha nem defrauda”.[7] É a confiança que nos dá a certeza de existir Alguém com o qual podemos nos relacionar, seguros de nunca produzir em nós equívoco, de nunca defraudar nossas esperanças legítimas. Esse é Deus!

É tal confiança, sem dúvida, que será capaz de resolver a questão da “fímbria da insegurança” oculta no interior de todos os homens, libertando-nos da incerteza que atinge quantos se aferram ao mundo material, segundo o ensinamento do Bispo de Hipona: “Aproxima-te, pois, de Deus; esse jamais desmerece porque não existe nada de mais formoso. Se as coisas daqui nos aborrecem, é por causa de sua instabilidade, pois elas não são Deus. Ó alma! Coisa alguma poderá saciar-te, se não for Aquele que te criou. Lá onde colocares tua mão, acharás miséria; só poderá saciar-te quem te fez à sua imagem. […] Só ali, em Deus, pode haver segurança”.[8]

A fé viva nos Evangelhos

Essa fé, todavia, não pode reduzir-se a um simples princípio teórico e doutrinário. Para ser íntegra, sobretudo em meio a nosso mundo tão conturbado, é preciso aplicá-la a Alguém: a Segunda Pessoa da Santíssima Trindade encarnada, Nosso Senhor Jesus Cristo! Os fatos narrados ao longo dos Evangelhos nos atestam como essa fé viva era um dom comunicado aos que d’Ele se aproximavam com plena confiança, como, por exemplo, o centurião romano. Tinha ele fé no poder do Redentor de curar um dos seus servos, inclusive à distância, e dele afirmaria o Divino Mestre jamais ter encontrado semelhante fé em Israel (cf. Lc 7, 2-10). A fé daquele comandante, que causara admiração no próprio Jesus enquanto homem, havia-lhe sido infundida por Ele mesmo, enquanto Deus. Também a persistente cananeia nos deu provas de grande fé ao pedir com tanta insistência a cura da filha (cf. Mt 15, 22-28). Mais uma vez era um dom de Deus concedido à estrangeira, em um grau que nem os próprios judeus possuíam, talvez por não terem querido aceitá-la… Igualmente o pobre leproso, ao ajoelhar-se e suplicar: “Senhor, se vós quereis, podeis curar-me!” (Lc 5, 12), manifestava uma fé profunda, sendo, por isso, imediatamente atendido. Semelhante fé ainda revelou-se na sofrida hemorroíssa, que padecia havia longos anos. Procurava ela, com humildade, um momento oportuno para aproximar-se do Messias, acreditando ficar curada se ao menos conseguisse tocar na orla de seu manto sagrado (cf. Lc 8, 43-48).

Tal era a fé que Cristo desejava infundir em seus Apóstolos, nesta passagem do Evangelho do 27º Domingo do Tempo Comum.

II – A virtude fundamental da fé

Nosso Senhor já os advertira, em ocasiões anteriores, a respeito do risco do amor desordenado às riquezas — conforme já consideramos, ao comentar a parábola do administrador infiel (cf. Lc 16, 1-13) e a do pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31), no Evangelho do 25º e 26º Domingos do Tempo
Comum —, consequência de uma fé apequenada. Os discípulos foram, pois, compreendendo a necessidade dessa fundamental virtude, sem a qual seria impossível perseverar até o fim de sua missão. Ensina São Tomás [9] que essa é a principal virtude para ter-se o desprendimento dos bens materiais, bem como para a prática das outras virtudes, as quais, nas palavras de Royo Marín, “nela se estribam, como o edifício sobre seus alicerces […]. Informada pela caridade, dela vivem e, graças a ela, progridem”.[10] É, portanto, indispensável pedi-la a Deus, conforme nos demonstra o Evangelho desta Liturgia.

A fé é passível de crescimento?

Naquele tempo, os Apóstolos disseram ao Senhor: “Aumenta a nossa fé!”

Mas era preciso pedir esse aumento de fé, se já a possuíam no seu interior? Todavia, o pedido dos Apóstolos tinha fundamento. A virtude infusa da fé é passível de acréscimo ou de diminuição, e tanto pode se fortalecer como enlanguescer-se. Segundo explica ainda São Tomás,[11] ela cresce ou diminui de forma proporcional ao número de verdades conhecidas. Por esse motivo, além dos atos de piedade e devoção praticados — os quais também tornam a fé mais robusta —, fortalecerá essa virtude quem estudar a Doutrina Católica, ampliando o quadro de verdades conhecidas pela própria inteligência.

Aumentaremos a fé se adaptarmos nossa vida diária — trabalhos, obrigações e responsabilidades — à fé professada, pois, se houver dicotomia entre esta virtude e a vida prática, entre aquilo que cremos e o que fazemos, a fé terminará por evaporar-se. É necessário, portanto, que a fé coroe todas as nossas atividades, como destaca o padre Royo Marín: “as almas que tiverem progredido na vida cristã, preocupar-se-ão com o incremento desta virtude fundamental até conseguir que toda a sua vida esteja informada por um autêntico espírito de fé que as transponha a um plano estritamente sobrenatural, a partir do qual possam ver e julgar todas as coisas”.[12] Contudo, tal conduta não é tão fácil de ser mantida. As dificuldades do dia a dia nos fazem chegar a uma conclusão: é indispensável suplicar com fervor o auxílio divino. Agiram, então, muito bem os Apóstolos ao pedir o aumento de sua fé, a qual, segundo podemos julgar pela resposta de Nosso Senhor, era bem frágil…

Era preciso ter fé antes de pedir seu aumento

6 O Senhor respondeu: “Se vós tivésseis fé, mesmo pequena como um grão de mostarda, poderíeis dizer a esta amoreira: ‘Arranca-te daqui e planta-te no mar’, e ela vos obedeceria”.

Sua resposta reveste-se de certa dureza. De fato, a fé de seus escolhidos era ainda menor que o minúsculo grão de mostarda, quase do tamanho de uma partícula de açúcar. Ora, bastava uma fé de diminuta dimensão para mandar uma árvore sólida como a amoreira jogar-se ao mar. Afirmação surpreendente! A amoreira desta passagem de São Lucas provavelmente corresponde ao Shiquemah sicômoro —, árvore de raízes vigorosas, que se fixam no chão com toda a força.[13] Seria possível alguém realizar tamanha proeza? Entretanto, não fez o Mestre tal declaração apenas de forma metafórica. A fé é, de fato, capaz de mover montanhas, pois por detrás dela está o poder de Deus, e quando alguém se une à força divina pela robustez de tão valiosa virtude, torna-se forte quanto é forte o próprio Deus.

Ante essa concepção verdadeira da fé, Nosso Senhor contrapõe o conceito errado do mundo a respeito do relacionamento do homem com Deus.

Uma situação humana, imagem do relacionamento sobrenatural

7 “Se algum de vós tem um empregado que trabalha a terra ou cuida dos animais, por acaso vai dizer-lhe, quando ele volta do campo: ‘Vem depressa para a mesa?’ 8 Pelo contrário, não vai dizer ao empregado: ‘Prepara-me o jantar, cinge-te e serve-me, enquanto eu como e bebo; depois disso tu poderás comer e beber?’ 9 Será que vai agradecer ao empregado, porque fez o que lhe havia mandado? 10 Assim também vós: quando tiverdes feito tudo o que vos mandaram, dizei: ‘Somos servos inúteis; fizemos o que devíamos fazer’”.

O Divino Mestre tem diante de si ouvintes com acentuado senso hierárquico, portanto, sem os igualitarismos dos dias hodiernos, e para quem todas as funções sociais eram muito bem definidas. Por essa razão pôde fazer uso, nesta parábola, da figura do servo,[14] ou seja, daquele homem sem direitos, cujo trabalho consistia em cuidar dos animais e dos campos de seu senhor, sem que jamais alguém se tivesse posto o problema de ocorrer a hipótese por Ele levantada. Embora entre o povo eleito o tratamento dispensado aos escravos fosse incomparavelmente mais compassivo do que entre os povos pagãos,[15] era inconcebível imaginar o próprio servo sentado à mesa do amo. Ao voltar do trabalho do campo, o criado se lavava e cingia os rins para servir o patrão. Só depois tomava sua refeição.

