Un hombre providencial (I)

Un verdadero religioso, fiel a su fundador, libre de las contaminaciones neo-paganas que campeaban en pleno humanismo renacentista, supo discernir, en medio de la confusión generada dentro de la Iglesia por el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), por una especial asistencia del Espíritu Santo, que lo que en realidad estaba en juego no era la extinción del cisma, sino el primado universal del Papa en la Iglesia.

1. Densos nubarrones sobre la Cristiandad

Era frío y desapacible en Roma el mes de noviembre de aquel año de 1406. Mera imagen de una tormenta mucho más terrible que se abatía sobre la Santa Iglesia. Desde hacía más de 28 años se prolongaba la más dolorosa escisión que jamás conociera la Esposa de Cristo, pues tocaba a su Vicario en la tierra.

El cisma con los orientales en el año 1054 no había sorprendido a nadie, pues fue el temido desenlace de un progresivo alejamiento cuya gravedad se venía acentuando desde más de dos siglos antes. Aquí no. Nunca en la historia de la Iglesia se había dado un escándalo como ahora. Los propios cardenales se habían retractado de la elección de Urbano VI y habían procedido a una nueva, ilegítima, dando inicio al Gran Cisma de Occidente (1378-1417). El palacio papal de Aviñón, donde durante casi un siglo habían habitado las bendiciones de la Sede de Pedro, albergaba ahora la rancia corte que el astuto Pedro de Luna (Benedicto XIII), segundo antipapa ya de la sede cismática, había creado en torno suyo. Incapaz, como la zarza de la Escritura, de proporcionar a otros la refrescante sombra de la sabiduría, arrastraba tras de sí al abismo de la más siniestra obstinación a todos los que a él se confiaban: «La zarza respondió a los árboles: Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si no es así, brote fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano» (Jue 9,15).

Lo que al inicio parecía un malentendido relativamente fácil de resolver con buena voluntad por ambas partes, se fue complicando dentro de un enmarañado de humanos intereses en el cual lo único que iba quedando cada vez más claro es que las bendiciones del cielo no estaban presentes. Hoy sabemos que el verdadero Papa fue, durante todo el cisma, el de Roma, pero en aquel momento había una confusión generalizada a este respecto. La tempestad arreciaba y hacía temblar hasta los cimientos de la Santa Sede.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

2. A solas con el Papa junto a una chimenea

En una sala del Palacio Apostólico del Vaticano, junto a una gran chimenea donde crepitaban al fuego gruesos maderos, el anciano Angelo Corraio, recién elegido Papa Gregorio XII, se sincera con su hombre de confianza ante las incertezas que se ciernen sobre su pontificado.

— Padre Dominici, le he mandado llamar porque estoy convencido de que la Divina Providencia pide de Vuestra Paternidad una misión especial en el actual momento histórico.

El origen humilde de Giovanni Dominici (1357-1419) no le había impedido llegar a ser una de las figuras decisivas de la Iglesia en su época. De joven no lo quisieron admitir en la Orden de Predicadores, pues era ignorante y tartamudo. Pero la fe que impregnaba el ambiente familiar, vivida cotidianamente en torno al convento dominico de Santa Maria Novella y su iglesia, en su Florencia natal, le había enseñado a ser tenaz y a esperar sin desaliento la hora de la Providencia. Volvió a pedir el ingreso y, por fin, fue admitido, tal vez por mera compasión.

Inmediatamente se pusieron de manifiesto sus innegables cualidades como auténtico religioso. Abnegación, seriedad, celo apostólico, devoción eran características de aquel joven que, sin embargo, era torpe y desarreglado en sus modos. En 1374, cuando contaba 18 años de edad, había recibido el hábito de Santo Domingo en el mismo convento de Santa Maria Novella, donde más tarde llegó a ser Prior. La profesión de los votos le dio cierta autonomía para intensificar su vida de asceta: pan y agua frecuentes, un saco sobre el duro y frío suelo por cama, vigilias sin número. Un detalle distintivo: su hábito, aunque pobre, estaba siempre impecable.

