El Primado Petrino

1. San León Magno y el Ministerio Petrino

Un inicio interesante para el estudio del Ministerio Petrino es el pontificado de san León Magno (León I, 440-461)[1], pues constituye un punto de inflexión en la historia del Primado Romano. En el Sacramentario Leoniano[2] se puede leer que el «magisterio» de los Apóstoles Pedro y Pablo gobierna la Iglesia. León I se refería a la Iglesia Romana como magistra; no tenía ninguna duda acerca de su autoridad sobre el concilio; es más, confirmó la doctrina definida por el Concilio de Calcedonia (451), una práctica pionera en el ejercicio del Primado Romano, que será mantenida después de él y considerada como necesaria para la autoridad de un concilio ecuménico[3]. Su Epístola dogmática[4] fue aclamada con transportes de entusiasmo por los Padres reunidos en Calcedonia, casi todos orientales, con la famosa exclamación: «¡Pedro dijo esto a través de León!»[5], un hecho fundamental que con frecuencia es olvidado[6]. En el ejercicio de su autoridad, por un lado confirmó las conclusiones doctrinales del concilio; por otro, no aprobó los cánones. En efecto, una vez que los legados pontificios hubieron partido de regreso a Roma, en la decimoquinta sesión, en que se debían promulgar los cánones ya concordados previamente, se incluyó el canon 28, que declaraba equiparable en dignidad la sede de Constantinopla a la Sede Romana, cosa que en ningún momento se había discutido en presencia de los representantes del Papa, los cuales, al conocer la noticia, protestaron solemnemente. Es significativo que, después de este desagradable incidente, los Padres Conciliares, antes de separarse, dirigieran una carta de sumisión y respeto al Romano Pontífice[7].

San León Magno desarrolló el concepto de soberanía petrina basado en Mt 16,18 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» – como perteneciente a la Sede Romana, poniendo en realce que el Papa no es solamente el heredero de san Pedro en el sentido jurídico romano de la expresión, con el poder emblemático de las llaves, sino también en cuanto Vicario de san Pedro que tiene la misión especialísima de guiar y gobernar la Iglesia, así como el derecho de intervenir y decidir las cuestiones eclesiásticas de otras iglesias[8]. Es verdad que no faltan hechos históricos que indican un rechazo del Primado de Jurisdicción Universal del Obispo de Roma por parte de Oriente[9], sin por ello dejar de reconocer su autoridad en materia doctrinal[10]. Sin embargo, el polvo de la Historia, levantado por los caballos de los bárbaros primero o del Islam más tarde, acabó sepultando las diferentes sedes primaciales y patriarcales; la única que prevaleció fue Roma, pues su supremacía estaba fundada sobre una Roca divina[11].

Le cupo precisamente a san León Magno, a petición del medroso emperador, la gloria de enfrentarse prácticamente solo a Atila, que en la primavera del año 452 se aprestaba a marchar sobre Roma para castigar el imperio depravado. El Papa, majestuoso e imponente, pontificalmente revestido, le salió al encuentro cerca de Mantua, donde principalmente su acción de presencia hizo cambiar de opinión al bárbaro rey de los hunos. El látigo de Dios, interpelado después por sus súbditos, confesó que mientras hablaba con el Romano Pontífice veía encima de él un personaje vestido con trajes sacerdotales que blandía una espada amenazándolo si no obedecía a Léon I[12].