Esta cena, narrada por Cristo com sabedoria infinita, ilustra qual deve ser nosso relacionamento com Deus. Quando conseguimos cumprir inteiramente os Mandamentos ou nossas próprias obrigações, devemos reconhecer não ter sido por esforço próprio, nem como fruto de qualidades ou capacidades pessoais, mas, sim, da graça. Antes mesmo de termos realizado algum ato bom, Nosso Senhor já nos pagou com antecipação, concedendo-nos sua ajuda. Por isso, mesmo tendo feito o bem, não temos o direito, por nós mesmos, de merecimento algum. Com efeito, assim o declara Santo Ambrósio, Padre e Doutor da Igreja: “ninguém se glorie de seu bom proceder, pois por uma justa dependência devemos nosso serviço ao Senhor. […] Ele não pode admitir que te apropries do mérito de uma ação ou trabalho, já que, enquanto estejamos vivos, é dever nosso trabalhar sempre. Portanto, vive de acordo com a convicção de seres um servo ao qual se encomendaram muitos afazeres. […] Não te acredites mais do que és pelo fato de te chamarem filho de Deus — deves reconhecer, sim, a graça, mas não podes esquecer a tua natureza —, nem te enchas de vaidade por ter servido com fidelidade, pois esse era teu dever”.[16] Ainda quando cumprimos nossas obrigações, continuamos sendo servos inúteis, ensina-nos hoje Jesus.

Concepção comercial da religião

Dada a natureza decaída pelo pecado, a tendência geral do homem é não reconhecer que tudo lhe vem do Alto, forjando para si uma religião marcada pela mentalidade comercial. Muitas vezes transferimos o intercâmbio mercantilista de interesses — tão profundo nas relações humanas de todos os tempos — para o trato com Deus, e queremos apresentar-nos diante d’Ele cobrando aquilo que julgamos pertencer-nos pelo fato de termos feito algum bem. Na realidade, ninguém seria capaz de pronunciar sequer uma jaculatória ou fazer um sinal da cruz com mérito sobrenatural se não estivesse unido, e até “enxertado”, em Nosso Senhor Jesus Cristo, que afirmou: “Sem mim, nada podeis fazer” (Jo 15, 5). No campo sobrenatural, todos os nossos méritos estão ligados a Ele e nos são transferidos por Ele. Somos meros servos! D’Ele recebemos o ser, a redenção e o sustento da graça.[17]

A imagem desta parábola encontra-se, então, ainda distante da realidade, pois o servo ali figurado conserva alguma liberdade, enquanto nós estamos dentro de uma escravidão compulsória — nossa origem é a escravidão —, a qual, após a Redenção, mais se intensificou.

Deus nos premeia por aquilo que Ele mesmo nos concede

O homem deve, pois, considerar-se um ser contingente, dependente dos outros e consciente de que, em relação a Deus, essa dependência deverá ser absoluta. Se existimos, é porque em primeiro lugar Ele existe e, em sua infinita bondade, tirou-nos do nada, sem nosso consentimento, para dar-nos uma alma na qual pudesse ser introduzida a vida da graça. Ele nos redimiu e a cada instante sustenta nosso ser. Tudo é, portanto, gratuito, e quando agimos com perfeição estamos tão só restituindo-Lhe aquilo que d’Ele mesmo recebemos. Com quanta propriedade afirma a Sagrada Liturgia: “na assembleia dos Santos, vós sois glorificado e, coroando seus méritos, exaltais vossos próprios dons!”.[18] De fato, quando as obras humanas merecem algum prêmio da parte de Deus, isso é devido aos dons ou graças dadas com antecipação por Ele mesmo. Sendo Ele a Humildade e a Generosidade, faz-nos trabalhar para sua glória, ajuda-nos a praticar atos de virtude e ainda nos torna merecedores de sua recompensa, escondendo-Se, como se os merecedores fôssemos nós.

Entretanto, tal prodigalidade divina exige de nossa parte reciprocidade: nunca nos apropriemos daquilo que pertence só a Deus. Somos “servos inúteis”, devendo pedir muito a virtude da fé, a fim de compreender que Ele é o único a levar tudo adiante, e a nós cabe apenas o cumprimento de um mandato ou desígnio seu. Assim, não podemos exigir d’Ele, como se fosse nossa, a glória dos nossos pretensos méritos. Só com essas disposições de alma estaremos tomando a atitude perfeita no relacionamento com Ele.

A perfeita contingência em relação a Deus

Uma só criatura soube ter fé ardente e compreender a contingência de modo perfeito, em sua plenitude, tendo sido objeto de um dom insuperável da parte de Deus, “porque olhou para a humilhação de sua escrava” (Lc 1, 48). Somente Ela teve uma noção clara e sublime de seu nada e de sua dependência completa do Altíssimo. A partir desse reconhecimento do próprio nada, Deus se inebriou de amor por Ela, escolhendo-A e constituindo-A um paraíso para Si, superior ao dos próprios Anjos. A estes fora dado o Céu Empíreo, a nós o Paraíso Terrestre, mas para a Santíssima Trindade foi escolhida Aquela que disse “eis aqui a escrava do Senhor” (Lc 1, 38): Maria Santíssima! Belíssimo comentário a esse respeito nos deixou São Luís Maria Grignion de Montfort: “a divina Maria, direi com os santos, é o paraíso terrestre do novo Adão, onde Ele se encarnou, por obra do Espírito Santo, para realizar ali maravilhas incompreensíveis; é o excelso e divino mundo de Deus, que encerra belezas e tesouros inefáveis; a magnificência do Altíssimo, onde Ele ocultou, como em seu próprio seio, seu Filho único e, n’Ele, tudo o que há de mais excelente e precioso”.[19]

III – Nunca perder a fé perante as dificuldades

O Evangelho deste domingo nos ensina o papel fundamental da fé, na gozosa dependência de Deus. As desilusões e dificuldades humanas, imprevistas ao longo da vida, são permitidas pela Providência Divina para marcar em nós o momento culminante no qual Deus ou o demônio se torna vencedor no campo de batalha interior da alma. Ao presenciar o desabamento dos sonhos construídos sobre os fundamentos frágeis de nosso instinto de sociabilidade desregrado, a fé pode diminuir e ficarmos egoístas, procurando a segurança nos bens materiais. Não obstante, se, pelo contrário, mantivermos a confiança — esperança fortalecida pela fé — recomendada por Nosso Senhor neste trecho do Evangelho, teremos a possibilidade de uma vida feliz nesta Terra, ainda que sempre acompanhados da cruz, em toda e qualquer circunstância, devido a nosso estado de prova. Só essa fé firme e sem jaça nos faz viver, de fato, numa submissão total a Deus, tornando-nos capazes de enfrentar os sofrimentos com ânimo.

Crescer na fé significa, muitas vezes, presenciar ou sofrer um desastre e manter, no fundo da alma, uma confiança inabalável. Cena mais pungente não poderia enfrentar quem, ao chegar ao Calvário, se deparasse com Jesus crucificado entre dois ladrões! No entanto, com a alma partida diante de tal drama, encontraria consolo se soubesse pensar nas maravilhas que daquela Cruz iriam surgir, tal como fazia Nossa Senhora, que ali estava, de pé, sem esmorecer. Sejamos confiantes, pois os desastres são permitidos por Deus para se obter algum bem maior. A fé é o unguento para todas as nossas dores, é o ânimo e a alegria em meio aos sofrimentos deste grande deserto — a existência no exílio terreno —, até atingirmos um dia a felicidade eterna, na glória celestial.

A fé conquistará o mundo!

Vivemos em uma época de ateísmo em que a fé vai cada vez mais se evanescendo no coração das pessoas. O terrível orgulho predomina em face de Deus, e o mundo não aceita nem adere às suas verdades. Diante de tal humanidade afastada de seu próprio fim, nosso anseio de católicos é o de ver a Boa-nova do Evangelho conquistar a face da Terra, de maneira a produzir os mais belos resultados em matéria de santidade. Temos bem presente o quanto as condições do momento estão longe de tornar isso naturalmente possível. Por isso, nos é pedido um dos maiores atos de fé jamais vistos e exigidos até os dias atuais.

Se os Apóstolos — escolhidos diretamente por Nosso Senhor — pediram um aumento de sua fé, como não o devemos pedir nós? Peçamos, pois, a Ele, uma fé robustíssima, suplicando: Senhor, Vós sois Todo-Poderoso e criastes o dom da fé para infundi-lo nas almas; Vós tendes a possibilidade de criar essa virtude em grau infinito. Dai-nos, então, a fé de que tanto precisamos! Vinde e concedei-nos um fulgor de fé como nunca existiu na História! ²

Extraído de: Inédito sobre os Evangelhos Vol. VI, p. 388-401.

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[1] Cf. TAPARELLI, SJ, Luis. Ensayo teórico de Derecho Natural. 2.ed. Madrid: San José, 1884, t.I, p.154-155.

[2] ROYO MARÍN, OP, Antonio. La fe de la Iglesia. 4.ed. Madrid: BAC, 1979, p.17.

