Un hombre providencial (III)

El Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento escogido por Dios para propinar al conciliarismo una estocada mortal con ocasión del concilio de Constanza. Como el gigante Goliat con la certera piedra incrustada en la frente, el iniquo movimiento conciliarista se tambaleó durante más de cuatro siglos hasta caer desplomado y ser definitivamente decapitado en 1870 por Pío IX en el concilio Vaticano I.

Beato João Dominici
Beato João Dominici

1. Golpe mortal en el concilio de Constanza

Como hemos tenido oportunidad de ver en los dos artículos anteriores[1], el Cardenal Giovanni Dominici, O.P., fue el instrumento clave del que la Divina Providencia se sirvió durante el conclio de Constanza (1414-1418) para asestar un golpe mortal al movimiento conciliarista, que pretendía que fuese atribuida oficialmente al concilio universal la plenitud de la potestad en la Santa Iglesia, por encima del Papa. Lo que ocurrió en aquella magna asamblea el 4 de julio de 1415 durante la XIV Sesión solemne marcó la historia de la Iglesia de modo decisivo y bien podemos decir que, en realidad, el conciliarismo murió allí, esto es, perdió toda su fuerza vital.

Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que, mientras el bien es eminentemente difusivo, el mal es, en cambio, esencialmente dinámico. Los hijos de las tinieblas se mueven, se articulan, se confabulan sin descanso para promover los fines que persiguen, nunca contentos con las victorias alcanzadas, siempre deseando conquistar más y más terreno al bien. Esas conquistas se dan siempre — ¡terrible realidad! — por la decadencia de los hijos de la luz, pues la gracia de Dios es invencible y el mal sólo tiene fuerza por permiso de Dios, para castigo de los buenos.

Por este motivo, un movimiento como el conciliarismo, que había alcanzado tan grandes proporciones y tanta influencia en toda la Cristiandad al tiempo del desgraciado Cisma de Occidente (1378-1417), no dejó de continuar a influir en la vida de la Iglesia y de las naciones cristianas. Era, no obstante, como Goliat con la piedra certera clavada en la frente que se tambalea y aún puede alcanzar con su espada a algún ingenuo que se le acerque curioso o, incluso, aplastar a algún desprevenido al caer desplomado. Fue lo que ocurrió con el conciliarismo en los cuatro siglos y medio que se siguieron a la actuación del Cardenal Giovanni Dominici.

Acompañemos, en sus pasos esenciales, la agonía de este infame movimiento que llegó a poner en serio peligro los fundamentos de la Sede de Pedro. Para ello, detengámonos en primer lugar brevemente sobre los antecedentes que prepararon el terreno para que esta verdadera herejía pudiese medrar entre los católicos.

2. El desprestigio del Papado

A lo largo de los siglos XIV y XV se verifica una manifiesta disminución de la autoridad y del prestigio del Papado, a partir del fin del pontificado de Bonifacio VIII. Ya durante el periodo de residencia del Pontificado en Aviñón (1309-1377) había contribuído a ello el particularismo francés presente en la curia papal, que exasperó muchas veces y de modo siempre creciente a todos los que no eran naturales de la Hija Primogénita de la Iglesia.

Durante el Gran Cisma de Occidente el fenómeno, sin duda, se acentuó hasta límites inimaginables pocos años antes. Los pontífices rivales se veían obligados a “mendigar” la obediencia de los príncipes temporales, con el consecuente descrédito ante ellos, o por lo menos, a solicitar su protección, dando ocasión a injerencias del poder temporal en los asuntos eclesiásticos y a abusos de todo tipo. Abusos que encontraban, por desgracia, un ejemplo en actitudes desedificantes de algunos pontífices que no raras veces fulminaban excomuniones a diestro y siniestro por motivos fútiles, o se apegaban de modo escandaloso a la dignidad pontificia, mostrando un nefasto egoísmo. Por otro lado, si bien ya mucho antes del Gran Cisma de Occidente existía, por parte de los reyes, la práctica del vidimus, o el placet, o el exequatur, esto es, una autorización del príncipe temporal para cada documento pontificio a fin de que pudiese ser promulgado en sus respectivos reinos, no cabe duda de que las circunstancias del cisma facilitaron los abusos regios en esta materia[2].