San_Leon_vs_Atila

2. Fundamento bíblico del Primado de Pedro

Pero ¿en qué se funda el Primado Petrino? Detengámonos brevemente sobre una de las fuentes bíblicas más importantes en este sentido. Si analizamos la historia del texto de Mt 16,18, encontraremos que nunca un texto sagrado ha sido discutido de modo tan vehemente y apasionado como éste, ya que las consecuencias de su interpretación en un sentido o en otro se reflejan inmediatamente en la vida de la Iglesia. Durante siglos nadie puso en duda su autenticidad. Habría de llegar el racionalismo de finales del siglo XIX, unido al historicismo protestante del siglo XX, para intentar descalificarlo. Unos dicen que fue un texto manipulado por cristianos allá por el año 130 para dar la primacía a San Pedro y a sus sucesores. Ahora bien, esto cae por su propio peso, pues ni en el Diatessaron (armonía de los cuatro evangelios), de Taciano (mediados del siglo II), ni en los Padres de la Iglesia anteriores al siglo IV, así como en los 4.000 códices anteriores al siglo IX, aparece ningún rastro de alguna posible adulteración en este sentido. Por otra parte, sería extraño que una semejante manipulación no apareciese también en los evangelios de san Marcos o de san Lucas, que ni siquiera mencionan el hecho narrado en Mt 16,18. De hecho, Eusebio de Cesarea (260?-340?) explica en su famosa Historia eclesiástica que san Pedro, estando en Roma, por humildad no quiso mencionar a san Marcos, que lo auxiliaba, un hecho que fácilmente le habría dado prestigio y credibilidad. En cuanto al evangelio de san Juan, se ocupa menos de san Pedro porque las circunstancias históricas en que fue escrito – la lucha contra los gnósticos – no lo permitieron, no obstante lo recuerda en Jn 1,42 y en Jn 21,2ss (entrega del primado: «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]»).

Veamos rápidamente algunos datos significativos sobre el fundamento bíblico del Primado Petrino[13]. San Pedro ocupa una posición preeminente en el Nuevo Testamento, donde es mencionado 114 veces en los cuatro Evangelios y 57 veces en los Hechos de los Apóstoles. Su nombre aparece siempre en primer lugar en la lista de los Apóstoles; habla en nombre de todos (Lc 12,41; Mt 19,27; Mc 10,28; Lc 18,28), o responde por ellos (Jn 6,68; Mt 16,16; Mc 8,29), o actúa por todos (Mt 14,28; Mc 8,32; Mt 16,22; Lc 22,8; Jn 18,10). Otras veces los evangelistas se refieren a los Apóstoles diciendo «Pedro y los suyos» (Mc 1,36; Lc 8,45; 9,32; Mc 16,7; He 2,14.37). Jesús lo elige después de hacer un gran milagro (Lc 5,1-11); se sirve de su barca para predicar a las gentes (Lc 5,3); se hospeda en su casa (Mc 1,29); sana a su suegra (Mt 8,15); lo asocia en el pago del tributo (Mt 17,24-27); lo elige con Santiago y Juan para asistir a la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), a la transfiguración (Mc 9,2) y a la agonía en Getsemaní (Mc 14,33); es el primero a quien lava los pies en la última cena (Jn 13,6); es el primero al que se le aparece resucitado (Lc 24,34); es el único de los Doce que nombra para que se le comunique el mensaje de la Pasqua (Mc 16,7). San Juan espera a san Pedro para que éste entre primero en el sepulcro vacío de Jesús (Jn 20,2-8).

Después de la Ascensión de Jesús y Pentecostés, vemos a san Pedro ejercitando el Ministerio Petrino. Así, completa el Colegio de los Apóstoles con la elección de san Matías (He 1,15ss); el día de Pentecostés habla en nombre de los Apóstoles (He 2,14ss); defiende ante las autoridades judías el derecho de los Apóstoles de predicar a Cristo (He 4,8ss); condena a Ananías y Safira (He 5,1-11); es inspirado a abrir las puertas de la Iglesia también a los paganos con la conversión del centurión Cornelio (He 10,47); preside el Concilio de Jerusalén (He 15,11ss); la Iglesia entera eleva súplicas por su liberación durante su encarcelamiento por parte de Erodes (He 12,5).

San Pedro Apóstol
San Pedro Apostol

Por otra parte, San Pablo señala de una manera preeminente la importancia de san Pedro como cabeza de la Iglesia. Después de su estancia en Arabia se dirige a Jerusalén para verlo (Ga 1,18); reconoce en él una de las columnas de la Iglesia (Ga 2,9); lo coloca el primero entre los testigos de las apariciones de Cristo resucitado (Cor 15,5); en su enfrentamiento con él en Antioquía, donde le denuncia públicamente su actitud frente a los paganos, confirma su primado al reconocer su autoridad (Ga 2,11ss).