[3] Idem, p.16.

[4] SANTO AGOSTINHO.Enarratio in psalmum LXXV, n.8. In: Obras. Madrid: BAC, 1965, v.XX, p.992-993.

[5] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Palestra. São Paulo, 29 maio 1965.

[6] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q.129, a.6, ad 3.

[7] RAMÍREZ, OP, Santiago. La esencia de la esperanza cristiana. Madrid: Punta Europa, 1960, p.120-121.

[8] SANTO AGOSTINHO. Sermo CXXV, n.11. In: Obras. 2.ed. Madrid: BAC, 1965, v.X, p.531-532.

[9] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q.4, a.7.

[10] ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 5.ed. Madrid: BAC, 1968, p.476.

[11] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q.5, a.4.

[12] Cf. ROYO MARÍN, La fe de la Iglesia, op. cit., p.79.

[13] Cf. LAGRANGE, OP, Marie-Joseph. Évangile selon Saint Luc. 4.ed. Paris: J. Gabalda, 1927, p.454.

[14] Embora a tradução litúrgica use neste versículo a palavra empregado — mais adiante encontraremos o termo servo —, no original grego consta douloj, isto é escravo ou servo.

[15] Cf. TUYA, OP, Manuel de; SALGUERO, OP, José. Introducción a la Biblia. Madrid: BAC, 1967, v.II, p.347-354.

[16] SANTO AMBRÓSIO. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas. L.VIII, n.31-32. In: Obras. Madrid: BAC, 1966, v.I, p.492.

[17] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I-II, q.114, a.1.

[18] RITO DA MISSA. Oração Eucarística: Prefácio dos Santos, I. In: MISSAL ROMANO. Trad. Portuguesa da 2a. edição típica para o Brasil realizada e publicada pela CNBB com acréscimos aprovados pela Sé Apostólica. 9.ed. São Paulo: Paulus, 2004, p.451.

[19] SÃO LUÍS MARIA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.6. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p.490.

Comentário ao 26o Domingo do Tempo Comum

O pobre e o rico

Estamos, uma vez mais, diante de uma cena evangélica sobre a condenação eterna. O inferno se apresenta nesta parábola com algumas características ainda não conhecidas até então, e em dramático contraste com o prêmio celeste.

Mons. João S. Clá Dias

A parábola do Evangelho deste domingo se desdobra em três atos sucessivos. No primeiro, assistimos ao paroxismo de situações opostas, entre o pobre Lázaro e o rico, ainda nesta Terra. A seguir, ambos morrem, e são conduzidos a destinos bem diferentes. Lázaro vai para o Céu e o rico para o inferno. Este, em meio aos tormentos do fogo, se dirige a Abraão, rogando um lenitivo. Por último, implora pelos próprios parentes, a fim de evitar que caiam na mesma desgraça.

Tendo em vista a profundidade dos múltiplos significados das palavras e ações do Divino Mestre, procuremos apreciar com amor todas as importantíssimas lições contidas no Evangelho deste domingo.

I – Os episódios nesta Terra

À primeira vista, o drama nos enche a alma de compaixão pelo pobre Lázaro e nos conduz a uma antipatia pelo avarento. As formas podem ter sido escolhidas pelo Divino Pedagogo com mero intuito didático, entretanto, na sua essência, os fatos narrados são realíssimos e se repetem ao longo de toda a existência humana. Comecemos por analisar o avarento.

O rico avarento

Na literatura judaica, as figuras cheias de posses eram comumente apresentadas vestidas de púrpura. As túnicas e roupas interiores eram confeccionadas em puro linho. Com a maneira refinada de vestir-se, desfrutava o rico em questão também de uma elaborada culinária oriental. Curioso é de se notar que a narração evangélica não menciona amigos ou convidados aos festins diários do personagem em foco. Teria talvez esse rico um tão supino egoísmo, que preferia comer a sós, com o receio de, ao condividir os prazeres da mesa, diminuir seu próprio gozo? Também não aparece nenhuma referência sobre as instalações do tal rico. Terá sido um grande palácio? Não era o costume da época. O luxo naqueles tempos era bem mais fruído nas roupas e nos prazeres da mesa do que nas magnificências dos palácios.

Transparece nesse simples versículo (v. 19) o claro desejo do Divino Mestre de focalizar a figura de um homem abastado e rodeado dos melhores prazeres: dinheiro em quantidade, finos tecidos e excelente comida. Até aqui a descrição não insinua maior desordem na conduta do rico. Sua avareza se evidenciará pateticamente nos detalhes da dolorosa miséria do mendigo deitado à porta de sua opulência.

O pobre Lázaro

Do rico, não sabemos o nome, mas a memória do mendigo se fixou na História. Lázaro, diminutivo popular de Eleazar, cujo significado é “Deus ajuda”. Certamente se tratava de um desses mendigos que se aninhavam em determinados cantos ou entradas de casas para obter uma esmola ou algum alimento. A miséria aliada à sensação de abandono levava-os a uma verdadeira obstinação de se fixarem num posto e ali permanecerem, muitas vezes por décadas. Até hoje em dia, o mesmo fenômeno se repete. Quem de nós não se recorda de pelo menos um caso assim? Dá-se ao mendigo um nome, ou um apelido, e se estabelece uma certa familiaridade entre ele e seus benfeitores. Apesar de sua indigência, de seu aspecto pouco asseado ou da decomposição da fisionomia, ele sempre terá alguns simpatizantes que, além de uns trocados, lhe darão uns dedos de prosa. Ele saberá colocar-se em situações onde possa chamar a atenção sobre si.

Provavelmente, esses elementos somados a outros tantos levaram o bom Lázaro a deitar-se na porta principal do edifício do rico. Ali permanecia silencioso ou desenrolando uma ladainha de pedidos, a fim de implorar — com base em seu miserável aspecto, ou através da pura palavra — o auxílio dos transeuntes. Era seu posto fixo de mendicância, tolerado pelo dono da casa, o qual, dessa forma, manifestava alguma caridade em relação ao mendigo.

Como se não lhe bastasse a penúria dos meios de subsistência, seu corpo estava coberto de chagas. Algumas delas à mostra, sobretudo nas pernas insuficientemente cobertas pela curta túnica — quiçá, não só curta mas também rasgada.

Naqueles tempos, não era incomum, na Palestina, o contraste entre mendigos estropiados e peregrinos de porta em porta à busca de restos de comida a fim de não morrer de fome, e, de outro lado, ricos acomodados em seu fausto. Porém, os pobres não eram revoltados com sua situação de inferioridade e nem desejavam promover uma revolução social para ter parte na fortuna alheia. Eles não almejavam senão viver.

Lázaro desejava se alimentar das migalhas, ou seja, das sobras da mesa do rico, o qual “todos os dias se banqueteava esplendidamente”. A completa indiferença da opulência em relação à extrema miséria do mendigo sentado à sua porta, demonstrava que ao rico faltava o carinho cheio de calor humano para aliviar um pouco o sofrimento de Lázaro. Esse afeto só era concedido ao pobre pelos cães, tão dramático era seu estado. Ele nem forças tinha para os afastar de perto de si.

Assim termina o primeiro ato da parábola: o rico satisfeitíssimo em seu fausto, indiferente ao infeliz pobre, na indigência de sua roupa, saúde e alimentos, vivendo os últimos suspiros de sua existência.

II – O juízo eterno

“No entardecer de nossa vida, seremos julgados segundo o amor”,[1] escreveu São João da Cruz.

A cena descrita em seguida é ainda mais dramática e passa-se logo após a morte de ambos.

Sobre o corpo de Lázaro, nenhuma notícia ou comentário. Certamente atirado numa vala comum, própria aos indigentes, sem qualquer cerimônia. Entretanto, enquanto a preocupação dos responsáveis era de se verem livres daquele desprezível cadáver, os Anjos conduziram sua alma ao Céu, pois, de acordo com a literatura rabínica, no Paraíso não se entrava senão pelo auxílio dos puros espíritos.

O rico também morre, pois nem o muito dinheiro nos livra desse fim. Mas sua alma há muito já deixara a vida espiritual, pois as ações próprias a esta, ele não as praticava. De fato, sua dureza de coração e falta de compaixão para com o mendigo, à porta de seu palácio, somadas à suma fruição dos bens terrenos, haviam destroçado qualquer laivo de amor a Deus. A respeito dele, Lucas afirma ter sido sepultado, mas não diz uma palavra sobre quem acompanhou o seu enterro e quais as pompas que o cercaram. Quantos aduladores devem ter rodeado o rico durante a vida, interessados nos seus bens, ou até mesmo para gozar do prestígio de sua amizade e, ao término de sua existência, nem sequer dele se lembraram…

Como foi seu juízo particular? Qual a sentença proferida por Deus? Não se ocupa desses detalhes o Evangelho e simplesmente apresenta o rico entre os tormentos do inferno.