3. La posibilidad de un Papa hereje

En el plano estrictamente religioso, la doctrina de teólogos y canonistas sobre el «papa hereje» ya contemplaba desde antiguo la posibilidad, aceptada por el Papa Inocencio III (1198-1216), de que el Papa podía ser depuesto en caso de herejía. En tal caso, la sentencia competía al concilio universal, representando a toda la Iglesia. Ahora bien, durante el periodo del Gran Cisma de Occidente, no faltaban entre los canonistas y teólogos quienes calificaban de herejía ciertos crímenes, como la simonía, el perjurio o la contumacia, de los cuales, por desgracia, no se encontraban libres muchos de los pontífices de este turbulento periodo histórico. Fácilmente se ve que se estaba, así, a un paso de convertir en dogma la superioridad del concilio sobre el Papa, que es propiamente el error denominado «conciliarismo»[3]. Hay que tener en cuenta, además, que en la época del Gran Cisma de Occidente, por no estar aún formulada la doctrina de la infalibilidad papal, circulaba libremente la opinión errónea de que, en materia de fe, el concilio tiene una autoridad superior a la del Papa.

Se puede decir que el conciliarismo radical muestra por primera vez toda su furia con ocasión de la lucha político-religiosa que Felipe IV el Bello, Rey de Francia llevó a cabo contra el Papa Bonifacio VIII con el objetivo de someter el poder del Sumo Pontífice al suyo propio[4]. El monarca francés llegó al extremo de su afrenta a la Iglesia con el atentado sacrílego en el que el Papa Bonifacio VIII fue abofeteado en su palacio de Anagni por Guillermo de Nogaret en 1303. No se trataba de una actitud aislada. El teólogo tomista dominico Juan de París escribió en 1302 un tratado en que afirmaba, contra la tradición católica, que el concilio puede deponer al Papa en caso de herejía, de locura, de incapacidad personal, de simonía o de abuso de potestad. En esta misma línea, durante el concilio de Vienne (1311), Guillermo Duranti defendía que el Romano Pontífice está obligado a aceptar las decisiones del concilio. Doctrinas todas en las cuales precisamente se apoyaba Nogaret para su infame sacrilegio[5].

Atentado de Anagni
Atentado de Anagni

Pero no cabe duda de que fue el Gran Cisma lo que motivó que esta corriente igualitaria se desarrollase notablemente en amplitud y profundidad. El conciliarismo tuvo partidarios considerados moderados en este periodo como Enrique de Langenstein (1340-1397), Pedro de Ailly (1350-1420), Juan Gersón (1363-1429) y Francisco Zabarella (1360-1417). Pero también había tenido impulsores radicales en su origen como Marsilio de Padua (1275/1280-1342/1343) y Guillermo de Ockham (1285-1349), así como lo fueron después los herejes declarados John Wycliffe (c. 1330-1384) y Jan Hus (c. 1372-1415). Todos ellos, radicales y moderados, constituyeron verdaderas semillas para la cosecha que llevaron a cabo más tarde tanto Martín Lutero (1485-1545) y Juan Calvino (1509-1564) como los defensores de las teorías galicanas[6].

4. Conciliarismo y galicanismo

No es raro encontrar en los tratados de eclesiología o de derecho canónico[7] el conciliarismo definido — según el lenguaje científico que les es propio — como un «error eclesiológico», fruto de un igualitarismo eclesiástico, que postula que la plenitud de la potestad en la Iglesia corresponde a los Obispos reunidos en concilio universal y no al Romano Pontífice. Según estos estudios, el conciliarismo se englobaría dentro de un fenómeno mucho más amplio que afecta no solamente a la esfera espiritual, sino también a la temporal y que se denomina, en general, galicanismo, por haberse gestado y madurado especialmente en Francia, la antigua Gallia del Imperio Romano. Por su doble esfera de actuación, el galicanismo tiene una doble vertiente: el galicanismo político, que pretende limitar la autoridad de la Iglesia frente al Estado, y el galicanismo eclesiástico, que pretende limitar la autoridad del Romano Pontífice frente a los concilios universales y el colegio de los Obispos, que sería propiamente el conciliarismo. Se trata de un mismo igualitarismo aplicado a ambas esferas.

No hay que confundir, no obstante, esta fría descripción con una afirmación de que la esfera religiosa es sólo una parcela aislada de una realidad mucho más extensa. Los católicos sabemos que el centro de la Historia es la Iglesia, pues lo que ocurre en su seno determina los rumbos del mundo entero, pues Dios es «Señor de la historia»[8]. Por eso, el gérmen igualitario del conciliarismo no es simplemente eclesiástico, sino universal. Porque es de naturaleza religiosa, es universal y no al contrario.