En la interpretación de Mt 16,18-19, se pone normalmente de relieve la triple metáfora usada por Nuestro Señor. Por un lado, san Pedro es fundamento de la Iglesia, pues es comparado con los cimientos de una casa, los cuales dan cohesión y estabilidad a todo el edificio. Por otro, la potestad de jurisdicción de san Pedro también está figurada en la metáfora de las llaves, que en lenguaje bíblico y profano son el símbolo del dominio. Por último, aparece la imagen de atar y desatar: es análogo a poner o quitar un lazo, crear o abolir una ley que obliga en conciencia.

Se trata de indicios que, tomados uno a uno aisladamente podrán suscitar escepticismo en algún espíritu racionalista, pero que considerados en su conjunto constituyen un poderoso aparato argumentativo, pues tal conjunto muestra la convergencia de los signos en la dirección de la afirmación del primado indiscutible de san Pedro, dado por Nuestro Señor Jesucristo y reconocido por todos.

3. El testimonio de la Tradición: la Liturgia y los Padres

Una de las preguntas que vienen a la mente al tratar del Primado Romano es por qué la Iglesia celebra en días diferentes la fiesta de san Pedro Apóstol (junto con la del Apóstol san Pablo[14], el 29 de junio) y la fiesta de la Cátedra de Pedro (22 de febrero). La razón es obvia y proviene de la propia Tradición, que quiso realzar esta última celebración. La más antigua memoria que se tiene de su conmemoración se encuentra en un calendario del año 354. En el Martyrologium Hieronymianum, el más antiguo catálogo de mártires cristianos de la Iglesia Latina, compuesto entre los años 431 y 450, se recoge la festividad de la Cátedra de Pedro en dos fechas diversas: el 18 de enero, su cátedra en Roma, y el 22 de febrero, su cátedra en Antioquía, actualmente unificada en una sola fiesta en esta última fecha[15]. También se conocen referencias a ella en dos homilías del siglo V[16]. En el Misal Romano se explica el significado de la fiesta diciendo que con el símbolo de la cátedra se pone de relieve la misión de maestro y de pastor conferida por Nuestro Señor Jesucristo a san Pedro, que, en su persona y en la de sus sucesores, son principio y fundamento visibles de la unidad de la Iglesia. El Martirologio Romano especifica que la sede que se venera el 22 de febrero es llamada a presidir la comunión universal de la caridad, esto es, la Iglesia universal[17].

De hecho, la Tradición atestigua la gran importancia que tiene el papel de la Cátedra de Pedro en la Iglesia. Los primeros siglos son especialmente importantes en este sentido, pues habitualmente los detractores del Primado Papal inventan sus enredos partiendo de la calumnia de que el Primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice es una invención humana posterior a los tiempos apostólicos, y por supuesto, ajena a la voluntad genuina de Nuestro Señor Jesucristo en relación con la Iglesia[18]. Tal vez no sepan que, con motivo de la carta que san Clemente Romano (88-97), tercer sucesor de san Pedro (quien lo ordenó obispo), envió a los fieles de Corinto a respecto de la rebelión ocurrida en aquella comunidad hacia el año 96, se pone de manifiesto implícita pero clarísimamente el primado romano. En efecto, no pide disculpas por inmiscuirse en los asuntos internos de otra iglesia – como sería lo normal si se tratase de un simple primus inter pares, jefe de otra iglesia hermana –, sino que las pide precisamente por no haber tenido oportunidad de tomar cartas en el asunto con más rapidez; advierte del peligro de caer en pecado grave a quien no obedezca sus amonestaciones; está convencido de que su actitud está inspirada por el Espíritu Santo[19]. Por otro lado, la carta fue recibida en Corinto sin resistencias y considerada como un gran honor; tanto que en el año 170 todavía existen testimonios de que aún se leía en la liturgia dominical[20]. Todo ello adquiere una especial relevancia si se tiene en cuenta que el Apóstol san Juan, aún vivo en aquella época, se encontraba en Éfeso, bien más cerca de Corinto que la lejana Roma (al menos culturalmente), y sin embargo, no consta que ni san Clemente Romano, ni los fieles de aquella Iglesia, ni el propio san Juan hayan dudado de la autoridad del Obispo de Roma para dirimir la cuestión[21].