Ofensa infinita, castigo eterno

A Doutrina Católica nos ensina claramente que o pecado mortal constitui uma ofensa a Deus, irreparável e de suma gravidade. Quem morre na impenitência final, resistindo até o último momento, fixa-se no pecado mortal enquanto desordem permanente, merecendo um castigo também eterno.[2]

A gravidade da ofensa se mede sobretudo pela dignidade da pessoa ofendida. Uma agressiva bofetada desfechada por alguém a seu igual, merece uma penalidade muito menor do que uma outra, da mesma intensidade, desferida contra uma grande e representativa personalidade. O castigo sempre deverá ser aplicado em proporção com a categoria do ofendido. Ora, se a pessoa ultrajada é infinita, o castigo só poderá ser eterno; tanto mais que, para reparar o pecado, quis o Verbo de Deus encarnar-Se e sofrer todos os tormentos da Paixão.

Mas, como se pode explicar que um pecado, cometido em apenas alguns minutos, mereça uma pena eterna? Segundo nos ensina São Tomás, a perpetuidade dos castigos infligidos por Deus aos condenados está proporcionada, não à duração do pecado atual, mas à sua gravidade. A Justiça humana também usa o mesmo critério, ao condenar à prisão perpétua alguns réus cujos crimes foram praticados em poucos minutos.

Assim se compreende o porquê de ter ido para o inferno aquele rico: morreu na impenitência final de sua grave avareza.

O inferno, consequência do pecado

Lucas nos fala dos “tormentos do inferno”. Sabemos pela Revelação o quanto são eles terríveis. Acima de todos os sofrimentos está a pena de dano: o fato de ter sido criado para participar da felicidade do próprio Deus e ver-se por Ele rejeitado, é o maior dos tormentos. Daí surgem duas reações no condenado: a primeira consiste em querer destruir a Deus para pôr fim às suas angústias; a segunda, em desejar sua própria aniquilação. Ora, como ambas são irrealizáveis, a consequência é o desespero eterno.

A esse incomensurável sofrimento se acrescenta o dos sentidos. A Revelação não deixa margem a dúvidas sobre a realidade do fogo do inferno (cf. Mt 5, 22; 10, 28; 18, 9; Mc 9, 43-49; etc.) e de sua natureza corpórea.[3] Queimando os corpos sem consumi-los, quem o sustenta sempre aceso é o próprio Deus. Os cinco sentidos são atormentados de maneira especial em relação aos pecados correspondentes.

Na sua santidade de modelo sacerdotal, São João Maria Batista Vianney tece algumas piedosas considerações muito úteis para se compreender o porquê foi o rico parar no inferno: “Meus filhos, se vísseis um homem fazer uma grande fogueira, empilhar pedaços de lenha uns sobre os outros e, perguntando-lhe o que estava fazendo, ele vos respondesse: ‘Estou preparando o fogo que me deverá queimar’, que pensaríeis? E se vísseis esse mesmo homem aproximar-se da fogueira já acesa e atirar-se nela… que diríeis? Cometendo o pecado, é assim que fazemos. Não é Deus que nos lança no inferno, somos nós que nele nos lançamos pelos nossos pecados. O condenado dirá: ‘Perdi a Deus, minha alma e o Céu; foi por minha culpa, por minha máxima culpa!’… Elevar-se-á do braseiro para tornar a cair nele… Sentirá sempre a necessidade de se elevar, porque era criado para Deus, o maior, o mais alto de todos os seres, o Altíssimo …como uma ave num aposento voa até o teto que detém os condenados.

“Adiamos a nossa conversão para a hora da morte; mas quem nos assegura que teremos o tempo e a força nesse momento terrível, receado por todos os Santos, quando o inferno se congrega para desferir-nos o último assalto, vendo que é o instante decisivo?

“Muitos há que perdem a fé, e só creem no inferno, nele entrando.

“Não, sem dúvida, se os pecadores pensassem na eternidade, nesse terrível ‘sempre!’… haveriam de se converter imediatamente…”.[4]

Quantas e quantas vezes o rico não deve ter sentido, dentro de si, a voz da consciência recriminando-lhe o apego desregrado pelas roupas, pelos prazeres excessivos da mesa e, sobretudo, pelo dinheiro! Lázaro à sua porta era um dom de Deus, estimulando-o à prática da caridade e, ao mesmo tempo, à compreensão do vazio das criaturas. Mas ele preferiu os bens deste mundo a ponto de dar as costas a Deus. Daí entender-se melhor os versículos 22 a 26:

“Morreu também o rico, e foi sepultado. Quando estava nos tormentos do inferno, levantando os olhos, viu ao longe Abraão e Lázaro no seu seio. Então exclamou: ‘Pai Abraão, compadece-te de mim, e manda Lázaro que molhe em água a ponta do seu dedo para refrescar a minha língua, pois sou atormentado nestas chamas’. Abraão disse-lhe: ‘Filho, lembra-te que recebeste os teus bens em vida, e Lázaro, ao contrário, recebeu males; agora é ele aqui consolado e tu és atormentado. Além disso, há entre nós e vós um grande abismo; de maneira que os que querem passar daqui para vós não podem, nem os daí podem passar para nós’”.

Torna-se patente o empenho do Divino Mestre, tão bem transcrito por Lucas, em alertar os cristãos de todos os tempos para os castigos eternos, como consequência de uma vida transcorrida no pecado, e, em extremo oposto, a alegria com que será premiada a virtude após a morte.

Por isso, o Magistério da Igreja sempre fez eco à voz de Jesus, como, por exemplo, nestas palavras de João Paulo II:

“Até mesmo no campo do pensamento e da vida eclesial, algumas tendências favorecem inevitavelmente o declínio do senso do pecado. Alguns, por exemplo, tendem a substituir posições exageradas do passado, por outros exageros; assim, da atitude de ver o pecado em toda parte, passa-se a não o vislumbrar em parte alguma; da demasiada acentuação do temor das penas eternas, à pregação dum amor de Deus que excluiria toda e qualquer pena merecida pelo pecado; da severidade no esforço para corrigir as consciências errôneas, a um pretenso respeito pela consciência, até suprimir o dever de dizer a verdade. […]

“Diante do problema do embate de uma vontade rebelde com Deus infinitamente justo, não se pode deixar de nutrir sentimentos de salutar ‘temor e tremor’, como sugere São Paulo”.[5]

Assim sendo, a parábola de hoje tem grande importância para os dias atuais e por isso vale a pena conhecê-la em toda sua substância e profundidade.

Invertendo os papéis na parábola

Pode-se perguntar: vai-se para o inferno pelo simples fato de ser rico? No Céu, só entram os mendigos? Toda riqueza é um mal e toda miséria, um bem?

Neste trecho de Lucas, encontramos a descrição de uma condenação e de uma salvação. As penas eternas aplicadas ao avarento são devidas ao mau uso das riquezas, pois estas, de si, são neutras, nem boas, nem más. Depende do uso que delas se faça. O mesmo se deve dizer da pobreza, não é ela boa, nem má. Para qualificá-la é necessário saber com que disposição interior foi aceita.

Assim, para maior clareza de análise, invertamos os papéis das duas figuras principais da parábola. Imaginemos o rico cheio de compaixão por Lázaro, a ponto de contratar um médico para curar-lhe as chagas, comprar-lhe os remédios, conseguir-lhe um bom abrigo e proporcionar-lhe deliciosos alimentos. Ademais, procurando cercá-lo de afetuosas atenções, chegando a rezar várias vezes ao dia por sua saúde, como também por sua eterna salvação.

Por outro lado, suponhamos um Lázaro que teria a alma mais ulcerada do que seu corpo, pois se consumiria de inveja dos bens do rico e, revoltado contra tudo, contra todos e contra o próprio Deus, cobriria de injúrias o seu benfeitor, desejando-lhe a desgraça e até a morte. A cada ato de comiseração e estima da parte do rico, corresponderia uma reação mal-educada e ressentida de Lázaro. Este só se acalmaria quando obtivesse toda a fortuna daquele, e, para isto, estaria disposto a instigar seu ódio em muitos outros.

Se, nesse estado de alma, morressem ambos, qual seria o destino eterno de cada um?

Não há a menor dúvida: Lázaro iria para os “tormentos do inferno” e o rico seria “levado pelos Anjos ao seio de Abraão”.