En efecto, en los artículos del decreto Haec sancta del concilio de Constanza[9], que constituyen la base doctrinal del conciliarismo[10], se puede leer un arrogante ataque al Papado: «Legítimamente congregado en el Espíritu Santo, constituyendo concilio general y representando a la Iglesia católica militante, este [concilio] tiene su potestad inmediatamente de Cristo; y todos, cualquiera que sea su estado o dignidad, incluso papal, están obligados a obedecerlo en las materias relacionadas con la fe, la erradicación de la dicha herejía y la reforma general de la Iglesia de Dios en la cabeza y en los miembros. […] Quien no obedezca a los decretos de este santo sínodo o de cualquier otro concilio general y persista en su contumacia […], aunque sea de dignidad papal, sea debidamente castigado»[11]. Veinte años después del concilio de Constanza, en 1438, y como consecuencia directa de éste, fue promulgada en Bourges por Carlos VII el Bienservido, rey de Francia, como ley de estado, la Pragmática Sanción, que contenía las deliberaciones de la asamblea del clero francés, convocada por el Rey. Las decisiones estaban inspiradas en el decreto Haec sancta del concilio de Constanza y constituyen la base de las denominadas Libertades galicanas contra la autoridad del Papa.

Son, por tanto, los principios conciliaristas en la esfera espiritual los que dan lugar a las medidas galicanas en la sociedad temporal, y no al revés.

5. De «error eclesiológico» a herejía declarada

Como decíamos, el mal es dinámico. Por la misma razón que el conciliarismo no fue el fruto de un mero error o malentendido, los más radicales entre sus promotores no se conformaron con la derrota en Constanza y quisieron dar un paso mucho más atrevido. En 1439, poco después, por tanto, de la promulgación de la Pragmática Sanción, la materia del infame decreto Haec sancta del concilio de Constanza fue también invocada para atacar el poder papal, contra la tradición multisecular de la Iglesia, en el concilio de Basilea, durante la parte ya cismática del mismo, en su sesión XXXIII, cuando ya era inminente la inicua declaración de deposición del Papa Eugenio IV y la elección del antipapa Félix V. Esta vez, sin embargo, los hijos de las tiniebas pretendían proponer esa doctrina igualitaria y blasfema como verdad de fe: «Es una verdad de la fe católica que el santo concilio general tiene poder sobre el papa y cualquier otro. El romano pontífice, por su propia autoridad, no puede disolver, trasladar o aplazar el concilio general, cuando ha sido legalmente convocado, sin su consentimiento, lo que forma parte de la misma verdad. Quienquiera que se obstine en negar estas verdades ha de ser considerado hereje»[12].

Si hasta entonces aún cabía atribuirle la “aséptica” denominación de «error eclesiológico», ahora era evidente que el movimiento conciliarista se había lanzado decididamente por el precipicio de la herejía.

6. Los cuatro artículos galicanos

El proceso de conquista llevado a cabo por el galicanismo en la esfera temporal tuvo un aparente retroceso cuando, en 1516, con ocasión del Concordato entre el Papa León X y Francisco I, rey de Francia, aprobado por el Concilio Lateranense V, fue abrogada, esto es, abolida, la Pragmática Sanción. Aparente porque, en realidad, este concordato consiguió reducir sólo parcialmente las libertades galicanas y solamente hasta la Revolución Francesa. Aparente, además, porque ya un siglo antes de la Revolución, en 1682, Luis XIV, el Rey Sol, había promulgado, y por tanto, sancionado con su autoridad, la Declaración del clero galicano, que constituyó el acto solemne y definitivo del galicanismo, su victoria más destacada.

Las doctrinas galicanas, en efecto, habían ido fermentando en el último siglo por obra de juristas franceses famosos como Pierre Pithou, calvinista y abogado del Parlamento, Edmond Richer, Alcalde de la Sorbona, o Pierre Dupuy, Consejero de Estado. El primero de ellos, por ejemplo, es el autor de un famoso tratado, Las libertades de la Iglesia galicana, que se fundamenta en dos principios esenciales: que el Romano Pontífice no puede mandar o prescribir nada en los asuntos temporales relativos al Reino de Francia, y que el mismo debe ser reconocido como soberano solamente en los asuntos espirituales, con poderes, no obstante, limitados en Francia según los cánones y disposiciones de los concilios que hayan sido aceptados en el Reino.