A lo largo de los estudios se había revelado un intelectual fino e inteligente. Fue alumno de la Universidad de París, llegando a ser un importante teólogo. Escribió comentarios a la Sagrada Escritura y dos importantes tratados educativos. Sus superiores lo habían propuesto para graduarse, pero él, por motivos de conciencia, renunció a esa prestigiosa categoría en una época en que la vanidad intelectual — por decir poco — campeaba, desvergonzada, incluso dentro de la Iglesia. Su alma volaba más alto, con alas de artista. Los libros corales de su convento, de hecho, conservan hasta hoy maravillosas miniaturas pintadas por él.

Iglesia de Santa Maria Novella
Iglesia de Santa Maria Novella

3. Un milagro cambia radicalmente su vida

Entretanto, había una pena que ensombrecía su vida religiosa: la de ser un ridículo tartamudo en la Orden de Predicadores… La aflicción que esta situación le producía no hizo sino acentuarse con la ordenación sacerdotal. Su hablar continuaba siendo lerdo y risible. Una noche, llorando desconsolado, exigió a Santa Catalina de Siena — fallecida poco antes como terciaria dominica y de quien era ferviente devoto — su intercesión, por amor de Dios. El milagro se realizó. Su lengua se hizo ligera y precisa, cambiando radicalmente su vida.

En poco tiempo se convirtió en un famoso predicador de penitencia que recorría las principales ciudades de Italia. Cuentan que, en cierta ocasión, al rechazar San Vicente Ferrer la invitación de predicar en Florencia, alegó: «¿A quién queréis oír, teniendo al Padre Giovanni Dominici?». Sus sermones eran un látigo implacable contra la disolución de costumbres que famosos exponentes del humanismo renacentista iban difundiendo por todas partes. Entre otras cosas, no concordaba con el estudio de los autores clásicos — entonces en boga — sino para refutarlos. Su radicalidad enfurecía a los espíritus conciliadores, que lo acusaban de sustentar una postura «tan parcial como miope», pues juzgaba erróneamente «que toda la agitación del Renacimiento procedía del mal espíritu» simplemente porque toda aquella efervescencia sensual «constituía un peligro para la fe y las buenas costumbres». En el fervor de su celo, no distinguía «entre el verdadero y el falso renacimiento, haciendo a todo el Humanismo responsable de los excesos» de los radicales (Cf. Pastor, I, 171-172). Pero Giovanni Dominici era irreductible. Bien sabía él que los Santos Padres habían sido los primeros en echar mano de los filósofos clásicos para el bien de la Iglesia. Pero ahora el ambiente estaba viciado y la salvación de las almas estaba por encima de las conveniencias educativas. Su fidelidad a la verdad le valió la persecución, con amenaza de exilio en Venecia.

Este celo por la ortodoxia como predicador no era, sin embargo, más que la sobreabundancia de su ardiente deseo de revitalizar la observancia de la Regla de Santo Domingo dentro de la Orden de Predicadores. La peste negra de 1348 y los difíciles años sucesivos habían literalmente diezmado la población en los claustros y mitigado la disciplina de los supervivientes hasta un franco relajamiento. En el convento de Santa Maria Novella, en sólo cuatro meses, la epidemia había acabado con la vida de setenta frailes. Hacían falta vocaciones jóvenes y Giovanni Dominici supo ganárselas en gran cantidad, fundando para su adecuada e indispensable formación un Noviciado en el convento de Cortona. Se convirtió, de hecho, en un reformador de la Orden en las regiones del norte de Italia, con la ayuda y bajo la orientación del experimentado Beato Raimundo de Capua, considerado segundo fundador de los dominicos y Maestro General hasta su muerte en 1399.

Beato Raimundo Capua
Nuestra Señora entre Beato Raimundo de Capua y San Pedro de Verona. Iglesia Santa Maria del Castello

4. La desgracia del cisma

Pero volvamos junto a la chimenea en el Vaticano:

— Padre Dominici, he observado sus agudas dotes diplomáticas durante el cónclave. Como sabe, he jurado, al igual que los demás cardenales, que en caso de ser elegido me empeñaría en poner fin al cisma y que no pasarían tres meses antes de que haya iniciado las tratativas con el antipapa de Aviñón para un encuentro personal entre ambos. Ello es imposible sin un diplomático hábil y que conozca el terreno. Personalmente, estoy dispuesto a renunciar al Papado para acabar con el cisma, si ello se hace necesario por el bien de la Iglesia. Pero necesito su ayuda, y por eso deseo que se quede junto a mí.