Confirmando esta suposição, ouçamos o comentário feito por São João Crisóstomo: “Os Anjos serviram e levaram o pobre e o colocaram no seio de Abraão, porque ele, apesar de ter vivido desprezado, não havia se desesperado, nem blasfemou dizendo: ‘Este rico goza vivendo na opulência e não padece tribulação, e eu não posso alcançar o alimento necessário’”.[6]

Quanto precisamos ter sempre presente diante dos nossos olhos esta parábola, a fim de bem sabermos nos servir, sem apego, das riquezas e aceitarmos com paciente resignação as dores, provações e contingências da vida!

Essa é a fundamental lição para todos os tempos: o bom relacionamento entre ricos e pobres, e de ambos com Deus, no uso dos bens ou na aceitação das situações constrangedoras pelas quais passem.

Como andará o mundo de hoje nessa matéria? Haverá ainda Lázaros de alma? Existirão ainda os ricos de espírito? E qual será o destino eterno de uns e de outros?

III – “Pregai toda a verdade sobre o inferno”

O texto evangélico narra-nos a seguir um tal tormento do rico entre as chamas eternas, que uma simples gota de água seria suficiente para lhe refrescar a língua. Um abismo separa os dois mundos, o Céu do inferno. Será real essa tragédia?

A Revelação é abundante nessa matéria: “Qual de nós poderá habitar no fogo devorador, nas chamas eternas?” (Is 33, 14). O Evangelho nos fala quatorze vezes sobre o inferno com expressões categóricas como estas: “fogo inextinguível” (Mc 9, 43), “…o seu verme não morre e o fogo não se apaga…” (Mc 9, 48); “…e lançá-los-ão na fornalha de fogo. Ali haverá choro e ranger de dentes” (Mt 13, 42). E o Apocalipse: “Serão lançados vivos no abismo abrasado de fogo e enxofre para serem atormentados noite e dia por todos os séculos dos séculos” (20, 10).

Por isso, o condenado da parábola roga a Abraão mandar Lázaro à sua casa paterna para convencer os cinco irmãos sobre o “lugar de tormentos”, no qual ele se encontra para todo o sempre. Segundo seu critério, o ideal seria que “alguém do mundo dos mortos fosse ter com eles” para adverti-los sobre os horrores do castigo eterno, pois só assim se converteriam.

Abraão é muito incisivo em sua resposta, declarando que também os outros cinco irmãos acabariam por ser lançados no inferno, se não acreditassem em Moisés e nos profetas.

Segundo pode-se deduzir desses versículos, até o precito da parábola julga indispensável explicar a existência do inferno. E, de fato, esse é o empenho dos Santos e do próprio Magistério infalível da Igreja, como declarou em certa ocasião o Bem-aventurado Papa Pio IX: “Pregai muito as grandes verdades da salvação, pregai sobretudo o inferno; nada de meias palavras, dizei, clara e altamente, toda a verdade sobre o inferno. Nada é mais capaz de fazer refletir e de conduzir a Deus os pobres pecadores”.[7]

Bem clara é também a linguagem de nosso Catecismo: “O ensinamento da Igreja afirma a existência e a eternidade do inferno. As almas dos que morrem em estado de pecado mortal descem imediatamente após a morte aos infernos, onde sofrem as penas do inferno, ‘o fogo eterno’. A pena principal do inferno consiste na separação eterna de Deus, o Único em quem o homem pode ter a vida e a felicidade para as quais foi criado e às quais aspira”.[8]

Sobre a eficácia da crença nos fogos eternos, um dos grandes escritores do século XIX, o padre Frederick William Faber, afirmava: “A mais fatal preparação do demônio para a vinda do anticristo é o esmorecimento da crença dos homens no castigo eterno. Se fossem estas as derradeiras palavras por mim a vós dirigidas, lembrai-vos de que nada eu quereria imprimir tão profundamente em vossas almas, nenhum pensamento de fé — após o do Preciosíssimo Sangue — vos seria mais útil e proveitoso do que sobre o castigo eterno”.[9]

Lembremo-nos sempre de como nossa morte pode ser súbita e quão necessário é vivermos nas disposições de alma de Lázaro, na maior resignação face aos infortúnios, desapegados dos bens deste mundo, fortes na oração, na prática da Religião e da virtude, ardorosos devotos da Mãe de Deus, para assim gozarmos da felicidade eterna. ²

Extraído de Inédito sobre os Evangelhos Vol. VI. p. 375-388.


[1] SÃO JOÃO DA CRUZ. Dichos de Luz y Amor, n.57. In: Obras Completas. Madrid: Espiritualidad, 1957, p.63.

[2] Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q.87, a.2-4. 

[3] Cf. Idem, Suppl., q.97, a.2; 5-6.

[4] SÃO JOÃO BATISTA VIANNEY, apud MONNIN, Ab. A. Espírito do Cura d’Ars. 2.ed. Petrópolis: Vozes, 1949, p.80-81.

[5] JOÃO PAULO II. Reconciliatio et Pænitentia, n.17.

[6] SÃO JOÃO CRISÓSTOMO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c.XVI, v.22-26.

[7] PIO IX, apud SÉGUR, Louis Gaston de. El infierno. Buenos Aires: Iction, 1980, p.169.

[8] CCE 1035.

[9] FABER, Frederick William, apud BOWDEN, J. E. Vida y Cartas del R. P. Federico William Faber. Madrid: Leocadio López, 1881, p.685.

Comentário ao Evangelho do 25o Domingo do Tempo Comum

A prudência da carne e a prudência santa

O administrador infiel usa de prudência para garantir sua própria subsistência. Essa mesma sagacidade e diligência deveriam ter os filhos da luz para alcançar a santidade.

I – O homem ante a pobreza

Havia um certo país onde, segundo narra São João Damasceno, os cidadãos anualmente elegiam um novo rei a fim de evitarem os riscos de uma possível tirania. Conhecedores da sede de mando existente em todo homem, não permitiam a estabilidade perene do monarca: no final do ano, ele era destronado e deportado para uma ilha deserta na qual, depois de algum tempo, falecia por falta de recursos e de alimentos. Foi esse o destino de vários reis até que um, durante o exíguo reinado de 360 dias, transportou para a tal ilha tudo quanto pôde em matéria de subsistência para o resto de sua vida.

Soube ele contornar o mais temido dos males, ou seja, a pobreza. E, em parte, compreende-se esse temor em função de alguns instintos de nossa natureza, como, por exemplo, o de conservação e o de sociabilidade. A perspectiva da carência do essencial para nossa vida nos deixa aturdidos. A miséria extrema, sem uma intervenção de Deus, destrói no homem as últimas energias, aferra sua atenção à matéria e o incapacita de elevar as vistas para as considerações espirituais. Tal era, de acordo com a narração de São João Damasceno, a situação dos reis exilados após expirar seu mandato, lutando pela vida numa ilha sem recursos.

Deixemos de lado os casos agudos como o mencionado acima e focalizemos a pobreza comum, aquela consistente em obter estritamente o necessário e, assim mesmo, mediante um árduo esforço. Nessas circunstâncias, embora conhecendo o grande apreço que Deus manifesta pela pobreza, assim como todos os privilégios a ela inerentes — as Escrituras encontram-se pervadidas de menções a esse respeito — as apreensões da criatura humana face às contingências da pobreza, conduzem-na a optar pelas vias da falsa ou verdadeira prudência.

Uma falsa prudência

Esta virtude, quando é falsa, portanto, entendida num sentido pejorativo, busca um fim terra a terra, temporal e passageiro. Ela é fruto de uma filosofia pagã para a qual não existe Deus, nem a alma humana e a remuneração futura. Essa impostação de espírito está bem sintetizada na atitude das virgens loucas (cf. Mt 25, 1-13) e repudiada por Deus em inúmeras passagens do Antigo e do Novo Testamento (cf. Pr 4, 19; 25-26; I Cor 1, 19; Rm 8, 6; I Tm 3, 2s; I Pd 4, 7; etc.).

Não poucas vezes a falsa prudência sabe empregar manhas e artimanhas para obter os bens terrenos, mas não os eternos. Para ela, o fim justifica os meios. Fundamenta-se ela na sabedoria deste mundo e daí surgem equívocos como, por exemplo, o de querer construir edifícios eternos com o que não é senão passageiro. Comenta São Paulo: “Ninguém se engane a si mesmo; se algum dentre vós se tem por sábio segundo este mundo, faça-se insensato para ser sábio. Porque a sabedoria deste mundo é loucura diante de Deus, pois está escrito: ‘Eu apanharei os sábios na sua própria astúcia’. E outra vez: ‘O Senhor conhece como são vãos os pensamentos dos sábios’” (I Cor 3, 18-20).