O quizás los difamadores del Primado del Romano Pontífice no hayan oído hablar de la carta que, en el siglo II, san Ignacio de Antioquía († 110?) envía a la Iglesia de Roma en la cual también resulta evidente y más explícita que en el caso anterior la primacía de la Sede Romana sobre las demás. En efecto, tal misiva es sustancialmente diferente de las enviadas en las mismas circunstancias (su traslado forzado desde Siria a Roma para ser martirizado), a otras Iglesias como Éfeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna. Para aquélla usa un tono sumiso; para las demás, un tono autoritativo. Reconoce a la Iglesia de Roma el poder de mandar sobre otras Iglesias instruyéndolas como a discípulos del Señor; encarga su Iglesia en Siria a la solicitud pastoral de la Sede Romana y no a la de otra Iglesia cualquiera, tal vez más cercana[22].

San Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía

Concedamos aún el beneficio de la duda a los recalcitrantes, que tal vez no estén bien informados. San Ireneo de Lyon (130/140-después del 198), discípulo de san Policarpo, a su vez discípulo del Apóstol san Juan, y por tanto, en contacto aún directo con la edad apostólica, en su tratado Adversus haereses, habla clara y explícitamente del primado romano sobre todas las otras Iglesias y hace referencia a la primera carta de san Clemente Romano a los fieles de Corinto y a todo el caso comentado más arriba[23].

Pero los argumentos no vienen solamente de los católicos. Tertuliano (160?-220), al final de su vida, tristemente pervertido a la herejía montanista[24], apartado de la Iglesia Católica, se enfrenta a un obispo que argumentaba que, en virtud de lo dicho por Nuestro Señor Jesucristo en Mt 16,18-19 – «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» –, las Iglesias en comunión con Pedro tenían potestad para perdonar pecados también graves[25]. Así, en su furor anti-romano, el malhadado escritor eclesiástico nos proporciona un testimonio nada sospechoso de la primacía de la Sede de Pedro. Son sólo algunos ejemplos.

4. Primado de jurisdicción, infalibilidad, impecabilidad

Sin embargo, en relación con el Primado de Pedro hay que distinguir tres dimensiones bien diferenciadas, a fin de evitar equívocos. Una cosa es el Primado de Jurisdicción Universal[26]. Se trata de una jurisdicción que se aplica plena y supremamente a toda la Iglesia universal. Es plena porque comprende toda la potestad otorgada por el mismo Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia. La potestad de jurisdicción es monárquica sobre san Pedro, porque Nuestro Señor Jesucristo se dirigió a él y no a los otros apóstoles. Su poder es ilimitado, porque no da cuentas más que a Dios, es decir, es una potestad suprema porque no existe en la Iglesia ninguna potestad superior a ella[27]. Contiene en sí la triple potestad legislativa, judicial y ejecutiva. Se dice que es una potestad ordinaria en el sentido de que es constitutiva del propio ejercicio del Ministerio Petrino. Es inmediata porque se ejerce por derecho propio sin necesidad de intermediarios. Es una potestad episcopal porque el objetivo de su ejercicio es eminentemente pastoral[28]. Como consecuencia, el Papa es, por un lado, libre de entrar en contacto de modo inmediato con sus Pastores y con los fieles sin constricción por parte del poder civil[29]; y por otro, es el juez supremo de los fieles, al cual todos tienen derecho a recurrir y nadie tiene la potestad de impugnarlo, ni siquiera un concilio ecuménico[30].

Otra cosa es la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Aquí se trata de un carisma inherente al propio Ministerio Petrino que confiere al Papa una asistencia especial del Espíritu Santo cuando hablando ex cathedra, es decir, como supremo pastor de la Iglesia universal, define una doctrina de fe y moral de modo infalible[31]. «[…] el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica»[32]. Junto al magisterio extraordinario, el Papa ejerce también el ordinario: encíclicas, cartas, audiencias, etc.