— Santo Padre, bien sabéis que estoy aquí para serviros. El cisma se ha convertido, de hecho, en una pesadilla interminable para toda la Cristiandad. Permitidme, sin embargo, ya que soy objeto de vuestra confianza, una apreciación. Sin duda, es importante su disposición a una eventual renuncia por el bien de la Iglesia, en caso necesario, pero mucho más importante aún es que dicha renuncia sea oportuna, esto es, en el momento justo, ni antes, ni después.

Para el auténtico espíritu medieval, el buen orden de las cosas se apoyaba simultáneamente, desde Carlomagno, sobre dos pilares: un Papa que gobernase la esfera espiritual y un Emperador que, en plena armonía con él y siempre al servicio de la Iglesia, presidiese la esfera temporal. El año de 1378 había sido calamitoso en este sentido para la fe de los católicos: murió Carlos de Luxemburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y comenzó el cisma, con lo que había un “papa” de más y un emperador de menos. Al emperador sucedió su hijo Wenceslao IV, cuyo débil e ineficaz reinado estuvo caracterizado por el desorden religioso, la guerra civil y, en general, por una casi total anarquía, de modo que los príncipes alemanes acabaron por destronarlo en 1400 y elegir en su lugar al conde palatino Roberto. El cisma, por su parte, no sólo no se resolvió pronto, sino que se fue enredando cada vez más, dando al traste con las más diversas iniciativas de solución por parte de ambas obediencias y frustrando, así, cruelmente una y otra vez las esperanzas de los católicos. Lejos estaban los fieles de imaginar que la dilacerante situación se acabaría prolongando por casi cuarenta años.

No es difícil imaginar la preocupación que reinaba por ese motivo. Dos ejemplos elocuentes pueden servir de muestra. A instancias de Carlos VI el Bienamado, Rey de Francia, la Universidad de París invitó en 1394 a todos sus miembros a que presentaran dictámenes escritos acerca de la manera más adecuada de resolver el cisma. La efervescencia era tal que el número de los mismos casi llegó a diez mil. Por otro lado, en la distante Alemania de entonces, una poesía que circulaba ya al inicio de la desgraciada ruptura muestra bien la profunda aflicción que esta situación causaba en toda la sociedad:

En Roma un Papa tenemos

Y otro Papa en Aviñón;

¡Cada cual quiere ser solo,

Y traen al mundo en error.

Así no hubiera ninguno;

Valiera más que haber dos!

Dos Papas no puede haber,

Pues sólo uno quiere Dios;

[…]

Para atar y desatar

Cristo a Pedro el poder dio;

Ora atan aquí y allí;

¡Vos nos desatad, Señor!

[….]

Orgullo, odio avaricia

Jamás se vieron como hoy.

[…]

Da a la Cristiandad cabezas,

Da un Papa y Emperador,

Que en toda la faz de la tierra

Castiguen la sinrazón.

Benedicto XIII
Benedicto XIII

5. ¿El concilio por encima del Papa?

Los doctores de las universidades de la época, sobre todo la de París, habiendo estudiado detenidamente la compleja cuestión, habían llegado a la conclusión de que las posibles salidas para el cisma se reducían a tres.

Una era la via cessionis, que consistía en que cada uno de los pontífices cediera voluntariamente sus derechos al pontificado, pero se había mostrado totalmente estéril, pues cada uno exigía que el otro renunciase primero y todas las tratativas para hacerlo simultáneamente habían fracasado.

Otra era la via iustitiae o via conventionis, propugnada exclusivamente por Pedro de Luna, antipapa Benedicto XIII, experto en las sutilezas del derecho canónico, y sus partidarios, que consistía en averiguar por la vía jurídica en un coloquio entre ambos pontífices, acompañados por sus respectivos cardenales, cuál era el papa legítimo. Ni que decir tiene que los únicos que pensaban seriamente en semejante solución eran los secuaces del antipapa de Aviñón, por lo que tal opción no conducía a ningún lado.

La tercera era la via concilii, que atribuía al concilio universal la facultad de deponer, por las buenas o por las malas, a cada uno de los pontífices, incluso al legítimo. Existía también la denominada via facti que era, en el fondo, la aplicación por la fuerza de la via concilii. Como fácilmente se ve, esta solución implicaba un altísimo riesgo: que la solución del cisma pasase por el sometimiento de la autoridad del Papa a la del concilio. Tal era, de hecho, la tesis que sustentaban los denominados «conciliaristas».