A virtude da prudência

Diametralmente oposta se encontra a verdadeira virtude da prudência. A ela só se aferra quem se deixa conduzir pela graça de Deus, ao se ver diante da perspectiva de uma vida feita de pobreza. O quadro abaixo nos esclarece bem o quanto consiste esta virtude na reta escolha dos meios convenientes para obter um determinado fim.

Quem magistralmente soube transpor para a prática essa bela doutrina da prudência foi Santo Inácio de Loiola, o Fundador da Companhia de Jesus, na primeira meditação de seus Exercícios Espirituais: “O homem é criado para louvar, reverenciar e servir a Deus Nosso Senhor, e mediante isso salvar a sua alma”. Saber servir-se das criaturas — inclusive do dinheiro — para alcançar esse fim, é o divino ensinamento ministrado por Jesus na parábola do administrador infiel, mas prudente, da Liturgia de hoje.

II – O administrador infiel

1 Disse também a seus discípulos: “Um homem rico tinha um feitor, que foi acusado diante dele de ter dissipado os seus bens”.

Nas três parábolas anteriores” — comenta o padre Juan de Maldonado — “Cristo ensinara o cuidado que Ele tinha em converter os pecadores e sua benignidade para com os já convertidos; nesta, reportando-se à benignidade de Deus, ensina o empenho e a diligência que devem os pecadores, por sua vez, empregar para converter-se à amizade divina. Por este motivo expôs as três parábolas anteriores aos escribas e fariseus, que Lhe tinham dado a ocasião, e, por outro lado, esta Ele a propõe aos discípulos e a todos os seus ouvintes. É este o sentido da frase: ‘Disse também a seus discípulos’, ou seja, do mesmo modo como antes havia feito aos escribas e fariseus, segundo observa São Jerônimo”.[1]

Apesar deste comentário de Maldonado, devemos observar, para melhor clareza de interpretação, que continuarão presentes os fariseus enquanto ouvintes também nesta quarta parábola, conforme podemos constatar nas palavras de Lucas logo ao término da mesma: “Os fariseus, como eram avarentos, ouviam suas palavras e troçavam d’Ele” (Lc 16, 14). Aliás, essa sequência de parábolas — a da ovelha desgarrada, a da dracma perdida, a do filho pródigo e esta do administrador infiel, mas prudente — se inicia pelo escândalo que significou aos olhos dos fariseus e dos doutores da Lei, o fato de verem “todos os cobradores de impostos e pecadores” se aproximarem de Jesus para serem instruídos: “Este acolhe os pecadores e come com eles” (Lc 15, 1-2). Essa foi a razão pela qual Jesus lhes propôs as três parábolas sobre a misericórdia. Portanto, também nesta quarta estão concernidos os escribas e fariseus. Tanto mais que Ele lhes dirá como uma das conclusões: “Fazei amigos com as riquezas da iniquidade…”.

Somos administradores de bens alheios e transitórios

Pelo que se pode deduzir dos versículos 6 e 7, relativos às dívidas que o feitor tinha obrigação de bem conduzir e cobrar, as propriedades desse tal “homem rico” deveriam consistir em olivais e trigais. Tudo leva a crer — e a maioria dos comentaristas coincide nesta apreciação — que o fato deste último “dissipar os bens” de seu senhor não se devia só ao relaxamento, mas também a abusos para satisfazer seus prazeres pessoais.

Já de início, neste versículo do Evangelho de hoje, cabe uma aplicação moral a cada um de nós: “Uma ideia errônea que domina os homens, aumenta seus pecados e diminui suas boas obras, consiste em crer que tudo quanto temos para as atenções da vida, nós o devemos possuir como senhores e, em consequência, nós o procuramos como o bem principal. Contudo, é exatamente o contrário, pois não fomos colocados nesta vida como senhores em sua própria casa, mas, isto sim, como hóspedes e forasteiros levados aonde não queremos ir e quando não pensamos: quem agora é rico, em breve será mendigo. Assim, sejas quem fores, deves saber que és apenas dispensador de bens alheios, dos quais te foi dado uso transitório e direito muito breve. Longe, pois, de nossa alma o orgulho da dominação, e abracemos a humildade e a modéstia do arrendatário ou caseiro”.[2] Deus, portanto, coloca em minhas mãos os bens do corpo e da alma — os bens materiais e os da graça, vida, talentos, riquezas, etc. — para que eu os administre em função de sua Lei e glória. Que uso faço dos bens recebidos das mãos de Deus?

Súbita prestação de contas

2 “Chamou-o e disse-lhe: ‘Que é isto que eu ouço dizer de ti? Dá conta de tua má administração; não mais poderás ser meu feitor’”.

O senhor da parábola não demonstra ser muito vigilante por seus próprios bens, pois é só depois de receber de outros as informações a respeito da má conduta de seu administrador é que se põe a campo para retomar o controle da situação. O auxílio para ter uma real noção dos negócios e empreendimentos de sua propriedade lhe chega aos ouvidos através de pessoas invejosas e que desejam permanecer no anonimato para não se exporem a represálias ou vinganças.

É compreensível a atitude do senhor de pedir contas, pois nós também, em nosso relacionamento com Deus, “quando, em vez de administrar de modo a agradar-Lhe os bens que nos foram confiados, abusamos deles para satisfazer nossos gostos, convertemo-nos em arrendatários culpáveis”.[3]

Ademais, percebe-se por essa sentença proferida pelo senhor, sua impossibilidade de aplicar um castigo proporcionado. “‘Não mais poderás ser meu administrador’, por ser esta a primeira sanção que recebe quem administra mal os bens de seu amo, e também por não poder nem ser costume um rico castigar de outra maneira, pois o feitor não é um escravo que podia ser açoitado ou morto, mas um homem livre ao qual o senhor não podia dar outro castigo senão o de privar da honra e do cargo. Assim se pode aplicar ao pecador que, por sua má administração, isto é, por sua má observância da Lei de Deus, não é sempre removido de sua função nem excluído da Igreja, não é sempre privado de sua dignidade eclesiástica nem despojado dos bens que administrou mal, mas sempre é castigado”.[4]

“Dá conta de tua má administração…”. Um raio lhe atravessa o caminho. Quiçá, jamais tenha prestado contas durante a vida, e nada levava com ordem. Pela primeira vez, vê-se na contingência de reconhecer a existência de um senhor, ante o qual deve responder por seus atos. Quantos de nós não fazemos os mesmos equivocados cálculos? Só na hora do juízo de Deus, realizamos sermos meros administradores dos bens… Um certo dia, desconhecido por nós, mas não muito longínquo, seremos demitidos de nossa administração dos bens deste mundo. Prestadas as contas, qual será nosso destino eterno?

“A mesma coisa nos diz o Senhor todos os dias, apresentando-nos como exemplo aquele que, gozando de saúde ao meio-dia, morre antes da noite, e aquele que expira em uma festa: assim deixamos a administração de vários modos. Mas o bom administrador, o qual tem confiança, devido à sua boa administração, deseja dissolver-se como São Paulo e estar com Cristo; enquanto quem se apega aos bens da Terra se encontra cheio de angústia na hora derradeira”.[5]

Consciência da culpa

3 “Então o feitor disse consigo: ‘Que farei, visto que o meu senhor me tira a administração? Cavar não posso, de mendigar tenho vergonha’”.

“O feitor nem sequer tenta uma autodefesa. Tem a consciência manchada e sabe perfeitamente que é verdade o que chegou ao conhecimento do senhor”.[6]

Vemos neste versículo o retrato daqueles que viveram negligentemente ao longo de sua existência terrena, tal como afirma São João Crisóstomo. Se esse administrador estivesse habituado ao trabalho, não temeria ser despedido.

E nós? Poderemos trabalhar pela nossa salvação após a morte? Como nos precavermos em face a esse futuro?

Diligência do mau administrador para garantir seu futuro

4 “‘Já sei o que hei de fazer, para que, quando for removido da administração, haja quem me receba em sua casa’”.

Usando de monólogos, também nós, em muitas ocasiões, tomamos nossas decisões como o fez o administrador. Para satisfazer sua preguiça e seu orgulho, evitando o trabalho e a mendicância, ele idealiza um meio eficaz que, em função de seu mau caráter, uma vez mais não levará em conta os interesses de seu senhor, mas sim os de seu egoísmo.

Os comentaristas aproveitam a reação desse mau feitor para mostrar como ele, tendo diante dos olhos um fim muito claro — o de sua própria subsistência —, pôs-se imediatamente a campo e usou dos meios para atingi-lo. Reprovando seu relaxamento moral, fazem eles uma aplicação ao caso específico de nossa salvação eterna. Se tivéssemos robusta convicção a respeito de nossa vida post-mortem, o fim último de nossa existência, seríamos mais diligentes em aplicar os devidos meios para obter a perpétua felicidade.