Sin embargo, no hay que confundir infalibilidad o primado de jurisdicción con impecabilidad. Uno de los argumentos racionalistas contra el Primado de Pedro es que el pescador de Galilea era débil. «No me elegisteis vosotros a mí, sino yo a vosotros; y os designé para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16). Como declara el papa Benedicto XVI en su libro-entrevista Luz del mundo, el Romano Pontífice tiene una función que no se ha dado a sí mismo[33], así como Nuestro Señor no escogió a san Pedro por sus cualidades naturales; fue la gracia de Dios quien lo convirtió en roca firme y sólida. «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te arrepientas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32); «[…] Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? […] ¡Apacienta mis corderos! […]» (Jn 21,15-18). El hecho de que un Papa en concreto sea impecable se debe a un don de santificación personal, que no es constitutivo del Ministerio Petrino. De modo análogo, las infidelidades en la vida de un Papa son gravísimas, pero no hacen desaparecer su autoridad, ya que Dios puede servirse de instrumentos infieles y el Espíritu Santo impedirá con su asistencia que las deficiencias personales pongan en peligro la integridad de la Iglesia, ya que nunca puede dejar de cumplirse la promesa de Nuestro Señor Jesucristo: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

El Papa San León Magno
El Papa San León Magno

5. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Pero ¿cuál es la razón de fondo de las murmuraciones contra el Primado Papal? Para encontrar la respuesta, es interesante contemplar en una visión de conjunto la grandiosa obra de la Salvación. Quiso Dios en su magnanimidad que la creación fuese un reflejo de su grandeza, que salió de sus manos como de una cornucopia generosa. En el Libro de la Creación Dios se muestra al hombre para que lo conozca y lo ame. En el Génesis leemos que la única criatura que Dios hizo a su imagen y semejanza fue el hombre, queriendo resaltar de esa manera el papel primordial que le cabe dentro de la propia creación. Pero Dios mostró al hombre un camino para alcanzar su plenitud: la humildad. Lucifer fue enaltecido por su soberbia; su castigo fue el infierno eterno. Dios propuso al hombre no comer de un árbol del Paraíso, pero nuestros primeros padres, picados por el orgullo de la serpiente, cayeron en la tentación, pensando que la desobediencia les haría iguales a Dios. San Ireneo explica que Dios maldijo a la serpiente, pero no al hombre, porque, de lo contrario, no habría Encarnación[34]. Lo increpó y lo mandó al destierro de este valle de lágrimas. Con ello, el hombre perdió el don de la integridad y de la inocencia. La consecuencia, por tanto, del pecado original es el desorden de las pasiones[35].

Nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse hombre y cumplir humildemente la voluntad del Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf Flp 2,8) – acontecimiento único entre todas las religiones; el infinito se hace finito y viene a rescatarnos – para que comprendiéramos el misterio del hombre[36]. Y quiso el Verbo Encarnado nacer de una Virgen – si por la desobediencia de Eva se perdió el hombre, por la obediencia de María se salvó el hombre[37] –, que también es piedra de escándalo para algunos grupos cristianos. Pero más sorprendente aún resulta el hecho de que Nuestro Señor Jesucristo haya querido poner a un hombre, siervo de los siervos de Dios, que ejerza el papel de cabeza infalible en materia de fe y moral sobre toda la humanidad.

El consensus fidelium de la Iglesia ha aceptado sin ninguna restricción este santo escándalo, pues la indefectibilidad de la fe de los creyentes, nacida en el Bautismo, encuentra con la persona de Pedro y con el Primado de Pedro una feliz unión. El Primado y la infalibilidad son las garantías que Nuestro Señor Jesucristo ha querido establecer para mantener la indefectibilidad de su Iglesia, por lo que siempre se puede ver en el Papa la expresión de la unidad y la verdad de la Iglesia. Benedicto XVI recuerda que la Iglesia necesita de un Primado porque necesita de unidad. Las dificultades de la cristiandad no católica acaban reduciéndose al hecho de que no posee ningún órgano de unidad. En el caso de las Iglesias Ortodoxas, en concreto, el Santo Padre cita en su reciente libro a un teólogo ruso ortodoxo que admite que la autocefalía es el problema más acuciante que ellos tienen[38].