La Declaración del clero galicano, redactada por el obispo de Meaux, Jacques-Bénigne Bossuet, que por voluntad del Rey debía ser defendida por todos los maestros, constaba de cuatro puntos, conocidos como los cuatro artículos galicanos. El primero negaba que el Papa tuviese cualquier forma de poder temporal, reconociéndole solamente un poder espiritual. El segundo proclamaba como válidos los decretos del concilio de Constanza que limitaban el poder de la Sede Apostólica, estableciendo la supremacía del concilio sobre el Papa, esto es, en particular el inicuo decreto Haec sancta. El tercero establecía la inviolabilidad de las libertades de la Iglesia galicana. El cuarto afirmaba que las decisiones del Papa en materia de fe sólo son irreformables con el consentimiento de la Iglesia universal[13].

7. Napoleón los incluye en el Concordato de 1801

Por sus errores doctrinales, tales artículos fueron inmediatamente declarados nulos por el Papa Inocencio XI en el mismo año de 1682 y posteriormente, de modo más explícito, por Alejandro VIII en 1690, afirmando que los cuatro artículos galicanos «son, fueron desde su propio comienzo y serán perpetuamente por el propio derecho nulos, írritos, inválidos, vanos y vacíos total y absolutamente de fuerza y efecto, y que nadie está obligado a su observancia, de todos o de cualquiera de ellos, aun cuando estuvieren garantizados por juramento»[14]. Fueron, además, condenados como temerarios, escandalosos e injuriosos para la Sede Apostólica por el Papa Pío VI en 1794[15] después de que el Sínodo jansenista de Pistoya los adoptara en 1786[16].

Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII
Concordato de 1801, celebrada entre Napoleón Bonaparte y el Papa Pío VII

Si ya estaba claro para todo católico de buen espíritu que la Declaración del clero galicano no era más que la pútrida excrecencia del inícuo decreto Haec sancta de Constanza, el recurso a ellos después de las últimas condenas papales bien podía ser considerado propio de un hereje. Fue precisamente lo que, tras la Revolución Francesa, hizo Napoleón I Bonaparte al restablecer la Iglesia en Francia con el Concordato de 1801, estipulado con el Papa Pío VII, pues no dejó de manifestar su bellaquería al incluir abusivamente en el texto del mismo los cuatro artículos galicanos[17].

8. La decapitación final del conciliarismo

La historia de este pérfido movimiento concluyó definitivamente el 18 de julio de 1870. En aquel día de esplendor para la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, el Sucesor de Pedro declaró formalmente heréticas sus doctrinas cuando definió solemnemente el dogma del Primado de Jurisdicción Universal del Romano Pontífice y el dogma de la Infalibilidad del Magisterio Pontificio. Ambos se encuentran en la constitución dogmática Pastor Aeternus, promulgada por Pío IX durante el Concilio Vaticano I:

«Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema. […] Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra — esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal —, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema»[18].

Bien podemos imaginar que el Beato Cardenal Giovanni Dominici haya asistido desde el cielo con inmenso gozo a tan hermoso triunfo de la Santa Iglesia.

Pe. Eduardo Caballero, EP

El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I
El Bienaventurado Papa Pío IX en la apertura del Concilio Vaticano I

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[1] Véanse los dos primeros artículos de la serie en los siguientes links: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-i y http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[2] Cf Llorca, 231-232.

[3] Cf Llorca, 232-233.

[4] Cf Chiappetta, 282.

[5] Cf Llorca, 233.

[6] Cf Chiappetta, 282.

[7] Cf Chiappetta, 599.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584.

[9] Véase el segundo artículo de la serie, en el siguiente link: http://blog.praecones.org/un-hombre-providencial-ii.

[10] Cf Llorca, 253.

[11] O’Donnell, 243; Llorca, 253.

[12] O’Donnell, 100.

[13] Cf Chiappetta, 599-600.

[14] Denzinger – Hünermann, n. 2285.

[15] Cf Denzinger – Hünermann, n. 2700.

[16] Cf Denzinger – Hünermann, 625.

[17] Cf Chiappetta, 599-600.

[18] Denzinger – Hünermann, nn. 3064.3073-3075.

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BIBLIOGRAFÍA

 

Chiappetta, L., Prontuario di diritto canonico e concordatario, Roma 1994.

Denzinger, H. – Hünermann, P., Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Barcelona 19992.

Llorca, B. – al., Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC 199, Madrid 1960, 182-268.

O’Donnell, C. – Pié-Ninot, S., Diccionario de Eclesiología, Madrid 2001.

Pié-Ninot, S., Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca 2007.

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