Sublinham eles de modo especial essa tenacidade do administrador em alcançar seus objetivos e a tomam como exemplo para nós “porque todo aquele que, prevendo seu fim, alivia com boas obras o peso de seus pecados (perdoando a quem lhe deve ou dando boas esmolas aos pobres), e dá liberalmente os bens do senhor, granjeia muitos amigos que hão de prestar bom testemunho dele perante o juiz, não com palavras, mas manifestando suas boas obras, e de preparar-lhe, com seu testemunho, a mansão do consolo. Nada há que seja nosso, pois tudo é do domínio de Deus”.[7]

A pressa para atingir objetivos neste mundo

5 “E chamando a cada um dos devedores do seu senhor, disse ao primeiro: ‘Quanto deves ao meu senhor?’ 6 Ele respondeu: ‘Cem medidas de azeite’. Então disse-lhe: ‘Toma o teu recibo, senta-te e escreve depressa: cinquenta’.

7 Depois disse a outro: ‘Tu quanto deves?’ Ele respondeu: ‘Cem medidas de trigo’. Disse-lhe o feitor: ‘Toma o teu recibo e escreve oitenta’”.

Sobre quais seriam esses devedores e a transposição dessas medições aos usos desta ou daquela atualidade, pululam entre os autores hipóteses e cálculos. Por que se trata de dois devedores, e nem mais nem menos, para significar que devemos granjear muitos amigos, coincidimos com o célebre Maldonado em que, pela necessidade de uma quase esquematização, era mais adequado usar de uma narração breve.[8] Idem no que tange ao azeite e ao trigo. Poderiam também ser outros produtos.

A respeito da diferença nas reduções ilícitas, mais provavelmente se deve ao senso de oportunidade do administrador, o qual oferecia a cada um dos devedores o suficiente para obter análogos resultados.

Chama a atenção a pressa do administrador em atingir suas metas. Infelizmente, assim também somos muitos de nós, ou seja, elaboramos planos e com rapidez os realizamos para os fins a atingir neste mundo, mas tudo se torna difícil, e até insolúvel, quando o objetivo é a nossa santificação. Nosso fim último é o supremo em relação aos outros, mas nem sempre lhe tributamos a importância devida. Quantos de nós não preferimos — bem ao contrário desse administrador — deixar para amanhã a realização de nossos propósitos de santidade? Na juventude, com fervor sonhávamos concretizá-los na maturidade, já tão próxima. Entrando nesta, jamais nos parece ela caminhar a passos velozes para o seu término definitivo…

Vemos por esses versículos o quanto se empenha o tal administrador em deitar o peso de seus esforços para fazer amigos comparsas de suas fraudes, a fim de ser por eles amparado no futuro. Esse deve ser nosso empenho na busca da amizade de Deus, dos justos, dos castos, dos pobres, etc.

Sagacidade dos filhos deste mundo

8 “E o senhor louvou o feitor desonesto, por ter procedido sagazmente. Porque os filhos deste mundo são mais hábeis no trato com os seus semelhantes do que os filhos da luz”.

Surge aqui outro versículo muito discutido entre os autores. O elogio do senhor da parábola não recai sobre os aspectos ilícitos e imorais dos atos praticados por seu administrador, mas tão somente sobre a esperteza deste. “Denominam-se contraditórias estas parábolas para compreendermos que — se pôde ser louvado pelo seu amo o homem que defraudou seus bens — muito mais devem agradar a Deus os que fazem aquelas obras de acordo com seus preceitos”.[9]

Por “filhos deste mundo” devemos entender como sendo aqueles que só se preocupam com os bens temporais. Os “filhos da luz” creem na vida eterna após a morte, na ressurreição final e trabalham por sua salvação. Entretanto, a “prudência” dos primeiros é infatigável, solerte, pertinaz, inteligente, hábil com vistas a obter seus objetivos. Assim devemos ser nós face ao nosso fim último, e nisso consiste o conselho implícito na comparação feita por Jesus. Apenas para ressaltar a clareza de compreensão, é bom frisar que os “filhos da luz” são inferiores muitas vezes em matéria de prudência, mas não em sabedoria.[10]

9 “Portanto, Eu vos digo: Fazei amigos com as riquezas da iniquidade, para que, quando vierdes a precisar, vos recebam nos tabernáculos eternos”.

Este versículo tem maior razão de continuidade com os quatro outros seguintes (10 a 13) do que propriamente com os comentados até aqui (1 a 8). Possuem eles (9 a 13) um mesmo conceito teológico sobre a riqueza, enquanto a parábola narrada anteriormente recalca mais a importância da sagacidade e da prudência a serem empregadas com vistas à vida eterna. Trata-se, portanto, de duas considerações diferentes que devem ser analisadas segundo as respectivas essências.

Deus é o verdadeiro proprietário de todo o Universo

10 “Quem é fiel no pouco também é fiel no muito; e quem é injusto no pouco também é injusto no muito. 11 Se, pois, não fostes fiéis nas riquezas iníquas, quem vos confiaria as verdadeiras? 12 E, se não fostes fiéis no alheio, quem vos dará o que é vosso? 13 Nenhum servo pode servir a dois senhores, porque, ou odiará um e amará o outro, ou se afeiçoará a um e desprezará o outro. Não podeis servir a Deus e ao dinheiro”.

Alguns autores dão a estes quatro versículos o título de “apêndices parabólicos sobre as riquezas”. As três máximas neles contidas são de fácil compreensão e dispensam longas considerações.

É de se notar que Jesus não condena a propriedade, mas a toma como sendo um bem a ser gerido temporariamente com vistas à vida eterna. Não passa o homem de simples administrador. Deus, sim, é o autêntico proprietário. Se essa distinção é ignorada pelo homem, acaba ele por violar a supremacia de Deus enquanto Senhor de todo o Criado, ingressando, assim, na injustiça.

“As riquezas existentes nesta Terra não são de posse absoluta do homem. Ele é administrador desses bens de Deus. Deve, pois, ser-Lhe fiel neles. É a expressão externa de sua fidelidade. Assim receberá os ‘próprios’ que, neste contexto, pela contraposição estabelecida, parecem referir-se a dons espirituais que Deus, em compensação por essa fidelidade requerida para os outros, concede em abundância ao discípulo”.[11]

As expressões: “riquezas verdadeiras” e “o que é vosso” referem-se aos bens sobrenaturais, os dons da graça, os únicos eternos e absolutos.

Quanto ao último versículo, São Mateus o coloca ao longo do Sermão da Montanha e numa formulação quase idêntica: “Ninguém pode servir a dois senhores, porque ou há de odiar um e amar o outro, ou há de afeiçoar-se a um e desprezar o outro. Não podeis servir a Deus e às riquezas” (Mt 6, 24). Tanto em Lucas como em Mateus, “põe-se a tese e dá-se a razão de não poder servir a dois senhores: a Deus e às riquezas. Naturalmente, entendido num sentido de apego a elas ou numa aquisição ou uso reprovável delas”.[12]

Nestes versículos finais (9 a 13), o Divino Mestre se manifesta como o Arauto do desprendimento de tudo quanto passa. Não é ilícito guardar os bens num cofre; o que não podemos é entesourá-los em nossos corações.

Extraído de Inédito sobre os Evangelhos Vol. VI. p. 361-374.

Por Mons. João S. Clá Dias


[1] MALDONADO, SJ, Juan de. Comentarios a los Cuatro Evangelios. Evangelios de San Marcos y San Lucas. Madrid: BAC, 1951, v.II, p.673.

[2] SÃO JOÃO CRISÓSTOMO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c.XVI, v.1-7.

[3] TEÓFILO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit.

[4] MALDONADO, op. cit., p.675.

[5] SÃO JOÃO CRISÓSTOMO, op. cit.

[6] CANTALAMESSA, OFMCap, Raniero. Echad las redes. Reflexiones sobre los Evangelios. Ciclo C. Valencia: Edicep, 2003, p.306.

[7] 7) SÃO JOÃO CRISÓSTOMO, op. cit.

[8] Cf. MALDONADO, op. cit., p.675.

[9] SANTO AGOSTINHO, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., v.8-13.

[10] Cf. ORÍGENES, apud SÃO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., v.8-13.

[11] TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evagelios. Madrid: BAC, 1964, v.V, p.874.

[12] Idem, ibidem.