6. Una cadena mística que une el cielo y la tierra

Imaginemos una sociedad en que todo el mundo tenga un reloj. Millones de relojes; millones de personas que pueden decir qué hora es. Pero tamaña cantidad de relojes no serviría de nada si no hubiese un “reloj” puesto por Dios llamado sol, por el cual todos pudiesen saber la hora verdadera. Así también, la infalibilidad pontificia es el “reloj” de la humanidad, pues los hombres somos tan frágiles que fácilmente caemos en el error[39]. El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira no consideraba una humillación la sujeción a la autoridad del Romano Pontífice, sino todo lo contrario, un motivo de alegría, una elevación de todo el género humano. La razón de su alegría era la infalibilidad de la Iglesia Católica; tener quien lo guiase. La alegría de ser guiado es la de quien tiene en quién depositar su fidelidad[40]. El Papa es aquél unido al cual los hombres se salvan; aquél rompiendo con el cual los hombres se condenan. No hay en la Tierra nadie que esté más alto que un Papa[41]. Ser católico es defender con entusiasmo el hecho de que Dios haya establecido sobre la Tierra una clase docente impedida de equivocarse en condiciones oficiales. El verdadero orden dentro de las almas sólo es posible si hay una autoridad infalible sobre ellas. Y esa autoridad tiene que ser universal como universal es el campo de acción de las almas. Es la mayor sublimación que se puede imaginar del concepto de autoridad; es un honor inconmensurable para el género humano debilitado por el pecado original que un hombre reciba institucionalmente el carisma de la infalibilidad[42].

Así, Infalibilidad Pontificia y Primado de Jurisdicción del Romano Pontífice van necesariamente unidos de modo inseparable. Y a ellos se debe dirigir el amor de todo católico, pues el amor al Papado incluye en sí mismo el amor a Nuestra Señora y el amor a Nuestro Señor Jesucristo. Son los tres eslabones de una cadena mística. El valor de una cadena se mide por la resistencia de su eslabón más débil, que en este caso es el Papado, por ser el más terreno, el más humano. Por tanto, el modo más radical de amar la cadena entera es besar el eslabón más flaco. Los adversarios de la Iglesia podrán vociferar las debilidades del Papado, incluso con hechos históricos. No importa. «¡Donde las infidelidades de los Papas podrían poner en peligro la fidelidad de los fieles, yo quiero depositar mi fidelidad total!» [43].

Pe. Eduardo Caballero, EP

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[1] Se desconoce su fecha de nacimiento.

[2] Cf A. Di Berardino, «Sacramentario», en A. Di Berardino, ed., Nuovo Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, Genova-Milano 2008 [= NDPAC], 4640-4641.

[3] Cf B. Sesboüé – C. Theobald, Historia de los dogmas. IV. La Palabra de la Salvación, Salamanca 1997, 59.

[4] Cf R. Trevijano, Patrología, Madrid 2004, 314.

[5] Cf Concilium Chalcedonense, Actio II(III), n. 23, en E. Schwartz, ed., Acta Conciliorum oecumenicorum iussu atque mandato Societatis scientiarum Argentoratensis. Tomus alter, Concilium universale Chalcedonense, vol. I, Pars Prima, Epistularum collectiones. Actio prima, Pars Altera, Actio secunda. Epistularum collectio B. Actiones III-VII, Pars Tertia, Actiones VIII-XVII, Berolini-Lipsiae (Belín-Leipzig) 1933-1935, 277.

[6] Sin embargo, está cuidadosamente documentado en la excelente obra C.J. Hefele – H. Leclercq, Histoire des conciles d’après les documents originaux, II, Paris 1908, 649-880.

[7] Cf B. Llorca – al., Historia de la Iglesia Católica. I. Edad Antigua, Madrid 1950, 579.

[8] Cf B. Ferme, «Papato», en G. Calabrese – P. Goyret – O.F. Piazza, ed., Dizionario di Ecclesiologia, Roma 2010, 998).

[9] Cf por ejemplo, J. Orlandis, El cristianismo y la Iglesia, en Historia Universal. III. Del mundo antiguo al medieval, Pamplona 1981, 207-217.

[10] Cf en este sentido W. de Vries, Orient et Occident, Paris 1974.

[11] La sede de Constantinopla no desapareció, pero quedó sometida a la autoridad del emperador de Oriente.