Precisamente para evitar este riesgo, los partidarios del Papa legítimo, Gregorio XII, habían siempre insistido en que la única solución válida era la de la via cessionis, de modo que quedase garantizada la supremacía del Romano Pontífice. Sin embargo, el tiempo pasaba, el desconcierto aumentaba y nadie era capaz de llegar a una solución por esta vía, lo que daba pie a que las tesis conciliaristas continuasen ganando cada vez más terreno en una opinión pública hastiada de tanta y tan prolongada confusión.

Gregorio XII
Gregorio XII

6. Tres “papas” en vez de dos

Al desgaste de la compleja situación se sumaba la indecisión del Papa legítimo para el encuentro con el antipapa Benedicto XIII, lo cual aumentaba cada vez más la impaciencia de los cardenales de una y otra obediencia ante las interminables tratativas sin fruto alguno. Cuando ya, por fin, se había fijado la fecha y el lugar para el encuentro, Gregorio XII cambió de opinión en el último momento, dejándose llevar por la presión de algunos parientes y consejeros. Casi concomitantemente, decide crear cuatro nuevos cardenales — uno de ellos era el P. Giovanni Dominici, que sería nombrado también Arzobispo de Ragusa —, pues desconfiaba de algunos componentes del Sacro Colegio, que daban muestras ostensivas de su inconformidad con sus decisiones. Tal medida, sin embargo, contrariaba el acuerdo existente de mantener el mismo número de purpurados en ambos colegios cardenalicios, adoptado tradicionalmente a fin de facilitar la solución del cisma. Por si esto no bastase, dos de los neo-cardenales eran sobrinos del Papa.

Fue la gota que colmó el vaso. Siete cardenales abandonan a Gregorio XII y, junto con otros tantos también decepcionados de Benedicto XIII, deciden poner fin al cisma por la vía de los hechos. Se reúnen en Pisa y convocan un supuesto concilio. La posición de estos descontentos era inadmisible incluso desde el punto de vista estrictamente teórico, pues al menos uno de los dos pontífices debía ser necesariamente el verdadero Papa, y por tanto los cardenales se estaban levantando contra el legítimo Sucesor de Pedro. El conciliábulo de Pisa declaró depuestos por la fuerza en 1409 — por supuesto, de modo inválido — a Gregorio XII y a Benedicto XIII. A continuación, con la pretensión de haber resuelto el cisma, los cardenales disidentes convocaron un cónclave para la elección del nuevo Papa. El resultado fue que, si antes había dos “papas”, ahora había tres.

7. El conciliarismo acaricia su propio triunfo

Todo ello no contribuía sino a dar la razón a quienes, cada vez en mayor número, se iban haciendo favorables la “solución” conciliarista. ¿Cómo resolver tan delicado problema? Eran momentos de gran aflicción para quienes, como Giovanni Dominici, se daban cuenta de que lo que estaba en juego no era simplemente la paz y la unidad en la Iglesia — como tampoco la condena de las herejías, y mucho menos aún la reforma del clero —, sino la integridad de la autoridad del Papado en aquel desgraciado momento histórico y en los siglos futuros.

En efecto, si se establecía el principio de que, en caso necesario, el concilio universal tenía autoridad para deponer por la fuerza al Papa legítimo, de nada habría servido resolver el cisma, pues no sólo estaría instaurada una tesis revolucionaria contraria a toda la tradición católica; estaría también sembrada la cizaña que daría origen a innumerables otros cismas en el futuro y que, en definitiva, conduciría a la negación del Primado del Romano Pontífice en toda la Iglesia, esto es, a la destrucción de la misma Iglesia. Era, por tanto, necesario impedir a toda costa que el pérfido conciliarismo apareciese ante la opinión pública como la responsable de la solución del cisma. ¿Pero cómo lograrlo?

El concilio de Constanza (1414-1418), que analizaremos en nuestro próximo artículo, será el campo de batalla sobre el que se librará este combate que marcó la Iglesia y el Papado para los siglos futuros y en el cual nuestro cardenal tuvo un papel decisivo.

 

Pe. Eduardo Caballero, EP

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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