O estudo deve estar coadunado ao amor

Mons. João Scognamiglio Clá Dias

Homilia no Seminário Thabor, Caieiras-SP, dia 5 de junho de 2008

Hoje vemos esse mestre da lei diante de Nosso Senhor perguntando sobre o maior dos Mandamentos, depois de ter havido o episódio em que os saduceus perguntaram sobre a esposa de sete maridos…  E este mestre da lei, certamente fariseu, ficou encantado com Jesus por ter visto pela primeira vez uma discussão na qual os saduceus ficavam com os lábios presos e amarrados, não conseguindo sair com outro argumento depois do que Nosso Senhor disse, além do mais, os fariseus e saduceus estavam em constante desacordo.

Não sabemos se ele faz isso com desejo de mostrar que também conhecia a Escritura, mostrar estar à altura de Nosso Senhor Jesus Cristo, ou se ele está admirado mesmo. Era evidente que o fariseu sabia perfeitamente qual era o principal dos mandamentos.

Jesus viu que ele tinha respondido com inteligência e disse:

34 “Tu não estás longe do reino de Deus”.

Se ele conhecia todas estas coisas, por que Nosso Senhor Jesus Cristo terá dito “Tu não estás longe do reino de Deus”? O que lhe falta? A pergunta e o diálogo se estabelecem em função de um tema fundamental: o primeiro e mais importante mandamento da Lei de Deus.

Devemos antes de tudo considerar que este mandamento tem dois comprimentos de onda: há uma verticalidade do amor a Deus e a horizontalidade do amor a Deus. O amor ao próximo é o amor a Deus, é o amor a Deus desdobrado horizontalmente. Eu amo a Deus diretamente e amo a Deus no próximo. Essa horizontalidade e verticalidade formam a Cruz de Nosso Senhor Jesus Cristo… Ele morreu por amor ao Pai celeste e por amor a nós. Amor a nós em função do Pai, que é o amor a Ele mesmo.

Por isso o Evangelho de hoje tem um brilho especial. São Tomás, sabendo ressaltar bem esse brilho, diz que a Fé é praticamente um complemento da inteligência. Ela se acopla à inteligência e não há dicotomia entre ambas. A inteligência dá sustentação a uma série de princípios da Fé e esta, com o auxílio da inteligência, a faz voar como um voo de águia.

O Fariseu recebe o elogio de que ele respondeu com inteligência. As palavras de Nosso Senhor são pesadas, contadas, medidas, e bem objetivas. Elas têm um significado preciso. Ele respondeu com inteligência, não respondeu com amor. Nosso Senhor Jesus Cristo também não disse: “respondeu com muito sentimento; respondeu com charme; respondeu com grandeza; respondeu com fogo, com entusiasmo”. Não. Ele disse: “respondeu com inteligência”.

E, no entanto, a inteligência com que este homem responde não o coloca dentro do Reino de Deus, pois Nosso Senhor afirma: “Tu não estás longe do reino de Deus”.

O que é que põe a pessoa dentro do Reino de Deus? É a inteligência? Não. É a Caridade, o amor.

São Tomás nos explica claramente a respeito desta temática – como tivemos possibilidade de estudar no curso de filosofia com estes jovens do seminário –: a inteligência e a vontade tem movimentos contrários no que diz respeito à compreensão e à apreensão. A vontade “voa” até o objeto amado; a inteligência faz com que o objeto amado “voe” até a pessoa. Por isso a própria Fé posta na inteligência é importante, porque sem ela não se ama. Por conseguinte, ela é a porta para que se possa praticar o amor.

Mas quando se trata de comparar, as três virtudes teologais, com São Paulo, não hesitamos em dizer: a Caridade é a mais importante.

São Tomás explica: quando eu entendo algo – por exemplo, uma joaninha – faço com que ela “voe” até mim. Portanto, se algo é inferior a mim eu dou mais valor àquilo que eu estou entendendo, dou mais valor do ele tem em si. Na minha inteligência a joaninha vai se tornar enriquecida porque eu a fiz “voar” até a minha inteligência, e nela se enriqueceu. Porque eu comecei a ver todas as relações que existe entre ela e Deus, comecei a me dar conta de como ela é um inseto muito bem estruturado, com muito engenho, com muita sabedoria da parte de Deus. Então ela se enriqueceu em mim.

Se se trata de um objeto maior do que eu, vamos supor, o Papa, eu ao entendê-lo na minha inteligência ele fica diminuído. Portanto, entender algo que é superior a mim eu diminuo esse objeto para poder caber na minha inteligência.

Por isso São Tomás diz que a vontade deve fazer o caminho contrário. Ela não toma o objeto e faz “voar” para si, mas “voa” até o objeto e ama o objeto na proporção daquilo que ele é.

Tratando-se de uma joaninha minha vontade fica diminuída. Tratando-se de um Papa minha vontade fica aumentada. Se se trata de Nossa Senhora minha vontade aumenta mais ainda. Mas, quando o objeto é o próprio de Deus ela toma uma perspectiva extraordinária. E por isso os grandes homens, os homens capazes de grandes heroísmos são aqueles que amam a Deus verdadeiramente…

Ora, este mestre da lei está próximo, não está longe. Falta a ele, uma vez que entendeu, amar. Se ele não amar, apenas fica nas proximidades. Para estar dentro do Reino de Deus é preciso a prática da virtude da Caridade. Sem a virtude da Caridade não entramos no Reino de Deus, mantemo-nos fora por mais próximos que possamos estar.

Esta Liturgia deixa bem claro isso: não basta conhecer. Mas, nós precisamos estudar? Sim. Por isso formamos este instituto. Todos terão de concluir seus estudos até a hora da morte…

Alguém dirá:

— Não, mas e o diploma?

O diploma é caminho para a morte. Uma vez adquirido o diploma temos que estudar o resto da vida. Fazer o mestrado, depois doutorado. Tudo!

Entretanto, mais importante que o estudo é amar a Deus e amá-Lo com toda a inteligência, como está dito aqui:

“Amarás o Senhor teu Deus de todo o teu coração, de toda a tua alma, de todo o teu entendimento e com toda a tua força”.

Isto é mais importante do que entender. Porém, não se ama aquilo que não se conhece: São duas asas que precisam estar bem ajustadas e bem desenvolvidas para alçarmos toda a espécie de “voos”.

Nada melhor do que um estudo feito em comunidade, dentro de um ritmo de vida religiosa, regada de orações. Se voarmos com uma asa só vamos lá para baixo.

Isso é o que pedimos tão claramente, tão insistentemente no Salmo Responsorial:

“Verdade e amor são os caminhos do Senhor…”

A liturgia é clara. Temos que adequar o nosso estudo à nossa vida. E esta tem que ser uma de santidade. Devemos praticar a virtude na melhor das perfeições. O decálogo para nós deve ser um corrimão, ou uma escada rolante: devemos subir nesses dez degraus dos mandamentos para que eles nos levem ao mais alto amor.

Ora, para isso necessitamos a Graça e a assistência de Nosso Senhor Jesus Cristo, como está dito na Primeira Leitura:

10 “Por isso suporto qualquer coisa pelos eleitos, para que eles também alcancem a salvação, que está em Cristo Jesus, com a glória eterna.

8 Lembra-te de Jesus Cristo e da descendência de Davi ressuscitado dentre os mortos segundo o meu Evangelho”.

Na Graça nós vamos encontrar o equilíbrio. Nela teremos os elementos necessários para entender e para amar.

Coloquemos, então, toda a nossa segurança em Nosso Senhor Jesus Cristo. Aí está a força de todo cristão!

Louvado seja Nosso Senhor Jesus Cristo!

Este texto foi extraído de uma gravação de áudio e adaptado à linguagem escrita, sem revisão do autor.

Sede da Sabedoria

O inédito sobre os Evangelhos: comentários aos Evangelhos de Domingo por Mons. João Clá

“Encontramos caracterizada com frequência nestas páginas a solução aos problemas espirituais do homem do século XXI”. Com essas palavras, o Cardeal Franc Rodé, CM, do Vaticano, apresenta o livro “O inédito sobre os Evangelhos”, publicado por Mons. João Clá, Fundador dos Arautos do Evangelho.
A coleção oferece ao leitor um verdadeiro tesouro: os comentários aos Evangelhos de todos os domingos e solenidades do ciclo litúrgico.
Compostas de sete volumes, a coleção permitirá os leitores acompanharem Nosso Senhor Jesus Cristo ao longo de todos os domingos do Ano Litúrgico junto com o fundador dos Arautos do Evangelho.
O lançamento é internacional. Será publicado em quatro línguas (português, espanhol, italiano e inglês).

Vol. V: Domingos do Advento, Natal, Quaresma, Páscoa e Solenidades do Senhor que ocorrem no Tempo Comum (Ano C)

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