[12] Cf, por ejemplo, G. Bosco, Storia ecclesiastica, Torino 1845, 152-154. Es significativo que este hecho sea referido por los obispos orientales en una carta al papa san Símaco (498-514) en el año 512 (cf A. Thiel, ed., Epistolae Romanorum Pontificum genuinae et quae ad eos scriptae sunt a S. Hilaro usque ad Pelagium II, Brunsbergae 1868, ep. 12, n. 8, 714).

[13] Cf J. Heriban, «Pietro», Dizionario terminologico-concettuale di scienze bibliche e ausiliarie, Roma 2005, 706-708.

[14] La tradición atestigua la veneración conjunta de los dos Apóstoles en Roma desde que existe memoria (cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[15] Cf V. Saxer – S. Heid, «Pietro apostolo», NDPAC, 4068-4076).

[16] Cf J. Dresken-Weiland, «Cattedra», NDPAC, 965-969; V. Saxer – S. Heid, «Martirologio», NDPAC, 3098-3101.

[17] Cf Conferenza Episcopale Italiana, Martirologio Romano, Roma 2004, 217.

[18] Cf H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992 [= DH] 3050-3075).

[19] Cf J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 55.

[20] Cf J. Orlandis, El Pontificado Romano en la Historia, Madrid 1996, 36; P.F. Beatrice, «Clemente Romano (Lettere di)», NDPAC, 1073-1077.

[21] San Ireneo refiere que san Juan permaneció en la Iglesia de Éfeso hasta el reinado del emperador Trajano (98-117) (cf Adversus haereses, III, 3, 4).

[22] Cf Ignacio de Antioquía, Epístola a los Romanos, III,1; IV,3; IX,1, en D. Ruiz bueno, Padres Apostólicos, Madrid 1950 (BAC 65), 476.477.480.

[23] Cf Adversus haereses, III, 3, 2-3.

[24] Cf B. Aland, «Montano-Montanismo», NDPAC, 3358-3361).

[25] Cf Tertuliano, De pudicitia, c. 21, en J. Quasten, Patrología. I. Hasta el concilio de Nicea, Madrid 1961 (BAC 206), 592-593.

[26] Cf DH 3064.

[27] «Prima Sedes a nemine iudicatur», la Primera Sede por nadie puede ser juzgada (cf Código de Derecho Canónico, c. 1404).

[28] Cf DH 3059.

[29] Cf DH 3062; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21/XI/1964 [= LG], n. 22.

[30] Cf DH 3063.

[31] Cf DH 3073-3075.

[32] LG 25.

[33] «der Papst hat einen Auftrag, den er sich nicht selbst gegeben hat» (Benedikt XVI, Licht der Welt. Der Papst, die Kirche und die Zeichen der Zeit, Freiburg-Basel-Wien 2010 [= Licht der Welt], 166). Traducción nuestra.

[34] Cf Adversus haereses, III, 23, 1-6.

[35] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375-379.

[36] Cf LG 22.

[37] Cf Ireneo de Lyon, Adversus haereses, V, 1-2, 22ss.

[38] «das Kirche Einheit brauht, dass sie so etwas wie Primat braucht. Für mich war interessant, dass der in America lebende ortodoxe Theologe John Meyendorff gesagt hat, ihre Autokephalien sein ihr größtes Problem; sie bräuchten so etwas wie einen Ersten, einen Primas […]. Die Probleme der nichtkatholischen Christenheit beruhen sowohl von Theologischen als von Pragmatischen her weitgehend auch darauf, dass sie kein Organ der Einheit haben» (Licht der Welt, 167). Traducción nuestra.

[39] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 29/IX/1991. Traducción nuestra.

[40] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 4/IV/1972. Traducción nuestra.

[41] Cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/XI/1984. Traducción nuestra.

[42] Cf P. Corrêa de Oliveira, Conversa, 17/V/1980. Traducción nuestra.

[43] «Onde infidelidades de Papas poderiam tentar a fidelidade dos fiéis eu quero pôr a minha fidelidade inteira» (cf P. Corrêa de Oliveira, Palestra, 3/VII/1995). Traducción nuestra.

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